La picazón que solo el bar de Honorio calmaba
Renata Soledad dejó la peineta sobre el tocador con un gesto lento, calculado, como si la calma de la mano pudiera contagiarse al resto del cuerpo. Se miró al espejo con cara de pocos amigos, librando ese duelo de siempre consigo misma que nunca lograba ganar. Apretó los labios, volvió a tomar la peineta y fingió que arreglarse el pelo era lo único que ocupaba su cabeza.
En el fondo sabía que la batalla estaba perdida de antemano. A lo sumo podía postergarla, robarle unos minutos, ganar un respiro que le permitiera sentir, aunque fuera por un rato, que tenía una vida común y corriente. Soñaba con ser como las demás mujeres de Las Acacias, el pueblo que la había visto crecer y que, a su manera, la aceptaba con sus virtudes y sus rarezas. Las otras eran libres, dueñas de sus horas, sin esa urgencia anómala metida entre las piernas. Ella no.
Tomó el rizador de pestañas, le quitó la tapa, respiró hondo y se lo acercó a los ojos. La picazón interna crecía minuto a minuto, terca, insistente. Ignorarla era casi imposible, pero Renata mantenía el rostro imperturbable. Terminó de maquillarse y, en un acto que ella misma sabía mentiroso, se sentó a leer un libro.
Apenas apoyó el cuerpo en el sillón, el picor se transformó en ardor. Releyó por tercera vez la misma línea sin avanzar una sola palabra, mientras apretaba las nalgas en un intento inútil de ganarle la pulseada a su propia carne. Bastaron unos segundos para que eso no alcanzara, porque nunca alcanzaba. Empezó a mover las caderas en círculos sobre un asiento que de pronto se sentía vacío, insuficiente, casi una burla.
Tiró el libro contra el suelo y se puso de pie de golpe, furiosa con ella misma, con su cuerpo, con la suerte que le había tocado. Salió de la casa hecha una tormenta, empujada por una comezón más intensa que de costumbre.
***
Caminó rápido dos cuadras, incómoda, con un único objetivo clavado en la mente: llegar cuanto antes al bar de Honorio. Un antro de techo bajo, olor a humedad y luces cansadas, que con el tiempo se había vuelto una suerte de consultorio para su mal.
Entró sin anunciarse, y su sola presencia pareció encender el lugar. Algunos parroquianos buscaban consuelo en el fondo de una botella; otros, en cambio, esperaban —o más bien rezaban— por lo que finalmente pasó. Que ella cruzara la puerta.
Apenas pisó el umbral, seis hombres de edades, oficios y atractivos distintos se pusieron de pie con una sincronización que rozaba lo milagroso, como si hubieran ensayado la escena cientos de noches. Uno tras otro soltaron frases que ya parecían parte del inventario del local.
—Renata, qué gusto verla.
—Señora, qué placer, usted sabe que aquí estoy para lo que mande.
—Lo que necesite, no más pida.
Ella apenas les concedió una mirada de reojo. Buscó con los ojos a Honorio, el dueño, que se acercó con el orgullo del que tiene la situación bajo control.
—Todos estos holgazanes tienen los papeles al día, señora —le aseguró, abarcándolos a todos con un gesto de la mano.
Renata no necesitó más. Señaló a uno con el dedo, casi al azar, y caminó sin esperar respuesta hacia el cuartito que había detrás de la barra, acondicionado solo para ella. El resto de los hombres tragó la decepción en silencio. Gervasio, el elegido, sintió que el dedo del destino acababa de tocarlo en la frente.
***
Gervasio pensaba entrar a lo bruto, pero lo que vio al abrir la puerta superaba cualquier relato que le hubieran contado en las mesas. Y, sin embargo, era exactamente lo que le habían anticipado.
En aquel espacio mínimo —una cama angosta, un velador, un perchero y una silla, lo justo y necesario— encontró a Renata desnuda, con las piernas separadas y el torso inclinado en un ángulo preciso. Su piel parecía despedir luz propia bajo la lámpara apagada del cuarto. Y, como si la escena necesitara un último golpe de realidad, ella misma se estaba aplicando lubricante con una naturalidad de oficio.
