Amparo me pilló con sus bragas puestas
Llevaba meses siendo el secreto mejor guardado de la cuarta planta. Amparo, mi vecina del cuarto B, era una mujer que había cumplido los sesenta y siete con la misma parsimonia con que hacía todo: despacio, sin aspavientos, fumando un cigarrillo tras otro con los ojos entornados. Pequeña, compacta, con unas caderas que desbordaban cualquier silla y una barriga prominente que, lejos de resultarme indiferente, hacía que mis ojos se posaran en ella con una atención que yo mismo me negaba a explicar.
Habíamos tenido un encuentro, meses antes. Una de esas tardes en que los dos nos quedamos solos en el rellano y el silencio se volvió demasiado pesado para ignorarlo. No voy a contar eso ahora. Solo digo que fue ella quien tomó la iniciativa, y que aquella tarde aprendí que una mujer con décadas de experiencia puede desmontar todos los esquemas de un hombre que creía haberlo visto todo.
Desde entonces, las cosas entre nosotros habían vuelto a la normalidad, o a lo que para nosotros era normalidad: el café en el rellano, el intercambio de correo mal repartido, la puerta entreabierta cuando el uno sabía que el otro estaba en casa. Nada más. Ella con su edad y sus silencios, yo con mis deudas y mi calentador roto.
Lo del calentador era un problema real. La empresa donde trabajaba llevaba tres meses pagándome la mitad, y lo que debían acumularse en números que prefería no sumar. Había hablado con Amparo sin pedirle nada; fue ella la que ofreció: «Cuando no estoy, entra y dúchate. Tienes llave.» Así de simple. Así era ella.
Lo que Amparo no sabía era lo que yo hacía después de la ducha.
Al principio fue sin intención. Busqué una toalla en el armario equivocado y terminé con el cajón de su ropa interior abierto ante mis ojos. Las bragas de algodón, blancas, anchas, dobladas con esa meticulosidad doméstica que tienen las mujeres que han vivido mucho. Cerré el cajón y no les di más vueltas. Ese primer día.
El segundo día tardé más en cerrarlo. El tercero, no lo cerré.
Tengo cuarenta y dos años. Soy un hombre ordinario con un trabajo que se desmorona y una vida que no encaja del todo. No me había considerado fetichista de nada. Y sin embargo, ahí estaba: con las bragas de una anciana en la mano, sintiéndome el hombre más ridículo del mundo y más excitado de lo que había estado en años.
Aquella tarde de puente largo, Amparo se había ido a pasar unos días con su hijo Eduardo, que vivía al otro lado de la ciudad. Yo tenía el día libre y el bolsillo vacío. Entré con la llave, me duché, abrí el cajón.
Hice lo que venía haciendo. Me las puse. Me tumbé en su cama.
El cansancio hizo el resto. Me quedé dormido antes de darme cuenta, con aquellas bragas inmensas ciñendo mis caderas, mi erección asomando por la cinturilla como una bandera plantada en el sitio equivocado.
***
Me desperté pasadas las once de la noche con una presencia en la habitación.
Amparo estaba sentada en el borde de la cama, fumando. No me miraba. Miraba la pared. El olor a tabaco llenaba el cuarto como si llevara allí media hora.
—¿Adónde ibas así? —preguntó sin volverse.
Tardé un segundo en entender la pregunta. Entonces me miré a mí mismo.
El pantalón de las bragas me llegaba hasta los muslos. La cinturilla me apretaba el abdomen. Y lo que sobresalía por arriba no dejaba margen a la duda sobre mi estado de ánimo mientras dormía.
—Yo... iba al baño —dije, porque era lo único que existía en mi cabeza en ese momento.
—Pues ve —dijo ella, con el tono de quien ya no se sorprende de nada—. Pero vuelves.
Me levanté. Caminé al baño sintiéndome el hombre más ridículo del planeta. Y esa sensación, de una manera que no me había pasado nunca, me excitaba más de lo que yo mismo habría deseado.
En el baño, ante el inodoro, comprobé que la urgencia de mi vejiga no iba a tener fácil resolución. Los hombres que han intentado orinar con erección plena saben a qué me refiero. Me incliné hacia adelante, los ojos cerrados, concentrándome en algo neutro: la factura del gas, el parte de lluvias, cualquier cosa que no fuera lo que acababa de pasar. Pero el ridículo de la situación, la cara serena de Amparo mirando la pared, la sensación de aquellas bragas todavía alrededor de mis muslos... nada de eso era neutro. Eres un enfermo, me repetía a mí mismo.
