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Relatos Ardientes

Esa noche me hice pasar por una de ellas

Hay una curiosidad que muchas mujeres llevamos por dentro y que nunca admitimos en voz alta. La mía empezó en la avenida Mendizábal, una calle ancha por la que volvía cada noche desde la oficina. A esa hora ya no había tráfico, solo ellas, paradas en grupos de tres o cuatro, fumando contra los postes de luz y mirando a los autos que pasaban despacio.

Las veía y me preguntaba qué se sentirá. Qué se sentirá estar con desconocidos uno tras otro, qué clase de cabeza hay que tener, qué pasa por dentro cuando un tipo cualquiera te pone un billete en la mano. Pensaba en eso mientras manejaba, mientras me bañaba, mientras me dormía.

Una tarde mi auto entró al taller por una fuga en la dirección y volví a casa en taxi. El chofer era un hombre mayor, de bigote canoso y manos enormes sobre el volante. Cuando pasamos por Mendizábal hice una mueca, casi sin pensarlo.

—Qué barbaridad —dije—. A la vista de todo el mundo.

—Trabajan, señora —contestó él, sin sacar los ojos del semáforo—. Igual que usted o yo.

Algo en su tono me hizo seguir preguntando. Cuánto cobran, cómo eligen al cliente, qué hacen si la cosa se pone fea. El taxista contestó todo con una naturalidad que me incomodó y me fascinó al mismo tiempo. Para él era información de la calle, ni más ni menos. Para mí era un mapa.

Me dejó frente al portón y subí al departamento sin saludar al portero. Me tiré en la cama sin sacarme la ropa y me quedé mirando el techo un buen rato. Después abrí el cajón de la mesa de luz y saqué el vibrador. No lo usaba hacía meses. Me bajé el pantalón hasta los tobillos, cerré los ojos y me imaginé bajándome de un auto cualquiera con dinero ajeno en el puño. El orgasmo me sacudió como hacía mucho no me pasaba.

Por qué no, pensé cuando se me normalizó la respiración. Por qué no, una sola vez.

***

Esperé hasta las vacaciones de invierno. Tenía dos semanas libres y nadie esperándome en ningún lado. Mientras tanto fui comprando lo que me parecía que iba a hacerme falta, pieza por pieza, en distintos shoppings para que nada quedara en una sola boleta. Medias de red. Una pollera de jean cortísima que nunca me hubiera puesto en mi vida real. Un labial rojo sangre. Una peluca corta y negra, porque mi pelo es rubio y largo y no quería arriesgarme a que alguien me reconociera.

La primera noche llegó. Me arreglé en el baño con el corazón golpeándome contra las costillas. La mujer que me devolvió el espejo no se parecía a mí. Tenía los ojos cargados, la boca pintada de un rojo casi violento y la pollera tan corta que me daba vergüenza salir así por la puerta del edificio. Bajé al estacionamiento, manejé hasta tres cuadras de Mendizábal y dejé el coche en una calle lateral, debajo de un árbol grande que tapaba la luz del farol.

Caminé el trecho que quedaba tratando de moverme como ellas. No me salía. Las piernas me iban duras, los tacos me lastimaban. Antes de doblar la esquina respiré hondo dos veces, como hacía antes de las presentaciones difíciles en el trabajo. Después di vuelta y entré en su mundo.

Tres de ellas me rodearon enseguida. Una flaca con el pelo decolorado fue la que habló.

—Acá no podés pararte, nena. Esta cuadra es nuestra.

—Vengo de afuera —improvisé, con una voz que apenas reconocí como mía—. Solo necesito juntar para el pasaje. Déjenme un rato, no les voy a molestar.

Discutieron entre ellas en voz baja, mirándome de arriba abajo. Al final la flaca volvió a la carga.

—Bueno. Pero el treinta por ciento de lo que hagas viene para nosotras. Y si la cagás, te vas sola y rapidito.

Dije que sí con la cabeza, sin saber bien a qué estaba diciendo que sí.

***

El primer auto que paró fue un Renault viejo, color uva. Adentro había un hombre de unos sesenta, calvo, con la camisa desabrochada en el primer botón. Bajó la ventanilla y me miró de arriba abajo sin disimular.

—¿Cuánto por una francesa?

