Esa noche me hice pasar por una de ellas
Hay una curiosidad que muchas mujeres llevamos por dentro y que nunca admitimos en voz alta. La mía empezó en la avenida Mendizábal, una calle ancha por la que volvía cada noche desde la oficina. A esa hora ya no había tráfico, solo ellas, paradas en grupos de tres o cuatro, fumando contra los postes de luz y mirando a los autos que pasaban despacio.
Las veía y me preguntaba qué se sentirá. Qué se sentirá abrirle las piernas a desconocidos uno tras otro, qué clase de cabeza hay que tener, qué pasa por dentro cuando un tipo cualquiera te pone un billete en la mano y te mete la verga en la boca. Pensaba en eso mientras manejaba, mientras me bañaba, mientras me dormía con la mano metida entre los muslos.
Una tarde mi auto entró al taller por una fuga en la dirección y volví a casa en taxi. El chofer era un hombre mayor, de bigote canoso y manos enormes sobre el volante. Cuando pasamos por Mendizábal hice una mueca, casi sin pensarlo.
—Qué barbaridad —dije—. A la vista de todo el mundo.
—Trabajan, señora —contestó él, sin sacar los ojos del semáforo—. Igual que usted o yo.
Algo en su tono me hizo seguir preguntando. Cuánto cobran por una mamada, cuánto por coger, cómo eligen al cliente, qué hacen si la cosa se pone fea. El taxista contestó todo con una naturalidad que me incomodó y me fascinó al mismo tiempo. Para él era información de la calle, ni más ni menos. Para mí era un mapa.
Me dejó frente al portón y subí al departamento sin saludar al portero. Me tiré en la cama sin sacarme la ropa y me quedé mirando el techo un buen rato, con el coño latiéndome contra la costura del pantalón. Después abrí el cajón de la mesa de luz y saqué el vibrador. No lo usaba hacía meses. Me bajé el pantalón y la bombacha hasta los tobillos y descubrí que estaba empapada, tanto que la tela me quedó pegada a los labios. Cerré los ojos y me pasé los dedos entre los pliegues, despacio, sintiendo cómo se me abrían solos. Me imaginé bajándome de un auto cualquiera con dinero ajeno en el puño y semen todavía escurriéndome por la comisura de la boca. Me hundí el vibrador de una y solté un gemido que me sorprendió a mí misma. Me lo saqué y me lo volví a meter, esta vez más adentro, girándolo, mientras con la otra mano me apretaba el clítoris con dos dedos. El orgasmo me sacudió como hacía mucho no me pasaba: se me arquearon los pies, se me escapó un chorro caliente que me mojó el muslo, y me quedé temblando en la cama con el vibrador todavía dentro, zumbando.
Por qué no, pensé cuando se me normalizó la respiración. Por qué no, una sola vez.
***
Esperé hasta las vacaciones de invierno. Tenía dos semanas libres y nadie esperándome en ningún lado. Mientras tanto fui comprando lo que me parecía que iba a hacerme falta, pieza por pieza, en distintos shoppings para que nada quedara en una sola boleta. Medias de red. Una pollera de jean cortísima que nunca me hubiera puesto en mi vida real. Un labial rojo sangre. Una peluca corta y negra, porque mi pelo es rubio y largo y no quería arriesgarme a que alguien me reconociera.
La primera noche llegó. Me arreglé en el baño con el corazón golpeándome contra las costillas. La mujer que me devolvió el espejo no se parecía a mí. Tenía los ojos cargados, la boca pintada de un rojo casi violento y la pollera tan corta que si me agachaba se me veía la bombacha. Bajé al estacionamiento, manejé hasta tres cuadras de Mendizábal y dejé el coche en una calle lateral, debajo de un árbol grande que tapaba la luz del farol.
Caminé el trecho que quedaba tratando de moverme como ellas. No me salía. Las piernas me iban duras, los tacos me lastimaban. Antes de doblar la esquina respiré hondo dos veces, como hacía antes de las presentaciones difíciles en el trabajo. Después di vuelta y entré en su mundo.
Tres de ellas me rodearon enseguida. Una flaca con el pelo decolorado fue la que habló.
—Acá no podés pararte, nena. Esta cuadra es nuestra.
