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Relatos Ardientes

Los vecinos del 207 me invitaron a algo más que un ponche

Me llamo Tomás, tengo 30 años y vivo en Concepción, una ciudad ruidosa que te tensa la espalda sin que te des cuenta. Soy delgado, hago ciclismo de fin de semana, pelo castaño claro, ojos oscuros. Trabajo programando desde casa, lo que significa que paso muchas más horas a solas con mi cabeza de las que debería.

Desde que era adolescente uso el sexo como válvula. Largas tardes encerrado mirando todo tipo de cuerpos, todo tipo de edades, todo tipo de combinaciones. Me cuestioné mil veces lo que era. No era hombres ni mujeres lo que me prendía: era la borrachera, el frenesí, la calentura. Aprendí joven que lo que me ponía duro no entraba en ninguna casilla.

En un país como el nuestro los prejuicios pesan. No me atrevía a llevar nada de eso fuera de la pantalla, hasta lo que pasó ese septiembre en el pasaje.

Me había mudado hacía un mes a un pasaje de San Pedro de la Paz con dos amigos. Buen entorno, vida vecinal activa, mucho asado de fin de semana. Llegaron las fiestas patrias y el pasaje organizó una competencia gastronómica por casas. Como era nuevo, quise ganar puntos con los vecinos y me inscribí. Me asignaron preparar el ponche de durazno junto con la casa 207.

Yo no conocía a esos vecinos ni de vista. Un sábado a media tarde, con el sol todavía tibio anunciando primavera, crucé el pasaje y toqué el timbre del 207. Tardó un rato en abrirse la puerta. Detrás apareció una mujer de unos sesenta años, melena blanca corta, no muy alta, con un par de pechos enormes y caídos que se le marcaban incluso debajo de una blusa suelta de algodón.

—Buenas tardes. Soy Tomás, el vecino nuevo. Me toca trabajar con ustedes para el ponche.

—Pasa, Tomás. Me dijeron que vendrías. Yo soy Hilda. Estábamos por tomar once con mi marido. Acompáñanos.

Entré. La mesa estaba puesta con pan amasado y mermelada casera. En la cabecera estaba Eduardo, alto, espigado, pelo blanco bien peinado, alrededor de sesenta y cinco. Me hizo un gesto con la mano para que me sentara.

Empezamos a conversar de cosas anodinas: el barrio, mi trabajo, los hijos de ellos —dos, ya grandes—, los nietos —cuatro, todos del lado de la hija—. Pasaron dos horas sin que me diera cuenta. Cuando me ofrecieron quedarme a probar un vino que Eduardo tenía guardado para el ponche, dije que sí sin pensarlo. Hilda trajo copas. Eduardo destapó la botella. Y al rato estábamos en la segunda.

A la tercera, Hilda se levantó a buscar otra. Desde la cocina llegó un estallido seco de vidrio. Me paré rápido. La botella se había quebrado en el piso y el vino dibujaba una mancha grande sobre las baldosas. Hilda ya estaba agachada con un paño cuando la alcancé. Me arrodillé al lado.

La blusa se le abrió por delante mientras refregaba el piso. Vi sus pechos sin sostén, dos pesos enormes que se mecían con cada movimiento de su brazo. No pude despegar la vista. Me puse duro en cuestión de segundos. Seguí limpiando como si nada, con la ropa interior empapada de algo que no era vino.

Cuando terminamos, me incorporé pensando en irme cuanto antes para encerrarme y aliviarme yo solo. Eduardo me ganó.

—No te vayas todavía. Una última copa en la sala, con música. Tengo un vinilo nuevo que te va a gustar.

Acepté. Me senté en el sillón individual frente al sofá. Eduardo puso un disco de Pink Floyd. Yo, intentando bajar las pulsaciones, saqué del bolsillo un cigarro de marihuana que llevaba para más tarde y lo levanté como ofrenda.

—Espero que no les moleste.

—Huele bien —dijo Eduardo, sonriendo—. Hace años que no fumamos. Hilda, ven, mira lo que trajo el vecino.

Hilda se sentó al lado de Eduardo en el sofá. Yo prendí el cigarro mientras sonaba The Great Gig in the Sky. Le di una pitada larga y se lo pasé. Lo fueron rotando los dos. La sala se llenó de humo y de esa voz desbordada de fondo.

Estuvieron unos segundos en silencio, mirándose. Algo se reacomodó en el aire. Eduardo le tomó la cara a Hilda con las dos manos y la besó. No fue un beso de matrimonio largo. Fue un beso húmedo, con la lengua afuera, sin pudor de que yo estuviera ahí. Vi cómo a Eduardo se le marcaba el bulto en el pantalón. Vi cómo a Hilda se le pararon los pezones a través de la tela de la blusa.

Algo, no sé qué, había juntado el vino, la música y el cigarro en una sola cosa. Y yo estaba en primera fila.

No pensé. Me bajé el cierre, saqué la verga y empecé a masturbarme mirándolos. Lo hice sin discreción, como si hubiera estado solo en mi pieza. Eduardo se separó de Hilda, me miró y soltó una risa baja.

—Mira a este, amor. El vecino se está pajeando con nosotros de show. Es un pervertido. ¿Le damos una lección?

—¿Estás seguro, Eduardo? Mira que se me va la mano —contestó ella, con la voz raspada por el humo.

Hilda se levantó, cruzó la alfombra y se arrodilló frente a mí. Me agarró la verga con las dos manos. La empezó a lamer desde la base hasta la punta, despacio, recogiendo con la lengua el líquido que ya estaba saliendo solo. Después se metió los testículos en la boca, uno y después el otro, y volvió a subir. Sentía la lengua, los dientes apenas, la respiración tibia. Yo no podía moverme.

