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Relatos Ardientes

La tarde que dejé de ver a Catalina como una amiga

Catalina fue la mujer de mi hermano antes de ser mi mejor amiga, y mi mejor amiga antes de ser otra cosa. Lo cuento así, en este orden, porque es exactamente lo que pasó. Primero la conocí como la novia de Mateo, después como su esposa, y cuando se separaron, ella se quedó conmigo. O yo me quedé con ella. A veces no sé cómo decirlo.

Tenemos las dos veintinueve. Nos llevamos meses. Y desde hace casi diez años hablamos todos los días, aunque no nos veamos. Nos contamos cosas que no le contamos a nadie más: los miedos, las peleas con la familia, los hombres que nos gustaron y los que nos hicieron mal. Yo a Mateo lo quiero, pero a Catalina la quería más, y nunca me sentí culpable por eso.

Siempre fuimos muy físicas. Nos abrazábamos al saludarnos, dormíamos en la misma cama cuando nos quedábamos a dormir en casa de alguna, nos cambiábamos delante una de la otra sin pensarlo. Una vez, en un viaje a la costa, compartimos baño y ella me prestó su crema porque me había quemado los hombros. Me la pasó por la espalda con una calma que ahora, cuando lo pienso, no era tan inocente como me pareció en su momento. O sí lo era, y la que cambió fui yo.

Nunca la miré con deseo. Quiero ser clara con eso. Nunca pensé en ella de esa manera. A mí me gustan los hombres, y siempre me gustaron los hombres, y eso no cambió ni siquiera después de aquella tarde. Pero Catalina es Catalina, y lo que pasó pasó.

***

Fue un martes a la siesta. Yo había comprado dos vestidos en una tienda del centro y todavía no estaba segura de cuál devolver. Le mandé fotos por mensaje y me dijo que no, que los dos eran lindos, que mejor pasaba después del gimnasio y me los probaba ella también. Tenemos el mismo cuerpo. La misma altura, parecida cintura, las dos hacemos pesas desde hace años. Cuando una se compra algo, la otra se lo termina probando.

Llegó cerca de las cinco. Subió a mi habitación con el bolso del gimnasio todavía colgado del hombro, el pelo recogido, la cara sin maquillaje. Olía a ese desodorante que usa siempre, uno de coco y madera que ya identifico como suyo aunque no la vea. Tiró el bolso sobre mi cama y me dio un beso en la mejilla, rápido, distraído.

—A ver, muéstramelos —dijo.

Le pasé los dos vestidos. Uno era negro, ajustado, corto. El otro era verde oscuro, con un escote abierto en la espalda. Ella se sacó la remera del gimnasio y los pantalones de yoga con la naturalidad de siempre, sin darse vuelta. Quedó en tanga y corpiño, los dos negros, de un encaje fino que no le había visto nunca. Y por primera vez en diez años me detuve a mirarla.

No sé qué me pasó. No fue una decisión. Fue como cuando una pisa mal y se da cuenta tarde, cuando ya está en el aire. Vi la curva de su cintura, el detalle del encaje contra la piel, la línea de su columna marcada por el ejercicio. Y el trasero. Ese culo redondo, alto, forjado a fuerza de sentadillas, dentro de una tanga negra que parecía hecha para él.

Sentí algo que no había sentido antes, un calor concreto en el bajo vientre, una opresión rara en la garganta. Tragué saliva y desvié la mirada hacia el espejo. Pero en el espejo también estaba ella.

—Pruébate el verde primero —le dije, y mi voz salió más áspera de lo que quería.

Ella levantó los brazos y se lo deslizó por la cabeza. El vestido le caía hasta los muslos y dejaba toda la espalda al aire. Se acomodó el escote, se miró de costado, hizo una mueca con la boca.

—¿Me ayudas con el cierre? —preguntó.

Me acerqué por detrás. Tomé el cierre con dos dedos y empecé a subirlo, despacio. Cuando llegué a la mitad de su espalda, mis nudillos rozaron su piel. Ella no se movió, pero algo en su respiración cambió. Lo noté porque yo también dejé de respirar.

***

No sé qué hizo a mis manos quedarse ahí. No fui yo del todo. Solté el cierre y posé las dos manos en su cintura, sobre la tela del vestido. Después las moví un poco hacia adelante, hasta el filo de sus caderas. Después subí, despacio, hasta justo debajo de su pecho. Nada más. No la apretaba. Solo la sostenía.

Catalina no dijo nada. No se rio, no se apartó, no me preguntó qué hacía. Solo apoyó la nuca contra mi hombro y cerró los ojos. Sentí su pelo todavía húmedo del baño en el cuello. Sentí su respiración acelerándose, contradiciendo esa quietud completa del resto del cuerpo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó al fin, sin abrir los ojos.

—No sé —dije.

Y era verdad. No sabía. Pero tampoco quería parar.

