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Relatos Ardientes

La trans que cumplió mi fantasía más secreta

Tengo cuarenta y siete años. Soy bisexual desde hace cinco, aunque la palabra me costó tiempo asumirla. No fue algo que llegara de golpe: fue algo que descubrí en la soledad de un departamento durante los cuatro años que estuve solo entre mi primer y segundo matrimonio.

Todo empezó con la curiosidad de una noche de calor. Noté que ciertos roces cerca de mi ano me generaban una sensación que no sabía cómo describir. No la ignoré. Comencé a explorar con lo que tenía a mano, primero con los dedos, después con lo que encontraba en la cocina. La textura de una zanahoria bien lubricada empujándose lentamente hacia adentro me producía un placer que nunca había sentido de otra manera. Con el tiempo compré un consolador fino para empezar, después uno más grueso. Aprendí a prepararme, a respirar, a relajarme. Aprendí que mi cuerpo podía recibir placer de formas que durante décadas había ignorado por completo.

Cuando me volví a casar, guardé ese mundo para mí. Mi segunda esposa es una mujer atractiva, pero sexualmente conservadora. Desde el principio entendí que jamás aceptaría lo que yo necesitaba. Así que esa parte de mí quedó encerrada, y durante años me conformé.

***

Hace ocho meses me enviaron cuatro meses a trabajar en Monterrey, de lunes a viernes. Era el tipo de asignación que cualquier otro en la empresa habría rechazado. Yo la acepté sin dudar.

El primer mes fue rutina pura: hotel, oficina, cena solo, televisión, cama. Pero había algo que crecía con cada semana que pasaba, una tensión que los juguetes de la maleta ya no satisfacían del todo. Quería algo real. No silicón, no plástico. Calor humano, peso, movimiento propio.

El jueves de la quinta semana tomé la decisión.

Salí del hotel a las nueve de la noche, pedí un taxi y le dije al conductor que me llevara a la zona de bares cerca de la central. Llegué a un lugar amplio, música norteña a volumen moderado, mesas con cubetas de cerveza por todas partes. No era exactamente mi ambiente, pero tampoco iba buscando comodidad.

Pedí una botella de whisky en una mesa al fondo. A los diez minutos se acercaron dos mujeres. Las saludé con amabilidad y les dije que no, gracias. Ninguna era lo que buscaba.

Pero al otro lado del local había una mujer que sí llamó mi atención. Alta, morena, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Estaba con otros clientes. Le pedí al mesero que le dijera que en cuanto pudiera pasara a mi mesa.

Pasó media hora. Me fui al baño y cuando regresé, ella estaba sentada frente a mí.

***

Se llamaba Valeria. Veintinueve años, sonrisa fácil, una forma de mirar directa que hacía que la conversación fluyera sin esfuerzo. Pedí que trajera lo que quisiera tomar y hablamos. El whisky fue haciendo lo suyo y terminamos hablando de sexo.

Ella me contó sus experiencias más extravagantes con una naturalidad que me desarmó. Yo le conté las mías: los tríos de mi primer matrimonio, las exploraciones en soledad, los juguetes, la fantasía que llevaba años dando vueltas en mi cabeza sin que nadie la supiera.

Valeria escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me miró fijo.

—Prácticamente has hecho de todo —dijo.

—Todavía no —respondí.

—¿Qué te falta?

Lo dije sin rodeos: quería que me penetrara una mujer trans. No un juguete. Alguien real, con calor, con movimiento propio.

Valeria no se sorprendió. Sacó el teléfono y comenzó a mostrarme fotos. De espaldas primero, luego de costado, a cuatro patas. Una mujer morena, delgada, muy bonita. En la última foto, de frente, había una erección generosa, unos veinte centímetros, bastante gruesa.

—Se llama Daniela —dijo Valeria—. ¿Te animarías?

La miré a ella y luego volví a mirar la pantalla.

