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Relatos Ardientes

El taxista que nunca supo cómo me llamaba

Me llamo Renata, aunque esa tarde mi nombre no le importó a nadie. Tengo treinta y dos años y, según me han dicho, lo mío no se nota a primera vista. Soy menuda, de cabello castaño largo y ojos color miel. No soy de las que entran a un lugar y giran todas las cabezas. Lo mío es más lento, más callado: se esconde en cómo muevo las manos, en cómo huelo, en la forma en que miro de reojo cuando creo que nadie me observa.

Ese día llevaba una blusa ligera de escote discreto y un pantalón que me marcaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. La piel me olía a vainilla por un perfume que me había regalado alguien cuyo nombre ya ni recuerdo. Hacía calor, y bajo la tela había algo más que el clima poniéndome la piel tensa. No quería pensar en eso. Tenía un trámite que resolver y un avión de regreso esa misma noche.

Había llegado a Aguasclaras esa mañana, una ciudad mediana en la que no conocía a nadie ni una sola calle. Salí de la central de autobuses arrastrando el cansancio del viaje y busqué un taxi en la fila de afuera. El primero de la hilera tenía la ventanilla baja y un hombre apoyado en el codo, mirándome venir como si llevara un rato esperándome justo a mí.

Tendría unos treinta y ocho años. Rostro anguloso, barba de pocos días, una mirada que no se molestaba en disimular. Abrí la puerta del asiento delantero sin pensarlo demasiado, y al subir sentí que sus ojos me recorrían entera antes de que yo dijera una sola palabra.

—No eres de aquí —dijo. No era una pregunta.

—No. Vengo de la capital, vivo en otra ciudad. Solo estoy de paso, un trámite y me voy —respondí, mirando al frente, sintiendo cómo su atención se quedaba un segundo de más en mi escote.

—Se nota. Y hueles muy bien. —Lo dijo bajo, casi para sí mismo, mientras arrancaba—. ¿Qué perfume es?

—Un regalo. Ni me acuerdo de quién —mentí a medias, sonriendo de lado—. Pero gracias.

Le pedí que me llevara al banco más cercano. Durante el trayecto hablamos de tonterías: que la ciudad era tranquila, que las calles del centro se vaciaban temprano, que el calor de esa semana no era normal. Nada comprometedor. Pero entre cada frase dejaba silencios largos, y esos silencios decían más que cualquier cosa que hubiéramos podido confesarnos en voz alta.

Esto no debería estar pasándome por la cabeza.

Cuando llegamos al banco, me incliné un poco hacia él antes de bajar.

—¿Me esperas? No tardo. Quiero que me lleves de regreso.

Asintió sin decir nada. Pero cuando bajé y caminé hacia la entrada, sentí su mirada clavada en mi espalda como una mano.

***

El trámite me tomó menos de lo que pensaba. Cuando volví, el taxi seguía ahí, y él me miraba distinto. Algo había cambiado en el rato que estuve adentro. Me subí otra vez adelante, encendió el motor, y avanzamos apenas un par de calles antes de que frenara frente a una farmacia.

—Dame un minuto —dijo, y bajó sin esperar respuesta.

Lo vi entrar, hablar con alguien en el mostrador, salir con una bolsa pequeña que dejó en la guantera sin una palabra. Yo no pregunté. No hacía falta. El corazón se me había acelerado de una manera que ya no podía atribuir al calor.

Condujo despacio por calles cada vez más vacías. Yo no podía dejar de observarlo de reojo, y él tampoco a mí. En un semáforo, casi sin disimulo, su mano bajó hacia su entrepierna y se acomodó. O eso fingió. El bulto bajo la tela del pantalón hablaba por sí solo. Me mordí el labio y giré la cara hacia la ventana, fingiendo un interés repentino por un local cerrado.

—¿Vas cómoda? —susurró.

—Demasiado.

—¿Y sabes lo que estás provocando, verdad?

Su voz ya no tenía nada de casual. Tomó una desviación sin avisar, y a los pocos minutos enfilamos por una calle solitaria, flanqueada por bardas y sin un alma a la vista. Detuvo el auto. Apagó el motor. El silencio cayó de golpe, espeso, y lo único que se escuchaba era nuestra respiración.

Se inclinó hacia mí. Me besó. Primero apenas, un roce que era más pregunta que beso. Y cuando no me aparté, profundizó. Su lengua buscó la mía mientras una de sus manos subía por mi muslo, lenta, midiéndome. Solté un gemido bajo y separé un poco las piernas sin decir nada, dejando que entendiera todo lo que yo no me atrevía a poner en palabras.

—Atrás —dijo contra mi boca—. Ven atrás.

