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Relatos Ardientes

Mi última noche compartida con desconocidos

Pasaron varios días desde aquella tarde en que terminé con Damián, el amigo de cabello largo de mi marido, y todavía me costaba dormir. Tomás me contó que él había vuelto a escribirle, que insistía en verme otra vez, que decía cosas sobre mi cuerpo que prefiero no repetir. Yo estaba aterrada de que terminara llamando a su mujer y soltándole todo lo que habíamos hecho aquella tarde en el departamento prestado.

Tomás me tranquilizó. Me dijo que Damián había prometido respetar mi respuesta, fuera cual fuera. Yo apenas podía mirarlo a los ojos cuando le contesté que no, que no quería verlo nunca más. La verdad es que durante esos días una molestia sorda en el bajo vientre me recordaba sin pausa lo que había pasado: Damián tenía una verga descomunal y, en su excitación, no había medido nada. Cada movimiento adentro mío había llegado hasta el fondo, sin pausas ni cuidado. Le pedí a Tomás que le dijera que mejor bloqueara mi número, que no atendiera más sus llamadas.

—Si vos no querés, no hay drama —me dijo él, encogiéndose de hombros—. No se fuerza nada de esto.

Pero yo no quería quedarme con esa última escena. Quería borrarla con algo mejor.

—Necesito a alguien para el sábado —le dije una tarde mientras tomábamos café—. Aunque sea uno solo.

Tomás se quedó pensando. Me dijo que había un tal Joaquín que llevaba meses insistiendo, que en una ocasión había arreglado todo y a último momento le había salido un viaje de trabajo. Le pidió que lo llamara delante mío. Joaquín aceptó sin dudar. Propuso ir primero a bailar a una discoteca del centro, tomar unos tragos, conocernos, y después al hotel. Me pareció perfecto. Necesitaba la previa, el ritual completo.

***

Joaquín pasó a buscarnos un sábado a las once de la noche. Apenas lo vi entendí que era distinto a Damián. De contextura normal, ni alto ni bajo, pero con unas piernas gruesas marcadas debajo del pantalón ajustado. Me besó la mano cuando me saludó y me dijo que estaba hermosa. Tomás se reía a un costado, divertido de lo formal que era el tipo.

En la discoteca no permitió que mi marido pagara una sola copa. Pedía rondas para los tres, brindaba con cualquier pretexto, y bailaba conmigo a cada momento. Tomás casi no bailó esa noche —nunca le gustó— y se quedaba mirándonos desde la barra con una sonrisa rara, mitad orgullo, mitad alcohol.

Joaquín me hablaba al oído. Me decía exactamente lo que pensaba hacerme, con un tono tranquilo, como si describiera una receta. Cada palabra me ponía más caliente. A la cuarta o quinta copa yo ya estaba ebria, y en algún momento me preguntó cuál era mi fantasía sexual más fuerte, esa que no le había contado a nadie.

—Una orgía —le dije, sin pensar—. Una orgía con vergas grandes.

Él se rió y me preguntó si sabía qué era un gang bang. Le dije que no. Me lo explicó al oído mientras me apretaba la cintura, y me contó que tenía dos amigos que se sumaban a estas cosas cuando él los llamaba. Le pregunté a Tomás con la mirada. Él levantó las cejas, miró su vaso, me miró a mí, y dijo:

—Si vos lo querés, no hay drama.

Joaquín salió a la vereda a hacer llamadas. Volvió diez minutos después diciendo que estaba todo arreglado, que sus amigos nos esperaban en un hotel cerca del Parque del Olivar. Salimos los tres del boliche y tomamos un taxi. Mientras el chofer manejaba en silencio, yo besaba a Joaquín y después a Tomás, ida y vuelta, sintiendo cómo la cabeza me daba vueltas. Creo que algo había en la última copa que me sirvieron en la barra. Estaba arrechísima, no podía esperar.

Llegamos. En la puerta del hotel estaban los dos amigos: uno flaco y altísimo, de barba descuidada, al que Joaquín presentó como Iván; y un morocho fornido, más bajo pero ancho de hombros, que se llamaba Bruno. Los dos me saludaron con respeto, casi con timidez, como si estuvieran nerviosos.

El conserje nos miró entrar y nos paró antes de la escalera. Dijo que no podíamos pasar los cinco a una sola habitación, que las reglas de la casa eran claras. Iván y Bruno alquilaron un cuarto en el primer piso. Joaquín, Tomás y yo subimos al segundo.

***

En el cuarto la cosa fue rápida. Apenas cerramos la puerta, nos desnudamos los tres. Joaquín tenía una verga que no era enorme pero estaba bien marcada, gruesa en la base, y mientras yo se la mamaba, Tomás me tocaba la cola y la concha con los dedos.

—Esta noche te rompemos por todos lados —me dijo Tomás al oído.

—Eso quiero, amor —le contesté—. La tuya es chica, ya lo sabés.

Tomás se quedó en silencio. Creo que algo le hizo ruido esa frase. No lo sé. Se dio vuelta y se sentó en el sillón a mirar.

