Mi mujer me preparó para entregarme a su amante
Esto pasó antes de lo que conté la última vez y por algún motivo se me traspapeló entre las páginas que escribo solo para mí. Pido disculpas si la cronología se desordena, pero la verdad es que mi vida ya no me pertenece y los días se me confunden unos con otros.
Como expliqué en el relato anterior, la noche en que vi a Damián metiéndole la verga por el culo a mi mujer, no aguanté la excitación. Aunque llevaba puesto el cinturón de castidad, aunque no podía ni rozarme, aunque tenía terminantemente prohibido eyacular sin su autorización, terminé manchando el suelo. Renata me había puesto el cinturón precisamente para evitarlo. Decía que yo no merecía ser dueño de mi propio orgasmo, que era un ser inferior, que mi único sentido en la vida era servirla. Y yo, idiota, asentía cada vez que lo repetía, porque en el fondo creía que tenía razón.
Acabar sin permiso, aunque hubiese sido involuntario, era una falta gravísima. A la mañana siguiente empezó el calvario.
Era sábado. No tenía que ir a trabajar y el lunes era feriado. Tres días enteros sin compromisos, sin teléfono, sin nadie que pudiera interrumpir lo que ella había planeado para mí.
Empezó quitándome la tanga rosa que me obligaba a llevar todas las noches. Me puso la correa de cuero al cuello, esa que tiene una hebilla de metal pesado que me marca la garganta cada vez que la usamos, y me ató las muñecas a la espalda con dos vueltas de cinta negra. Supe entonces que no iba a obligarme a caminar en cuatro patas. Me hizo arrodillar en las baldosas frías de la cocina, se inclinó sobre mí y me vendó los ojos con un pañuelo de seda.
—Quiero que cada cosa que te haga te llegue de sorpresa —dijo, ajustando el nudo en la nuca—. Quiero que te tiemble el cuerpo cada vez que escuches mis pasos.
La incertidumbre fue lo que más me caldeó. No saber qué iba a tomar, qué iba a hacerme, cuándo iba a tocarme. Lo que ella llamaba mi porquería, mi pene encerrado en la jaulita de plástico, se hinchó hasta golpear los barrotes. Eso me dolía, pero el dolor era parte del juego. Renata lo sabía y por eso reía bajito, paseándose alrededor mío como una felina antes de la cena.
Me hizo erguir el torso sentado sobre los talones, de modo que el ano me quedara abierto y expuesto. Sentí el frío de la base plástica de un consolador apoyado en el suelo, justo en el borde de mi entrada. Me ordenó relajar el cuerpo y descender lentamente. El dildo entró solo, hasta la mitad, sin necesidad de empuje. Después llegaron las caricias en los pezones, suaves al principio, casi cariñosas. Yo siempre tuve los pezones muy sensibles y ella lo descubrió hace años. Sabía que esa parte iba a durar poco. Cuando los tuvo bien duros, me clavó las uñas hasta que grité.
—Te dije que ibas a llorar mucho hoy —murmuró, mientras me empujaba una pelota de goma del tamaño de una pelota de tenis dentro de la boca y la sujetaba con un cinto detrás de la nuca.
Ahí estaba yo. Vendado, atado, arrodillado sobre mis talones, con un consolador clavado, una mordaza ahogándome los gritos y dos uñas hundidas en los pezones. La jaulita me tiraba hacia abajo cada vez que respiraba, el cuerpo me temblaba, y Renata seguía caminando alrededor murmurando insultos suaves que no entendía del todo pero me hundían igual.
—Vamos a tener que moldearte las tetitas —dijo después de un rato—. Te las quiero ver aplastadas, bien marcadas. Te voy a poner unas pinzas para que vayan tomando forma, como las de una mujercita de verdad.
Tragué saliva. Sentí el metal frío cerrándose sobre cada pezón, primero uno, después el otro. La presión era brutal. Intenté quejarme pero la mordaza convertía mis palabras en un gemido animal, un sonido gutural que ni yo reconocía como propio. Ella se reía en mi cara mientras las lágrimas me caían bajo la venda y me empapaban las mejillas.
—Qué marica eres. Lloras como una nena. Me das vergüenza, no tienes dignidad.
Cada palabra suya me hundía más, y al mismo tiempo me prendía más. Era una contradicción imposible de explicar. Después de varios minutos el dolor se volvió un ardor sordo, soportable pero constante. Renata decidió que aún no era suficiente castigo. Me dio varios cachetazos en la cara, primero en una mejilla, después en la otra, hasta que la piel me empezó a arder. Después pasó a las nalgas. Treinta de un lado, treinta del otro, con la mano abierta. Me obligaba a contarlos uno a uno y agradecer cada uno en voz alta.
—Gracias, Renata. Es por mi bien.
Me explicó que el agradecimiento era lo mínimo, porque su esfuerzo merecía recompensa. Llevaba todo el día dedicada a corregirme y eso, según ella, era trabajo. Después me sacó la mordaza porque quería escucharme suplicar. Agarró el consolador que tenía hundido y empezó a moverlo con violencia, sacándolo casi del todo y volviendo a clavármelo hasta la base.
—Por favor, basta, por Dios —grité—. Me estás rompiendo el culo. Sácamelo, te lo suplico, no aguanto más.
