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Relatos Ardientes

Lo que le confesé a mi hermano sobre el sexo oral

Nunca pensé que tendría esta conversación con mi hermano, y mucho menos que terminaría escribiéndola. Pero pasó, y creo que vale la pena dejarla tal como ocurrió: una noche de verano, en el balcón de mi departamento, con dos cervezas que se calentaban en la mano y una pregunta que él arrastraba desde hacía semanas.

Bruno tiene veintidós años y yo le saco doce. Para él siempre fui una especie de manual de todo lo que la vida no te explica en ningún lado. Esa noche, después de dar muchas vueltas y de hablar de cualquier estupidez para ganar tiempo, soltó la pregunta sin mirarme a los ojos.

—¿A vos te gusta… comérselo a ellas? —dijo, con la vista clavada en la calle, como si la respuesta estuviera abajo, entre los autos.

—Gustarme… —contesté, y dejé que la palabra quedara colgando.

—Mmm. ¿Eso es un sí por la cara de vicioso que pusiste? —se rió, ya más suelto.

—Tomátelo como quieras —le dije—. Pero ojo con lo que estás abriendo.

—¿Por qué te gusta? ¿Qué se siente?

No sé por qué carajo te estoy contando esto, pensé. Es mi hermano menor, recién había salido de la adolescencia, y de golpe me estaba pidiendo que le explicara una de las cosas que más me gustan en la vida. Pero bueno. Si no se lo contaba yo, se lo iba a contar internet, y eso es mucho peor.

—Hay algo que tenés que entender antes que nada —empecé—. Esto es fruta prohibida. Una vez que la probás, hacéme caso, no hay vuelta atrás.

Le di un trago a la cerveza y seguí.

—Toda la vida te van a hablar de las drogas. De lo adictivas que son, de cómo te arruinan. Pero en esa lista nunca te ponen lo más adictivo de todo, que es el deseo. Cada cuerpo tiene su propia sustancia para el otro. Y el sexo oral, bajar ahí, es de las cosas más fuertes que vas a probar.

—No me mires con esa cara de incrédulo —le dije, porque me estaba mirando con cara de incrédulo—. Te hablo en serio.

—Te escucho —dijo, y por primera vez se dio vuelta y me prestó atención de verdad.

***

—Arranca antes de tocar nada —le expliqué—. Empieza con ella vestida. Con solo separarle las piernas ya vas a notar la humedad a través de la ropa. A veces ni hace falta tocar: te llega el calor, el olor, una cosa que no se parece a ningún perfume de farmacia. Es químico. Es hormonal. Y en ese momento ya está, ya perdiste la cabeza, ya estás más duro que una piedra y te late.

—¿Y después?

—Después, despacio. La sacás de la ropa interior y te tomás tu tiempo para mirar. Verlo todo abierto, sentir cómo palpita, el calor que larga, la respiración de ella que se empieza a agitar. Para ese momento ella ya te está acariciando la cabeza, casi sin darse cuenta, como quien acaricia a alguien que le importa.

—¿Y se besa, o…?

—Se besa todo. Empezás por afuera, sin apuro. Repasás con la punta de la lengua cada centímetro, los labios exteriores, la cara interna de los muslos. Cuando lo hacés bien, sentís cada detalle: la piel, el sudor, el sabor que empieza a aparecer. Y ella, mientras tanto, deja de respirar normal. Ahí ya sabés que vas por buen camino.

Bruno se quedó callado un rato largo. Después dijo:

—¿Querés que te sea sincero? Cada vez tengo más curiosidad.

—Y esa curiosidad es buena —le dije—. Pero no te la voy a sacar yo. Esto se cuenta hasta cierto punto. Lo demás lo vas a entender solo, la primera vez que una mujer empiece a temblar con tu boca ahí.

—¿Temblar?

—Espasmos. Gemidos que no controla. El momento en que deja de acariciarte la cabeza y te agarra del pelo. Cuando te dice que no pares, que se va a venir, que ya está. Y a los pocos segundos la tenés con la boca pegada a ella, la cabeza atrapada entre sus piernas, y todo se le suelta de golpe, como si se le hubiera roto algo por dentro de puro placer.

—La puta madre —murmuró, y se rió, pero ya no de nervios.

—Y hay algo que casi nadie te dice —seguí—. Mientras estás ahí abajo, no estás solo haciendo. Estás leyendo. Cada movimiento de la cadera, cada vez que aprieta los muslos, cada cambio en la respiración te está diciendo algo. Si subís el ritmo y ella arquea la espalda, vas bien. Si se tensa y se queda quieta, frená un segundo. El cuerpo de ella te va guiando todo el tiempo; solo tenés que prestar atención y dejar el orgullo de lado.

—¿Y cómo sabés cuándo está cerca?

—Lo vas a saber —le dije—. Se le corta la respiración de otra manera, los muslos te empiezan a temblar contra las orejas, y a veces hasta deja de hacer ruido, como si estuviera juntando todo para el final. Ahí no cambies nada. Ese es el error más común: justo cuando funciona, la gente se pone nerviosa y cambia el ritmo. No. Si encontraste algo que la lleva, sostenelo hasta el final.