A Gervasio se le secó la boca. Su cuerpo respondió al instante, pero la cabeza seguía atrapada en la imagen más deslumbrante que había visto en su vida. Solo reaccionó cuando la voz de ella, impaciente, con un dejo de fastidio, lo sacó del trance.
—Apúrate. Me pica mucho.
El hombre se acercó con una calma fingida y posó ambas manos sobre esas nalgas firmes, en un intento ingenuo de improvisar algo parecido a una previa. Las acarició, las apretó. Pero Renata, sin paciencia para preámbulos, le tomó la mano, lo guio hasta donde lo necesitaba y se empujó hacia atrás para sentirlo entrar de una vez.
Gervasio soltó un quejido de placer y de incredulidad a partes iguales. Sintió cómo la presión cede y luego vuelve, cómo su cuerpo se hundía en el de ella hasta quedar trabado en un vaivén breve y brutal. No hubo caricias delicadas ni rodeos: Renata lo quería ahí, clavado, llenándole el culo de una vez, y él obedeció con una torpeza excitada que apenas podía disimular. Cada embate le arrancaba a ella un resuello seco, más de alivio que de goce, mientras las manos de Gervasio se aferraban a sus caderas como a una tabla en medio del agua.
Renata inclinó más el torso, apoyó una mano en la cama y separó todavía más las nalgas para dejarlo trabajar con libertad. Gervasio miró aquel cuerpo perfecto y sintió que se le iba la razón. Le hundió la verga con hambre, y el sonido húmedo del contacto empezó a llenar el cuarto, mezclado con el roce de piel contra piel y la respiración cargada de ambos. Ella no pedía ternura. Pedía fondo. Pedía presión. Pedía que la dejaran bien abierta, bien tomada, hasta que la comezón en las entrañas cediera por completo.
—Eso —dijo ella entre dientes—. Más adentro. No pares ahora.
Gervasio obedeció como un animal domesticado por la necesidad ajena. Le agarró las caderas, la sostuvo firme y empezó a follarla por detrás con una cadencia cada vez más segura. El ruido de los cuerpos chocando contra la cama era seco, insistente, casi indecente en su repetición. Renata cerró los ojos, aflojó la mandíbula y dejó salir un gemido bajo, ronco, que no era exactamente de placer sino de alivio bruto, de ese alivio que solo llega cuando por fin te rascan donde arde de verdad.
Él se dejó llevar por la visión de esas nalgas tensas, de la cintura moviéndose al ritmo de sus empellones, y se volvió más atrevido. Le hundió la cara entre los hombros, la sostuvo por la cintura y le dio con más fuerza, hasta que el cuarto entero pareció contraerse alrededor de ellos. Renata arqueó la espalda, enterró los dedos en la sábana y le exigió con una voz más áspera:
—No me toques la boca. Y no aflojes.
Gervasio soltó una risa ahogada y siguió. Había en esa orden algo que lo excitaba más todavía: la certeza de que no había romance posible ahí, solo un servicio preciso, brutal, casi mecánico, y sin embargo más intenso que cualquier cosa que hubiera conocido. La respiración de Renata se fue volviendo más profunda, más lenta, como si el cuerpo dejara de pelear y empezara por fin a agradecerle el castigo. Él la embistió una y otra vez, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo la carne de ella lo recibía con una firmeza caliente que lo volvía loco.
Cuando Renata sintió que el ardor empezaba a retroceder, no lo ocultó. Se movió con más decisión, sostuvo el ritmo con una mano sobre la cama y la otra aferrada al borde del colchón. Gervasio entendió entonces que no era solo un deseo salvaje: era una necesidad física, un mal que se calmaba a fuerza de polla dura y de penetración constante. Y esa certeza lo terminó de desarmar. Le temblaron los muslos, se le aceleró la respiración, y cada golpe de cadera le robó un jadeo más profundo.