—Vengo de afuera —improvisé, con una voz que apenas reconocí como mía—. Solo necesito juntar para el pasaje. Déjenme un rato, no les voy a molestar.
Discutieron entre ellas en voz baja, mirándome de arriba abajo. Al final la flaca volvió a la carga.
—Bueno. Pero el treinta por ciento de lo que hagas viene para nosotras. Y si la cagás, te vas sola y rapidito. ¿Sabés chupar bien la pija, al menos?
Dije que sí con la cabeza, sin saber bien a qué estaba diciendo que sí.
***
El primer auto que paró fue un Renault viejo, color uva. Adentro había un hombre de unos sesenta, calvo, con la camisa desabrochada en el primer botón. Bajó la ventanilla y me miró de arriba abajo sin disimular.
—¿Cuánto por una francesa?
Le tiré una cifra al azar, una que el taxista había mencionado entre risas la tarde de la fuga de la dirección. El hombre chasqueó la lengua.
—Cara estás, nena. Pero algo tenés que me gusta. Subí.
Me subí con las rodillas temblando. Manejó dos cuadras y estacionó atrás de una iglesia cerrada, en una sombra que olía a basura. Apagó el motor, se abrió el cinturón, se bajó el cierre del pantalón y sacó la verga afuera con una naturalidad que me dejó muda. La tenía gruesa, corta, con la cabeza morada y una vena bien marcada de la base hasta la punta. Me empujó la nuca con la mano abierta y me agaché sobre él porque ya no había forma de echarme atrás.
Le pasé la lengua primero, despacio, desde los huevos hasta la punta, ordenando lo que me pasaba por la cabeza. Le lamí el frenillo, di vueltas alrededor del glande con la punta de la lengua y sentí cómo se le hinchaba todavía más dentro de mi boca. Después abrí grande y me la metí entera, hasta que me golpeó el fondo de la garganta y arqueé el cuello para tragármela más. El hombre apoyó la mano contra el techo del auto y se quedó callado, respirando por la nariz. Le acaricié los testículos con la otra mano, se los apreté suave, se los pesé en la palma. Con la otra mano le agarré la base de la pija y empecé a bombeársela en tiempo con lo que hacía la boca. Se le escapó un gruñido y me clavó los dedos en el pelo.
—Así, puta, así, no pares.
La saliva se me escurría por el mentón y le mojaba los pantalones. La chupé más rápido, sacándomela hasta la punta y volviéndomela a meter entera, chasqueando con los cachetes hundidos. Le pasé la lengua por debajo de los huevos, se los chupé uno a uno mientras le seguía haciendo la paja con la mano, y volví arriba a comérmela.
—No me ensucies —dijo de pronto, con la voz apretada—. Tragate todo.
La sentí endurecerse entera y latir contra mi lengua. El primer chorro me pegó en el paladar, caliente y espeso, y casi me hace toser. Los siguientes vinieron a los saltos, uno atrás del otro, llenándome la boca. Cerré los labios apretados alrededor de la base y tragué en dos veces, sintiendo el semen bajarme por la garganta con un gusto amargo y salado. Me quedé un segundo más con la boca cerrada sobre él, chupándole la punta para sacarle hasta la última gota, esperando que dejara de temblar. Cuando me incorporé, tenía un hilo blanco colgándome de la comisura. Me lo limpié con el dorso de la mano y me lo lamí, porque me pareció que era lo que había que hacer. El hombre me miró y sonrió por primera vez.
—Vas a tener clientela, nena.
Se acomodó la ropa, me alcanzó los billetes doblados en dos y me llevó de vuelta a la esquina sin decir una palabra más.
En la vereda repartí el porcentaje sin discutir. La flaca contó los billetes con el dedo mojado en saliva.
—Aprendés rápido —dijo, y me pasó un pañuelo—. Limpiate el mentón que todavía tenés leche.
***
El segundo cliente fue una pareja. Él iba al volante, ella en el asiento del acompañante, los dos vestidos como si volvieran de cenar afuera. Él bajó la ventanilla y la voz se le notó educada, suave.
—¿Atendés a los dos juntos?