Noté su mano en mi cintura.
Había entrado sin hacer ruido, como hacía todo.
—A ver —dijo, y con la misma naturalidad con que uno aparta un vaso del borde de la mesa, tomó con la mano lo que yo tenía entre las mías y lo orientó hacia abajo—. Anda. Haz pipí. Mi niño.
—No... no puedo —susurré. El susurro era completamente involuntario.
—Claro que puedes. —Su mano empezó a moverse. Una presión suave, desde la base hacia la punta. Lenta. Metódica—. Sssshh. Tranquilo. ¿No quiere mear el nene?
Mis brazos colgaban a los lados como si hubiera olvidado para qué servían. La cabeza me daba vueltas. Aquel infantil susurro, aquella humillación tan suave y tan deliberada, me tenía al borde de algo que no era la micción.
—No... mmm... no pue... puedo...
Cuando estaba al límite, la mano desapareció.
Dos golpes de cadera que no llevaron a ninguna parte. Una sensación extraña, parecida al orgasmo pero sin descarga, que me doblaron las rodillas y me hicieron apoyarme con las palmas en la taza. Oí su risa desde algún lugar distante de mi propia mente.
—Apártate —dijo—. Que ahora me toca a mí.
Me aparté lo justo para sentarme sobre mis propios talones, con la espalda contra la pared fría. Desde allí la miré sentarse en el inodoro con el pantalón del pijama a la altura de las rodillas. Rodillas que yo separé con las manos, sin pedir permiso, sin pensarlo.
Lo que apareció ante mí era lo que recordaba de aquella tarde, meses atrás. Pero con esta luz, tan directa, parecía distinto. Más pequeño. Más íntimo. Las pocas canas rizadas en la parte superior, el brillo rosado apenas entrevisto entre los pliegues.
Le abrí con los pulgares. Vi el clítoris, pequeño y muy duro. Vi el interior rosado.
—Hazlo —escuché mi propia voz decir. No reconocí el tono—. Hazlo ahora. Para mí.
El chorro empezó despacio, casi sin presión, estrellándose en el fondo del retrete. El nivel de excitación que sentía en ese momento borró cualquier otra consideración.
—Es tan bonito —dije, y sentí que los ojos se me humedecían sin permiso.
Me acerqué. La besé justo por encima del arco del chorro, en la piel interior del muslo. Ella me insultó con esa voz entre divertida y escandalizada que yo había aprendido a necesitar sin saber cuándo había empezado a necesitarla.
—¡Guarro! ¡Eres un marrano!
Ahí estaba, abriéndome los ojos al máximo, con esa mirada que era mitad asco y mitad algo que no era asco en absoluto. El chorro seguía. Yo seguía mirando. Mis gónadas seguían oprimidas hacia arriba por aquellas bragas viejas, de abuela, que en ese momento me parecían la prenda más erótica del mundo.
Esperé hasta que terminó. Hasta que el último chorro fue una gota y la gota fue nada. Entonces me puse de pie, sosteniéndome apenas, y dije:
—Quiero metértela. Por favor, Amparo. Te lo pido.
Hubo una pausa larga. El humo del cigarrillo que había dejado encendido en el borde del lavabo se enroscaba en el techo como si también esperara la respuesta.
—Vale —dijo—. Pero despacio.
***
Más ilusionado de lo que me había sentido en años, empujé despacio. Vi con una claridad que todavía recuerdo cómo me abría paso, cómo ella suspiraba con los ojos cerrados, ese «aaaah» largo y continuo que llenó el baño y rebotó en las baldosas.
Con mis caderas pegadas a las suyas, con sus pocos pelos enredándose con los míos, la miré. En sus ojos había deseo y una sombra de rabia contenida que no entendí en ese momento y que tampoco entiendo del todo ahora.
Empezó a moverse ella. Arriba y abajo. Sin apartar la mirada de la mía. Cada vez que nuestros pubis se encontraban yo veía las últimas gotas brillar en el vello que nos unía, y esa imagen me ponía al filo del límite.
Cuando noté que no iba a poder contenerme mucho más, paré. La ayudé a ponerse de pie. Le temblaban un poco las piernas, tanto por la postura como por lo que su cuerpo estaba procesando.
Nos abrazamos. Me quitó las bragas casi arrancándomelas. Yo le saqué la parte de arriba del pijama. Me arrodillé ante ella y le di dos lamidas directas en el clítoris. Soltó dos gemidos que rebotaron en las paredes del baño.
Me apartó la cabeza.
—No. Está sucio. No hagas eso.
