Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi novia siempre sabe cuándo le miento

Era finales de agosto, esa parte del verano en la que los días se pegan a la piel y todo se mueve con pereza. Yo tenía veintitrés años, cursaba el sexto semestre de Comunicación y desde hacía once meses salía con Camila. Lo nuestro era serio, intenso, esa clase de noviazgo que te hace sentir adulto antes de tiempo. Lo único difícil era su carácter. Camila tenía un termómetro interno para los celos, y cuando se le disparaba no había manera de bajárselo.

—Por hoy es todo, chicos. Disfruten el fin de semana —dijo el profesor cerrando la carpeta.

Recogí mis cosas mientras Camila me esperaba en la puerta con esa media sonrisa suya que mezclaba ternura y aviso.

—Mis padres se fueron de viaje y no vuelven en dos semanas —me dijo enredándome la cintura con los brazos—. ¿Te vienes a quedar conmigo?

—Por supuesto. Tengo ropa en tu apartamento, vamos directo después de clase.

Camila era tres años mayor que yo. Delgada, un metro sesenta y cinco, piel canela y una boca que parecía hecha para reírse de uno. Tenía el pelo largo, rubio oscuro, los ojos color avellana y una mirada inocente que solo era inocente la primera vez que la veías. Yo estaba perdido por ella. Esa clase de perdido en la que aceptas cualquier cosa con tal de no perderla.

Salimos al pasillo agarrados de la mano. Avanzamos pocos metros antes de que alguien dijera mi nombre detrás de nosotros. Me giré.

—¡Andrés, eres tú! Te juro que no podía creerlo cuando te vi de espaldas.

Solté la mano de Camila más lento de lo que debía. Era Renata. Renata, a quien no veía desde la fiesta de despedida de la preparatoria.

—Claro que eres tú, Renata —dije, y odié escucharme tan tenso—. Pasó mucho tiempo.

—Una eternidad. Ahora estudio aquí, me cambié de carrera hace poco.

Hubo un silencio incómodo. Después dio un paso y me abrazó. Yo me quedé tieso, con la cabeza inclinada para no rozarle la mejilla. Renata y yo habíamos sido compañeros desde primero del bachillerato. Buenos amigos, sin más, aunque yo nunca había mirado a ninguna otra como la miraba a ella. Piel blanca, casi traslúcida, un metro setenta y dos, ojos negros muy abiertos y unos pechos generosos que se me pegaban al cuerpo cada vez que nos saludábamos. Llevaba el labio pintado de rojo intenso, igual que en aquellos años, y una blusa corta que dejaba ver el vientre. La había deseado en silencio durante toda la secundaria. Nunca le había dicho nada.

—¿Y no me la presentas? —preguntó mirando a Camila con una sonrisa cuidadosa—. La traías de la mano, asumo que es algo importante.

—Disculpa. Camila, ella es Renata, una amiga del bachillerato. Renata, mi novia.

—Encantada —dijo Renata—. Eres preciosa. Andrés siempre tuvo muy buen gusto.

Camila sonrió apretando los labios. Una sonrisa de cortesía, no de bienvenida.

—Tengo que entrar a clase —siguió Renata—. No les robo más tiempo. Pero prométeme que un día de estos tomamos un café y nos ponemos al día.

—Te mando un mensaje y arreglamos —dije.

—Te veo pronto, Andrés.

Me lanzó un beso volado con la mano derecha y se metió en un aula. Me quedé clavado en el pasillo, repasando la escena como si la hubiera improvisado mal. No había hecho nada y, sin embargo, me sentía culpable de haberme alegrado tanto.

Camila no dijo una palabra hasta el estacionamiento. Tampoco en el auto. Tampoco en el ascensor del edificio. Cuando entramos al apartamento dejó las llaves sobre la mesa y soltó, sin mirarme:

—Me voy a duchar. Me derrito de calor.

