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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer eligió a otro delante de mí

Una semana después de la noche con Lucía, todo en mí había cambiado. Mariela me había impuesto un guardarropa nuevo bajo la ropa de oficina: tanga, portaligas, medias finas, siempre en negro. Tenía que vestirme así cada mañana antes de ponerme el traje, y pasar el día con la sensación de que cualquiera podía descubrirme. Empecé a usar pantalones más anchos por miedo a que se marcaran los broches del portaligas, y caminaba distinto, con los muslos juntos, sintiéndome ya cosa de otra persona.

Lo extraño fue que, al cabo de unos días, esa sensación dejó de molestarme. Pensaba en mí mismo en femenino sin darme cuenta. Me cruzaba con una compañera en el ascensor y me fijaba en cómo cruzaba las piernas, no en su escote. Repasaba mi reflejo en el espejo del baño buscando si alguien notaba algo distinto. Era pura paranoia, pero el plan de Mariela funcionaba: cada noche, al volver a casa, llegaba ya domesticado, listo para arrodillarme y obedecer.

Faltaba la última prueba. Confirmar mi nuevo lugar en la cama.

Mariela me lo anunció un jueves cualquiera, mientras se desmaquillaba frente al espejo del baño.

—Conocí a alguien. Va a venir el sábado.

—¿Acá? —pregunté, con el agua del cepillo de dientes corriéndome por la barbilla.

—Acá. Vas a abrirle vos. En tanga. Sin nada más.

Desde que habíamos acordado las nuevas reglas, ella podía verse con quien quisiera. Era parte del castigo por todo lo que le había mentido durante años. Yo había aceptado, aunque del «yo» de antes ya no quedaba demasiado. Lo que más me hería no era que ella se acostara con otro, sino enterarme tarde, como un perro que se entera de los planes de sus dueños. Esta vez, al menos, iba a estar adelante.

—Le conté de vos —siguió, sin mirarme—. Le dije que mi marido era un maricón cornudo y que solía traer a algún amante para humillarte. Le pareció gracioso. Me dijo que ya había estado con un par de matrimonios bisexuales, y que se había cogido a los dos. Le aclaré que esta vez te quedabas mirando. Punto.

Quise agradecerle que no me hiciera salir vestido de mujer para recibirlo. Una tanga era ya bastante. Y, sin embargo, en algún rincón de mi cabeza me anoté que la próxima vez quizás no se conformaría con eso.

***

El sábado a las nueve en punto sonó el timbre. Mariela estaba en el dormitorio terminando de pintarse los labios. Yo abrí la puerta como ella me lo había ordenado: solo con la tanga negra, los pies descalzos, los brazos cruzados sobre el pecho como si eso me tapara de algo.

Entró un hombre alto, de pelo blanco prolijo y bigote canoso. Cincuenta y tantos, todavía con cuerpo. Buena ropa, buen perfume, sonrisa segura. Lo miré a la cara y sentí que algo se me caía hasta los pies.

Era Esteban. Casi veinte años antes lo había conocido en un sauna del centro, en una época en la que yo todavía no me asumía. Me había llevado a un cuarto y me la había puesto sin demasiada ternura, dos noches distintas con varios meses de diferencia. Después no lo vi más. Lo recordaba más joven, claro, pero esa cara y esa voz eran las mismas.

Él también me reconoció. Se le notó un parpadeo, un milímetro de pausa en la sonrisa, antes de extender la mano como si fuéramos desconocidos.

—Mucho gusto —dijo, mirándome de arriba abajo sin disimulo.

—Pasá —respondí, y no me reconocí en mi propia voz.

Lo hice pasar al living. Mariela apareció minutos después con un vestido negro escotado, sin sostén, los pechos firmes apretados contra la tela. Esteban la miró como si llevara un mes esperando esa visión.

Me mandó a la cocina a buscar algo de tomar. Cuando volví con la bandeja, ya estaban en el sillón con la boca pegada y la mano de mi mujer sobre el bulto del pantalón ajeno.

—Vamos a la cama —murmuró él contra su cuello—. Te quiero coger.

—Primero un postre —dijo Mariela, separándose apenas—. Quiero que el cornudo te la chupe. Solo eso. Lo demás es mío.

—Como digas, hermosa.

Ella se volvió hacia mí. Tenía los ojos brillantes, la respiración un poco más rápida.

—Vení, putito. De rodillas. Sacale los pantalones. Quiero que veas lo que es un hombre.

Lo que Mariela no sabía era que yo ya conocía ese cuerpo. Conocía el tamaño y la forma y la curva exacta. Me acerqué en silencio, me arrodillé, le bajé el cinturón. Esteban me clavaba la mirada como diciéndome que aprovechara, que esto era ya otra cosa.

Saqué la verga afuera. Era enorme, como yo la recordaba: larga, gruesa, pesada en la mano. La mía no llegaba ni a la mitad. Entendí, otra vez, por qué Mariela había aceptado esa cita.

—Mirala —se burló ella, parada al lado—. ¿Ves lo que vas a ver entrarme adentro? ¿Ves lo que es un macho de verdad? Chupala bien, marica. Mojala. Que se acuerde lo que tiene que hacer cuando esté arriba mío.

Empecé a chuparla. Esteban siguió el juego.

—Así, putito, así. Tragá. Ahora mirá a tu mujer parada al lado tuyo. Esperando desnuda a que yo se la dé bien. Mirá cómo te la voy a coger.