—¿Y después le hacemos un sándwich a ti? —pregunté.

Valeria soltó una carcajada.

—Eres un loco. Ya veremos. Pide una botella para llevar, que la noche va a ser larga.

***

El motel era discreto, limpio, con una cama grande y un baño de azulejos blancos. Dejamos la botella en la mesita y Valeria y yo nos metimos a bañar juntos. El agua caliente, el jabón, sus manos en mi espalda. Ya había una corriente entre los dos que no necesitaba palabras.

Cuando salimos del baño sonó el interfón del cuarto. Era Daniela.

En persona era más impactante que en las fotos. Alta, bien proporcionada, con una sonrisa tranquila que transmitía seguridad. Saludó a Valeria con un beso en la mejilla, me tendió la mano a mí, y dijo que iba a bañarse.

Mientras corría el agua en el baño, Valeria y yo caímos en la cama. Las batas al suelo. Ella se colocó encima de mí y empezamos un sesenta y nueve: yo boca arriba, ella con la boca en mi pene y sus rodillas a los lados de mi cabeza. La abrí despacio con los dedos, la lamí, sentí cómo se lubricaba sola. Era rico, concentrado, sin distracción.

Cuando Daniela salió del baño, yo había dejado las piernas de Valeria expuestas a propósito.

Daniela se acercó sin decir nada. Se arrodilló detrás de Valeria y hundió la cara entre sus nalgas. Valeria soltó un quejido apagado contra mi pene. Yo seguía lamiéndola por delante; Daniela se ocupaba de atrás. De vez en cuando nuestras lenguas se rozaban sin querer. Era algo que no había vivido nunca, esa simultaneidad de bocas trabajando el mismo cuerpo.

Valeria se corrió fuerte, con una sacudida que la tensó de la cabeza a los pies.

***

Daniela se levantó. Tomó su bolsa y sacó un frasco de lubricante. Me miró.

—Cambiamos —dijo.

Valeria se corrió hacia un lado. Yo quedé boca arriba, y Daniela se puso detrás de mí con mis piernas sobre sus hombros. Valeria se acomodó encima de mi pecho y retomó la mamada.

Daniela empezó por las nalgas: las mordisqueó despacio, las apretó con las manos. Después pasó la lengua por mi ano. Una sola vez.

Fue como un chispazo eléctrico.

Llevaba años preparándome para ese momento y aún así no lo esperaba con esa exactitud. Me tensé y me aflojé al mismo tiempo. Daniela siguió, dejando caer saliva, trabajando el músculo con la lengua hasta que el cuerpo me pedía más.

Metió un dedo con lubricante. Después dos. El lubricante era tibio, casi caliente por dentro, y cada movimiento de sus dedos me hacía apretar los dientes de puro placer. Valeria seguía con la boca en mi pene, y la combinación era demasiado.

—Ya —dije.

Daniela colocó la punta de su erección en mi entrada y empujó muy despacio. Al principio hubo resistencia, ese dolor familiar que yo conocía bien de los consoladores, el momento en que el músculo decide si acepta o no. Respiré hondo. Lo acepté.

La cabeza pasó. El resto siguió, centímetro a centímetro, hasta que sentí el choque de su pelvis contra mis nalgas. Sus testículos golpeando suavemente. El sonido. El peso. Y luego el movimiento.

Nada en mi vida había sido como eso.

Daniela empezó lento y fue subiendo el ritmo. Valeria no dejó de chupar. No sabía adónde poner la atención, si en lo que recibía por atrás o en lo que sentía por delante. Las dos sensaciones se mezclaban en algo que no tenía nombre. Llegué a un punto en que dejé de pensar y simplemente me entregué: empujé el culo hacia ella, le di todo el ángulo que pude, y esperé.

Daniela aceleró. Sentí sus manos aferrarse a mis caderas. Un momento después, el primer chorro caliente dentro de mí. Y en ese mismo segundo, yo me vine en la garganta de Valeria.