Le tiré una cifra al azar, una que el taxista había mencionado entre risas la tarde de la fuga de la dirección. El hombre chasqueó la lengua.

—Cara estás, nena. Pero algo tenés que me gusta. Subí.

Me subí con las rodillas temblando. Manejó dos cuadras y estacionó atrás de una iglesia cerrada, en una sombra que olía a basura. Apagó el motor, se bajó el cierre del pantalón y sacó todo afuera con una naturalidad que me dejó muda. Me empujó la nuca con la mano abierta y me agaché sobre él porque ya no había forma de echarme atrás.

Le pasé la lengua primero, despacio, intentando ordenar lo que me pasaba por la cabeza. Después abrí la boca y me la metí entera. El hombre apoyó la mano contra el techo del auto y se quedó callado, respirando por la nariz. Le acaricié los testículos con la otra mano porque me pareció que había que hacer algo más, no sé.

—No me ensucies —dijo de pronto, con la voz apretada—. Tragate todo.

Lo hice porque no se me ocurrió otra cosa. Tragué hasta el último resto y me quedé un segundo más con la boca cerrada sobre él, esperando que dejara de temblar. Cuando me incorporé, el hombre se acomodó la ropa, me alcanzó los billetes doblados en dos y me llevó de vuelta a la esquina sin decir una palabra más.

En la vereda repartí el porcentaje sin discutir. La flaca contó los billetes con el dedo mojado en saliva.

—Aprendés rápido —dijo.

***

El segundo cliente fue una pareja. Él iba al volante, ella en el asiento del acompañante, los dos vestidos como si volvieran de cenar afuera. Él bajó la ventanilla y la voz se le notó educada, suave.

—¿Atendés a los dos juntos?

Les dije el doble del precio anterior. Pagaron sin discutir, en efectivo, contado en el momento. Me subí adelante, los tres apretados en el mismo asiento porque ella me hizo lugar entre los dos y me apoyó la mano en el muslo apenas arrancamos.

Subimos a un departamento en el quinto piso de un edificio sin portero. Adentro olía a perfume caro y a sahumerio recién apagado. La mujer —se hacía llamar Catalina— me llevó al dormitorio agarrándome de la mano como si fuéramos amigas de toda la vida. Nos desnudamos los tres en silencio, sin teatro.

Ella se acostó primero. Su marido me empujó suave por la cintura hacia abajo, hacia el centro de la cama. Le pasé la lengua entre las piernas con los ojos cerrados, sintiendo su olor cálido, dulce, distinto al que yo conocía. Catalina suspiró y al mismo tiempo le agarró a él la verga con la mano libre y se la metió en la boca.

Cambiamos de posición varias veces, sin que nadie tuviera que decir nada. Era una coreografía que ellos ya tenían armada y que yo iba completando. Él la penetró a ella; yo me senté sobre la cara de Catalina y dejé que su lengua hiciera lo suyo. La cabeza me daba vueltas. Pensaba: esto soy yo, esto está pasando, esto lo elegí.

Cuando él estaba por terminar, nos arrodilló a las dos delante. Acabó en chorros largos, mitad en la boca de su mujer, mitad en la mía. Después Catalina se inclinó y me besó. Fue el beso más raro de mi vida: salado, lento, con sabor a otro hombre. Me dejaron en la misma esquina veinte minutos después. Pagaron de nuevo, una propina arriba del precio acordado, y se fueron sin pedir el teléfono.

***

El tercer auto fue distinto desde el primer minuto. Era una camioneta grande, negra, con los vidrios polarizados. Bajaron los cuatro al mismo tiempo, riéndose entre ellos. Cuatro tipos jóvenes, no más de treinta, con olor a alcohol y a colonia mezclados.

—Una fiestita —dijo el más alto, apoyado en la puerta—. Decinos el precio y nosotros vemos.

Les tiré una cifra que me pareció una locura. Esperaba que se fueran. El más alto sonrió con todos los dientes.

—Te pagamos el doble. Pero hacés todo lo que pidamos, sin chistar.

Tendría que haber dicho que no. Tendría que haber pegado media vuelta y caminado hasta el auto sin mirar atrás. En lugar de eso negocié unos pesos más, no sé bien por qué, como si el dinero extra me diera alguna garantía. Aceptaron y me subieron a la camioneta.