Joaquín me hizo girar y me cachó por la cola sin avisar. El dolor me arrancó un grito que se escuchó hasta el pasillo. Tomás le reclamó, levantando la voz, y Joaquín se arrodilló al instante, me pidió disculpas, me besó la espalda. Después se metió por la concha y ahí ya fue otra cosa. La sentí entera, dura, latiendo. Acabó adentro mío con un gemido largo y se desplomó a un costado.

Tocaron la puerta. Eran Iván y Bruno. Saludaron a Tomás con un apretón de manos como si fueran viejos conocidos, y se desnudaron en el medio de la habitación. Yo me quedé sin aliento. Las dos vergas eran enormes. La de Bruno gruesa, pesada, larga; la de Iván más fina pero igual de larga, casi obscena. Joaquín se reía desde la cama, todavía recuperándose.

—Primero el flaco —les dije—. Después el negro.

Bruno asintió y se hizo a un lado. Iván se acostó boca arriba. Yo me subí encima, agarré su verga con las dos manos, y la dirigí adentro mío. Entró de a poco, despacio, lo sentí topar fondo y me detuve un segundo. Después empecé a moverme. Era larga, muy larga, y cada bajada me arrancaba un quejido entre el placer y el dolor. La molestia del vientre seguía ahí pero ya no me importaba.

Tomás filmaba con el celular desde el sillón. No decía nada. Solo grababa.

Bajé la mano hacia atrás y tomé la verga de Iván desde otra posición. La fui mojando con mi propia humedad y la guié hacia mi ano. Despacio, presionando, esperando que cediera. Me ardía. Cuando él entendió lo que estaba haciendo, empezó a empujar con suavidad, milímetro a milímetro, hasta que sentí que me abría entera.

***

Joaquín se levantó del piso, ya recuperado, y se acercó. Iván me sostuvo con su verga clavada en la cola y Joaquín se ubicó adelante. Cuando entró por la concha fue la primera doble penetración de mi vida. Cerré los ojos. No podía hacer otra cosa que respirar y aguantar. Bruno se paró a un costado, me ofreció su verga, y empecé a chupársela mientras los otros dos me embestían sin pausa.

Acabaron casi al mismo tiempo. Iván adentro de mi cola, Joaquín en mi concha. Yo me vine dos veces, una arriba de otra, sin entender bien cuál era la mía y cuál el espasmo de los cuerpos ajenos.

Y entonces le tocó a Bruno.

Me agarró por las caderas con las dos manos y me tiró boca abajo sobre la cama. Intentó meter por la cola y yo le pedí que no, que ya no daba más. Él insistió un poco, pero al final me dio vuelta y me la clavó por la concha. Ahí lo sentí distinto. Bruno era el más bruto de los tres, el menos paciente. Me embestía con todo el cuerpo, los testículos golpeándome el clítoris en cada movimiento, las manos clavadas en mis caderas como si fuera un objeto.

—Acabá ya, por favor —le rogué.

Le costó. Tardó lo que me pareció una eternidad. Cuando finalmente terminó, descargó todo sobre mi cola y mi espalda, en chorros que me ardían en la piel. Me quedé tirada boca abajo, sin fuerza para moverme, mientras los tres se despedían de Tomás y se iban.

***

Al otro día amanecí muy mal. Le dije a Tomás que me dolía todo: la cola, la concha, el bajo vientre. Tenía algo de fiebre, sentía calambres. Fuimos a una farmacia de guardia cerca del hotel. La señorita que atendía nos preguntó los síntomas y yo, sin pensarlo demasiado, le dije que mi marido me había metido un consolador muy grande, que había sido sin querer. Ella nos miró con cara de susto y nos recetó cremas, antiinflamatorios, una ampolla intramuscular. Tomás pagó en silencio.

Tardé tres días en sentirme normal. Tres días en los que no podía sentarme bien, no podía caminar rápido, no podía dejar de pensar en la cara de Bruno cuando me daba vuelta.

Una semana después, Damián volvió a aparecer. Le mandó a Tomás un mensaje con los videos completos de aquella tarde nuestra, sin avisar. Le decía que había sido la mejor cogida de su vida y que volviera a llamarlo cuando yo cambiara de opinión.

Eso fue todo para Tomás.

Esa noche me reclamó como nunca antes lo había hecho. Me dijo que había cruzado un límite que él no podía sostener, que ver los videos del flaco y del morocho juntos lo había desarmado, que la frase mía sobre su verga chica no se la sacaba de la cabeza. Me dijo que no íbamos a hacer más reuniones. Nunca más. Ni con amigos, ni con desconocidos, ni con nadie.

Yo no protesté. Bajé la cabeza, le pedí perdón, y le di la razón en todo.

Hoy vivimos en otro país. Empezamos de cero, los dos solos. A veces, cuando hacemos el amor, él me pregunta si extraño esos sábados. Yo le digo que no. Y por primera vez en mucho tiempo, no le miento.

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Comentarios (4)

Sofi_Glez

increible... que noches esas jaja. Se nota que lo vivis de verdad

DomiArg88

Por favor una segunda parte! Quede con muchas ganas de saber como siguio todo con el esposo despues.

CarlosG_BA

Ese hotel seguro guarda muchos secretos jajaja. Me gusto mucho el relato

LuciaMdz

Me recordo a una noche que yo tambien me deje llevar mas de lo que esperaba... Bien escrito y muy real.

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