Lo que el vecino vio aquella tarde en la cocina
Daniel y Brenda eran lo que cualquiera llamaría un matrimonio con suerte. Él tenía treinta y cuatro años, ella treinta y uno, y llevaban seis casados sin que la rutina les hubiera robado todavía las ganas de mirarse al otro lado de la mesa ni de follar como el primer día.
Daniel era de cuerpo común: estatura media, un poco entrado en carnes, con el pelo rojizo donde ya asomaban las primeras canas y una entrada que avanzaba sin pedir permiso. Brenda, en cambio, parecía sacada de otra escala. Alta, rubia natural, con unos ojos verdes que desarmaban a quien los sostenía un segundo de más y un puñado de pecas sobre las mejillas que la hacían ver más joven de lo que era. Tenía unas tetas grandes y firmes, con pezones rosados que se le marcaban bajo cualquier tela, un culo respingado de esos que hacen girar cabezas y una cintura estrecha que remataba en unas caderas anchas, hechas para parir y para ser agarradas.
Había sido deportista desde niña y eso se notaba: cintura estrecha, espalda firme, muslos largos y torneados, una manera de moverse que no necesitaba esfuerzo para llamar la atención. Cuatro mañanas por semana corría, y aunque en su nueva vida ya no había gimnasio cerca, no pensaba abandonar la costumbre.
Se habían conocido en la universidad y se casaron poco después de graduarse. Daniel entró como abogado en un bufete grande de Boston y ganaba lo suficiente para que Brenda no tuviera que ejercer. Ella había estudiado educación infantil porque amaba a los niños, y esa misma vocación la empujaba ahora hacia un deseo que crecía cada mes: quería ser madre.
—Estamos en el mejor momento —le dijo una noche, con la cabeza apoyada en su pecho—. Después seremos demasiado viejos para correr detrás de ellos.
Daniel estuvo de acuerdo. Pero había un detalle: querían criar lejos de la ciudad. Boston les parecía demasiado ruidoso, demasiado caro, demasiado inseguro para una infancia. Por suerte, el bufete tenía oficinas en casi todos los estados, así que pedir un traslado no sería un problema.
***
La agente inmobiliaria les mostró varias opciones, pero una los enamoró apenas vieron las fotos: una pequeña granja en un pueblo tranquilo de Vermont. Casa de dos plantas, cinco habitaciones, un jardín enorme de un verde casi irreal. El pueblo tenía escuela, academias de música y de pintura, ese aire familiar que ellos buscaban.
Lo que terminó de convencerlos fue la soledad del lugar. La vivienda más cercana quedaba a unos cincuenta metros, y la siguiente a más de trescientos. Privacidad pura. Viajaron a verla, recorrieron cada rincón del piso de madera maciza y del salón con su piano vertical, y cerraron el trato esa misma tarde, antes de que nadie se les adelantara.
La mudanza fue larga, tres días de carretera. Brenda miraba el paisaje cambiar por la ventanilla y pensaba que la vida había sido generosa con ellos, que aquello era apenas el comienzo de algo hermoso. Cuando por fin llegaron, encontraron sus cosas ya descargadas dentro de la casa. Agotados por el viaje, se cambiaron y cayeron dormidos sin cenar.
La mañana siguiente la dedicaron a desempacar. Brenda recorría las habitaciones con la boca abierta; venían de un apartamento diminuto y aquello le parecía un palacio. Al caer la tarde, ella se puso a preparar la cena mientras Daniel peleaba con la instalación del televisor en el salón. Entonces sonó el timbre.
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Daniel abrió y se encontró con un hombre alto y delgado, de pelo completamente blanco y una vejez serena en el rostro. Lo miró con cierta extrañeza por la hora.
—Buenas tardes —dijo el desconocido, tendiéndole la mano—. Mi nombre es Walter Hayes, soy su vecino, vivo en la casa de ahí enfrente. Vi el coche aparcado y me decidí a pasar a saludar.
—¡Mucho gusto, Walter! Soy Daniel —respondió, devolviéndole un apretón firme—. Nos acabamos de mudar con mi esposa. Espere un segundo, que la llamo. ¡Brenda, amor! Ven un momento.
Ella salió de la cocina secándose las manos en un delantal amarillo atado al cuello. Cuando vio la figura del hombre en el umbral, la sorprendió lo alto que era.
—Él es nuestro vecino, Walter Hayes —dijo Daniel.
—Mucho gusto, señor Hayes. Encantada —respondió ella con una sonrisa tierna, ofreciéndole la mano.
—Por favor, dígame Walter. El gusto es mío.