Se dio la vuelta. Yo no tenía intención de parar. Le abrí las nalgas y le di la lengua por todo el canal, terminando con la punta en aquel orificio rosado que se contraía con un ritmo propio. Ella protestó, me empujó la cabeza, no lo consiguió del todo.
—¡Cerdo! ¡Para! ¡Marrano! —las palabras se deshacían en algo que ya no era protesta.
Unos minutos después dijo, con la voz completamente plana:
—Métela otra vez.
Me puse de pie. Los dolores del cuerpo eran aliados extraños: la nuca, las rodillas, las ganas de orinar que no se habían marchado. Todo eso me servía para mantener el control sobre lo que estaba a punto de descontrolarse.
La alcé un poco, apoyándola con las manos en el borde del lavabo. Mi brazo izquierdo rodeaba su barriga. Con la mano derecha apunté y entré de nuevo en ella por detrás, despacio, sintiendo cómo aquel cuerpo pequeño y redondo me acogía con una presión que casi no soporté. Y cuando estuve dentro del todo, moviéndome con la cadencia más suave que fui capaz de sostener, sentí en mis palmas el recorrido de su espalda, sus pechos, su cintura.
Alzaba la vista al espejo de vez en cuando. La cara que Amparo devolvía al espejo no era cara de placer. Era cara de esfuerzo. De incomodidad creciente. El sudor le salpicaba la frente y sus ojos buscaban los míos con una expresión que yo intentaba no ver demasiado bien. Ralenticé todo lo que pude. Más que moverme, respiraba dentro de ella. Sé más suave. Tiene sesenta y siete años.
—Córrete —me dijo. No como una petición. Como la orden de alguien que ya no puede más—. Por favor. Córrete de una vez.
Me solté. Quince segundos de movimientos rápidos y fuertes que la levantaron del suelo. Y en el último momento la saqué, apoyándome entre sus nalgas, y llegué con un orgasmo que duró lo que pareció un minuto: la espalda, el hombro, el pelo. Todo manchado. Mi grito fue demasiado alto para el tamaño de aquel baño.
Cuando bajé de aquello, Amparo tenía la cabeza apoyada en sus propias manos, aferradas al borde del lavabo. Me asusté.
—¿Amparo? ¿Estás bien?
Levantó la cabeza. En el espejo me sonrió, cansada y sin malicia.
—Sí. Estoy bien. —Y mirándose el hombro añadió—: Me has puesto perdida, bruto.
—Es que también tienes en el pelo —dije.
—¡Bestia! —rio—. ¿Te has quedado a gusto?
—Sí. Pero tú no... ¿he hecho algo mal?
—Nada. Eres muy dulce. Es que yo ya... con la edad... ya sabes. —Hizo un gesto vago con la mano—. Tengo un hijo mayor que tú.
***
Nos metimos en la ducha juntos. El agua caliente disolvió parte de lo que había pasado y dejó el resto flotando en el vapor.
Seguía teniendo ganas de orinar. Lo noté en cuanto el chorro de la ducha empezó a caer sobre mi espalda. Me giré hacia el fondo de la bañera con la intención de saltar fuera, pero ella me sujetó del brazo.
—Mea ahí —dijo señalando las baldosas—. No pasa nada.
El dolor de vejiga no esperó más razonamientos. Me giré y oriné contra la pared mientras mi erección menguaba muy despacio. Amparo cogió el teléfono de ducha y me mojó la cara. Me reí sin poder evitarlo. Y sin pensarlo demasiado, apunté hacia ella.
—¡Cochino! ¡Meón! —rio, mojándome de nuevo con la alcachofa—. ¡Eres un animal!
Jugamos como si los dos tuviéramos quince años y ninguno de los problemas del mundo fuera real. Me agarró por las caderas, me salpicó con la ducha, yo la rociaba con lo que me quedaba, mezclado ya con el agua caliente, corriendo por sus pechos y su barriga. Ella reía. Yo reía.
Nos secamos entre comentarios tontos. Nos acostamos en su cama. Ella se quedó dormida antes que yo, con esa placidez de quien lleva décadas sin temer a nada ni a nadie.
Yo me quedé un rato mirando el techo. Aquella no había sido una noche perfecta. Había sido torpe, excesiva, desordenada. Pero mientras la escuchaba respirar a mi lado, con esa lenta cadencia de quien duerme en paz, supe que tenía una deuda pendiente: darle a ella lo que ella me había dado a mí. Tiempo. Paciencia. Placer sin apuros.
Eso, pensé cerrando los ojos, lo arreglaría la próxima vez.