Mi suegra me pasó un papel al despedirnos
Nos habíamos casado con Valeria hacía apenas dos meses. Con todo lo que implica una boda de familia tradicional: ceremonia en la iglesia, fiesta que duró hasta el amanecer, brindis formales, discursos que nadie pedía y promesas que uno hace con plena convicción.
Valeria tiene veintisiete años; yo, veinticinco. Nos conocimos a través de un amigo en común, y tardé cuatro meses en llevarla por primera vez a mi departamento. No fue exactamente una conquista difícil, pero tampoco fue sencilla. Desde el principio supe que era una mujer con criterio, que no se entregaba por impulso sino por elección. Eso me gustó. Me sigue gustando.
Tiene una hermana mayor, Daniela, y un hermano menor que estudia en otra ciudad. La familia de Valeria proyecta una imagen de solidez y valores convencionales: padres que se tratan con respeto, cenas los sábados, cumpleaños que se celebran sin falta. Sus padres, Cristina y Ernesto, llevan más de treinta años casados. La casa siempre ordenada, las conversaciones siempre dentro de los carriles esperados.
El viaje de bodas lo pagó Ernesto: treinta y cinco días recorriendo el sur de Europa. Fuimos a cuatro países. Generoso, sin duda. Ernesto era ese tipo de hombre que da sin que le pidas y espera sin que lo digas.
***
Al volver, la vida tomó su ritmo habitual. Valeria trabaja en una farmacia del barrio; yo, en un estudio contable donde llevo los números de tres empresas medianas. Nada extraordinario, pero alcanza bien.
El primer sábado después del regreso, los padres de Valeria nos invitaron a cenar. Fuimos puntuales. La cena fue como todas las cenas con ellos: comida abundante, conversación tranquila, ese equilibrio entre lo familiar y lo formal que Cristina manejaba con una destreza que yo admiraba sin terminar de entender del todo.
Hacia el final de la velada, Ernesto apoyó los codos en la mesa y me miró directamente.
—Rodrigo, quiero hacerte una propuesta —dijo—. Necesito un jefe de administración en mi empresa. Alguien de confianza. Te pagaría el triple de lo que ganás ahora.
Lo miré. No era el tipo de hombre que hace ofertas a la ligera ni que espera que le discutan los términos.
—¿Cuándo querés que empiece? —pregunté.
—Renunciá el lunes. El martes te espero en la oficina.
Asentí. Así era Ernesto: directo, sin rodeos, sin espacio para el debate.
Al despedirnos en la puerta, los abrazos y los besos de rigor. Ernesto me estrechó la mano con firmeza y me palmeó el hombro. Luego Cristina se acercó. Tomó mis manos entre las suyas —las de ella debajo, las mías encima— y me miró un segundo antes de besarme en la mejilla. Mientras lo hacía, sentí algo pequeño deslizarse entre mis dedos: un papel, doblado varias veces.
Lo guardé en el bolsillo interior del saco sin que Valeria lo notara. Hablamos todo el camino a casa de lo bien que habían estado los ravioles y de la propuesta de trabajo de Ernesto.
***
Esa noche no abrí el papel. Llegamos a casa y Valeria estaba de ese humor que yo ya reconocía bien: inquieta, con los ojos brillantes, moviéndose de una habitación a otra sin motivo aparente. Cuando apagó la luz del baño y se metió en la cama con una remera fina, supe que no íbamos a dormir enseguida.
Me acosté a su lado. Le pasé la mano por la cintura, le levanté la remera despacio. Ella se acomodó dándome la espalda, sin decir nada, solo apretando mi mano contra su vientre. Le bajé la ropa interior y entré en ella desde atrás, con calma. Fue de esa manera silenciosa y deliberada que tienen los dos a veces, sin afanes, sin palabras. Acabé dentro de ella y me quedé quieto.
—Estuvo bien —me dijo, en voz baja—. Muy bien.
Me quedé mirando el techo hasta que su respiración se hizo pareja. El papel seguía en el bolsillo del saco, colgado en la silla del cuarto.