Walter se quedó sin palabras. No recordaba haber visto jamás una mujer así. El rostro de ella, sus ojos verdes, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros, el escote discreto del delantal que dejaba adivinar dos tetas generosas, todo lo dejó por un instante incapaz de pensar. Sintió una punzada en la ingle, una reacción que llevaba años sin visitarlo, y se removió disimuladamente. Tuvo que obligarse a volver a la conversación.
—¿Lleva mucho tiempo viviendo por aquí? —preguntó Brenda.
—Cuarenta años, más o menos. Es una zona muy tranquila.
—Me alegra oír eso. Nos mudamos justo buscando algo así.
Charlaron un par de minutos más, lo justo para que Walter se despidiera con cortesía y prometiera estar disponible para cualquier cosa que necesitaran. Mientras volvía a su casa, todavía aturdido, no podía sacarse a Brenda de la cabeza. Le hervía la sangre pensando en el cuerpo de aquella mujer, en cómo sería verla desnuda, en cómo sería lamerle los pezones o abrirle los muslos. Daniel es un hombre afortunado, pensó. Ese hijo de puta debe tener el coño más rico del estado esperándolo cada noche.
***
Los días se acomodaron en una rutina. Daniel salía temprano a su nueva oficina y volvía al anochecer. Brenda mantenía la casa, y como ya no tenía gimnasio, salía a correr por los caminos de tierra que rodeaban la propiedad.
Una mañana, de regreso de su carrera, pasó frente a la casa de Walter justo cuando él salía hacia su coche. Brenda lo saludó y se acercó. El hombre levantó la vista y casi se le cae la llave de la mano.
Ella estaba sonrojada por el ejercicio, con unos leggins ajustados que se le pegaban a cada centímetro del culo y un top deportivo que le comprimía las tetas hasta hacer sobresalir la carne blanca por los bordes. La tela del leggin se le metía entre las nalgas dibujando el hueco perfecto de su hendidura, y por delante marcaba con crudeza el bulto del pubis, dividido en dos por la costura. Walter tragó saliva. Los pezones de Brenda se transparentaban a través del top empapado en sudor, dos puntas duras que se le clavaron en la vista como agujas. La polla se le agitó dentro del pantalón, sorprendida de estar viva. Desvió la mirada, incómodo consigo mismo, y se obligó a sonreír.
—Buen día, Brenda. ¿Haciendo deporte tan temprano?
—Trato de mantener la costumbre —rió ella—. Oye, si quieres, esta tarde pásate por casa y nos tomamos un café. Así conversamos con calma.
—Suena perfecto. Nos vemos más tarde.
Brenda se despidió y siguió su camino. Walter se quedó mirando cómo el culo respingado se le movía dentro del leggin, arriba y abajo, con cada trote, dos medias lunas firmes que le hacían la boca agua. Esta puta hermosa está despertando cosas en mí que creí muertas hace años, se dijo, apretando los labios y sintiendo la verga endurecerse por completo contra la bragueta. Tengo que controlarme o voy a hacer una locura.
***
A las tres de la tarde, puntual, el timbre sonó. Brenda abrió y lo recibió con un beso en la mejilla. Llevaba un vestido floreado de tela fresca, ligeramente escotado pero nada vulgar, con la falda apenas por encima de las rodillas y el pelo suelto en ondas naturales. Al inclinarse para besarlo, el escote se le abrió un dedo y Walter alcanzó a ver por un segundo el nacimiento de los pechos, la carne pálida sostenida por un sujetador blanco de encaje. Tragó saliva y entró.
Se sentaron en extremos opuestos del sillón, cada uno con su taza, y conversaron de todo un poco. Walter, mientras hablaba de trivialidades, no podía evitar bajar la mirada a las rodillas desnudas de ella, a los muslos que se adivinaban bajo la tela, a la sombra oscura entre las piernas cuando cambiaba de postura. En algún momento, sin malicia, Brenda preguntó por su esposa.
—¿Están separados?
—No —respondió él, y la voz se le ensombreció—. Falleció hace más de quince años.
Brenda sintió que se le encogía el pecho.
—Discúlpame. No tenía idea. Lo siento de verdad.
—Tranquila. Te lo agradezco.
—¿Puedo preguntar de qué?
—Tuvo un problema en el cuello del útero. Empezó como algo menor, pero se complicó hasta volverse cáncer. Cuando los médicos lo entendieron, ya era tarde. —Hizo una pausa larga—. Nunca pudimos tener hijos. Era su mayor sueño y nunca lo cumplió. Por eso jamás volví a buscar pareja. Me dediqué a guardarle el luto que merecía.
