Lo que confesé al volver de Shenzhen
La llovizna de Shenzhen no daba tregua, y a Tomás le pareció que el cielo se había puesto a tono con su humor. Pasaba de la medianoche cuando volvió caminando al hotel, con el cuello del abrigo levantado y la reunión todavía atravesada en la garganta. Meses de preparación, planillas, ensayos frente al espejo, y los directivos lo habían escuchado como quien espera que termine la lluvia para salir.
—Qué noche de mierda —murmuró en español, y las palabras sonaron fuera de lugar entre los carteles de neón.
En la habitación se dio una ducha larga. El agua caliente se llevó el frío, pero no la frustración. Envuelto en una toalla, hizo lo único que se le ocurrió para sentirse en casa: abrió la videollamada y esperó a que del otro lado, en su casa de Tigre, aparecieran las dos mujeres que lo anclaban al mundo.
Renata y Bianca estaban tendidas en la cama, una contra la otra, despeinadas, con la lámpara de la mesa de luz tiñéndolo todo de ámbar.
—¿Cómo te fue, mi amor? —preguntó Renata, y solo escuchar su voz le aflojó los hombros.
—Un desastre —admitió él, sentándose al borde de la cama del hotel—. Hablé y hablé, y era como hablar contra una pared. Y no me refiero al idioma.
Bianca se acercó a la cámara, los ojos todavía pesados de sueño.
—Seguro que no fue para tanto. Siempre exagerás.
Renata, en cambio, no dijo nada. Apoyó la palma abierta sobre el vientre de Bianca y empezó a dibujarle círculos lentos, sin dejar de mirar a la pantalla. Los dedos bajaban con una lentitud calculada, rozando el elástico de la bombacha, después metiéndose adentro sin apuro.
—Quizás lo que necesitás es relajarte un poco —dijo al fin, con esa voz baja que Tomás conocía de memoria—. ¿Querés que te ayudemos?
Él sintió el primer tirón de deseo desplazando al cansancio. Verlas juntas siempre le hacía lo mismo, las conociera de quince años o de quince minutos.
—Sí —dijo, y la toalla ya le sobraba—. Creo que sí.
Se tiró la toalla al suelo y se acomodó contra el respaldo con la polla ya media dura en la mano. En la pantalla, Renata le sacó la remera a Bianca de un tirón y le mordió un pezón hasta que la otra soltó un gemido corto. Los pechos de Bianca, blancos y pesados, quedaron colgando sobre la cámara mientras Renata seguía trabajándole las tetas con la boca, chupando fuerte, dejándole marcas rojas alrededor de las areolas.
—Sacate la bombacha —le ordenó Renata sin levantar la cabeza—. Que Tomás te vea bien el coño.
Bianca obedeció. Se levantó apenas, deslizó la tela hasta los tobillos y volvió a abrirse de piernas frente a la pantalla, ofreciéndolo todo: los labios ya hinchados, brillantes de humedad, el clítoris asomando entre la mata de pelo castaño que Tomás conocía centímetro a centímetro.
—Mirá cómo estoy —jadeó Bianca, pasándose dos dedos por la raja de arriba a abajo—. Toda mojada de pensar en vos.
—Metételos —contestó Tomás con la voz áspera, empezando a moverse la mano de arriba a abajo sobre la verga—. Despacio. Que los vea entrar.
Bianca se metió los dos dedos hasta los nudillos y arqueó la espalda con un gemido largo. Renata, mientras tanto, se había desnudado del todo y se acomodó entre las piernas de la otra. Le apartó la mano y le pegó la boca al coño sin ceremonia, chupándole el clítoris con esa avidez tranquila que Tomás conocía de haberla tenido cien veces en su propia entrepierna.
—Mierda —murmuró él, apretándose más fuerte—. No paren.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Renata sin levantar la cabeza, la barbilla brillante.
—Mucho —contestó él, la voz rota—. Mamale bien el coño. Metele la lengua adentro.
