La noche que dejé de ser solo la mejor amiga de Diego
Me llamo Renata y tengo veintisiete años. Sé el efecto que tengo en los hombres y dejé de disculparme por eso hace mucho. No soy delgada ni frágil: tengo caderas anchas, cintura marcada y un pecho generoso que se mueve con cada paso. Sé sostener una mirada un segundo más de la cuenta y sé exactamente lo que provoca esa pausa. Esa noche decidí que ya estaba cansada de ser únicamente «la mejor amiga» de Diego.
Nos conocíamos desde la universidad. Él, treinta años, alto, de espalda ancha y una voz grave que me erizaba la piel cuando me hablaba bajito. Siempre había sido el buen chico de la historia: atento, correcto, incapaz de cruzar una línea conmigo aunque yo se lo pusiera fácil. Y yo ya no quería corrección. Quería que me deseara sin culpa, que me tocara como si llevara años conteniéndose. Porque sospechaba que así era.
Lo invité a mi casa con la excusa de terminar una serie que habíamos empezado meses atrás. Me arreglé con intención. Elegí un vestido negro corto, ajustado, con un escote que apenas sostenía nada. Sin sostén. Debajo, una tanga de encaje que ya estaba húmeda solo de imaginar la escena. Me perfumé en el cuello, entre los pechos y un poco más abajo, donde quería que su atención terminara cayendo.
Cuando abrió la puerta, sus ojos hicieron el recorrido completo antes de que pudiera disimularlo. Lo vi tragar saliva.
—Renata… ¿qué pretendes hoy? —dijo, intentando sonar tranquilo y fallando.
Me acerqué hasta que la tela de mi vestido rozó su camisa.
—Que mires la serie conmigo —respondí, mordiéndome el labio—. Nada más.
Mentira. No había bajado a la sala a ver televisión en mi vida.
Nos acomodamos en el sofá. La pantalla era apenas un murmullo de fondo. Me senté de lado, con las piernas cruzadas de modo que el vestido se trepara unos centímetros y dejara ver el inicio de mis muslos. Él fingía concentrarse, pero cada pocos segundos sus ojos regresaban a mi pecho, que subía y bajaba con una respiración que yo controlaba a propósito.
Serví dos copas de vino. Después de la segunda, decidí dejar de fingir.
Me deslicé sobre el cojín hasta que mi muslo tocó el suyo. Apoyé una mano en su pierna y la subí despacio, midiendo su reacción.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo hacer esto? —murmuré cerca de su oído, dejando que mi aliento le rozara el cuello.
Se tensó entero. Su respiración cambió de ritmo.
—Renata, no juegues con esto —dijo, pero ya no había firmeza en su voz.
—No estoy jugando —contesté, y subí la mano hasta sentir cómo se marcaba la dureza bajo su pantalón—. Quiero que me toques. Lo quise desde hace años. Esta noche soy tuya, si te atreves.
Algo se rompió en él. Me agarró de la nuca y me besó, y no fue un beso suave. Fue todo lo que había estado guardando saliendo de golpe. Su lengua buscó la mía con hambre mientras su otra mano subía por mi muslo y apretaba mi trasero con una posesión que nunca le había permitido mostrar. Gemí contra su boca.
Me separé apenas, lo justo para mirarlo a los ojos.
—Quítame el vestido —le pedí, con voz baja pero sin dejar lugar a dudas.
Obedeció. Sus manos temblaban un poco mientras bajaba los tirantes. Mis pechos quedaron libres, los pezones ya duros. Soltó un sonido ronco al verlos, como si llevara años imaginándolos y la realidad lo superara.
—Dios… —murmuró—. Son mejores de lo que me imaginaba.
Se inclinó sobre ellos sin esperar permiso. Atrapó un pezón con la boca, succionando, mordiendo con cuidado, mientras con la mano libre amasaba el otro pecho, sintiendo su peso. Arqueé la espalda y le hundí los dedos en el pelo, tirando de él para acercarlo más.
—Más fuerte —le pedí entre jadeos—. No te contengas conmigo esta noche.
Y dejó de contenerse. Succionaba, mordía, dejaba marcas tenues en mi piel clara. Yo ya estaba empapada, sentía la tela de la tanga pegada y caliente entre las piernas.
Bajé la mano y le solté el pantalón. Su erección quedó libre de golpe, gruesa y firme, la punta ya brillante. La rodeé con la mano y empecé a acariciarlo despacio, apretando justo como intuía que le gustaba.
