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Relatos Ardientes

Mi primera vez anal llegó tarde, pero llegó

Me llamo Remedios y regento un bar en un pueblo del sur, de esos donde el sol cae a plomo sobre las calles blancas y la siesta es casi una religión. Me decido a contar esto porque me cansa la hipocresía que todavía arrastramos en este país a la hora de hablar de ciertas cosas. Tengo sesenta y un años, el pelo corto y canoso, soy rellenita pero coqueta, de las que se arreglan aunque solo vayan a la farmacia. Llevo años divorciada de un hombre que de hombre tenía poco, y me gusta vestir con falda y botín, con tacón o con deportivas, pero siempre intentando ir mona, cosa que me reconocen mis amigas.

Nunca imaginé que, a mi edad, fuera a descubrir algo tan intenso, tan crudo. Una creía que ya lo había visto todo, que el cuerpo ya no guardaba sorpresas. Y resulta que la vida, caprichosa como ella sola, me tenía reservado un encuentro que cambiaría para siempre lo que yo entendía por placer.

Todo empezó una tarde cualquiera. Sékou, un chico senegalés de poco más de treinta, alto y fornido, había empezado a echarme una mano en el local cuando terminó la temporada de la fresa. Lo contraté porque me lo recomendó un cliente de confianza, y la verdad es que resultó trabajador, mañoso y de una nobleza que se notaba a la legua. Tenía una presencia que llenaba el espacio, no solo por el físico, sino por una calma que parecía vibrar a su alrededor.

Hablábamos mucho, porque yo soy dicharachera y él me contaba su viaje desde su tierra, sus penurias, sus ilusiones. Me di cuenta enseguida de que era un tío de los pies a la cabeza. Entre tanta charla acabó saliendo el tema del sexo, y yo le confesé entre risas que jamás había probado el anal, que eso nunca había sido para mí.

Hasta ahí, todo normal. Pero desde aquella conversación algo cambió. No sabría explicarte el qué, pero sus miradas eran otras. Me sostenía los ojos un segundo de más, y yo, que ya me creía de vuelta de todo, notaba un calorcillo absurdo subiéndome por el cuello.

Los días siguientes me sorprendí a mí misma arreglándome un poco más antes de bajar a abrir. Un toque de carmín, los pendientes buenos, la blusa que me favorecía. Tonterías de cría, me decía, mientras me miraba al espejo más tiempo del que llevaba mirándome en años. Pero el cuerpo manda, y el mío llevaba demasiado tiempo en silencio.

Él lo notaba, estoy segura. Cuando le pasaba un cajón de cervezas, nuestras manos se rozaban más de lo necesario. Cuando me agachaba a recoger algo, sentía su mirada caer sobre mí como una caricia. Y yo, en lugar de incomodarme, me crecía. Me gustaba sentirme deseada otra vez, a mi edad, por un hombre que podría ser mi hijo.

***

Una noche, ya muy tarde, después de echar el cierre, estaba recogiendo las últimas cosas cuando sentí su presencia a mi espalda. El aire pareció cargarse de electricidad. Me llegó su olor, un olor a hombre cansado de la jornada, fuerte pero limpio, que me removió por dentro de una forma que no esperaba.

Sin decir una palabra, Sékou se acercó. Sentí su calor, su aliento en la nuca, y luego sus manos, grandes y firmes, que me giraron despacio contra la pared. No hubo resistencia por mi parte. Solo una rendición silenciosa a lo que estaba claro que iba a pasar. Noté su erección apretándose contra mí, dura, enorme, imposible de ignorar.

Un escalofrío me recorrió la espalda y las piernas empezaron a temblarme. Llevaba tanto tiempo sin que un hombre me deseara así, sin disimulo, que el cuerpo se me adelantó a la cabeza.

Él seguía sin hablar. Solo actuaba. Con un movimiento me subió la falda y me bajó la ropa interior. Pensé, fugazmente, en mil tonterías de las que una piensa en esos momentos, pero todo se borró cuando sentí su mano cerrándose sobre mi trasero, apretando con fuerza, como si reclamara algo que ya considerara suyo.

Entonces se arrodilló detrás de mí. Sin avisos, sin preámbulos, empezó a recorrerme entera con la lengua, sin dejar un solo rincón sin atender. Me sostenía las caderas para que no me escapara, y yo me agarraba a la pared como podía. Me corrí así, de pie, con las rodillas a punto de fallarme, antes incluso de que él se hubiera quitado la camiseta.

Cuando lo hizo, parecía un dios tallado en ébano. Me cogió en brazos como a una muñeca, con la falda hecha un nudo en la cintura, y me llevó a la trastienda. Me sentó en la vieja mesa de madera y se desabrochó el pantalón. Lo que salió de ahí me dejó sin aire: una verga oscura, gruesa, larga como mi antebrazo, que se irguió como un resorte.

—Remedios —me dijo con una voz grave y tranquila—, esta noche vas a sentir lo que nunca te has atrevido a sentir.

—Por favor, ten cuidado —le supliqué.