—Una cosa más —agregué—. Antes de subir a besarla, preguntale si le molesta que la beses con el sabor de ella todavía en la boca. Algunas aman eso, otras no. Y nunca te olvides de agradecer. Lo que acabás de comer es un manjar, y se agradece como tal.

***

—Pará, pará —me frenó—. Tengo tres preguntas. ¿A todas les gusta? ¿Y si no me gusta el sabor? ¿Y si la primera vez me toca con una desconocida y no con alguna conocida?

Me reí. Eran exactamente las tres preguntas que yo me había hecho a su edad.

—A casi todas les gusta —le contesté—. Hay algunas que te van a decir que no, que no quieren, y casi siempre es por dos motivos. El primero es una mala experiencia anterior. Por eso es la parte más delicada de todo. Es el plato fuerte, lo que les da el estallido final, y hay que tratarlo con cuidado. Con paciencia, con tacto, con delicadeza. No es una carrera. Es lo más sensible que tienen, y si alguien antes lo trató como un trámite, ella va a estar a la defensiva.

—¿Y el segundo motivo?

—Vergüenza —dije—. Pasa muchísimo. No se ducharon ese día, transpiraron de más, estuvieron horas afuera, lo que sea. Y les da pudor. Ahí tu trabajo es darle seguridad. Hacerle entender, sin discursos, que a vos no te importa, que justamente te gusta así, real, como es. La mejor forma de demostrarlo es haciéndolo: mientras la tocás, te llevás la mano a la boca y la mirás a los ojos. Sin asco, sin teatro. Cuando ella ve que de verdad lo disfrutás, se suelta. Y cuando una mujer se suelta del todo, no hay nada igual.

—¿Y lo del sabor? —insistió.

—El sabor es parte del asunto —le dije—. Cuando comés algo es porque te gusta cómo es. La textura, el gusto, todo. Imaginate comerte una comida que sabe a jabón. O algo sin gusto a nada. No, gracias. Tiene que saber a lo que es. Y si alguna vez querés influir en eso… bueno, esa es otra charla, para más adelante.

—¿Hay manera de…?

—Más adelante —corté, y me reí—. Una cosa a la vez.

***

—Lo de la desconocida te lo dejo para el final porque es lo más fuerte —seguí—. La primera vez vas a estar más tranquilo con alguien de confianza. Una amiga, alguien que conozcas, alguien con quien no te dé miedo equivocarte. Es lo lógico. Pero te voy a ser honesto: hacérselo a una mujer que no conocés de nada tiene un morbo que no se compara con nada.

—¿Por qué?

—Por todo lo que no sabés —dije, y bajé un poco la voz, aunque no había nadie cerca—. La conocés a las once de la noche y a las dos de la mañana la tenés sentada en el capó de un auto, en una calle vacía, con el vestido subido. No sabés su nombre. No sabés si tiene pareja. No sabés si la vas a volver a ver. No sabés ni qué edad tiene: te imaginás que ronda los treinta, o capaz los cuarenta y pico, y la verdad es que da igual. Las dos son adultas, las dos quieren lo mismo que vos, y eso es todo lo que importa.

—Suena a una locura.

—Es una de las cosas más primitivas que vas a vivir —le dije—. Saciar el instinto en cualquier lado, con cualquiera, sin importar la vida privada de nadie. Dejarte llevar y disfrutar, nada más. Por una noche, ninguno de los dos es quien es el resto del tiempo. Sos puro presente.

Bruno se quedó mirando la calle de nuevo, pero esta vez con otra cara. Ya no era la del chico nervioso del principio. Era la de alguien que acababa de entender que el mundo era un poco más grande de lo que pensaba.

—Una última cosa —le dije, terminando la cerveza—. Todo esto que te conté no sirve de nada si no te interesa de verdad lo que siente ella. Si vas a comerle el sexo a una mujer pensando solo en vos, mejor ni empieces. El secreto entero es ese: que te importe más su placer que el tuyo. Lo demás se aprende solo.

—¿Y vos lo aprendiste solo? —me preguntó.

—La mayoría, sí —admití—. Pero me hubiera gustado que alguien me hablara como te estoy hablando a vos. Me hubiera ahorrado un par de errores.

Se rió, chocó su botella vacía contra la mía y nos quedamos un rato en silencio, mirando los autos pasar abajo.

—Gracias —dijo al final, y lo dijo en serio.

—De nada, hermano —le contesté—. Y por favor: lo que hablamos acá, queda acá.

No me hizo caso, claro. Yo tampoco lo hubiera hecho. Pero al menos ahora, cuando le llegue su turno, no va a estar tan perdido como estuve yo. Y eso, viniendo de un hermano mayor, es probablemente lo único realmente útil que le pueda enseñar.

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Comentarios(2)

DiegoBA_84

increible!!! me encanto

Valentina_cruz

Que manera de narrar, se siente todo tan real. Seguí así por favor.

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