Asentí. Caminé hasta el dormitorio y me senté en el borde de la cama buscando el cargador. Le mandé un mensaje a Renata por el chat: «Hola, cuánto tiempo». Después me quedé en su perfil, pasando fotos sin prestar atención. En una imagen aparecía sola en la terraza de un bar; en otra, con un chico que ya no la etiquetaba en publicaciones. Solté el aire que no me había dado cuenta que estaba conteniendo.

El sonido de la ducha cerrándose me alertó. Cerré el chat, bloqueé el teléfono, lo dejé boca abajo sobre la mesa de noche. Levanté la vista justo cuando Camila apareció en la puerta del baño, desnuda, secándose el pelo con la toalla. Caminó hasta el espejo de la cómoda sin mirarme.

—Es simpática tu amiga —dijo, frotándose la nuca.

—¿Quién? —pregunté, intentando no clavar los ojos en su espalda.

—Renata. Se nota que se conocen hace mucho.

—Sí, del colegio. Nada importante.

Quince segundos de silencio. Los conté.

—¿Alguna vez te acostaste con ella? —soltó, sin levantar la voz.

—No. Nunca.

—¿Te gustaba?

—Camila, basta. Era una amiga.

Me miró desde el espejo. Los ojos no parecían los mismos de la mañana. Apoyó la toalla sobre el respaldo de la silla, giró sobre sus pies y caminó hacia mí. Lentísima. Yo no podía dejar de mirarla, y eso era exactamente lo que ella quería. Pechos redondos, cintura estrecha, el vello púbico recortado del mismo color que el trigo. Una sensación familiar empezó a treparse por mi pecho: parte miedo, parte deseo.

—Sabes que no me puedes mentir —dijo apoyando la mano derecha sobre mi entrepierna—. Te conozco demasiado.

—No te miento, Camila.

Sonrió como si yo hubiera dicho exactamente lo que esperaba. Empujó mi pecho con la palma abierta y caí de espaldas sobre el colchón. Me bajó el pantalón en dos tirones, me agarró la ropa interior y la arrastró hasta los tobillos. Yo ya estaba duro y eso, al parecer, fue prueba suficiente.

—Quiero que sigas hablando —dijo arrodillándose entre mis piernas—. Cuéntame cómo se hicieron amigos.

No era algo nuevo. Cada vez que Camila se ponía celosa, terminaba arrodillada entre mis piernas. Lo había convertido en un ritual. Esta vez, sin embargo, había algo distinto en su voz, algo más afilado. Empezó a chuparla con una calma deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo intenté armar la versión más insulsa posible de mi historia con Renata.

—Nos conocimos en primero —murmuré—. Nos sentábamos cerca en biología.

—Mmm. Sigue.

—Estudiábamos a veces en su casa. Su madre nos hacía té. Nada más.

Apartó la boca un segundo. Subió hasta sentarse a horcajadas sobre mí. Antes de que pudiera reaccionar, se humedeció con su propia saliva y se ensartó de un movimiento.

—Espera, el preservativo —alcancé a decir.

—Hoy no mandas tú.

—Camila, en serio…

—Tu pene se pone más duro cuando mientes. ¿Lo sabías? Mucho más duro. No necesito que me digas la verdad, solo necesito tenerte dentro para saberla.

Empezó a moverse con fuerza. Las manos le subieron desde mi pecho hasta el cuello y se cerraron. Apretó. No tanto como para asustarme, lo suficiente para que se me cortara el aire en ráfagas.

—Quieres acostarte con Renata, no me lo niegues —jadeó.

—No es verdad —dije, con la voz raspada por la presión.

—Quieres metértela, quieres terminar dentro de ella. Dilo.

—Te lo juro, Camila…

—Ahí está —murmuró, y sus caderas frenaron un instante para sentirlo mejor—. Ahí, justo así. Cada vez que mientes se pone como una piedra.