Me respondió con un shhh dulce y firme a la vez, y supe que estaba en sus manos. Cogió un poco de aceite de los que tengo por allí para la cocina y se lo extendió despacio. Yo miré hacia atrás: su miembro brillaba, y sus abdominales también, pero de sudor. Me derretía solo de verlo.

***

Me dio la vuelta con cuidado y apoyó la punta en la entrada de mi culo. Al principio dolió. Era tan grande, tan ancho, que mi cuerpo entero se tensó en una protesta instintiva. Pero él tenía paciencia. Empujaba apenas un poco y se quedaba quieto, susurrándome que me relajara, que respirara, que él no iba a ninguna parte.

Y poco a poco, ese dolor se transformó en otra cosa. En algo que no sé nombrar. Mi cuerpo cedía centímetro a centímetro, mi esfínter se rendía a aquella invasión lenta, hasta que lo sentí entero dentro de mí. Nunca me había sentido tan llena.

Entonces empezó a moverse. Me empotró contra la mesa, empujando con una fuerza que me hacía sentir pequeña y vulnerable, pero también, curiosamente, poderosa. Notaba cómo me llenaba, cómo me estiraba, como si quisiera llegar hasta lo más hondo de mí. Sentía cada embestida en partes de mi cuerpo que no sabía que existían.

El sudor me caía por la frente y se mezclaba con unas lágrimas que no eran de pena, sino de pura intensidad. Las piernas me temblaban tanto que pensé que iba a desmayarme, pero él me sujetaba por las caderas, firme, como si supiera que ya no podía parar. Y yo no quería que parase. Por nada del mundo.

El olor del cuarto era abrumador, a sudor y a sexo y a hombre, pero no me resultaba desagradable, sino embriagador. Me sentía fuera de mí, como si mi cuerpo hubiera dejado de pertenecerme, convertido en un instrumento afinado solo para aquel placer salvaje.

—¿Te gusta? —me preguntaba.

Y yo le contestaba barbaridades que jamás creí que saldrían de mi boca, palabras que parecían dichas por otra mujer. Le pedía más, le rogaba que no se detuviera, y él respondía con la misma crudeza, espoleándome, llevándome cada vez más lejos. Entre los dos montamos un festival de gemidos, jadeos y súplicas que de seguro se oía hasta en la calle vacía.

Hubo un momento de mi cuerpo perdiendo todo control, un instante visceral en el que me solté entera, sin vergüenza, sin pudor, rendida del todo. Lejos de cortarme el rollo, aquello me llevó todavía más arriba. A él tampoco le importó; al contrario, pareció encenderlo aún más.

***

Cambió de postura, me hizo subir las caderas sobre la mesa y se ancló a mí desde arriba, con un ímpetu que ya no medía el tiempo ni la decencia. Yo había dejado de contar las veces que me corría. Empecé a gritar de una forma que parecía que estaba pariendo, no gozando, y así estuvo lo que se me hicieron diez minutos eternos a un ritmo descomunal.

Cuando por fin terminó, sentí un chorro caliente inundándome por dentro. Sékou se separó con las piernas temblorosas y el corazón desbocado. Yo respiraba con dificultad, intentando recuperar el aliento, notando cómo todo aquello me resbalaba muslos abajo. La mente la tenía en otro sitio, en ese lugar donde el placer y el dolor se funden en algo que no se puede explicar.

Lo miré. Estaba sentado en una silla de la trastienda, sudoroso, agotado, y sin embargo su miembro seguía duro, erguido, como si aquello no le hubiera bastado.

Me acerqué, atraída por esa presencia imponente, por esa verga que me había llevado a un lugar del que ya no quería regresar. Con la mano todavía temblorosa, la rodeé y empecé a acariciarla, despacio, sintiendo cómo crecía aún más, cómo latía con vida propia bajo mis dedos.

Sékou cerró los ojos y gimió suave. Yo supe entonces que estaba a punto de correrse otra vez. Vaya animal en celo había venido a parar a mi bar y a mis manos.

Y así fue. Se vació en mi mano con un chorro caliente que me salpicó los dedos. Miré el semen, miré el contraste de su piel oscura y mi mano clara, y luego levanté la vista hacia él, que me observaba con una sonrisa, como si supiera perfectamente adónde me había arrastrado. Y tenía toda la razón.

En ese momento me sentí como no me sentía desde hacía décadas. Como si tuviera veinte años, con el cuerpo ardiendo y el alma en llamas, con una sonrisa que no me cabía en la cara. Había descubierto algo nuevo, algo sucio, algo prohibido, que me hacía sentir más viva que nunca.

Y aunque tenga sesenta y uno, en aquel instante me sentí eterna. Aquella fue la primera vez, pero te juro que no fue la última. Lo cuento para que más mujeres pierdan el pudor y, si encuentran al hombre adecuado, se atrevan a vivir lo mismo que yo. Un beso, Remedios.

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Comentarios(2)

RaulBaires

Buenisimo!!! uno de los mejores que lei en un tiempo.

SandraV_lect

Hay segunda parte? Quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche.

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