Mariela se bajó los breteles del vestido y dejó que la tela cayera sobre la alfombra. Quedó solo en tanga. Los pezones se le habían endurecido. Yo seguía chupando, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar. Me las arreglé para mantenerlas adentro, pero ella se dio cuenta igual.

—No te me pongas a llorar ahora, marica —me dijo, casi con ternura.

Cuando le pareció suficiente, me ordenó pararme.

—Sacame la tanga. Sin tocarme. No quiero que me roces con esas manitos asquerosas.

Le bajé la prenda con dos dedos, sin rozar la piel. Su sexo depilado, que había lamido mil veces durante años, quedó ahí adelante, expuesto, perteneciéndole a otro. Ella le dio la mano a Esteban como una novia que cruza un umbral.

—Vamos a la cama. Y vos, inútil, venís con nosotros. Te quiero al lado.

***

Me tiré en el borde del colchón, encogido, abrazado a una almohada como una nena. Mariela se acostó boca arriba con las piernas abiertas. Esteban se subió encima como un peso enorme y le tomó las muñecas, una contra la cabecera y otra al costado, como si la estuviera dominando contra su voluntad. Sabía que era teatro, que ella adoraba ese teatro, pero verlo a treinta centímetros me partió en dos.

La penetró de una sola embestida. Mariela gritó, y no fue un grito fingido. Fue de los profundos, de los que nunca le había arrancado yo en quince años de matrimonio.

—Mirá, cornudo —jadeó ella, girando la cabeza hacia mí—. Mirame gozar. Mirá lo que es un hombre adentro. Vos sos otra cosa. Sos un puto, nada más.

Esteban se movía con una calma cruel. Empujaba hondo, salía despacio, volvía a empujar. La cama crujía. Las lágrimas me corrieron sin que pudiera contenerlas, gruesas, cayéndome por el cuello hasta el pecho.

—Mirá, Esteban, mirá cómo llora el cornudo —dijo Mariela entre gemidos—. Me da asco. Tan marica que es.

Estuvieron así un rato largo. Cambiaron de posición un par de veces. Ella encima, después de costado, después él detrás. Y entonces llegó el momento que me terminó de hundir.

—Date vuelta —le dijo él al oído—. Ponete en cuatro. Quiero darte por atrás.

Sentí que se me detenía el aire. Mariela y yo nunca habíamos hecho eso. Lo había pedido, sí, mil veces, y siempre me había dicho que no, que esa parte de ella no se tocaba, que no era para ella. Y ahora estaba ofreciéndole a un hombre al que había visto dos veces en su vida lo que durante años me había negado a mí.

—Por favor, Esteban —murmuró cuando él le abrió las nalgas con los pulgares—. Es la primera vez. No me lastimes. Hacelo despacio.

Me miró por encima del hombro. Esta vez no había sonrisa burlona en su cara. Había miedo. Y, también, algo parecido a una súplica, como si esperara que yo la rescatara. ¿Cómo? Ella sola se había metido en eso. Yo era una sombra en tanga al pie de la cama.

Esteban escupió sobre el agujero, jugó con un dedo, después con dos. Mariela mantenía las nalgas abiertas con sus propias manos. Cuando él consideró que estaba lista, apoyó la cabeza de la verga ahí y empezó a empujar, milímetro a milímetro, con una paciencia que veinte años atrás conmigo no había tenido.

Ella gritó como nunca. Esteban me clavó los ojos.

—Mirá, cornudo, cómo le estoy abriendo el culo a tu mujer. ¿Te gustaría estar en su lugar? La próxima vez te toca a vos.

Yo lo sabía. Sabía exactamente lo que esa verga era capaz de hacerle a uno. Y no estaba seguro de si, llegado el caso, iba a poder negarme.

Mariela se fue acostumbrando. Los gritos cambiaron de tono, dejaron de ser de dolor y empezaron a parecerse a otra cosa. Él se movía despacio, entraba y salía, y con la otra mano le buscó el clítoris adelante. La hizo terminar así, con la verga en el culo y los dedos adelante, y ella le pidió en voz alta que se viniera adentro, que le diera la leche, que no parara.

En ese momento, sin que nadie me hubiera tocado, con la tanga puesta y abrazado a la almohada, yo también terminé. En seco, sin saber cómo, sin querer. Lo sentí salir mojando la tela y el muslo. Mariela giró apenas la cabeza y lo vio.

—Mirá esto, Esteban —dijo, ya con la voz entrecortada del orgasmo—. Se vino solito. Mirando.

***

Después de un rato largo de besos perezosos entre los dos, y de seguir riéndose a mi costa con frases que prefiero no repetir, planearon el próximo encuentro como si yo no estuviera. Mariela le contó a Esteban que esa había sido su primera vez por atrás, y que ahora se moría de ganas de ver cómo me dejaba el culo él a mí. Como compensación, le ofreció a Lucía, la chica de diecinueve que se moría por estar con un hombre mayor. Esteban se acomodó en la almohada con una sonrisa de gato y dijo que aceptaba el regalo.

Mariela me hizo prometer, antes de levantarse a buscar agua, que al día siguiente me iba a castigar por haber acabado sin permiso. No me explicó cómo. No hacía falta.

Cuando Esteban por fin se fue, ya cerca del amanecer, me senté en el borde de la cama mientras ella dormía. Me miré las manos, las piernas, la tanga manchada y seca. No reconocía nada. No sabía qué quedaba de mí. Solo sabía que el lunes iba a volver a ponerme el portaligas debajo del traje, que iba a sentarme en mi oficina como cualquier otro día, y que adentro de mi cabeza ya no había un hombre. Había otra cosa. Algo nuevo, todavía sin nombre.

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