Brenda lo escuchaba con los ojos húmedos. No entendía cómo a un hombre tan amable la vida le había repartido tanta tristeza.
—Nosotros nos mudamos aquí casi por lo mismo —dijo ella en voz baja—. Queremos formar una familia, criar lejos del ruido.
—Lo entiendo perfectamente. Son jóvenes, están en la flor de la vida. Estoy seguro de que pronto serás madre, Brenda.
Ella sonrió, conmovida, y se levantó a recoger las tazas. Walter se quedó solo en el salón, removido por dentro. Nunca, en quince años, había pensado en romper aquel luto. Pero la aparición de aquella rubia lo estaba desordenando todo. Se acomodó la verga que había vuelto a inflarse dentro del pantalón, indisciplinada, mientras la escuchaba trajinar en la cocina.
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Entonces, desde la cocina, llegó el ruido seco de algo que se quebraba contra el suelo.
—¡Mierda! ¡Daniel me va a matar! —se oyó la voz de Brenda.
Walter se levantó preocupado y caminó hasta la cocina. Cuando llegó al marco de la puerta, se detuvo en seco. Lo que vio lo dejó paralizado.
Brenda estaba agachada en cuclillas, de espaldas a él, recogiendo los trozos de una taza rota. La falda del vestido se le había deslizado hacia arriba, remangada por completo hasta la cintura, y sin que ella lo sospechara le ofrecía una vista que él jamás se habría atrevido a imaginar. Ahí, a plena luz dorada de la tarde, tenía frente a los ojos las dos nalgas de Brenda apenas cubiertas por una tanga blanca de encaje que se le hundía entre las carnes. La tela le desaparecía dentro de la raja, dejando al descubierto casi por completo el culo redondo, firme, con la piel blanca y sin una sola marca. Y por debajo, en la sombra dulce entre los muslos abiertos, se le marcaba nítidamente el bulto del coño, los pliegues del sexo comprimidos contra el encaje mojado por el calor del día, con un vello rubio y fino asomando por los bordes.
A Walter se le cortó la respiración. La polla se le puso dura como una piedra en un segundo, dolorosa, tirando de la tela del pantalón. Sintió una gota de saliva bajarle por la comisura y tuvo que apretar los dientes para no gemir. Se llevó una mano al bulto y se lo apretó despacio, sin dejar de mirar el coño de la mujer de su vecino, la separación perfecta de sus muslos, el olor lejano y hembra que le llegaba de aquella cocina inundada de luz. No hizo ningún ruido. Ella, concentrada en juntar las piezas, no se dio cuenta de que él seguía allí, mirándola, conteniendo el aliento, guardándose cada centímetro de aquella imagen en la memoria como quien guarda oro. La escena duró apenas un minuto, pero a Walter se le hizo eterno, y en ese minuto se juró que probaría ese coño aunque le costara la vida.
Cuando Brenda terminó de recoger los pedazos y empezó a incorporarse, Walter volvió rápido y en silencio al sillón. Se acomodó la verga inflamada contra la ingle, se secó el sudor de la frente y trató de aparentar calma. Le costaba respirar con normalidad y las piernas le temblaban.
—¿Qué pasó? —preguntó cuando ella reapareció—. Escuché que se rompió algo.
—Se me cayó una taza. Se la regaló la madre de Daniel cuando él se fue a estudiar. La guardaba con mucho cariño. Me va a armar un escándalo.
—¿Podrías guardarme los trozos? —dijo Walter, fingiendo culpa—. Al fin y al cabo, yo vine a molestarte con el café. Déjame intentar conseguir una igual. Es lo menos que puedo hacer.
—¿Qué cosas dices? Yo te invité, y fui yo la torpe.
—Insisto. Busca los pedazos.
Ella terminó cediendo. Le entregó la caja con los fragmentos y le agradeció el gesto. Walter se despidió y volvió a su casa con el pulso todavía acelerado, la polla aún dura latiéndole contra el pantalón. Apenas cerró la puerta, se bajó los pantalones hasta las rodillas, se sentó en el sillón y se agarró la verga con la mano abierta. Estaba hinchada, morada, con la punta mojada de líquido preseminal. Empezó a masturbarse pensando en el coño de Brenda apretado contra la tanga blanca, en la sombra rubia entre sus muslos, en el olor imaginado de aquella carne joven. Se corrió a los dos minutos, con un gemido ronco, disparando chorros espesos de semen sobre su propio vientre. Hacía años que no eyaculaba con tanta fuerza. Se quedó tirado allí, con la respiración pesada, mirando al techo, incapaz de borrar de su memoria aquella imagen.