Renata obedeció. Le hundió la lengua a Bianca y le clavó las uñas en los muslos para mantenerla abierta, mientras un pulgar le trabajaba el clítoris en círculos. Bianca se retorcía sobre el colchón, agarrándose las tetas, tironeándose los pezones, mirando a la cámara con la boca abierta.
—Que se venga en tu cara —pidió Tomás, la mano moviéndose más rápido sobre la polla que ya le goteaba en el vientre—. Quiero verla acabar.
—Ya casi —jadeó Bianca—. Ay, ya casi, no pares, no pares…
Renata metió dos dedos y siguió chupándole el clítoris, curvando los dedos adentro con esa maña precisa de quien conoce cada rincón del cuerpo ajeno. Bianca aulló, cerró los muslos contra la cabeza de Renata y se sacudió entera, la cadera despegada del colchón, el coño chorreando sobre la boca de la otra.
—Tu turno —murmuró Bianca cuando pudo hablar, todavía temblando.
Renata se subió sobre la cara de Bianca sin dejar de mirar a la pantalla y bajó las caderas hasta encajarle el coño en la boca. Bianca la agarró del culo con las dos manos, la abrió bien y empezó a lamerla con lengua entera. Tomás las veía desde el ángulo perfecto: Renata montada, las tetas apuntando al techo, la boca abierta; Bianca abajo, tragándose todo lo que le caía.
—Cogeme con la mano, amor —le pidió Renata a Tomás, meciendo la cadera sobre la boca de Bianca—. Hacete la paja pensando que soy yo la que te la chupa.
Tomás apretó más fuerte, escupió en la palma para lubricarse y empezó a bombearse la polla al ritmo que Renata marcaba sobre la cara de la otra. Vio cómo Renata se agarraba las tetas, se tironeaba los pezones oscuros, se doblaba adelante para pegar la lengua contra la cámara como si le estuviera lamiendo el glande a él.
—Vení para acá —jadeó Renata—. Corréte en la pantalla. Que te vea salir todo.
Fue suficiente. Tomás sintió la corrida subir desde los testículos, apretó los dientes y se largó a chorros sobre el vientre, la mano, el pecho, mientras del otro lado Renata gritaba con la boca de Bianca clavada en el clítoris y también se venía, mojándole la cara a la otra hasta las cejas.
Se quedaron los tres respirando fuerte, con el ruido de las respiraciones cortando el silencio del hotel. Bianca sacó la cabeza por debajo de los muslos de Renata, empapada, riéndose.
—Andá a dormir —dijo Bianca al fin, mandándole un beso a la cámara con los labios brillantes—. Mañana es otro día.
—Las amo a las dos —murmuró Tomás antes de cortar.
Se durmió enseguida. A pesar del fracaso, se sentía menos solo.
***
La mañana llegó gris, con el mismo cielo cargado. Tomás eligió un traje sobrio y repasó la presentación por enésima vez. «Esta vez tiene que funcionar», se dijo. «No hay otra oportunidad.»
Llegó temprano a la sala de reuniones, una caja de cristal y acero con una mesa larguísima en el centro. Estaba acomodando sus carpetas cuando una voz suave, con el acento dulce del mandarín, lo interrumpió.
—¿Necesita ayuda?
Levantó la vista. Era una mujer joven, de una belleza serena: piel pálida, ojos oscuros y almendrados, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula. Vestía un traje negro impecable.
—No, gracias —respondió él, casi sin mirarla, ya de vuelta en sus papeles—. Estoy bien.
Ella asintió con una sonrisa mínima y fue a sentarse a la cabecera. Tomás no le dio importancia. Fue su primer error del día, y el peor.
Cuando la sala estuvo llena, la misma mujer se puso de pie.
—Buenos días a todos. Mi nombre es Mei Cheng. Soy la directora general de esta empresa y voy a conducir las negociaciones.
