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Relatos Ardientes

El inquilino que despertó lo que creía dormido

—¿Te pongo lo de siempre, Amparo? —le preguntaba el chico de la pescadería cada miércoles, cuando le llegaba el turno.

Esa frase tan inocente resumía sus últimos treinta años. Lo de siempre.

Había enviudado antes de que su marido alcanzara a darle un hijo, y desde entonces se quedó encerrada en el mismo pueblo que la vio nacer. Los primeros años fueron grises, sin ninguna ilusión que la sostuviera. Sus pocas amigas se cansaron pronto de intentar arrastrarla a tomar algo un sábado; no entendían su devoción ni cómo se había resignado a vivir a solas con su pena, sin aficiones, sin nada que la apartara de la rutina.

Era la feligresa más joven de la parroquia, siempre rodeada de mujeres mucho mayores que ella y tan amargadas como ella, con las que compartía charlas interminables cada domingo a la salida de misa. Año tras año. No se le conocía amigo alguno, y ningún hombre sensato se le acercaba ni para una conversación trivial. Amparo no parecía cómoda en compañía masculina, y se cuidaba mucho de cualquier tentación o de lo que las malas lenguas pudieran murmurar.

Con los años se convirtió en ejemplo de pureza y rectitud. A sus cincuenta vestía y se comportaba como si tuviera setenta. El mundo avanzaba ante sus ojos sin que ella le prestara atención. El pueblo creció, y cuando inauguraron la nueva línea de tren se llenó de universitarios a quienes les salía más barato alquilar allí que en la ciudad, ahora a apenas media hora.

Desde la parroquia quisieron ayudar a los estudiantes de familias humildes, ofreciéndoles una habitación para que no perdieran horas en el camino. Amparo se había acostumbrado a la soledad, pero imaginaba a una muchacha estudiando en su salón y se le llenaba el alma con solo pensar que podía contribuir al futuro de esa chica.

Se coordinaron con asociaciones de los pueblos vecinos y reunieron una lista de jóvenes a los que ayudar. En los papeles solo figuraban el nombre y la edad. Amparo eligió a una tal Noelia, de diecinueve años, con una ilusión creciente por empezar a convivir con una estudiante.

Pero quien llamó a su puerta el día previsto no fue Noelia. Fue Bryan, veinte años recién cumplidos, alto, con aire de cantante de reguetón y mirada desafiante, vestido como un vagabundo por mucha marca que asomara en su ropa.

Amparo no entendió nada y le dijo al chico que se había equivocado de casa. Bryan le tendió la carta con su dirección, la firma y el sello de la parroquia. Por lo que supo más adelante, Noelia no se presentó a las reuniones siguientes y él ocupó su lugar.

No se atrevió a dejar al muchacho sin techo, así que enterró su ilusión de compartir el futuro con una dulce joven y se resignó a convivir con un chaval irrespetuoso, tatuado y, seguro, fuente de problemas.

Adaptarse a Bryan fue más difícil de lo que imaginaba. En la parroquia solo oía las maravillas que sus compañeras contaban de sus inquilinas, y ella no se atrevía a confesar que su caso era distinto. Que el olor de su casa había cambiado, que no se sentía cómoda sabiendo que en cualquier momento aparecería ese joven, que quizá se había dejado llevar por falsas expectativas.

Bryan salía a las siete de la mañana para coger el tren. Dejaba la cama deshecha y la ropa sucia tirada por el cuarto. Amparo sabía que no debía entrar, que la limpieza le tocaba a él, pero al fin y al cabo era su casa, y saber que aquella habitación estaba tan desordenada la desquiciaba.

Un día se decidió a entrar, hizo la cama y ordenó un poco. Recogió calzoncillos y calcetines y los metió en una bolsa para que se los llevara a lavar el fin de semana. Esperaba que él dijera algo, pero no. Al día siguiente el cuarto volvía a estar revuelto, y ella volvió a recoger.

Al tercer día encontró una bola de pañuelos usados sobre la mesilla. Se ruborizó solo de pensar para qué los había usado. La curiosidad pudo más que ella. Los separó, observó aquella sustancia seca y amarillenta que los mantenía pegados, y los olió. Se sentó en la cama deshecha con la mirada clavada en los pañuelos y la mente perdida entre mil imágenes de Bryan masturbándose allí mismo.

Sentía el rubor en la cara y una sensación extraña recorriéndole el cuerpo. El corazón le latía con fuerza. Recorrió la habitación con la mirada y vio unos calzoncillos azules en el suelo. Los recogió despacio, los observó y se los acercó a la nariz para sentir su olor.

De golpe regresó la realidad. ¿Qué demonios estoy haciendo?

Se levantó con un nervio renovado, terminó de ordenar y siguió con su rutina. Pero algo nuevo había sucedido, y por mucho que deseara borrarlo de su memoria, su cuerpo había reaccionado de otra manera.

