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Relatos Ardientes

La confesión del masaje que mi marido siempre me pide

Ya les he contado que a Bruno —mi marido— le encanta que le cuente mis viejas historias antes de una de esas cogidas largas y desordenadas que terminamos teniendo en cuanto los chicos se duermen. Todas ocurrieron antes de conocerlo, todas con personas cuyo apellido no recuerdo, y a él le calienta saber que su mujer fue así. Siempre fui libre, siempre dije que sí cuando el cuerpo me lo pidió, y eso no cambió porque hoy use anillo.

Esta es una de las que más me pide. Pasa cada dos o tres meses, y siempre la pide igual, con la misma voz baja contra la oreja mientras me empuja la cabeza contra la almohada. Le digo «otra vez no» y la cuento igual.

Aquella tarde tenía sesión de fisioterapia, como cada quince días. Me había levantado pintada, perfumada, con la ropa elegida desde la noche anterior. Mi trabajo me obliga a cuidar la imagen y la verdad es que me gusta hacerlo; me siento mejor cuando sé que me miran. Pero ese día había sido largo, una de esas jornadas en las que todo sale torcido, las reuniones se alargan, los clientes se vuelven más idiotas que de costumbre y una llega al final con la espalda hecha un nudo.

Estuve a punto de cancelar. De volverme a casa, servirme una copa y meterme en la bañera. Pero pensé que un masaje era exactamente lo que necesitaba para no terminar el día queriendo matar a alguien, así que fui.

Llegué puntual, como siempre. Me gusta llegar a la hora exacta y que me atiendan a la hora exacta. Necesitaba especialmente esa sesión: tenía contracturas hasta en lugares donde no sabía que se podían tener. Por suerte, Mariana —la fisioterapeuta que me trataba desde hacía un par de años— era de esas que con los dedos te leen el cuerpo entero, encuentran el punto justo y te dejan como nueva.

Toqué el timbre. El portero eléctrico abrió enseguida. Pasé al recibidor, agradecí el calor —afuera el invierno empezaba a sentirse de verdad— y me senté esperando que Mariana saliera a buscarme como hacía siempre. Pero no fue ella la que apareció.

—Buenas tardes —dijo aquel hombre, con una voz baja y una sonrisa que me desarmó la rutina en dos segundos.

—Buenas tardes. Tenía cita con Mariana.

—Sí, tú debes ser Renata. Encantado, me llamo Tomás —y me extendió la mano. Firme, tibia, sin apretar de más.

—Mariana tuvo un imprevisto a última hora y me pidió que te atendiera yo. No alcanzó a avisarte; le pareció peor hacerte perder la cita.

Dudé. Mariana me conocía el cuerpo de memoria y a mí no me gustan los cambios. Él debió notar mi cara, porque enseguida agregó:

—Si prefieres, te doy hora con ella otro día. Sin problema.

—No, no… está bien. Ya estoy aquí. Y la verdad es que necesito ese masaje más de lo que querría admitir.

—Perfecto. Intentaré que no la eches mucho de menos.

Había algo en él que no me terminó de incomodar. Era atento sin ser dulzón, profesional sin ser frío. Inspiraba confianza, y eso, cuando una se va a desnudar delante de un desconocido, importa más de lo que parece.

Pasé al cuarto de tratamiento. Las luces tenues, azuladas, la música de fondo, el olor a aceite tibio. Ese ambiente que una se acostumbra a asociar con la calma y con un cuerpo que se afloja solo de pisar la habitación.

—Puedes cambiarte ahí. Ya sabes cómo es.

Tomás tendría treinta y pocos. Alto, ancho de hombros, con el físico bien marcado debajo del uniforme blanco. Pelo corto, sonrisa fácil y unos ojos que se reían un poco siempre, incluso cuando no se reía la boca.

—No sé cómo trabaja Mariana, cada profesional tiene lo suyo. Yo necesito que te quites toda la ropa, también la interior, y que te pongas la bata.

—Ah… ella me deja la ropa interior, pero como prefieras.

—Por eso lo aclaro. Necesito que nada de afuera quede sobre el cuerpo durante la sesión. Es importante, créeme.

Me hizo gracia. Me hizo gracia y otra cosa también, no voy a mentir. A mí me ha gustado siempre andar desnuda, y la idea de quitarme todo delante de un tipo así no me resultó precisamente un castigo.