Manejaron por lo menos veinte minutos. Yo iba atrás, entre dos de ellos, y ninguno me tocó. Hablaban entre ellos como si yo no estuviera. Eso me dio más miedo que si me hubieran metido mano. Salimos de la ciudad por una ruta secundaria; las luces se fueron espaciando hasta que casi todo afuera quedó negro.

La casa estaba al fondo de un camino de tierra. Bajamos. Adentro había un living grande, vacío, con una sola lámpara prendida y una pieza al fondo con la puerta abierta. Me llevaron directo a la pieza. Uno me empujó por el hombro y caí sentada en el borde de la cama. Cuando levanté la cabeza, los cuatro ya estaban sacándose la ropa.

—Desnudate —dijo el más alto.

Lo hice rápido, sin protestar, midiendo cada gesto. El que se acercó primero me puso la verga delante de la cara y me dijo que se la agarrara. Después que la escupiera. Después que me la tragara entera. Los otros tres se acomodaron alrededor. Manos por todos lados. Dedos entrando, saliendo, pellizcando. Voces que se reían y daban instrucciones a la vez.

El que tenía en la boca se dio vuelta de pronto, se acuclilló sobre mi cara y me ordenó que le pasara la lengua por el culo. Nunca había hecho algo así. Cerré los ojos y obedecí. Pasé la lengua despacio y después la endurecí y se la metí, como me iba pidiendo. La cabeza me daba vueltas de vergüenza y de algo más que no sabía nombrar.

En algún momento dejé de pensar. Uno de ellos me escupió entre las piernas y me hundió tres dedos a la vez. Me dolió, después dejó de doler. Me sentó sobre él, otro vino de frente y me la metió también. Las dos al mismo tiempo, una arriba de la otra, adentro mío. Sentí que me partía. Después no. Después fue otra cosa, algo caliente y sordo que ya no era dolor pero tampoco era lo que yo conocía como placer.

Me dieron vuelta. Ahora uno por adelante y otro por atrás, los otros dos parados frente a mí turnándose en mi boca. Me usaban con una sincronización que no parecía improvisada, como si lo hubieran hecho antes con otras. Y por debajo de toda esa locura, una parte mía seguía registrando todo, fría, casi clínica, como si mirara desde el techo.

Terminaron casi al mismo tiempo. Me sentaron derecha contra el respaldo y los cuatro acabaron sobre mi cara, en la boca, en el cuello, en los pechos. No podía respirar. Me corría del mentón al pecho, del pecho al ombligo, del ombligo más abajo todavía.

Después se rieron. El más alto dijo algo sobre que una putita como yo necesitaba un baño. Me arrastraron a la bañera y me sentaron adentro. Uno se paró delante con la verga apuntándome y empezó a orinarme la cara. Los otros aplaudían como si fuera un espectáculo. Yo cerré los ojos pero abrí la boca, no sé por qué, no me preguntes por qué. Uno después de otro hicieron lo mismo. Después me pidieron que les mostrara cómo orinaba yo. Me paré de espaldas, apoyé las manos en los azulejos y dejé que el chorro corriera por mis piernas hasta el desagüe. Los aplausos llegaron de nuevo.

***

Me pagaron el doble que habíamos hablado y un poco más arriba. Dos de ellos me llevaron de vuelta a la esquina, sin hablar. Tenía el pelo todavía mojado pegado a la nuca y la peluca apretada en el puño, dentro de la cartera. Cuando bajé de la camioneta, las piernas no me respondían.

La flaca me esperaba en el cordón. No me hizo ninguna pregunta. Conté los billetes, le pasé su parte y la de las otras dos. Ella los recibió y me los volvió a poner en la mano.

—Esta tanda va por la casa —dijo—. Ya bancaste suficiente por hoy.

Caminé hasta el auto descalza, con los tacos colgando de los dedos. Manejé hasta mi edificio con los vidrios cerrados y la calefacción al máximo, aunque no hacía frío. Me metí a la ducha vestida y me quedé sentada en el piso de la bañera hasta que se terminó el agua caliente.

Esa fue la única vez. Nunca más volví a Mendizábal, ni a ninguna otra calle parecida. Pero a veces, manejando de noche, paso lento por alguna esquina con luz baja y me pregunto cuál de las mujeres que están ahí estará viviendo lo que yo viví. Y cuál estará, como estaba yo aquella noche, simplemente probando.

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