***
Pasé todo el domingo ignorándolo. No quería que Valeria me preguntara qué estaba buscando, ni tener que inventar nada en el momento. Esperé.
El lunes me levanté temprano, desayuné con ella, la besé al salir y fui a la oficina con el saco puesto. Renuncié en forma, con el aviso correspondiente, sin dramas. Luego, a las diez y media, bajé al patio trasero del edificio, donde casi nadie va a esa hora.
Saqué el papel del bolsillo. Estaba doblado en cuatro. Adentro, un número de celular escrito con birome, con letra pequeña y prolija. Nada más que eso.
No era el número que yo tenía registrado para Cristina. Me quedé mirándolo un momento y llamé.
Atendió al segundo tono.
—Hola, Rodrigo. —Su voz, clara y sin rastro de incomodidad—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí, y luego fui directo—. Cristina, ¿qué significa esto?
—Significa una invitación —dijo—. El martes de la semana que viene, en casa. A eso de las siete de la tarde. Solo vos.
—¿Sin Valeria?
—Sin Valeria. Te esperamos. —Y cortó.
¿Te esperamos? ¿Quiénes?
Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pared de ladrillos grises del patio. El plural me daba vueltas. Pensé en las palabras de Cristina, en el tono, en que no había pedido explicaciones ni esperado que yo las diera. Como si ya supiera que iba a ir.
***
Preparé la coartada con tiempo. Lo de siempre: partido de fútbol con los amigos del barrio, después algo de comer, llegaría algo más tarde de lo habitual. Valeria lo aceptó sin preguntas. Nunca le había dado motivos para dudar, y eso hacía todo más fácil y más incómodo al mismo tiempo.
El martes llegué a la casa de mis suegros a las siete y veinte. Estacioné a media cuadra y caminé despacio. El bolso deportivo estaba en el baúl, cumpliendo su función de utilería.
Llamé al timbre. Escuché pasos.
La puerta se abrió.
Cristina. Con un negligé negro, casi transparente, que no dejaba nada librado a la imaginación. Era una mujer de cincuenta años que definitivamente no los aparentaba. Me tomó de la mano sin decir nada y me hizo pasar.
—Ya empezamos —dijo—. Te incorporás sin problema.
***
En el comedor, sobre el sofá y la alfombra, encontré a Ernesto, a Daniela y a dos hombres que no conocía. Ernesto estaba de pie, completamente desnudo, con una erección visible y sin ningún gesto de incomodidad. Los dos desconocidos, igual. Daniela, arrodillada entre ellos, los atendía uno por uno con la boca, con una cadencia casi mecánica y completamente concentrada.
Me quedé en el umbral un segundo. Solo un segundo.
Cristina me ayudó a quitarme la ropa sin preguntarme si quería. Lo hizo como si fuera la cosa más natural del mundo, doblando cada prenda con cuidado sobre el respaldo de una silla. Me tomó entre sus dedos y se arrodilló frente a mí. Sabía exactamente lo que hacía. Cuando me incorporé del todo, me tomó de la nuca, me besó en la boca con la lengua y se recostó sobre el brazo del sofá.
Entré en ella de un movimiento. Estaba abierta, caliente, completamente dispuesta. Gemía sin exageración, solo con la boca entreabierta y los ojos semicerrados, concentrada en cada movimiento.
Mientras tanto, los dos hombres —Pablo y Marcos, me los presentaron en algún momento de esa confusión— rodeaban a Daniela. Ernesto le pedía que lo atendiera a él, y ella lo hacía sin dudar, pasando de uno a otro con la calma de alguien que lleva tiempo en esto. Daniela tenía veintiséis años y se movía por ese cuarto como alguien que conoce exactamente su lugar en cada escena.
Cristina me pidió, entre jadeos cortos, que la tomara por detrás. La di vuelta. Entré en ella desde atrás y la sostuve por las caderas. Unos minutos después, Pablo se acercó y me la sacó de las manos para tomar mi lugar. Yo me dirigí hacia donde estaba Daniela.
—Chupame —le dije.
Daniela levantó la vista. Me tomó con la boca con una precisión que me cortó el aliento. Las manos apoyadas en el suelo, la espalda arqueada, sin apuro.