Les dije el doble del precio anterior. Pagaron sin discutir, en efectivo, contado en el momento. Me subí adelante, los tres apretados en el mismo asiento porque ella me hizo lugar entre los dos y me apoyó la mano en el muslo apenas arrancamos. Me la fue subiendo despacio, por debajo de la pollera, hasta que me rozó la bombacha con la yema del dedo. Me la corrió a un costado y me metió dos dedos de una, sin preguntar. Me arqueé en el asiento y le mordí el hombro sin querer.
—Está mojadita —le dijo a su marido, moviéndomelos adentro—. Va a estar rico.
Subimos a un departamento en el quinto piso de un edificio sin portero. Adentro olía a perfume caro y a sahumerio recién apagado. La mujer —se hacía llamar Catalina— me llevó al dormitorio agarrándome de la mano como si fuéramos amigas de toda la vida. Nos desnudamos los tres en silencio, sin teatro. Ella tenía las tetas chicas y firmes, con los pezones oscuros y parados. Él tenía la pija larga, delgada, curvada hacia arriba, ya dura antes de que nadie la tocara.
Catalina se acostó primero, abierta de piernas en el medio de la cama, y me hizo una seña con el dedo. Su marido me empujó suave por la cintura hacia abajo, hacia el centro de la cama, y me hundió la cara entre los muslos de ella. Le pasé la lengua entre los labios con los ojos cerrados, sintiendo su olor cálido, dulce, distinto al que yo conocía. La abrí con los dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, dándole vueltas primero suaves y después más rápido. Catalina suspiró largo, me agarró de la nuca y me apretó contra ella. Al mismo tiempo, con la mano libre, agarró la verga de su marido, que se había arrodillado al costado de su cara, y se la metió en la boca hasta la mitad, mamándosela mientras yo se la comía a ella.
La sentí temblar bajo mi lengua y correrse en dos oleadas cortas, apretándome la cabeza con los muslos. Cuando la solté, tenía la cara empapada de ella. Me tomó del mentón y me lamió los labios y el mentón con una calma casi obscena, saboreándose a sí misma.
Cambiamos de posición varias veces, sin que nadie tuviera que decir nada. Era una coreografía que ellos ya tenían armada y que yo iba completando. Él la puso a ella en cuatro y le metió la verga de una, hasta el fondo, y se la empezó a coger despacio, hondo, mirándome fijo. Yo me arrodillé delante de Catalina y le ofrecí las tetas; ella me las chupó una y otra, mordiéndomelas suave los pezones, mientras el marido le agarraba las caderas y aceleraba. Después me acostaron a mí. Él se subió y me la metió de una sola vez, hasta el fondo, y me hizo gemir fuerte contra el hombro de Catalina. La tenía más larga de lo que parecía; me pegaba en un punto adentro que me hacía apretar los muslos alrededor de él. Ella se me sentó en la cara, mirando hacia atrás para verlo cogerme, y yo le pasé la lengua por el coño y por el culo mientras él me embestía.
—Metésela más, así, hasta el fondo, así —le decía Catalina, agitada, restregándose contra mi boca.
La cabeza me daba vueltas. Pensaba: esto soy yo, esto está pasando, esto lo elegí, me están cogiendo dos desconocidos y estoy cobrando por que me cojan. Y me corrí. Me corrí con la boca llena del coño de ella y con la pija de él golpeándome adentro, y sentí los espasmos apretarlo tanto que le arranqué un gemido.
Cuando él estaba por terminar, nos arrodilló a las dos delante, una al lado de la otra, con las bocas abiertas y las lenguas afuera como si fuéramos dos putitas obedientes. Se hizo la paja rápido y acabó en chorros largos, mitad en la boca de su mujer, mitad en la mía. Sentí el semen caliente caerme en la lengua, en los labios, en el mentón. Después Catalina se inclinó y me besó. Fue el beso más raro de mi vida: salado, lento, con sabor a otro hombre, mezclándonos la leche de él entre las dos bocas. Me dejaron en la misma esquina veinte minutos después. Pagaron de nuevo, una propina arriba del precio acordado, y se fueron sin pedir el teléfono.
***
El tercer auto fue distinto desde el primer minuto. Era una camioneta grande, negra, con los vidrios polarizados. Bajaron los cuatro al mismo tiempo, riéndose entre ellos. Cuatro tipos jóvenes, no más de treinta, con olor a alcohol y a colonia mezclados.