A Tomás se le cerró el estómago. La hija del fundador. La ingeniera que había estudiado afuera y que ahora dirigía uno de los grupos tecnológicos más grandes del país. La había despachado como a una asistente.
Expuso igual, con la confianza de siempre, pero supo que naufragaba antes de terminar. Las caras al otro lado de la mesa eran tan inexpresivas como la noche anterior. Cuando bajó la última diapositiva, fue Mei quien habló.
—Gracias, señor Tomás. Su propuesta es… demasiado directa. Demasiado agresiva para nuestra manera de hacer negocios. Sigamos mañana.
Y se levantó. Tomás se quedó solo entre sus carpetas, con el fracaso pesándole en los hombros como una mochila de piedras.
***
Salió a la calle todavía bajo la llovizna. No había caminado una cuadra cuando escuchó su nombre. Mei se acercaba con un paraguas negro, sin el aplomo de la sala, más humana bajo el agua.
—¿Tomamos un café? —dijo sin rodeos—. Creo que tenemos que hablar.
Se sentaron en un rincón de un local que olía a té y a masas dulces.
—Su presentación fue técnicamente impecable —empezó ella, las manos alrededor de la taza—. Pero culturalmente fue un desastre. Acá los negocios no son una transacción rápida. Son una relación. Confianza. Usted vino a vender un auto usado: apurado, encima nuestro, sin dejar espacio para construir nada.
Él escuchaba, asintiendo despacio.
—¿Y qué debería hacer?
—Rehacer todo. Hablar de colaboración, de respeto, de crecer juntos. Use imágenes que entendamos. Hable de simbiosis, no de conquista. De sociedad, no de adquisición.
Mientras hablaba, sus ojos se cruzaron con los de él un instante de más. Tomás reconoció esa chispa: la había visto cientos de veces, y nunca se equivocaba.
—¿Por qué me ayuda? —preguntó—. Podría haberme dejado hundir.
Ella tardó en contestar, jugando con el borde de la taza.
—No me gusta ver talento desperdiciado. Y usted… me resulta interesante.
La palabra quedó suspendida entre los dos. Hablaron horas: de sus estudios afuera, de la sombra del padre, de la presión de ser «la hija del jefe» en un mundo de hombres. Él le contó de su trabajo, de sus viajes, de su vida en Buenos Aires. No mencionó a Renata ni a Bianca. No era el momento.
—Mañana, misma hora —dijo Mei al despedirse, con una inclinación de cabeza—. No me defraude.
De vuelta en el hotel, Tomás trabajó hasta la madrugada reescribiendo cada lámina. Le escribió a Renata, pero ella estaba de guardia: «Parto complicado, amor. Te escribo cuando salga. Te amo». Sonrió y siguió. No iba a defraudar a Mei. Ni a sí mismo.
***
La reunión del día siguiente fue otra cosa. Habló de sociedad, de respeto mutuo, de construir puentes. Esta vez los directivos asentían, preguntaban, proponían ajustes. Cuando terminó, Mei le tendió la mano.
—Excelente, señor Tomás. Creo que vamos a llegar a un acuerdo.
El contrato se firmó tres días después: millones que harían historia en la casa matriz de Milán. La última noche, eufórico, se animó.
—¿Lo celebramos? —le propuso a Mei—. Una cena. Para festejar y para agradecerle.
Ella lo miró un largo rato, evaluándolo como evaluaba todo.
—Los extranjeros son un enigma para mí —dijo al fin—. Pero acepto.
***
Eligieron un restaurante escondido detrás de un biombo de seda roja, con dragones bordados en hilo dorado y lámparas de papel que arrojaban sombras tibias sobre la mesa. La cena empezó formal y se fue aflojando con el vino. Cada vez que sus manos se rozaban sobre el mantel, algo crepitaba en el aire.
—En mi país festejamos a los gritos —comentó Tomás, sirviéndole vino, los dedos demorándose sobre los de ella.