Al final, Renata soltó un suspiro largo, casi satisfecho, y hundió la cara en el brazo para no perder la compostura. El cuerpo se le aflojó apenas, señal inequívoca de que por ahora bastaba. Gervasio siguió un par de embates más, con la precisión del que no quiere interrumpir el alivio justo cuando lo está viendo llegar. Después se retiró con un gesto torpe, la frente empapada de sudor, la verga todavía palpitante y la mirada perdida de quien acaba de cruzar un umbral del que ya no se vuelve igual.
***
Afuera, Honorio instruía al resto con solemnidad de maestro de escuela, mientras los demás escuchaban el ritmo sordo que llegaba a través de la pared.
—A ver, muchachos, esto tiene reglas y se respetan. Nada de decirle groserías. No le gusta que la traten mal, ni con sobrenombres ni con vulgaridades.
—Ajá, ajá —asintieron, obedientes.
—Y escuchen bien —agregó, levantando el índice—: ni se les ocurra buscarle la boca. Y por nada del mundo, ni por error, la toquen por delante. Por detrás, solo por detrás, y se acabó.
Adentro, Renata empezaba a sentirse algo más serena. La estaban rascando justo donde dolía, y el alivio era enorme, aunque ella lo sabía pasajero, peligrosamente efímero. Giró el rostro, de facciones finas, clavó sus ojos verdes en el hombre que la sostenía y le pidió que llegara más al fondo. Para ayudarlo, abrió un poco más las nalgas y empujó las caderas hacia él. Lo sintió más adentro, pero también percibió la tibieza que delataba, sin lugar a dudas, que aquel turno había terminado.
—Sé que es una mujer espléndida —seguía Honorio del otro lado de la pared—, entiendo que quieran tocar lo que no se debe. Pero para ella eso es lo íntimo, lo sagrado. Lo que necesita de nosotros es otra cosa, una sola. Ni más, ni menos.
La lección de Honorio se cortó con el golpe brusco de la puerta. Por ella asomó medio cuerpo de aquella belleza desconcertante, la melena negra revuelta. Se hizo un silencio espeso; ninguno de los presentes habría mirado para otro lado aunque le fuera la vida en ello. Detrás salió Gervasio, con la cara del que vuelve de un sueño largo y la sonrisa boba del que tocó algo que no le correspondía.
—Necesito otro —dijo Renata con voz neutra, como quien pide otra cerveza.
—Casimiro, hoy es tu día de suerte —anunció Honorio, magnánimo.
El aludido no perdió un segundo y se metió en la pieza casi tropezando. A los pocos instantes empezó a oírse el choque de cuerpos y los suspiros entrecortados de Casimiro, pero no los de ella, que del otro lado de la pared sonaba imperturbable.
—¿Y qué hace exactamente el que entra, Honorio? —preguntó uno que poco sabía de los arreglos del bar.
—Gervasio acaba de hacerlo. Casimiro lo está haciendo ahora. Y cualquiera que tenga la fortuna de ser apuntado por su dedo lo hará también. Ella no busca otra cosa: necesita que le calmen ese ardor de ahí atrás, nada más —explicó el dueño con paciencia de guía.
—¡Uno más y creo que quedo bien! —gritó Renata desde adentro.
***
El joven Tobías, de apenas unos veinticinco años, no esperó ninguna otra señal. Antes de que Casimiro terminara de salir, ya estaba dentro con los pantalones a media pierna. Cerró la puerta con tal ansiedad que casi le da un portazo al que recién abandonaba la pieza, quien apenas se dio cuenta: sonreía sin motivo, se miraba las manos y murmuraba para sí mismo «fue increíble, fue increíble».
Otro recién llegado, ajeno por completo a la trama que ocurría detrás de la puerta pero atento observador de los últimos minutos, se animó a pedirle un turno a Honorio.