Detrás de una cortina había un cuartito como los probadores de las tiendas. Me desvestí frente a un espejo pequeño, me até la bata al frente, me toqué el pelo con ese gesto automático que tenemos las mujeres cuando sabemos que vamos a ser miradas. Salí.

Tomás estaba terminando de extender una tela blanca sobre la camilla, alisándola con cuidado.

—Acércate. Ponte de frente a la camilla y desata la bata.

Solté el cinturón. Él se colocó detrás, me tomó la bata de los hombros y me la quitó con un movimiento suave, casi profesional. Casi. En un instante estaba completamente desnuda, de espaldas, y él detrás de mí, en silencio.

—Boca abajo, los brazos a los lados.

Me acosté como hacía siempre, apoyando la cara en el agujero del extremo de la camilla. Estaba un poco tensa todavía, no por la desnudez —eso me daba igual— sino porque las manos de Tomás eran nuevas y yo no sabía qué iban a hacer. Sentí una tela ligera caer sobre mis nalgas; tan pequeña que no las tapaba del todo.

—Quiero que te dejes ir —empezó, mientras escuchaba el chasquido del aceite frotándose entre sus manos—. Que respires hondo y dejes que el cuerpo se afloje. El silencio ayuda. Cierra los ojos, piensa en cualquier cosa lejana.

Olía a algo verde, fresco, no sé si el ambientador o él. Tenía una voz medida, casi terapéutica, que iba colocando la cabeza en su sitio antes de que las manos hicieran nada.

Sus dedos tibios bajaron a mi espalda. Al principio apenas un roce, después con más presencia, hasta tomar la espalda entera. Subían y bajaban desde la cintura hasta los hombros, cambiando la presión, la velocidad, encontrando los nudos uno tras otro y deshaciéndolos. Mi cuerpo empezó a entenderlo.

Los brazos se aflojaron entre sus manos. Las palmas se me perdieron en las suyas. Le entregué el cuerpo sin darme cuenta y ya no me importó si era él o si era Mariana, era exactamente lo que necesitaba.

Las manos pasaron a las piernas. Pies, tobillos, gemelos, y después, lentamente, los muslos por dentro. Apretando los músculos, deslizándose en la película de aceite, subiendo más cada vez. Casi sin darme cuenta de cómo empezó, sentí que sus manos estaban en mis nalgas, separándolas un poco, recorriéndolas en círculos. No me perturbó. Al contrario.

—Date la vuelta despacio.

Me giré con cuidado. Lo vi concentrado, los ojos en el cuerpo, no en la cara. Volvió a poner la tela, esta vez sobre la pelvis —que ya se notaba húmeda—, y se colocó detrás de mi cabeza. Empezó por el cuello y los hombros. Yo tenía la respiración cambiada y él lo sabía.

Las manos me cubrieron los pechos. Los amasó con calma, con conocimiento, y los pezones se me pusieron duros enseguida. No traté de disimular. ¿Quién podría? El olor, la música, la luz, esas manos. Sus dedos volvían una y otra vez al vientre, a los senos, al borde de las costillas.

Después bajaron de nuevo a las piernas. Yo lo miraba a veces, abriendo apenas los ojos, y a veces su mirada se cruzaba con la mía sin decir nada. Sin necesidad de decir nada.

Los muslos seguían lubricados. Sus manos subían rápido, casi rozando lo que ya empezaba a estar muy mojado. El calor me subió a la cara. Cerré los ojos. La respiración me cambió otra vez, más entrecortada. Las piernas se me abrieron solas, sin pedirme permiso.

Lo estaba deseando, y él lo sabía.

Y entonces lo que parecía un roce casual se hizo intencional. Sus dedos llegaron a los pliegues, despacio, con la misma calma con la que había trabajado todo el resto del cuerpo. Tomé aire muy hondo.

El placer se transformó en deseo en un segundo. Sus manos siguieron ahí, acariciando, abriendo, apretando alrededor. A veces estirando los labios, a veces bajando hasta donde se juntan, a veces más adentro. Hasta que dos dedos se metieron del todo.

—Ah… —se me escapó, contenido, casi tímido.

Tomás sabía lo de afuera y sabía lo de adentro. Y lo de adentro lo sabía igual de bien. Una mano siguió en los pezones, jugando, pellizcando con cuidado. La otra trabajaba el sexo con un ritmo que no perdía nunca. Yo contraía las caderas, mantenía las piernas abiertas y rogaba en silencio que no parara.

Mi mano izquierda se fue sola hacia el bulto que se le marcaba en el pantalón. Lo acaricié por encima de la tela, sentí el tamaño, y eso ya no me alcanzó. Quería más.