—Mírame —le dije—. Quiero que veas lo que te hago.
Sus ojos se clavaron en los míos mientras mi mano subía y bajaba, repartiendo su humedad por toda la longitud. Respiraba con dificultad, los músculos del abdomen tensos bajo la camisa abierta.
Me deslicé hasta quedar de rodillas frente a él, sin romper el contacto visual. Saqué la lengua y lo recorrí entero, de abajo hacia arriba, saboreándolo. Después abrí la boca y lo tomé tan profundo como pude. Diego soltó un gemido grave y me sujetó del pelo con las dos manos.
—Joder, Renata… —fue lo único que alcanzó a decir.
Me entregué a la tarea con ganas. Subía y bajaba la cabeza, marcando un ritmo húmedo, dejando que la saliva se desbordara y cayera sobre mi pecho. Cada vez que llegaba al fondo lo apretaba con la garganta y lo sentía estremecerse. Él movía las caderas apenas, conteniéndose para no empujar demasiado, y esa contención también me encendía.
Cuando noté que estaba demasiado cerca, me detuve. Me incorporé, me quité la tanga sin prisa y la dejé caer al piso. Lo miré desde arriba, todavía recuperando el aliento él, expectante.
Me senté a horcajadas sobre sus piernas. Tomé su erección con una mano y froté la punta contra mí, despacio, jugando con los dos hasta que ninguno aguantó más.
—¿Esto es lo que querías? —pregunté contra sus labios—. ¿Todo este tiempo?
—Sí —gruñó, agarrándome de las caderas—. Más de lo que te imaginas.
Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. Era grueso y me llenaba por completo. Dejé escapar un gemido largo cuando por fin lo tuve todo dentro, y me quedé quieta un instante, disfrutando de la sensación.
—No sabes cuántas veces pensé en esto —susurré contra su cuello.
Empecé a moverme. Primero lento, girando las caderas, sintiendo cómo me rozaba por dentro. Después más rápido, subiendo y bajando, dejando que mi pecho rebotara frente a su cara. Él lo atrapó con ambas manos, apretando, pellizcando los pezones mientras yo lo cabalgaba con fuerza.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala. Yo gemía sin medirme, diciéndole al oído todo lo que había callado durante años.
—Más fuerte —le pedí—. Quiero sentirte de verdad. Esta noche soy solo tuya.
Perdió la paciencia. Me levantó como si no pesara nada, me dio la vuelta sobre el sofá y entró de un solo empuje. Grité de puro placer. A partir de ahí no hubo más dudas en él: embestidas profundas, firmes, sostenidas. Me sujetaba de la cadera con una mano y con la otra me apartaba el pelo de la nuca para verme la cara.
—No vamos a poder volver a ser solo amigos —dijo con la voz quebrada por el esfuerzo.
—No quiero que volvamos —contesté.
Me corrí por primera vez con un gemido ahogado, sintiendo todo mi cuerpo contraerse a su alrededor. Pero él no se detuvo. Siguió moviéndose, alargando el orgasmo hasta que apenas podía sostenerme.
Me giró de nuevo, me abrió las piernas y volvió a entrar mirándome a los ojos. Esta vez más lento, más hondo, más íntimo. Me besaba entre embestida y embestida, mordiéndome el labio inferior, y yo le clavaba las uñas en la espalda.
—Quiero terminar contigo así —murmuró—. Mirándote.
—Hazlo —respondí, sin apartar la vista—. Quiero verte.
Aceleró. Sus movimientos se volvieron más urgentes, su respiración un desastre. Yo repetía su nombre como si fuera la única palabra que conocía. Cuando se dejó ir, lo hizo con un gruñido profundo, hundiéndose hasta el fondo, temblando sobre mí mientras yo lo abrazaba con las piernas para retenerlo.
Caímos juntos sobre el sofá, sudados, sin aire, con los corazones golpeando fuerte. Me acomodó un mechón detrás de la oreja y me besó, esta vez con una ternura que no había aparecido en toda la noche.
—Esto cambia todo, ¿verdad? —preguntó, igual de inseguro que el chico que siempre había sido.
Sonreí y le pasé un dedo por el pecho.
—Esto recién empieza —le dije—. Y ahora que sé lo que estuvimos perdiéndonos, no pienso conformarme con menos.
Me besó de nuevo, más hondo, y sentí su cuerpo despertar otra vez contra el mío.
Esa noche no dormimos demasiado, y la confesión que había guardado durante años terminó siendo la mejor decisión que tomé en mucho tiempo.