***
Esa noche, durante la cena, Brenda le contó a Daniel toda la historia del vecino: la esposa muerta, los hijos que nunca llegaron, la soledad de un hombre sin familia cerca. Daniel se conmovió de verdad.
—Creo que lo mejor que podemos hacer es ser buenos vecinos —dijo él—. Invítalo a almorzar de vez en cuando, hazle compañía. No le viene mal a nadie.
—Me parece bien, cariño. Voy a estar más atenta con él.
Brenda se durmió pensando en lo buen hombre que era su marido, capaz de preocuparse por un viejo solitario. Lo que ninguno de los dos imaginaba era qué clase de deseo había despertado Brenda en su vecino, ni hasta dónde estaría dispuesto a llegar él para alimentarlo.
***
Los días siguientes, Brenda cumplió su palabra. Walter la visitaba o ella lo invitaba; compartían el almuerzo, la merienda, las tardes lentas del pueblo. Paralelamente, ella había empezado un tratamiento con la ginecóloga del lugar: quería estar segura de que su cuerpo estaba listo antes de buscar el embarazo.
Una mañana, después de su carrera, Walter la llamó desde la puerta de su casa.
—Brenda, ¿puedes venir un momento? Tengo una sorpresa para ti. Espérame aquí.
Ella entró al salón mientras él desaparecía en su habitación. Cuando volvió, traía algo escondido tras la espalda.
—Sé lo mucho que esto significa para Daniel. No quiero que tengas problemas por mi culpa.
Adelantó las manos y le mostró la taza: exactamente la misma que se había roto. Brenda no lo podía creer.
—¡Walter, eres un amor! ¿De dónde la sacaste?
—Me costó. Un conocido me ayudó a rastrearla por internet.
Sin pensarlo, Brenda se acercó y lo abrazó con fuerza para agradecerle. Y entonces lo sintió. Algo duro, grueso, largo, contra la altura de su bajo vientre, presionándole con firmeza justo por encima del pubis. No era una impresión ni una casualidad: era una verga completamente erecta, empalmada, palpitando contra su cuerpo a través de dos capas de tela. Brenda sintió el calor de aquello atravesándole el vestido, sintió la forma inconfundible de un glande hinchado contra su carne, sintió incluso una leve palpitación, como si el corazón del viejo le latiera ahí abajo. Se le escapó un jadeo mínimo, contenido, y una oleada de calor le subió del vientre a las mejillas. Los pezones se le endurecieron sin permiso contra el pecho de Walter, marcándose a través del sujetador.
Walter, con las manos temblorosas apoyadas en la espalda de ella, sentía la suavidad de su piel bajo la tela fina, la presión firme de sus tetas contra su pecho, el olor a champú y a mujer joven que le llegaba del pelo. Luchó por mantener la compostura, por no bajarle las manos al culo, por no apretarla más contra él, por no restregarle la polla que le dolía de tan dura. Un segundo más y no habría podido contenerse. Brenda se separó despacio, un poco aturdida, evitándole los ojos.
Brenda se despidió con la taza en la mano y volvió a su casa. Mientras caminaba, con las piernas todavía flojas y un cosquilleo raro entre los muslos, una pregunta empezó a rondarle la cabeza y no la dejaba en paz.
¿Qué había sido eso que sentí contra mí? ¿Era realmente su polla? ¿Estaba dura por mí?
Se dijo que era imposible, que Walter tenía edad para ser su abuelo, que un hombre así ya no podía. Pero el pensamiento volvía una y otra vez, incómodo y persistente, negándose a desaparecer. Y con el pensamiento venían las imágenes: la verga de aquel viejo delgado, larga y gruesa como se le había marcado contra el vientre, más grande de lo que ella habría imaginado jamás. Se sorprendió preguntándose de qué color sería, si estaría circuncidada, cuánto semen sería capaz de descargar un hombre que llevaba quince años sin tocar a nadie. Se sonrojó sola, en medio del camino, y sacudió la cabeza para espantar aquellas ideas sucias. Lo rechazó, lo apartó, se concentró en sus tareas. Y aun así, mientras limpiaba la cocina con la taza nueva sobre el estante, sintió un calor húmedo entre las piernas que la obligó a apretar los muslos, y una parte pequeña y silenciosa de ella se quedó pensando en la polla dura de su vecino de setenta años.
Lo que ninguno de los tres sabía todavía era que aquel abrazo había sido apenas la primera grieta.
***
Fin de la primera parte.