Él se desabrochó el pantalón. No tenía nada debajo. Se le soltó la verga de golpe, dura, gruesa, brillante en la punta. Pensé que era enorme. Pensé que ya no había marcha atrás. Y la verdad es que no quería ninguna marcha atrás.

Le bañé la polla con el aceite que me sobraba en la mano. La recorrí desde los testículos hasta la punta, la apreté, la solté, la volví a apretar. No dejaba de mirarla mientras se la masturbaba despacio, viéndola brillar.

Se acercó la cabeza hacia mi cara y yo entendí. Me giré de costado en la camilla y me la metí en la boca sin pensarlo. La sentí caliente, dura, apenas me cabía. Le pasé la lengua por todos lados, le mojé los testículos con saliva, se la chupé entera y con ganas. Hacía mucho que no se me ponía la boca tan ocupada y con tanto gusto.

—Espera —dijo él, apartándose.

Se sacó la camisa. Buen pecho, buen abdomen, depilado, los hombros anchos. Me hizo sentar al borde de la camilla con las piernas hacia afuera y se acomodó entre ellas. Empezó a pasarme la cabeza de la polla por los pliegues, sin meterla, jugando, frotando. Era como si quisiera seguir masajeándome con eso.

Después me besó. La lengua caliente, profunda, decidida. Yo ya estaba más allá de cualquier vergüenza.

Me recostó otra vez sobre la camilla. Se subió, me agarró los muslos, los abrió bien, y se metió de una sola embestida hasta el fondo.

—¡Ah, mierda…!

Era grande, era grueso, y entrar así me sacó un grito que no esperaba. Empezó a embestir levantándome las piernas hasta los hombros, clavándomela con fuerza, y yo escuchaba sus testículos golpeando contra mí. Todo resbalaba: aceite, sudor, lo mío. La camilla crujía un poco con cada empuje.

No aguanté demasiado. Solté un orgasmo largo, no contenido en absoluto, y él no paró. Siguió taladrándome cada vez más rápido.

—Sigue… sigue… —le pedí, agarrándole el culo con las dos manos para que no se le ocurriera salir.

Sin pausa, me dio vuelta y me puso a cuatro patas en la camilla. Me abrió las piernas y me metió la lengua. Alternaba la lengua y los dedos, cambiaba la intensidad, no me dejaba estabilizar. Y cuando ya creí que me iba a venir solo con eso, me montó otra vez.

Me agarré del extremo de la camilla, que se movía con cada empellón. Me sujetó las caderas y me cogió duro, sin contemplaciones, como si supiera exactamente cuánto deseaba justo eso.

No me podía caber más adentro. Me parecía que se me iba a salir por la garganta. Era un placer absurdo, casi violento, hasta que él se salió.

Se puso a un costado, terminó con dos movimientos de su propia mano y se vino encima de la camilla, no encima de mí. Una decisión profesional, supongo. Verlo eyacular fue casi tan rico como el resto.

Estaba reventada. Pero salía de ahí como una rosa.

Recuperé el aliento, él me alcanzó la bata, me cambié en el cuartito y me vestí despacio, sin urgencia, mirándome al espejo con una cara que ya no era la misma con la que había llegado.

Al salir, me esperaba la misma sonrisa cálida con la que me había recibido. Me saludó con cortesía, casi con la corrección de alguien que no acababa de hacer lo que había hecho. Y fue entonces cuando me di cuenta de que apenas había hablado en toda la sesión. Había hecho un culto del silencio que solo rompí yo.

Salí a la calle renovada en más de un sentido. Sin querer pensar demasiado en cómo había pasado, en qué punto exacto se había cruzado la línea, en quién la había cruzado primero. Aquel día, que había empezado siendo uno de los peores, terminó como si hubiera sido uno de los mejores.

Por eso a Bruno le gusta tanto que se la cuente. Y por eso se la sigo contando.

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Comentarios (4)

ClaudiaBs

Diosss que morbo!! Me lo lei dos veces jajaja. Espero la segunda parte ya!

PatricioRos

Bien narrado, se siente genuino. Las confesiones son las que mas me gustan porque no tienen ese aire de ficcion forzada. Muy buen relato.

NocheLectora

me atrapó desde el primer parrafo, que forma de arrancar la historia

SilvinaM_ok

Me recordó algo que me pasó hace años en una situacion parecida. El corazon a mil jaja. Buenisimo

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