A Bryan no parecía importarle lo más mínimo dejar los pañuelos sobre la mesilla, ni pasearse en calzoncillos camino del baño por las mañanas, justo por delante de Amparo, que hacía como si mirara a otro lado.

***

Una tarde cualquiera, Amparo entró en casa. Como siempre a esa hora, Bryan estaba en su cuarto frente al ordenador. Apenas cruzó el umbral oyó los gemidos de una chica. Agudos, rítmicos, acompañados del crujido esporádico de la cama. Se ruborizó, dio media vuelta y se dispuso a salir de nuevo, mientras su mente cristiana se preguntaba si aquello sería normal. Cuando ya tenía la mano en el picaporte de la calle, se detuvo.

Aquel estado raro que había experimentado días atrás con los pañuelos volvió a apoderarse de su cuerpo y de su mente. No abrió la puerta. Se giró despacio y regresó al comedor, con toda su atención puesta en los murmullos que salían de la habitación.

—¡Ay, ay, que me viene! —dijo la chica casi gritando.

—Eso es, córrete —la animaba Bryan con voz severa.

Amparo, de pie en la entrada del comedor, imaginaba la escena poseída por el momento. Asombrada por aquellos gemidos, incapaz de comprender cómo se podía sentir tanto placer. Buscaba en su memoria algo parecido y solo encontraba el amor y el respeto a su difunto marido, pero no placer, nada que se acercara a lo que llamaban orgasmo. Durante años se había convencido de que no necesitaba ese viaje al éxtasis del que a veces hablaban en la televisión.

Ahora, hipnotizada por el orgasmo ajeno, tuvo la certeza de haber desperdiciado algo en su vida. El placer.

Cuando los gemidos de la chica se apagaron, Amparo despertó de su letargo y pensó en lo que vería la pareja al salir del cuarto. No podían encontrarla escuchando, así que decidió refugiarse en la cocina y empezar la cena. Pero al cruzar el comedor con prisa, unos nuevos gemidos la frenaron en seco. El corazón le golpeaba el pecho. Era Bryan.

Una fuerza superior a ella la atrajo hasta la puerta para escuchar mejor lo que ocurría al otro lado.

—Así, así me gusta… —indicaba él.

Amparo se llevó las manos a la cabeza, sin querer creer lo evidente. Le faltaban adjetivos para esa chica. Fresca, descarada, sinvergüenza.

—Quiero correrme ya… —gimió Bryan.

Ella seguía pegada a la madera, sudando, alterada, escandalizada, haciendo oídos sordos al estado en que se hallaba su propio cuerpo. Se obligó a ir a la cocina y empezar la cena, incapaz de concentrarse. Necesitaba saber quién era la desvergonzada que se dejaba tratar así. ¿Alguien del pueblo? ¿Otra estudiante?

Desde la cocina oyó risas, una conversación animada y la puerta del cuarto al abrirse. Quiso salir, pero lo pensó mejor y se asomó a la ventana para ver quién se alejaba por la calle. La primera persona que cruzó su campo de visión fue Lorena, la nieta de su amiga de la parroquia. Una joven promesa del piano que a menudo acudía a acompañar el coro o a amenizar alguna boda. Amparo esperó a ver quién pasaba después; tarde o temprano debía aparecer. Pero solo pasó Anselmo, que volvía del trabajo, y luego unos niños corriendo con su madre detrás.

Amparo quedó perpleja. Su mente se negaba a admitir que la dulce Lorena fuera la chica que había estado con Bryan. La nieta de su amiga, educada, cariñosa, estudiosa. ¿Cómo podía haber permitido algo tan indecente?

Aquella noche no pudo dormir. Su cabeza fabricaba imágenes de Bryan y Lorena, reproducía los gemidos agudos una y otra vez. De nada le sirvió rezar ni distraerse con la televisión. Recordó que, años atrás, su marido le había pedido una vez unos besos «allí abajo», y ella se negó en redondo, ofendida. Ahora, después de tanto tiempo, ese recuerdo volvía. ¿Debí hacerlo?

***

Los días siguientes Amparo andaba nerviosa, como quien espera un acontecimiento sin saber cuál. No conseguía centrarse en nada. Su ropa interior amanecía húmeda, le molestaba el roce de la tela contra los pezones, y cuando Bryan aparecía le era imposible no imaginar escenas que la avergonzaban.

El miércoles, como de costumbre, cenaron juntos. Bryan estaba de buen humor y la conversación giró hacia la juventud de Amparo. La cena se alargó mientras ella le contaba cómo era el pueblo en otros tiempos. Él se reía, soltaba comentarios graciosos que también la hacían reír a ella, y entre risa y risa los vasos de vino se rellenaron varias veces.