Ella se dio vuelta dentro de mis brazos. Quedamos a centímetros, mi corazón golpeándome el pecho como si fuera la primera vez de algo, y supongo que lo era. Catalina me miró con una pregunta en los ojos y yo no supe responder con palabras. Le acomodé un mechón detrás de la oreja, le toqué el costado de la cara, y la besé.

Fue distinto a cualquier beso que había dado antes. Más suave. Más lento. No había barba, ni peso, ni urgencia. Eran dos bocas iguales encontrándose, cada una probando lo nuevo. Catalina me besó de vuelta, primero con cautela, después abriéndome los labios con la lengua, después agarrándome la nuca para que no me apartara. No me iba a apartar. No quería.

***

Caímos sobre la cama sin dejar de besarnos. El vestido verde le quedaba puesto a medias, el cierre todavía a la mitad. Le pasé las manos por la espalda desnuda y le bajé el escote hasta los hombros. Ella se incorporó un segundo, levantó los brazos, y dejó que se lo sacara del todo. Cuando volvió a recostarse, ya no había vestido, solo su cuerpo en tanga sobre mi sábana, y la luz de la tarde entrando por la ventana de costado, dorada, lenta.

Me saqué la remera y el corpiño sin pensar. Quería que estuviéramos iguales. Cuando me incliné sobre ella y nuestros pechos se rozaron por primera vez, las dos respiramos hondo al mismo tiempo. Yo creía que tocar otras tetas iba a ser parecido a tocarme las mías, pero no. Las de ella eran más firmes, los pezones más oscuros, y se le endurecieron apenas le pasé el pulgar.

La besé en el cuello, en el hombro, en el medio del pecho. Le tomé un pezón con la boca y la sentí arquearse. Catalina me agarraba el pelo, me lo enroscaba en los dedos, me empujaba sin empujar del todo. Bajé. Le besé las costillas, el costado, el vientre. Le besé el lugar donde la piel se hace más fina, justo arriba del encaje.

Le saqué la tanga con los dientes porque me pareció que tenía que hacerlo así. Catalina se rio bajito, una risa nerviosa, casi un suspiro. Yo me reí también, sin separar la boca de su muslo, y después dejé de reír.

***

Nunca había estado tan cerca del sexo de otra mujer. Era extraño y conocido al mismo tiempo: era lo que yo tenía, pero al revés, como mirarse en un espejo que devuelve a otra persona. Le abrí los muslos con las manos, despacio, y respiré sobre ella antes de tocarla. Catalina se estremeció. Solo con el aire ya se estremeció.

Le pasé la lengua una vez, larga, de abajo hacia arriba. No tuve que pensar dónde ni cómo. Lo supe. Era el mapa que yo conocía de memoria pero nunca había leído en otro cuerpo. Catalina dejó escapar un sonido que no se parecía a ninguno que le hubiera escuchado en diez años de amistad. Me agarró del pelo con las dos manos y no me soltó más.

Fui aprendiendo lo que le gustaba en tiempo real. Cuando se quedaba quieta, era porque estaba bien. Cuando movía las caderas, era porque quería más. Cuando contenía la respiración, faltaba poco. Y cuando faltaba poco, faltaba poco para todo: para ella, para mí, para que las dos entendiéramos que esto no era una cosa de una sola tarde.

Catalina tuvo un orgasmo largo, casi en silencio, los muslos cerrándose sobre mis orejas, la espalda subiendo de la cama. Me quedé donde estaba hasta que sus manos me soltaron el pelo. Después subí, despacio, besándole el camino de vuelta.

***

Nos quedamos en silencio un rato. Yo apoyada en su hombro, ella mirando el techo. El sabor de ella todavía en mi boca, distinto a todo, ni dulce ni salado, algo que no se parecía a nada que hubiera probado antes. Le pasé un dedo por el contorno del ombligo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No estoy con mujeres —dijo, y se rio bajito—. Nunca estuve. No me lo imaginaba.

—Yo tampoco.

—Pero me encantó —dijo, y giró la cabeza para mirarme—. Me encantaste tú.

Yo no supe qué decirle. La besé en la frente, que era lo único que se me ocurría hacer con esa ternura nueva. Ella me agarró la mano y la apretó entre las suyas.

—Quiero probarte —dijo después, bajito—. Quiero saber qué se siente del otro lado.

Miré la hora. Eran las seis y media pasadas. A las siete tenía que estar en el trabajo de noche, y todavía me faltaba ducharme, vestirme, llegar. Catalina vio mi cara y entendió antes de que yo abriera la boca.

—Hoy no —dije.

—Hoy no —repitió ella, sonriendo—. Pero la próxima sí.

Se levantó, recogió la tanga del piso, se la puso de espaldas a mí mientras yo me incorporaba todavía aturdida. Se puso la remera y los pantalones del gimnasio sin probarse el otro vestido. Antes de irse, se paró en la puerta de mi cuarto, ya con el bolso al hombro.

—Mañana te llamo —dijo.

Y me llamó al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Pero esa es otra historia, una que todavía no sé cómo termina, porque sigue empezando cada vez que ella aparece en la puerta de mi casa con esa sonrisa que ahora entiendo de otra manera.

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