Hubo cambios, rotaciones. En algún momento Daniela estaba entre Pablo y Marcos, recibiendo a los dos al mismo tiempo, y Ernesto se paró frente a mí. Me miró. Yo lo miré. Y dijo, con una voz sin ambigüedades:
—Chupame, Rodrigo.
No lo pensé. O lo pensé demasiado rápido como para notar que lo estaba pensando.
Lo hice. El marido de mi suegra, el padre de mi esposa. Y no me resultó ajeno ni perturbador. En ese cuarto, con ese ruido de fondo, con esa atmósfera que parecía suspender las categorías habituales, fue solo otro paso en la misma dirección.
Luego Marcos anunció que querían probarme a mí. No lo formuló como una pregunta. Asentí.
Los tres lo hicieron por turno. Al principio dolió un poco, después no. Estaba demasiado fuera de mí mismo como para calcular si me gustaba o no en ese momento. Lo supe más tarde: sí me había gustado. No de la misma manera que Cristina o Daniela, pero fue placer, sin ninguna duda.
Me pidieron que hiciera lo mismo con ellos. Lo hice. A Pablo le acabé adentro, sin planearlo. Fue instinto puro, sin intermediarios.
***
En algún momento me recosté en el sillón grande del comedor. Cerré los ojos. Todavía escuchaba gemidos, movimientos, el sonido de cuerpos que no habían terminado. Cuando los abrí, vi a los tres hombres de pie alrededor de Cristina y Daniela, que estaban arrodilladas en el suelo, una al lado de la otra. Las cubrieron a las dos a la vez. Las dos caras, abiertas, recibiendo sin apuro.
Era tarde. No había forma de saberlo con exactitud, pero era tarde.
Me levanté y pedí permiso para usar el baño. Cristina se levantó y me siguió sin que yo se lo pidiera. Cerró la puerta con llave.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Sí —respondí.
—Sabía que ibas a encajar —dijo, con esa sonrisa segura que debería haberme resultado extraña y sin embargo no lo era—. Sos de los nuestros, Rodrigo.
Hice una pausa antes de preguntar lo que me había estado dando vueltas durante toda la noche:
—¿Por qué Valeria no está en esto?
Cristina me miró fijo. Por primera vez esa noche, algo en su expresión cambió. No fue incomodidad, fue otra cosa, algo más difícil de leer.
—Eso te lo cuento en otro momento —dijo—. No es algo que se explica rápido. —Y salió del baño antes de que pudiera insistir.
***
Me vestí en silencio. Saludé a todos con una cordialidad que me sorprendió a mí mismo. Pablo y Marcos resultaron tener apellidos, profesiones, contexto fuera de esa habitación. Nos dimos la mano como si nos hubiéramos conocido en una cena normal. Nadie dijo nada fuera de lugar. Eso también me sorprendió.
Eran casi las doce cuando salí a la calle. El aire frío de la noche me hizo bien. Caminé despacio hasta el auto y me quedé quieto un momento antes de arrancar. Pensé en Valeria. En la ropa deportiva limpia en el baúl. En lo que iba a decir cuando llegara.
***
Llegué a casa pasada la medianoche. Entré por la cocina. Valeria estaba despierta, sentada a la mesa con un vaso de leche y el teléfono en la mano. Se levantó cuando me vio, me abrazó y me dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Bien —dije—. Cansado.
—Dame la ropa, que la pongo a lavar.
—No hace falta. Jugamos con las camisetas nuevas del equipo. Lo mío está limpio. Gonzalo se llevó todo para lavar en su casa, que tiene secadora.
—Bueno —dijo. Me miró un segundo con esa expresión tranquila que tenía siempre. Luego apagó la luz de la cocina—. Vamos a dormir entonces.
Se metió en la cama y en menos de diez minutos estaba dormida. Yo tardé mucho más en cerrar los ojos.
¿Por qué Valeria no estaba en esto?
La pregunta siguió dando vueltas sin respuesta mientras la noche avanzaba despacio, y yo la miraba dormir sin saber muy bien qué era lo que miraba.