Lo que dejamos que nos hicieran esa noche
Aquella noche todavía me persigue. La cuento ahora porque necesito sacármela de dentro, aunque me arda la cara al escribirla. Éramos Daniela y yo, dos amigas que habíamos salido a olvidar una mala semana, y terminamos haciendo cosas que ninguna de las dos habría imaginado a la luz del día.
Empezó con un gin-tonic. Daniela apenas le había dado el primer trago cuando me agarró del brazo y me dijo que se sentía rara, eufórica, con el vello de la nuca erizado. Yo la entendía perfectamente. La música golpeaba en el pecho como un segundo corazón y el bar de aquella discoteca del centro estaba a reventar.
—Me siento poderosa —me dijo al oído, riéndose—. Como si pudiera tener lo que quisiera.
—Pues aprovéchalo —le contesté, sin pensar lo que estaba sembrando.
Bajamos a la pista. Llevábamos vestidos cortos y tacones, y notábamos las miradas pegándose a nuestras piernas como manos invisibles. No voy a fingir que no nos gustaba. Bailábamos pegadas, sintiéndonos las dueñas del lugar, y poco a poco un grupo de chicos se fue acercando hasta dejarnos rodeadas.
Eran cuatro. Altos, sudados, con esa seguridad descarada del que sabe que la noche le sonríe. Uno de ellos, rubio, no me quitaba los ojos de encima. Daniela lo notó antes que yo.
—Bésame —me pidió de pronto, agarrándome la cara con las dos manos.
La besé. En medio de la pista, delante de todos, con su lengua buscando la mía y los dedos clavándose en mis mejillas. Escuché a los chicos soltar un murmullo de aprobación. Cuando nos separamos, Daniela me susurró algo que me encendió y me asustó a partes iguales.
—Tengo unas ganas enormes de hacer una locura esta noche. Tú y yo. Con ellos.
***
El rubio acercó su cuerpo al mío hasta que sentí el bulto de su pantalón contra la cadera. No me aparté. Sus amigos se fueron repartiendo entre las dos como si hubiéramos firmado un trato sin palabras. Una mano me rozó la espalda, otra subió por el muslo de Daniela. Yo debería haber dado un paso atrás. No lo di.
—Acerca el culo —me dijo Daniela al oído, mordiéndose el labio—. Acércalo a él, que se entere de lo que se va a perder si no se atreve.
Lo hice. Apreté mi cadera contra el rubio y noté cómo se le cortaba la respiración. Detrás de mí, otro de los chicos deslizó los dedos por la cintura de mi amiga y ella echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndose. Estábamos en mitad de una discoteca con mil personas alrededor, pero en ese momento solo existíamos nosotros seis.
—No os vais a ir de aquí sin que la noche se nos vaya de las manos —dijo el más alto, con una sonrisa torcida.
Los pezones se me marcaban bajo la tela. Uno de ellos lo notó y me pellizcó por encima del vestido, despacio, mirándome a los ojos para ver hasta dónde lo dejaba llegar. Lo dejé. Daniela ya tenía una mano ajena amasándole el culo y se reía con los ojos entrecerrados.
El sitio estaba demasiado lleno. Demasiada gente, demasiada luz cuando barrían los focos. El alto miró alrededor y señaló con la cabeza un pasillo lateral que daba a un rincón en penumbra, detrás de unas columnas, un punto ciego donde el personal de seguridad casi no pasaba.
—Venid —dijo, y nos llevó casi a rastras, una de cada mano.
No nos resistimos. Esa es la parte que todavía me cuesta admitir: caminamos hacia allí riéndonos, con el pulso disparado, sabiendo exactamente lo que íbamos a hacer.
***
El rincón olía a humedad y a colonia barata. La música seguía llegando amortiguada, como desde otro mundo. Apenas llegamos, el rubio me puso una mano en el hombro y presionó hacia abajo. No hizo falta más. Me arrodillé sobre el suelo pegajoso, con los tacones rojos torcidos bajo mi peso, y le bajé la cremallera.
—Eso es —murmuró—. Despacio.
Me la metí en la boca sintiendo cómo le palpitaba contra la lengua. Él me agarró del pelo y marcó el ritmo, hundiéndose hasta que noté el glande golpeándome el fondo de la garganta. Babeaba, se me corría el rímel, y aun así no quería parar. A mi lado, Daniela ya tenía a dos arrodillándola contra la pared.
—Trágatela entera —me decía uno de ellos, no sé cuál—. Hasta el fondo.
Otro chico se colocó al lado y yo, sin pensarlo, alterné entre los dos. Una en la boca, la otra en la mano, cambiando, mirándolos desde abajo. Estaba más excitada de lo que recordaba haber estado nunca. El de la izquierda no aguantó: se corrió antes de tiempo, con un gruñido, y yo recibí todo sin apartarme. Nunca había probado algo así y me sentí sucia y libre al mismo tiempo.
