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Relatos Ardientes

El amigo que Carolina trajo lo cambió todo en casa

La cosa empezó pocos días después del trío que mi mujer había hecho con Carolina y Fernando. Mariana me mostró el celular con una sonrisa rara, mezcla de timidez y descaro. Carolina le había mandado por mensaje la foto de un chico de veintidós años, el famoso amigo que tantas veces nos había nombrado.

—Mirá lo que me llegó —dijo, y giró la pantalla hacia mí.

El pibe era una postal. Estatura mediana, lampiño, físico marcado sin exagerar, cara fina con ojos grandes. La foto venía con un currículum que Carolina había escrito como si fuera un aviso clasificado: bisexual versátil, dócil, hacía todo lo que se le pedía. Fernando ya se lo había cogido varias veces y a Carolina le encantaba mirarlos.

—Habíamos quedado en que me lo iba a presentar. Y mirá lo que es. Lo quiero acá.

—Lo querés incorporar —dije, intentando que la frase sonara a pregunta.

—Quiero. Nunca me cogí a un bisexual.

Si supieras, pensé, y me callé.

Hay cosas que uno aprende a ocultar. Con mi ex, Romina, no las oculté lo suficiente y la perdí. Desde entonces me había prometido enterrar esa parte mía y no desenterrarla nunca más. Pero la idea de tener a ese chico en mi casa, con dos mujeres jugando alrededor, me sacudió algo en el estómago que no quise nombrar.

—¿Te molesta? —preguntó Mariana.

—No, amor. Disfrutá.

Mentí a medias. La parte que disfrutaba no era la que ella imaginaba.

***

El sábado al mediodía llegaron los tres. Mariana se estaba bañando cuando sonó el timbre. Los hice pasar al living y les serví algo fresco mientras esperábamos. Carolina, que llevaba la voz cantante en cualquier reunión, me pidió que le avisara a Mariana que bajara con el toallón nada más.

—Si se viste, va a estar dos minutos vestida —dijo, y se rio.

Subí, le pasé el mensaje y volví al living. Mariana apareció un rato después envuelta en un toallón blanco, el pelo todavía húmedo, las mejillas un poco coloradas. Los tres estaban sentados en el sillón largo. Joaquín, el chico, en el medio. Mariana se quedó parada en la puerta como si hubiera olvidado cómo entrar.

—Vení, mi amor. Parate acá enfrente —la guio Carolina—. Sacate el toallón. Dejá que Joaquín te vea bien. Tocate sola, mostrale los pezones.

Mariana obedeció. Despacio, como si todavía estuviera aprendiendo el juego. Dejó caer la tela y se acarició los pechos con la punta de los dedos. La conocía hace años y no la había visto nunca tan vacilante. El chico tampoco le quitaba los ojos de encima.

—Joaquín, parate —ordenó Carolina—. Mostrale lo que vinimos a traer.

Joaquín se puso de pie, le cedió el lugar a Mariana entre Carolina y Fernando, y se bajó los pantalones. No tenía nada debajo. Lo que apareció era exactamente lo que la foto había prometido y un poco más: una verga curvada hacia abajo, depilada por completo, todavía a medio camino entre el reposo y la atención. Mariana abrió grandes los ojos. Yo también, y traté de disimular. Carolina, a quien nunca se le escapaba un detalle, registró mi cara y sonrió de lado.

—Tocate la concha, mami —le dijo a Mariana—. Mostranos cómo te masturbás mirando lo que te traje.

Mariana cerró los ojos y bajó la mano. Los dos del sillón le acariciaban las tetas, una cada uno. Empezó a respirar hondo y a morderse el labio inferior, ese gesto que en ella siempre quiere decir lo mismo. Joaquín, parado a un metro, se manoseaba la pija que ya estaba dura del todo.

—Acercate, nena —siguió Carolina—. Ponete en cuclillas. Esa pija es para vos. Chupala toda.

Mariana se arrodilló frente al chico y se la metió en la boca con la avidez de alguien que llevaba días pensando en ese momento. Carolina se acomodó a su lado, le pasó una mano entre las piernas, le frotó el clítoris con un dedo y, con el otro, fue subiendo despacio hasta meterle un dedo en el culo. Mariana gimió con la verga adentro, la respiración entrecortada.

—Por favor, alguien que me coja —dijo cuando soltó el aire un segundo—. No doy más.

Carolina se hacía la sorda. Aflojaba justo cuando Mariana iba a acabar y la dejaba a un paso. La estaba enloqueciendo a propósito.

Fernando se levantó del sillón y se puso atrás de Joaquín. Le pasó las manos por el pecho, le pellizcó las tetillas y se le pegó. Joaquín, todavía con la pija en la boca de mi mujer, empezó a gemir. Yo seguía sentado en la otra punta del living como un espectador pago. Vi cómo Fernando le calzó la cabeza de su verga en el ano, cómo el pibe pegó un grito chiquito, y cómo se la metió de parado, sin demasiado preámbulo. Joaquín estaba acostumbrado.

Mariana, sin sacarse la verga de la boca, miraba la escena de los dos hombres con una expresión nueva. Algo se le había encendido. Carolina le susurró algo al oído y enseguida ella levantó la mano y me llamó.

—Amor, vení. No te quedes ahí solo, ayudame.

Me acerqué. La situación entera era un disparate y todos lo sabíamos: las dos mujeres manoseándose, un tipo cogiéndose a otro tipo de pie, y yo intentando que no se me notara que me moría por tocar al chico.

—Chupásela conmigo, papi. Los dos a la vez. Hacelo por mí.