—Una fiestita —dijo el más alto, apoyado en la puerta—. Decinos el precio y nosotros vemos.
Les tiré una cifra que me pareció una locura. Esperaba que se fueran. El más alto sonrió con todos los dientes.
—Te pagamos el doble. Pero hacés todo lo que pidamos, sin chistar.
Tendría que haber dicho que no. Tendría que haber pegado media vuelta y caminado hasta el auto sin mirar atrás. En lugar de eso negocié unos pesos más, no sé bien por qué, como si el dinero extra me diera alguna garantía. Aceptaron y me subieron a la camioneta.
Manejaron por lo menos veinte minutos. Yo iba atrás, entre dos de ellos, y ninguno me tocó. Hablaban entre ellos como si yo no estuviera. Eso me dio más miedo que si me hubieran metido mano. Salimos de la ciudad por una ruta secundaria; las luces se fueron espaciando hasta que casi todo afuera quedó negro.
La casa estaba al fondo de un camino de tierra. Bajamos. Adentro había un living grande, vacío, con una sola lámpara prendida y una pieza al fondo con la puerta abierta. Me llevaron directo a la pieza. Uno me empujó por el hombro y caí sentada en el borde de la cama. Cuando levanté la cabeza, los cuatro ya estaban sacándose la ropa. Cuatro pijas afuera al mismo tiempo, distintas, gruesas, todas duras.
—Desnudate —dijo el más alto—. Todo. Y de rodillas en el piso.
Lo hice rápido, sin protestar, midiendo cada gesto. Me arrodillé en el piso de madera y sentí el frío subirme por las tibias. El más alto se acercó primero. Me agarró del pelo, me golpeó los cachetes con la pija dos, tres veces, dejándome un rastro brillante en la cara, y después me la metió de una en la boca hasta hacerme lagrimear.
—Escupila —me dijo—. Escupila bien, embarrala toda.
Escupí encima de la pija y él la pasó por toda mi cara, por la frente, por los ojos, por el mentón. Después me la volvió a meter y me embistió la garganta agarrándome de la nuca con las dos manos. Sentí las arcadas subir y no pude aguantar; se me escapó un hilo de baba que me colgó desde el mentón hasta las tetas. Los otros tres se acomodaron alrededor. Manos por todos lados. Dedos entrando y saliendo del coño, del culo, apretando pezones, tirándome el pelo. Voces que se reían y daban instrucciones a la vez.
—Cambio —dijo uno.
El de la boca salió y otro entró. Este la tenía más gruesa; me tuvo que abrir la mandíbula a la fuerza. Los cuatro se turnaron cogiéndome la boca uno tras otro, y entre medio me hacían chuparles los huevos, pasarles la lengua entre las nalgas, tragarles la saliva que ellos me escupían en la boca.
El que estaba en la boca se dio vuelta de pronto, se acuclilló sobre mi cara y me ordenó que le pasara la lengua por el culo. Nunca había hecho algo así. Cerré los ojos y obedecí. Pasé la lengua despacio por la raya, sintiendo el sabor fuerte, salado, y después la endurecí y se la metí como me iba pidiendo, la lengua contra el aro, entrando y saliendo mientras él se hacía la paja arriba mío. La cabeza me daba vueltas de vergüenza y de algo más que no sabía nombrar. Me hundí más, le mordí una nalga, le lamí los huevos desde atrás. Se corrió sin avisar; me acabó en la frente y en el pelo un chorro largo que me chorreó hasta las cejas.
En algún momento dejé de pensar. Uno de ellos me escupió entre las piernas y me hundió tres dedos a la vez, sin preparación. Me dolió, arqueé la espalda, después dejó de doler y empezó a mojarme sola. Me sentó sobre él, con la espalda contra su pecho, y me la clavó en el coño de abajo hacia arriba, con las manos apretándome las tetas. Otro vino de frente, se me abrió las piernas más y me metió la suya también, apretada contra la del otro, las dos al mismo tiempo, una arriba de la otra, adentro mío. Sentí que me partía. Después no. Después fue otra cosa, algo caliente y sordo que ya no era dolor pero tampoco era lo que yo conocía como placer. Los dos empezaron a moverse desacompasados, uno mientras el otro salía, chocándome, llenándome tanto que el aire no me alcanzaba.