Los tres nos quedamos quietos durante varios segundos.

Daniela salió despacio. Yo no me moví. Valeria se recostó a mi lado.

—¿Cómo fue? —me preguntó.

—Es lo mejor que he sentido en mi vida —dije, y no era exageración.

***

Daniela fue al baño. Valeria y yo nos servimos un trago y hablamos en voz baja. Le dije que nunca había imaginado que la diferencia fuera tan grande. Que los juguetes te preparan el cuerpo pero no te preparan para el peso real, para el calor humano, para que alguien tenga movimiento propio e intención.

—Lo que más me sorprende —dije— es que no hay culpa. No hay confusión. Solo quiero repetirlo.

Valeria levantó el vaso.

—Bienvenido.

Daniela volvió del baño, se sentó en el sillón frente a la cama y nos sirvió a los tres. Hablamos de mi trabajo, de cuánto tiempo llevaba en la ciudad, de cuándo había decidido dar ese paso. Daniela hablaba con calma y sin dramatismo, con esa seguridad de quien está completamente cómodo consigo mismo.

Unos veinte minutos después noté que su erección volvía.

—Creo que me está retando —dije.

—Siempre está lista para la revancha —respondió Daniela con una sonrisa.

Me arrodillé frente a ella y empecé por los testículos, despacio, con la lengua plana. Subí por el frenillo, rodeé el glande, volví a bajar. La sujeté con la mano mientras trabajaba con la boca, sintiendo cómo crecía entre mis labios. Había algo en eso que me resultaba completamente natural.

Cuando estuvo dura de nuevo, me puse a cuatro patas en la cama, apoyé el pecho contra el colchón y levanté las caderas todo lo que pude. Me apliqué lubricante por dentro y por fuera, mucho, y esperé.

Daniela entró esta vez con más confianza. Sin la tensión de la primera, mi cuerpo la recibió mejor, más rápido. El ritmo vino solo. El ruido del choque de su pelvis contra mis nalgas llenó el cuarto. Yo apretaba cuando podía, le daba resistencia, y eso parecía gustarle mucho.

Cuando eyaculó por segunda vez, lo sentí más profundo, más caliente. Me dejé caer sobre la cama y ya no me levanté.

***

El sueño me venció poco después de las cuatro de la mañana.

A las siete sonó la alarma del teléfono. Abrí los ojos: Valeria ya no estaba, solo una nota sobre la almohada. Tenía que llevar a sus hijos al colegio. Que la llamara.

Daniela dormía en el sillón.

Me levanté, tomé unas toallitas del baño y la limpié despacio, sin despertarla. Cuando terminé, empecé a besarla ahí, solo con los labios al principio. Después con la lengua, lento, con paciencia.

Ella fue despertando poco a poco. Entreabrió los ojos y murmuró sin moverse:

—Así… sí… no pares…

La trabajé hasta sentirla al límite. Cuando llegó, agarré el glande con los labios y le apliqué la lengua por la parte de abajo mientras la sujetaba con la mano. Fue intenso, y lo tomé todo.

Daniela quedó inmóvil unos segundos, medio dormida todavía.

—Tienes que irte —dijo al fin.

—Ya lo sé.

Me vestí, dejé el pago sobre la mesa y ella me dio su número.

Ese fue el primero de cinco jueves que pasé en Monterrey. Los otros cuatro fueron igual de buenos, o mejores. Algún día cuento el resto.

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Comentarios (5)

LectoraEnSombras

Que relato tan bien escrito!! me atrapo de principio a fin, no lo pude soltar.

Curiosa_87

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber mas de cómo siguió todo.

MartinaOK

Me encanto como lo contaste, se nota que es algo real. Esas historias son las mejores, sin adornos innecesarios.

Valentina_Mex

increible!!!

PatricioZ

Hablas de Monterrey... sos del norte? pregunto porque el relato se siente muy cercano y autentico.

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