En el sofá, Eduardo se había desabrochado el pantalón y se sacaba la ropa con calma. Tenía la verga dura, larga, marcada de venas. Hilda, sin soltarme, se desabotonó la blusa con una mano. Le cayeron las dos tetas afuera, enormes, con aureolas rosadas que parecían mirarme. Era una cantidad de carne difícil de medir de un solo vistazo.

Yo no aguanté ni cinco minutos. Sin avisar me corrí dentro de su boca. Sentí la primera descarga y después la segunda, fuerte, sin pausa. Hilda no se separó. Siguió chupando con los ojos cerrados, como si me estuviera ordeñando. Yo miraba de reojo a Eduardo sin saber qué hacer.

Eduardo se acercó. No me dijo nada. Tomó a Hilda de la nuca, le levantó la cara y le metió la lengua en la boca. La besó con mi leche todavía entre los labios. Vi cómo se la pasaban el uno al otro. Vi a Eduardo buscar las gotas que le habían quedado a Hilda en la comisura. Vi a Hilda devolverle saliva mezclada conmigo. No estaban actuando.

Algo se rompió. No supe en qué momento, pero me arrodillé entre los dos.

***

Volví a estar duro como si no hubiera acabado nunca. El olor de mi propio semen en sus bocas me dejó sin filtros. Me sumé al beso. Mi lengua, la de Hilda, la de Eduardo, las tres juntas en el centro de la alfombra. Nos terminamos de desnudar entre los tres, sin urgencia, mientras la cara B del disco seguía sonando.

Hilda se paró. Se agarró una de las tetas con las dos manos y se puso a lamerse el pezón ella misma. Eduardo le buscó el otro pecho y se lo metió completo en la boca. Le abrí las piernas. Tenía vello blanco entre los muslos y un hilo brillante que le bajaba hasta la rodilla. Me lancé a beber por ahí, subiendo despacio. La encontré con la lengua. Hilda gritó. Le di al clítoris hasta que dejó de gritar y empezó a temblar. Se le cayó la pierna que tenía sobre mi hombro. Tuvo que arrodillarse para no caerse.

Eduardo la acomodó de costado sobre la alfombra. Las tetas se le aplastaron contra el suelo. Yo, casi sin pensarlo, me puse a la altura de su pecho y empecé a metérsela entre los dos senos. Ella misma se los apretaba contra mí. Eduardo, por detrás, le abrió las piernas y se metió en su sexo de una sola vez. Hilda largó un gemido que pareció abrir la sala en dos.

—Quiero la verga del vecino entre las tetas toda la semana —dijo, mirando a Eduardo.

—Lo que quieras, amor.

—Entonces dame también atrás. Tú.

Eduardo se cambió de orificio sin decir una palabra. La lubricó con sus propios dedos primero, despacio, y después la fue penetrando con cuidado. Hilda apretó los párpados. Se aferró a sus propias tetas y empezó a pajearme con ellas, fuerte, contra mi verga. Eduardo le aumentó las embestidas atrás. Los dos empezaron a gemir al mismo tiempo. Lo vi a él cuando se vino dentro de ella. Yo me vine medio segundo después, sobre la piel tibia de sus pechos.

Eduardo y yo nos miramos. Y no sé quién empezó, pero terminamos besándonos por encima del cuerpo de Hilda. Yo bajé después al lugar donde él se había venido. Bebí de ahí, con la lengua, sin pudor. Él volvió a las tetas de su mujer y se tragó lo mío. Hilda nos miraba desde abajo, con una sonrisa que no le había visto en toda la tarde. Después la besamos los dos, otra vez, con todo eso entre nosotros.

A los dos minutos volvimos a estar duros.

Hilda nos hizo poner a los dos frente a su cara, de pie, las dos vergas juntas. Las agarró con las dos manos al mismo tiempo. Sentí el roce del miembro de Eduardo contra el mío, resbaloso, palpitante. Ella nos masturbaba juntos con una técnica rara, como si llevara años practicándolo. Eduardo y yo nos pusimos a besarnos también, escupiéndonos saliva en la lengua. Sus manos me bajaron por la espalda, me apretaron el culo. Me metió un dedo en la boca primero, lo humedeció bien, y después me lo deslizó atrás con paciencia. No me resistí.

Hilda terminó por meternos las dos vergas en la boca al mismo tiempo. Las dos contra su lengua. Sentí las pulsaciones de la de Eduardo crecer, lo conocía ya, y le metí otro dedo a él también, atrás. Eso desencadenó todo. Eduardo se vino primero. Yo, medio segundo después. Hilda tragó lo que pudo, soltó una de las vergas, se metió la otra mano entre las piernas y se vino ella sola, en chorros, encima de la alfombra, con la boca todavía llena.

Nos fuimos los tres al mismo tiempo. Eso no me había pasado nunca.

Nos quedamos un rato así, desnudos sobre la alfombra. Pink Floyd seguía sonando, ya en otra canción, una más lenta. Yo tenía cara de tonto y no podía quitármela. Ellos también. Eduardo me ofreció agua. Hilda se rió bajo, todavía respirando rápido.

El ponche de durazno nos salió delicioso. Ganamos la competencia del pasaje. Desde ese septiembre, mis visitas a la casa 207 se volvieron más frecuentes de lo que cualquiera de mis amigos sospecha.

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Comentarios (4)

Juanchi_BA

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

PabloNight_77

jajaja que final mas inesperado. Por favor hacé la segunda parte, no nos dejes asi

TiaBerta22

Se nota que es una historia real, eso se siente al leerla. Muy buena

SoledadM

Siempre me pregunte si estas cosas pasan de verdad con los vecinos jaja. Veo que sí

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