—Mirá cómo se le meten las dos —dijo el más alto, filmando con el celular—. Mirá esa concha, cómo se estira.
Los otros dos se pararon frente a mí y me metieron las pijas en la boca al mismo tiempo, apretándomelas contra los cachetes por adentro. Chupé como pude, alternando, escupiendo, con las dos gargantas de arriba cogidas y las dos vergas de abajo cogidas también. Me dieron vuelta. Ahora uno por adelante y otro por atrás; el que me la puso en el culo lo hizo despacio la primera vez, escupió, empujó, se retiró, volvió a empujar, y de pronto entró entero y solté un grito ahogado contra la almohada. Los otros dos parados frente a mí turnándose en mi boca, haciéndome chupar mientras me cogían de los dos agujeros. Me usaban con una sincronización que no parecía improvisada, como si lo hubieran hecho antes con otras. Y por debajo de toda esa locura, una parte mía seguía registrando todo, fría, casi clínica, como si mirara desde el techo. Otra parte, más abajo, me traicionaba: me corría en oleadas cortas contra la verga del que tenía adelante, apretándolo, y él se reía de eso.
—La puta se está corriendo, miren. Le gusta que la rompamos entre los cuatro.
Terminaron casi al mismo tiempo. El de atrás me acabó adentro del culo y me lo sentí caliente, escurriéndome; el de adelante se salió y me acabó en la panza y en las tetas. Los otros dos me sentaron derecha contra el respaldo y los cuatro se pararon en semicírculo delante y acabaron los últimos chorros sobre mi cara, en la boca, en el cuello, en los pechos. No podía respirar. La leche me corría del mentón al pecho, del pecho al ombligo, del ombligo más abajo todavía, mezclándose con la que ya me chorreaba de adentro por los muslos.
Después se rieron. El más alto dijo algo sobre que una putita como yo necesitaba un baño. Me arrastraron a la bañera y me sentaron adentro, con las piernas abiertas, todavía escurriendo semen. Uno se paró delante con la verga apuntándome y empezó a orinarme la cara. El chorro me pegó en la frente, en los ojos, me bajó por la boca. Los otros aplaudían como si fuera un espectáculo. Yo cerré los ojos pero abrí la boca, no sé por qué, no me preguntes por qué, y sentí el sabor tibio y amargo llenarme la lengua. Uno después de otro hicieron lo mismo, apuntándome al pelo, a las tetas, al coño abierto. Después me pidieron que les mostrara cómo orinaba yo. Me paré de espaldas, apoyé las manos en los azulejos, arqueé la cintura y separé las piernas, y dejé que el chorro corriera fuerte por mis muslos hasta el desagüe. Los aplausos llegaron de nuevo. Uno me metió dos dedos por atrás mientras seguía meando y sentí una humillación tan grande que se me mezcló con otro orgasmo corto, seco, que me hizo doblar las rodillas.
***
Me pagaron el doble que habíamos hablado y un poco más arriba. Dos de ellos me llevaron de vuelta a la esquina, sin hablar. Tenía el pelo todavía mojado pegado a la nuca y la peluca apretada en el puño, dentro de la cartera. Todavía me caían gotas por dentro de los muslos. Cuando bajé de la camioneta, las piernas no me respondían.
La flaca me esperaba en el cordón. No me hizo ninguna pregunta. Conté los billetes, le pasé su parte y la de las otras dos. Ella los recibió y me los volvió a poner en la mano.
—Esta tanda va por la casa —dijo—. Ya bancaste suficiente por hoy.
Caminé hasta el auto descalza, con los tacos colgando de los dedos. Manejé hasta mi edificio con los vidrios cerrados y la calefacción al máximo, aunque no hacía frío. Me metí a la ducha vestida y me quedé sentada en el piso de la bañera hasta que se terminó el agua caliente, sintiendo el semen ajeno soltarse en hilos blancos entre mis piernas y bajar por el desagüe.
Esa fue la única vez. Nunca más volví a Mendizábal, ni a ninguna otra calle parecida. Pero a veces, manejando de noche, paso lento por alguna esquina con luz baja y me pregunto cuál de las mujeres que están ahí estará viviendo lo que yo viví. Y cuál estará, como estaba yo aquella noche, simplemente probando.