—Tranquilo, muchacho —le dijo el dueño con calma—. Acá no es llegar y servirse. Sepa usted que la señora no admite preservativo, primero porque dice que le molesta, y segundo, quizá más importante, porque asegura que lo de adentro le hace de calmante. Como si fuera una crema.
—¡Por mí no hay problema, lo hago a lo natural! —respondió el novato con la seguridad de quien cree haber resuelto todo.
Honorio levantó la palma y cerró los ojos con una exasperación contenida.
—No es tan sencillo. ¿Usted cree que vamos a exponer a una mujer como ella a vaya a saber qué cosa que usted cargue? Todo el que pretenda siquiera una oportunidad debe tener los exámenes al día, de los últimos tres meses, de cuanta enfermedad exista. De lo otro no hace falta preocuparse, porque por delante no llega nadie. ¿Vamos entendiendo?
—Es lo más raro que escuché en mi vida.
—No hay que entenderlo, mijo —intervino un veterano de papeles impecables y ojos encendidos de esperanza—. Solo hay que dar gracias por la oportunidad y no hacer nada que la arruine.
—Pero cuidado —advirtió Honorio, mientras de fondo resonaban los jadeos finales de Tobías—. Todavía no conozco a nadie que haya pasado por ese cuarto, o que la haya mirado un segundo de más, sin quedar perdidamente enganchado. Sin proponérselo siquiera, ella rompe corazones. Y a veces, hasta las ganas de vivir.
—Oiga, Honorio —dijo Tobías, asomando la cara colorada por el esfuerzo, con una risa que apenas lo dejaba hablar—, dice la señora que ya está lista y que necesita el tapón.
***
Un murmullo de decepción recorrió a los que aún anhelaban su turno. Pero Honorio, sin prestar atención a la frustración ajena, sacó de un cajón una pequeña caja de madera. La abrió, y dentro descansaba un tapón de plata que entregó a Tobías con la ceremonia de quien pasa la antorcha en un relevo.
Al volver al cuarto, Tobías encontró a Renata en la misma posición, pero ahora estirándose con una elegancia felina, desperezándose con una indolencia que daba escalofríos. Le pidió, ya relajada, que le colocara el tapón para que, según sus palabras, el alivio le durara un buen rato más.
Con la astucia que solo da el deseo, Tobías se tomó su tiempo. Acarició esas nalgas perfectas, apretó una hasta sentir la carne firme filtrarse entre los dedos, la corrió apenas y colocó el tapón con cuidado. Una vez puesto, Renata se irguió como una reina. Esbozó una sonrisa, soltó un gracias y se metió en el vestido negro con el que había llegado.
Salió acomodándose el pelo y se despidió de Tobías rozándole el hombro con la mano, en un gesto tan distraído que casi dolía. En la barra la esperaba Honorio con un vaso de agua con hielo, que ella se tomó de un trago. Todos la observaban en un silencio devoto, casi religioso. El vestido era sencillo, de escote modesto, pero le sentaba como si lo hubieran cosido sobre su cuerpo.
—¿Cómo se siente, señora Renata? —preguntó Honorio, solícito.
—Bien, gracias. Mucho mejor. Últimamente la cosa se me ha estado agravando, no sé qué haría sin ustedes.
Los muchachos se atropellaron balbuceando: «cuando guste», «para eso estamos», «no es molestia». Ella, por pura cortesía, se tomó el trabajo de mirarlos uno a uno, sin medir el efecto de su propia mirada. Y en ese instante cada uno sintió que esos ojos verdes le perforaban el pecho y se quedaban con un pedazo de voluntad.
Se retiró con la gracia de un cisne, dejando atrás una estela imposible de ignorar. El silencio solo se rompía con el golpe firme de sus tacos contra el piso, un sonido que pronto se acompasó con el pulso acelerado de todos aquellos hombres hechizados. Hasta que alcanzó el umbral, cerró la puerta sin mirar atrás, y los dejó a todos esperando, ya, la próxima vez que el ardor la trajera de vuelta.