Quería discutir, pero ya no era posible discutir. Era una mezcla de placer y vergüenza que se confundían dentro de mí, y Camila lo sabía, y lo aprovechaba. Volvió a moverse. Más rápido, más profundo. La cama golpeaba contra la pared en una cadencia desordenada.

—Eres un degenerado, Andrés —dijo bajando la cara hasta rozarme la nariz con la suya—. Voy a tener que enseñarte a no mentirme.

Su mano libre se levantó y me cruzó la mejilla de una bofetada. No fue suave. Me clavó las uñas en el pecho hasta que sentí cómo se rompía la piel. Yo gemí. Y odié haber gemido, porque eso confirmó todo lo que ella ya sabía: que ese pedazo de violencia me encendía hasta lugares que ni yo terminaba de comprender.

—Me voy a venir —dije con prisa.

—Dentro. Quiero sentirlo dentro.

—No puedo, Camila…

—Ahora.

Quise levantar los brazos para apartarla. No reaccionaron. Estaba mareado, no tenía aire suficiente, y exploté dentro de ella con un golpe seco. Camila también se vino, lo supe porque por primera vez en toda la escena cerró los ojos, y se quedó quieta unos segundos sobre mí, respirando contra mi cuello.

—Te dije que no me podías mentir —susurró antes de bajarse.

Me besó la boca con una ternura desconcertante, como si la mujer que acababa de asfixiarme fuese otra. Caminó al baño. La oí abrir la llave, la oí canturrear algo bajito. Yo me quedé tirado en la cama, con la respiración entrando de a poco. Tardé un rato largo en moverme.

***

Me desperté temprano al día siguiente. Camila no estaba en la cama. Estiré el brazo y agarré el teléfono. Renata había contestado durante la noche.

«Hola, Andrés. Me alegró mucho verte. ¿Estás libre el sábado que viene? Tengo ganas de un café como antes. Incluso puedes traer a tu novia, si quieres. Avísame.»

Me senté en la cama y releí dos veces el mensaje. La parte de «trae a tu novia» se sintió como un puente que tenía que cruzar. Le respondí que me parecía perfecto y que le iba a preguntar a Camila. Renata escribió enseguida: «Nos vemos pronto».

Me levanté, me puse una camiseta y salí del cuarto. Camila estaba en el sofá del salón, despeinada, con una taza de café en una mano y el control remoto en la otra. Cuando me vio extendió los brazos.

—Ven.

Me senté con ella y me dejé envolver. Hubiera querido quedarme callado todo el día, pero me forcé a hablar.

—La chica de ayer, Renata —empecé.

—¿Qué pasa con ella? —dijo, sin despegar la mirada de la pantalla.

—Me preguntó si podíamos tomar un café el sábado. Y me dijo que vinieras tú también.

Tardó dos segundos en girarse. Apoyó la taza en la mesa y me miró con una sonrisa nueva, una que yo no había visto antes.

—¿Tú quieres que vaya?

—Quiero, sí. Me gustaría que la conocieras un poco. Es buena chica.

—Pensé que ibas a preferir un rato a solas con ella. Hay charlas que la gente no se anima a tener delante de su pareja.

—No tengo nada que esconder.

—Entonces vamos —dijo, y su sonrisa se ensanchó—. Va a ser divertido.

Apoyó la cabeza otra vez en mi hombro. Pasamos el resto de la mañana así, con la televisión encendida y la mano de Camila dibujándome círculos en el muslo. Cualquier persona que nos viera desde afuera habría dicho que éramos la pareja más cariñosa del mundo.

Yo, en cambio, no me podía quitar de encima la sensación. Era como si la chica que ahora me acariciaba el muslo y la que ayer me clavó las uñas en el pecho fueran dos personas distintas en el mismo cuerpo. Y la segunda, esa que aparecía cuando se le disparaban los celos, ya estaba pensando algo. Lo supe en ese instante y lo confirmaría más tarde. Lo único que no me imaginaba era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.