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Relatos Ardientes

La canción que le cantaba a Susana cada sábado

El salón olía a café recién hecho y a ese aroma tibio que deja un piso de hombre que vive solo. Acababa de cumplir treinta años, no tenía pareja ni planes de tenerla, y los sábados se habían convertido en el único día de la semana que esperaba con ganas. Todo gracias a Susana.

Tenía cuarenta y tantos, un cuerpo que todavía funcionaba como el de una mujer con apetito, caderas anchas, un culo redondo y firme, y unos pechos enormes y pesados, de esos que te hacen pensar en cosas que no deberías mientras la mujer pasa la fregona delante de ti. Llegaba siempre con vaqueros ajustados y una camiseta que peleaba por contener todo aquello.

Aquella primera mañana yo estaba en el sofá con la guitarra sobre las rodillas. Rasgueé los acordes de una canción vieja, una de esas que ponían en la radio cuando yo era un crío, y al llegar al estribillo solté la letra con toda la naturalidad del mundo, cantando el nombre de ella como si la canción hubiera sido escrita para ese momento.

Susana, que estaba escurriendo la fregona en el cubo, se quedó quieta. Soltó una carcajada ronca y me miró con los ojos brillantes.

—Madre mía, chaval… —dijo, apoyándose en el palo—. Esa canción la bailaba yo de joven, en la discoteca del pueblo. La bailaba como si me fuera la vida en ello.

Sonreí y seguí tocando como si nada. Pero algo se había encendido entre los dos, una corriente fina que ninguno nombró.

Desde entonces, cada sábado repetía el ritual. Y poco a poco empecé a cambiarle la letra, solo para ella. Donde la canción decía una cosa, yo metía otra: algo sobre sus pechos, sobre cómo se le movía el cuerpo cuando se agachaba a recoger.

La primera vez que lo hice se quedó parada con el trapo en la mano, se puso colorada y se echó a reír a carcajadas.

—Serás sinvergüenza… —dijo entre risas, negando con la cabeza—. Me gusta esa versión, no te voy a mentir.

Y así empezó todo.

***

Semana tras semana yo cantaba mi versión cada vez más descarada, mirándola sin disimulo mientras ella limpiaba. Susana se reía, se mordía el labio y seguía con lo suyo, pero yo notaba cómo se le marcaban los pezones bajo la camiseta y cómo movía las caderas con más intención cuando pasaba cerca del sofá. Era un juego, y los dos sabíamos que tarde o temprano alguno iba a dejar de jugar.

Empecé a fijarme en detalles que antes me pasaban desapercibidos. En cómo se recogía el pelo en un moño flojo del que siempre se le escapaban un par de mechones. En cómo se inclinaba sobre la mesa baja del salón para quitar el polvo, dándome la espalda más rato del necesario. En la forma en que me aceptaba el café de media mañana y se quedaba un minuto de más apoyada en el marco de la puerta, charlando de cualquier cosa con una sonrisa que decía mucho más que sus palabras.

Una mañana, mientras yo afinaba la guitarra, ella pasó por delante con la cesta de la ropa y, al cruzar, me rozó el hombro con la cadera. No fue un accidente. Lo supe por cómo me miró después, por encima del hombro, mordiéndose otra vez ese labio. Yo dejé los acordes a medias y por un segundo se me olvidó cómo seguía la canción. Ella se rió bajito, encantada del efecto que causaba, y volvió a lo suyo como si nada.

Hasta que llegó aquel sábado en el que yo tenía que salir temprano.

—Susana, hoy no toco —le dije desde la puerta del baño—. Tengo que ducharme rápido y largarme, he quedado.

—Vale, cariño —contestó ella desde la cocina, sin asomarse.

Me metí bajo el agua caliente y empecé a enjabonarme. No pude evitar pensar en ella, y noté cómo me iba poniendo duro solo con la imagen de su camiseta a punto de reventar. De pronto oí la puerta del baño abrirse despacio.

Susana entró sin pedir permiso, ya sin camiseta, solo con un sujetador negro que apenas contenía todo lo que llevaba dentro. Se quedó mirándome a través del cristal empañado de la mampara, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Hoy no me has cantado nada —dijo en voz baja, ronca—. Así que vengo yo a recordarte lo que te estás perdiendo.

Abrió la mampara y se arrodilló dentro de la ducha, dejando que el agua le cayera sobre la cabeza y los hombros. Sin decir una palabra más, me agarró con una mano y se metió mi polla en la boca de un solo movimiento, hasta el fondo.

—Joder… —se me escapó.

Susana chupaba con una urgencia que no le había visto nunca. La saliva se le mezclaba con el agua y le caía por la barbilla, hacía ruidos sucios, la sacaba un segundo para tomar aire y volvía a tragársela entera. Sus ojos me miraban desde abajo, brillantes, sin un gramo de vergüenza.