Se enfureció porque la había tuteado. Le había faltado el respeto en mitad del castigo, justo cuando más sumiso debía estar. Me arrancó las pinzas de los pezones de un tirón y la sangre volvió de golpe con una puñalada de fuego. Las piernas me temblaban, los brazos se me habían acalambrado de tanto tenerlos atrás, y sentía el ano en carne viva, latiendo al ritmo del corazón.
—Aprende de una vez quién manda acá —dijo, golpeando con la palma abierta mi porquería enjaulada, haciéndola colgar como un péndulo entre mis muslos.
Me torturó casi todo el día. A la noche estaba reventado, hambriento, con la boca seca y la garganta lastimada de tanto gritar. Me trajo un balde con agua y me obligó a beber con la cabeza metida adentro, como un perro de la calle. Después se sentó a la mesa y cenó pollo asado mientras yo seguía arrodillado a sus pies. Me arrojó al suelo unas sobras peladas. Las comí. No tenía hambre, tenía un vacío doloroso en el estómago, y me las comí del piso porque no había otra forma de sobrevivir esa noche.
—Buena chica —me dijo, y por un instante esa voz casi tierna me arregló el alma destrozada.
Cuando terminó de cenar, me dejó chuparle los pies. Eso para mí era un premio enorme, una muestra de piedad inesperada. Le pasé la lengua por los empeines, por los talones, por el hueco entre cada dedo. Lloraba mientras lo hacía, sin saber bien por qué. Quizás porque era la primera caricia de todo el día.
—Ahora levántate, putita —ordenó después—. Quiero verte caminar como una mujer. Practica para el lunes, cuando venga Damián a usarte.
Me puse de pie con dificultad. Caminé de un lado a otro del comedor, contoneándome, tirando de mis propios pezones para mantenerme cachondo, sintiendo cómo el dildo me bailaba adentro a cada paso que daba. La vergüenza era tanta que ya casi no la sentía. Era otra cosa, un estado nuevo, una rendición tibia que me iba envolviendo poco a poco.
—Dale, muéstrame lo puta que eres. Camila también va a venir a mirar. Le dije a Damián que te coja con ganas, que te bese en la boca, que te chupe las tetas, que te haga tragarte toda la verga, por la boca y por el culito. Quiero escucharte gemir como una mariquita de verdad.
No podía ruborizarme más, pero por lo menos esa parte no dolía. Después me anunció que me iba a dejar dormir esa noche, pero con el dildo metido y fijado con un arnés que me cruzaba la cintura. El domingo lo pasaría igual. El lunes, Damián y Camila iban a venir, y necesitaba que tuviera el culo bien dilatado y obediente.
Nunca había dormido con un dildo dentro toda una noche. No era enorme, pero la sensación de plenitud constante me mantuvo entre el sueño y la vigilia hasta el amanecer. Me desperté dolorido, abierto, con un ardor extraño que me recorría desde la espalda hasta las rodillas. Renata casi no me había dado comida sólida desde el viernes, así que tampoco tenía urgencia de ir al baño. Todo estaba calculado al milímetro, todo formaba parte del mismo plan.
***
El domingo lo pasé entero en mi papel de mujer. Pensaba como mujer, hablaba como mujer, me movía como mujer. La calentura permanente, esa que nunca se descargaba porque la jaulita no me lo permitía, me mantenía en un estado de excitación bajita y constante, como un rumor en la sangre.
—De ahora en más me hablas en femenino —dijo durante el almuerzo, sirviéndome un plato de arroz hervido sin sal—. No quiero que me dirijas la palabra como un tipo. Para el lunes y para todo lo que venga después, vas a ser una mujer, te guste o no.
Yo no podía creer lo que me estaba pasando, pero ahí estaba, asintiendo con la cabeza baja. Estaba enamorado de Renata como un perro lo está de su dueña. La veía como una diosa imposible, y desde que le había confesado mi gusto secreto por los hombres, ella había encontrado la forma de hacerme pagar esa confesión durante todos los días que me quedaran de vida. Me sentía inferior a ella, profundamente inferior, y eso me bastaba para obedecerla en todo.
—Acuérdate, putita —siguió, masticando despacio—. Camila quiere ver a un macho cogiéndose a una mariquita afeminada. No quiere ver dos hombres juntos. Quiere ver a una mujer falsa abriéndose para un hombre de verdad. No la decepciones.
Y antes de mandarme a dormir esa noche, me dejó una frase que me quitó el sueño. Una frase que todavía hoy, cuando la recuerdo, me provoca un escalofrío.
—Mañana te vas a poner toda la lencería que te compré la semana pasada. Y como vas a demostrarles a los tres que eres una mariquita de verdad, te voy a bautizar con tu nuevo nombre. De acá en adelante, en esta casa, te llamas Lulú.
***
Desde el día en que Renata descubrió mi gusto por los hombres y decidió darle vuelta a nuestra vida entera, vivo las veinticuatro horas caliente. La verga parada dentro de la jaula, los pezones duros como dos botones de carne, la boca preparada para lo que ella ordene, la cabeza vacía de cualquier pensamiento que no sea servirla y agradarla.
El desenlace de aquel lunes lo voy a contar en otro relato, porque merece sus propias páginas. Por ahora me basta con dejar acá, en estas líneas que escribo cuando ella me deja sentarme frente a la computadora, la confesión de cómo me preparó. De cómo, en tres días sin reloj, sin dignidad y sin nombre, dejé de ser quien era para convertirme en Lulú.