—¡Pues seguro que estabas muy buena! —dijo él, levantándose hacia la nevera—. Solo de imaginarlo, mira cómo me pones.

Se agarró el bulto por encima del chándal con un gesto de chulería sacado de algún vídeo, marcando perfectamente el volumen de lo que había debajo. Amparo fingió no darle importancia, esbozó una sonrisa inocente mientras la cara se le encendía de golpe.

Bryan caminó hasta la nevera con toda naturalidad, mientras la mente de ella estallaba en mil pedazos. ¿Lo he excitado yo? ¿Me encuentra atractiva? ¿Es pecado esto, o el pecado es otra cosa?

El vino no la dejaba pensar con claridad, y sus ojos se pegaron al pantalón buscando aquel bulto. Cuando él se dio la vuelta con una manzana en la mano, descubrió la mirada de Amparo clavada en su entrepierna.

Empezó a hablar con voz suave, avanzando despacio hacia ella, que parecía no escuchar sus palabras. Seguía sentada ante el plato vacío, las manos sobre el mantel. Bryan se detuvo a su lado y le tomó un mechón de pelo como si quisiera peinarlo. Amparo no hizo nada. Apartó la vista y la dejó perdida en cualquier objeto del comedor mientras él enredaba los dedos en su cabello.

—Qué buena estás, Amparo… —dijo, tirando del pantalón para dejar su erección a escasos centímetros de su cara.

Ella pensó en quitarse aquella mano de encima, levantarse y cruzarle la cara de un bofetón. Pero no hizo nada de eso. Dejó pasar el momento. La mano que le acariciaba el pelo descendió hasta la mejilla y presionó apenas, para que girara levemente la cabeza. Al hacerlo, él pidió paso entre sus labios, y Amparo, sin preguntarse nada, abrió un poco la boca.

Bryan apenas se movía. Le había tomado la cabeza con ambas manos: con una le acariciaba el cuello y la nuca, con la otra jugaba entre sus cabellos. Mantenía leves movimientos de cadera, mientras ella lo abrigaba con su calor. Amparo estaba terriblemente excitada. De manera casi refleja apretaba las piernas una y otra vez, sintiendo un placer que se le disipaba por todo el cuerpo, la dureza y el deseo de aquel joven por ella.

—Muy bien, sí, eso me gusta… —susurró él, y su mano se deslizó por debajo del jersey hasta el pecho. Tiró del sujetador para liberarlo y empezó a amasarlo—. Qué pechos tienes…

El ritmo de las caderas se aceleró, sin llegar a hundirse del todo para no ahogarla. Bryan le pellizcaba los pezones, duros como piedras, administrándole una mezcla de dolor y placer que le hizo cruzar una línea invisible que desconocía. Ella se sentía deseada, oía sus gemidos, idénticos a los que aquella tarde le había arrancado Lorena. Su instinto le gritaba que se acariciara para aumentar el placer, pero tantos años de educación cristiana pesaban más, y la vergüenza pudo más que el hambre.

Un temblor empezó a sacudirle las piernas. Se le cortó la respiración. Por un instante creyó que sufría un infarto, pero le era imposible detenerse. De repente todo a su alrededor pareció iluminarse y algo explotó en su interior, tensando hasta el último músculo de su cuerpo. Inmóvil, con un joven moviéndose en su boca, Amparo tuvo su primer orgasmo, con los ojos en blanco, aguantando uno tras otro los espasmos que la atravesaban.

Bryan se dio cuenta al instante.

—Yo también… —gimió, apretándole la cabeza mientras un gruñido ronco escapaba de su garganta.

Amparo, en la tercera oleada de aquel orgasmo que parecía querer arrancarle la vida, sintió el líquido caliente en la boca y, sin pensarlo, tragó como si muriera de sed. Sus uñas se habían clavado en el mantel y su cuerpo se elevaba a un lugar al que nunca había llegado. Recibía cada descarga como un regalo.

Cuando volvió la calma, Bryan se retiró y se dejó caer en la silla. Apenas unos segundos después de comprender que no había muerto, a Amparo le cayó encima un fuerte azote de culpa. Se levantó deprisa y, sin decir palabra, se encerró en el baño.

Bryan también notó algo de aquella culpa al verla huir avergonzada. Pero a él esas preguntas le duraban poco: mientras lo hacía se había divertido, y no había más que rumiar. Dejó el plato sin recoger y se metió en su cuarto.

A Amparo le cayó el mundo encima al ser consciente de lo que había permitido. Bastaron cinco minutos para que olvidara todo el placer sentido. Aunque ese recuerdo volvería, más adelante, para recordarle todo lo que su cuerpo era capaz de sentir.

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Comentarios(1)

LectoraNocturna

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. Felicitaciones!

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