El rubio me levantó del suelo de un tirón. Sin contemplaciones, me subió el vestido hasta la cintura y me apartó el tanga a un lado. Me dobló contra una columna fría y entró de golpe. Solté un grito ahogado que la música tapó. Era grande, demasiado, y el ardor me hizo morderme la mano para no chillar.
—¿Te gusta así? —jadeó contra mi nuca.
No le contesté con palabras. Empujé hacia atrás, buscándolo, y eso fue toda la respuesta que necesitó.
***
A mi lado, la escena de Daniela era todavía más intensa. El alto le había arrancado el sujetador por debajo del vestido y se lo había guardado en el bolsillo como un trofeo. Ella se morreaba con él mientras otro le metía tres dedos y le susurraba guarradas al oído. Le dio un par de azotes secos en la cara, suaves pero humillantes, y mi amiga, lejos de apartarse, le pedía más.
—Mira cuánta gente —le dijo el alto, girándole la barbilla hacia la pista.
Y era verdad. Un corro de desconocidos se había detenido a unos metros, observándonos desde la penumbra con una mezcla de morbo y vergüenza ajena. No nos detuvieron. Nadie llamó a seguridad. Solo miraban, y esa atención multiplicaba todo lo que sentíamos.
Volví la cabeza y crucé la mirada con una chica que nos observaba con la boca entreabierta. En lugar de sentir pudor, me crecí. Que mirara. Que mirasen todos.
El rubio se hundió hasta el fondo una última vez y se corrió dentro. Lo noté caliente, derramándose, y por un segundo pensé en lo afortunada que era de no estar en los días peligrosos del mes. Apenas salió, otro ocupó su lugar, esta vez buscando un terreno más estrecho. Apreté los dientes y lo dejé entrar despacio, centímetro a centímetro, hasta que el dolor se convirtió en otra cosa.
—Aguanta, que lo estás haciendo de maravilla —me dijo, sujetándome las caderas.
***
No sé cuánto duró. El tiempo se había vuelto líquido. Recuerdo flashes: la mano de Daniela buscando la mía entre dos cuerpos, su risa nerviosa, el sudor resbalándome por la espalda, el frío de la columna contra la mejilla.
El último de ellos me pidió que terminara con la boca. Me arrodillé otra vez y lo recibí entero. Cuando acabó, me quedé un instante con la cara levantada, sintiéndome el centro de todas las miradas, y entonces hice algo que nunca le había contado a nadie: me giré hacia Daniela y compartí con ella lo que tenía en la boca, en un beso lento y descarado mientras los chicos murmuraban y aplaudían por lo bajo.
—Estáis locas —dijo el alto, con una admiración que sonaba casi a respeto.
Locas, quizá. Pero esa noche nos sentíamos invencibles.
***
Cuando todos terminaron, la cosa se deshizo tan rápido como había empezado. Los chicos se subieron las cremalleras, nos guiñaron un ojo y volvieron a la fiesta como si nada, perdiéndose entre la gente. Ni un nombre, ni un teléfono. Desconocidos al principio, desconocidos al final.
Daniela y yo nos arreglamos como pudimos en aquel rincón. Yo había perdido el tanga, que no aparecía por ningún lado, y a ella le faltaba el sujetador. Nos miramos, despeinadas, con el maquillaje corrido, y nos entró un ataque de risa histérica que nos dejó sin aliento.
Cruzamos la pista hacia la salida con la barbilla alta, aunque por dentro temblábamos. Notaba las miradas siguiéndonos, esa mezcla de deseo y de juicio que tan bien conocíamos ya. Una sin sujetador, la otra sin ropa interior, las dos con las piernas flojas.
—¿De verdad ha pasado esto? —me preguntó Daniela en la calle, abrazándose para protegerse del fresco de la madrugada.
—Ha pasado —le dije.
Nos fuimos a su casa a terminar la noche a nuestra manera, en silencio, tumbadas en su cama mirando el techo. No hablamos de lo ocurrido. No hizo falta. Las dos sabíamos que algo se había roto y algo se había abierto al mismo tiempo.
Han pasado años y todavía no se lo he contado a nadie. A veces, en mitad de una reunión aburrida o de un domingo cualquiera, cruzo una mirada con Daniela y sé que las dos estamos recordando lo mismo. Esa noche fuimos otras. Y por más que me dé vergüenza admitirlo, no me arrepiento.
Quizá por eso lo escribo. Para que exista en algún sitio que no sea solo mi memoria. Para confesar, de una vez, que aquella fue la noche más vergonzosa y más libre de toda mi vida.