—Llevo semanas mojándome las bragas cada vez que te oigo cantar esa tontería —confesó entre lametones largos—. Tenía que hacerlo de una vez.

Se quitó el sujetador y dejó caer aquellos pechos enormes, pesados, con los pezones oscuros y duros. Me colocó la polla entre los dos y los apretó con las manos, mirándome con una media sonrisa.

—Úsalas. Para esto las tienes delante cada sábado, ¿no?

Empecé a empujar entre sus pechos mientras el agua nos caía encima. La carne caliente y blanda me envolvía perfectamente. Cada vez que asomaba la punta por arriba, Susana sacaba la lengua y me lamía despacio, recogiendo lo que ya empezaba a escaparse.

No aguanté ni cinco minutos.

—Me voy a correr… —avisé, con la voz rota.

—Hazlo encima. Quiero verlo.

Terminé con fuerza. El semen le salpicó los pechos, el cuello, parte de la cara. Ella se lo extendió por la piel con las manos, masajeándose despacio, gimiendo bajito como si aquello le diera tanto gusto como lo anterior.

***

Nos duchamos juntos, besándonos bajo el agua, sin prisa y con prisa a la vez. Yo no podía dejar de tocarle los pechos, apretarlos, jugar con los pezones, y antes de cerrar el grifo ya volvía a estar duro contra su vientre.

Salimos del baño todavía mojados y la llevé hasta la cama sin demasiada ceremonia. Susana se tumbó y abrió las piernas, ofreciéndose, con la respiración agitada y la mirada clavada en mí.

—Ven aquí —pidió—. Llevo meses imaginándome esto.

Me hundí en ella de una sola vez. Estaba empapada, caliente, resbaladiza. Empecé a moverme fuerte, profundo, sintiendo cómo me apretaba por dentro a cada embestida. Sus pechos rebotaban con cada golpe. Me incliné y le mordí un pezón mientras le metía dos dedos en la boca.

—Chupa —le dije.

Y ella obedeció, cerrando los ojos, lamiéndome los dedos como si fueran otra cosa.

Le di la vuelta y la puse a cuatro patas. Volví a entrar por delante, despacio al principio, y luego apoyé el pulgar contra su otro agujero, presionando sin prisa. Susana soltó un gemido grave y empujó las caderas hacia atrás, buscándome.

—Más… —pidió con la voz quebrada—. No te cortes.

Le metí los dedos mientras seguía moviéndome dentro de ella. El sonido lo llenaba todo: el roce húmedo, mis caderas chocando contra su culo, sus gemidos cada vez menos contenidos. Estaba completamente entregada, y yo también.

—Quiero que me lo hagas por detrás —dijo, mirándome por encima del hombro—. Despacio, pero quiero sentirte ahí.

Salí de ella y apoyé la punta contra su otro agujero. Empujé con cuidado, viendo cómo cedía poco a poco para dejarme entrar. Cuando estuve dentro del todo, esperé un segundo a que se acostumbrara y luego empecé a moverme con embestidas largas y lentas.

—Qué apretada estás… —murmuré, agarrándola de las caderas.

—Sigue así… justo así… no pares.

La agarré del pelo con suavidad y empecé a darle más rápido. La cama crujía contra la pared, sus pechos se balanceaban debajo de ella, y el sonido de nuestros cuerpos llenaba la habitación entera. Susana enterró la cara en la almohada para ahogar los gemidos, pero no había forma de callarlos del todo.

Cuando noté que llegaba, me hundí hasta el fondo y terminé dentro de ella, abrazado a su espalda sudada. Nos quedamos así un momento, jadeando, sin querer separarnos todavía.

***

Después nos dejamos caer sobre el colchón, deshechos, con olor a sexo por toda la habitación. Ella se reía sola, con una risa floja de satisfacción, mientras se apartaba el pelo mojado de la cara.

—Mira que eres malo —dijo, dándome un golpe flojo en el pecho—. Tanto cantarle a una pobre mujer hasta volverla loca.

—La canción funcionó —contesté, sin aliento todavía.

—Funcionó demasiado bien.

Aquel fue solo el principio. A partir de ese sábado, cada fin de semana terminaba igual: la guitarra, la limpieza, el chiste de siempre con la letra cambiada… y luego un par de horas en la cama de las que ninguno de los dos hablaba con nadie. Era nuestro secreto, y eso lo hacía mejor.

Susana se iba cada tarde con la ropa medio mal puesta, el pelo revuelto y una sonrisa que no podía disimular ni queriendo. Y yo me quedaba solo en el piso, agotado, mirando la guitarra apoyada en el rincón y pensando ya en la próxima canción que le iba a inventar.

Nunca le conté esto a nadie. Si lo escribo ahora es porque, después de todo este tiempo, todavía no me creo del todo que pasara. Pero pasó. Cada sábado, durante meses. Y si alguna vez vuelvo a coger la guitarra y suena aquella canción vieja, juro que todavía se me seca la boca.

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