***

Pasamos al asiento trasero con una torpeza que no nos importó. Me recostó con cuidado y con hambre a la vez, una combinación que me desarmó. Me besó el cuello, bajó por el escote, fue dejando un rastro tibio por mi piel mientras yo temblaba y me aferraba a su nuca. Sentía la ropa estorbándome, el cuerpo pidiendo cosas que la cabeza ya había dejado de discutir.

Abrió la bolsa de la guantera y sacó un frasco pequeño. Un lubricante con sabor, de esos dulces. Me lo mostró con una sonrisa de medio lado, sin pedir permiso porque ya sabía la respuesta.

—Vas a probarme entero —dijo. No era una orden ni una súplica. Era un hecho.

Se lo untó despacio, y yo lo seguí con la mirada, con la boca entreabierta y la respiración hecha pedazos. Me acerqué y lo lamí, primero la punta, luego más, sintiendo el sabor dulce mezclado con el calor de su piel. Lo tomé profundo mientras él dejaba escapar un jadeo ronco y enredaba los dedos en mi pelo.

—Así… exacto… —murmuraba con la voz quebrada—. No tienes idea de lo bien que lo haces.

Después me giró con suavidad, me bajó el pantalón y la ropa interior casi con los dientes, y se hundió entre mis piernas sin un instante de duda. Su lengua sabía perfectamente lo que hacía. Me trabajaba con fuerza, con una avidez que me arqueaba la espalda contra el asiento, y yo apretaba los labios para no gritar mientras el placer me subía en oleadas.

—No pares —le pedí, con un hilo de voz—. Por favor, no pares.

Nos acomodamos uno sobre el otro, mi cuerpo encima del suyo, su boca pegada a mí y mi boca buscándolo a él. El taxi se movía con nosotros, los vidrios empezaron a empañarse. Yo había dejado de pensar en el avión, en el trámite, en el nombre que él nunca me había preguntado.

—Ya —le dije, casi suplicando—. Te necesito ya.

Me puso de rodillas sobre el asiento, me sostuvo de las caderas y entró de una sola vez. El gemido que solté ni siquiera lo reconocí como mío. Me sujetaba firme mientras se movía, y entre embestida y embestida me hablaba al oído con esa voz grave que me derretía:

—Así te quería. Toda para mí, en una ciudad donde nadie te conoce.

Y era cierto. Nadie me conocía. Nadie sabía que yo estaba ahí, en el asiento trasero de un taxi en una calle perdida, deshaciéndome bajo las manos de un desconocido. Esa idea, lejos de asustarme, me encendía más. Me toqué mientras él se hundía en mí, y me vine con un grito que ahogué contra mi propio brazo.

***

Seguimos así casi una hora. Cambió de ritmo, de posición, de intensidad, leyéndome el cuerpo como si lo hubiera estudiado durante años. Me besaba con hambre entre una y otra vez, susurrándome cosas que me hacían temblar más que sus manos.

—¿Te gusta esto? —me decía contra el oído—. Dime que sí, dime que te gusta.

Yo ya casi no podía hablar. Solo jadeaba y asentía, el cuerpo moviéndose solo, obedeciendo un ritmo que no era el mío. Me apoyó contra el vidrio empañado, me alzó de las caderas, y por un momento creí que iba a perder por completo la cabeza.

—Vas a venirte otra vez para mí —dijo. Otra vez, no era una pregunta.

Mis gemidos eran suaves pero desesperados. Apenas alcanzaba a contener los gritos contra la palma de mi mano.

—Así —fue todo lo que pude decir—. No pares… más.

Hasta que se detuvo, respirando agitado, el pecho subiendo y bajando contra mi espalda. Me giró hacia él y me besó otra vez, hondo, húmedo, mientras yo todavía temblaba con las réplicas del placer recorriéndome entera.

Entonces me tomó del mentón con esa mezcla de ternura y firmeza que me había tenido rendida toda la tarde, y susurró, aún jadeando:

—Vístete. Ya es tarde. Pero escucha bien: cada vez que vuelvas por estos rumbos, búscame. Tengo muchas cosas pendientes contigo.

Me vestí en silencio, con la piel todavía caliente y la cabeza hecha un desorden delicioso. Mientras me acomodaba en el asiento delantero, sentí que volvía a mirarme. Sonrió. Yo también, casi sin querer.

Me dejó en la central justo a tiempo para mi autobús de regreso. No le dejé propina extra ni un número de teléfono. Él no me pidió mi nombre.

Y sin embargo, mientras lo veía alejarse por el espejo, supe una cosa con una claridad que todavía me incomoda confesar: ese hombre que jamás supo cómo me llamaba me había conocido, en una sola tarde, más que cualquiera que creyera saberlo todo de mí.

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