No pude armar una negativa convincente. Me arrodillé al lado de Mariana y empecé por los huevos, tímido, lamiendo apenas, intentando mantener la apariencia de un debutante. Joaquín tenía un olor limpio, jabón y sudor reciente. La piel lampiña, los músculos marcados sin agresividad, los genitales totalmente depilados. Una deidad de jovencito. Le pasé la lengua por la base mientras Mariana lo seguía chupando arriba.

—Apretáme un pezón, amor —pidió mi mujer entre jadeos—. Y besale la pija. Quiero verte.

Le besé la verga, despacio, justo debajo de donde tenía la boca de Mariana. Carolina, sin sacar el dedo del culo de mi mujer, soltó una risa baja y triunfal. Sabía exactamente lo que estaba pasando.

***

Pasamos al dormitorio. Carolina se acostó en el medio de la cama con las piernas abiertas y me empujó la cabeza entre sus muslos. Era la primera vez que la tocaba. Tenía la piel caliente y un sabor a sal y crema. Me apretó la nuca con las dos manos y me dejó claro que no me quería ver salir de ahí en un rato.

Al lado, Joaquín se acostó boca arriba y Mariana se le subió encima. Se acomodó la verga del chico entre los labios mojados y bajó hasta sentir los huevos contra el culo. Soltó un quejido largo. Joaquín le agarró las tetas y le clavó los pulgares en los pezones. Fernando, parado al pie de la cama, miraba el panorama y elegía: el culo de mi mujer o el mío.

—Abrí bien la cola, nena —le dijo a Mariana, y le metió la verga en el ano con un movimiento limpio. Ella había tenido esa pija en el mismo lugar la semana anterior, así que no le costó.

Mientras la cogía, Fernando estiró la mano libre hacia mi lado y empezó a manosearme las nalgas. Mariana giró la cabeza, me vio, me sonrió. La misma sonrisa de satisfacción que yo le conocía cuando me agarraba haciendo algo prohibido. No retiré la cara de la concha de Carolina. No retiré tampoco las nalgas.

—Me encanta verte gozar, papi —dijo Mariana, casi en otro idioma de tan caliente—. Quiero verte con un hombre.

De ahí en adelante todo podía pasar. Fernando interpretó la frase como un permiso. Sacó la verga del culo de mi mujer, se cambió el preservativo y se acomodó atrás mío. Me separó las nalgas con las dos manos y empezó a lamer. Sentir una lengua ahí siempre fue mi punto débil. Apreté los ojos y gemí contra los muslos de Carolina sin poder evitarlo.

—Dásela, Fernando —dijo Carolina, mirando todo desde arriba—. ¿No ves que lo está pidiendo?

Fernando miró a Mariana, no a mí. Le pidió permiso con los ojos. Mariana, montada todavía sobre Joaquín, asintió.

—Cogételo. Quiero verlo gozar.

Cerré los ojos. Sentí la verga apoyarse contra mi culo, forzar despacio, abrirse paso. Hice un poco de teatro, fingí más resistencia de la que realmente tenía, dejé escapar un gemido que sonara a primera vez. No quería que Mariana sospechara que había recorrido este camino antes. Fernando me la metió hasta el fondo con paciencia. Una vez adentro, empezó a moverse despacio, con un ritmo que conocía bien.

Al lado, Joaquín le decía mami a mi mujer y ella se derretía. Lo escuché venirse adentro de Mariana con un grito ahogado. Ella le acariciaba la cabeza como si lo conociera de toda la vida.

—¿Viste, amor? —me dijo girando la cara hacia mí, los ojos brillantes—. Nos están cogiendo a los dos juntos. Esto es un sueño.

Fernando salió de mí, cambió otra vez el forro y se acomodó sobre Mariana. Le clavó la mirada como si fuera a comerla.

—Ahora te toca a vos. Quiero probar esa concha con la pija con la que me cogí a tu marido.

Mariana se relamió.

—Dale, Fernando. Dame.

La cogió fuerte, sin pausa, hasta que ella se vino con un grito largo. Carolina la guio hasta ponerla en cuatro, le pasó un dedo por el ano y le anunció que iba a dilatarla con un consolador antes de dejar que Joaquín, recuperado a fuerza de manos y boca de Carolina, le rompiera el culo. A mí me hizo arrodillar para que se la pusiera dura otra vez al chico. Lo hice con una vergüenza falsa que ya nadie compraba.

Cuando Joaquín estuvo listo, se la metió a Mariana por atrás con la misma calma con la que había dejado que Fernando lo penetrara a él. Carolina, mientras tanto, le mantenía un vibrador chico contra el clítoris. Mariana entró en una serie de orgasmos seguidos que no podía frenar. Nunca la había visto acabar así.

Cuando pararon, ella quedó tendida boca abajo, jadeando, agradecida y exhausta. A mí me habían dejado a mitad de camino. No me quejé. Suficiente desorden por una tarde.

***

Comimos unos sándwiches que habían traído. Hablamos de cualquier cosa, con esa naturalidad rara que aparece después. Los tres se fueron antes de la medianoche.

A la mañana siguiente lo hablamos en la cama, despeinados, con la luz entrando por la ventana.

—No quiero que esto cambie nada —le dije.

—No cambia nada —contestó Mariana sin dudar—. Me encantó verte disfrutar. No es justo que la única que se divierta sea yo.

Le acaricié el pelo. No le conté de Romina, ni de los años escondiendo. Algún día, capaz.

—Carolina me propuso algo para el sábado que viene —agregó como al pasar.

—¿Qué cosa?

—Un gang bang. Para ella y para mí. Ocho, diez tipos. Quiere que vos también vayas.

Me quedé mirando el techo un rato largo. Esta historia, sospeché, todavía no estaba terminada.

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