—Acá lo hacemos en silencio —respondió Mei—. Pero no sentimos menos.
—¿Y si seguimos esta celebración en un lugar más privado?
Ella no contestó enseguida. Lo miró, calculó, decidió.
—Sí —dijo, apenas un susurro—. Creo que me gustaría.
En el ascensor ya no aguantaron. Tomás la apoyó contra la pared y la besó como venía queriendo besarla desde el café. Mei le clavó las uñas en la espalda y le mordió el labio hasta hacerle sangre. Él le metió la mano bajo la falda, encontró el borde de la media y siguió hacia arriba hasta la bombacha ya empapada.
—Toda mojada, y todavía no te toqué —le murmuró en la oreja, apartándole la tela con dos dedos para meterlos hondo—. ¿Hace cuánto que la tenés así?
—Desde el café —jadeó ella, apretándose contra la mano—. Desde antes.
Entraron a la habitación a los tropezones, dejando ropa en el camino. Tomás le arrancó la blusa haciendo saltar dos botones, le desprendió el corpiño y le atrapó un pezón con la boca. Mei le tiró del pelo para que le mordiera más fuerte. Cuando cayeron en la cama, ya estaba desnuda salvo por las medias.
—Sacátela —le ordenó ella, señalándole el pantalón—. Quiero vértela.
Tomás se desabrochó, dejó caer los pantalones y el bóxer de una sola vez. La polla le saltó adelante, dura y gruesa, y a Mei se le abrieron los ojos. Se incorporó de rodillas sobre la cama y la agarró con las dos manos, midiéndosela, mirándolo desde abajo.
—Grande —dijo, y era medio afirmación medio pregunta.
—Chupála y vas a ver cuánto —contestó él, apoyándole la mano en la nuca.
Ella abrió la boca y se la metió de una, hasta donde le entró, y después empezó a sacar y meter con esa precisión que le ponía en todo. Le lamió la punta, le bajó la lengua por el tronco hasta los huevos, se los chupó uno por uno, y volvió arriba a tragárselo lo más hondo que pudo hasta atragantarse. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no lo soltó.
—Así, así —jadeó él, agarrándola del pelo, ayudándola a marcar el ritmo—. Qué bien la mamás.
Mei se sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y le sonrió, la barbilla llena de saliva.
—Ahora vos.
Lo empujó de espaldas contra el colchón y le abrió las piernas. Le lamió el interior de los muslos, se demoró en los huevos, y siguió hacia el pecho. Después volvió a subírsele encima, arrodillada sobre su cara.
—Comeme —le pidió, bajando el coño hasta que le rozó los labios.
Tomás la agarró del culo con las dos manos, la abrió bien y le hundió la lengua sin previo aviso. La probó entera, de abajo a arriba, se demoró en el clítoris chupándoselo como un caramelo, y volvió a bajar para meterle la lengua adentro todo lo que pudo. Mei se agarró del respaldo con las dos manos y empezó a moverse sobre su cara, cabalgándole la boca.
—No pares —jadeó, echando la cabeza atrás—. Ay, dios, no pares…
Él le metió un dedo mientras seguía chupándole el clítoris, después otro, curvándolos adentro. Ella temblaba entera, los muslos apretándole las orejas, el coño chorreando sobre su boca. La sostuvo en el filo más tiempo del soportable, hasta que Mei le apartó la cabeza, demasiado sensible.
—Basta —jadeó, riéndose y temblando a la vez—. Nadie me había hecho sentir así nunca.
—Todavía no terminamos —prometió él, subiendo a buscarle la boca.
La acostó boca arriba, le levantó las piernas contra su pecho y se le acomodó entre los muslos. Se agarró la polla y le pasó la punta por la raja, arriba y abajo, mojándola bien en el coño de ella antes de empezar a empujar.
—Metémela —pidió Mei con la voz ronca—. Metémela toda de una.
Entró en ella de a poco, mirándola a los ojos, sintiendo cómo lo recibía caliente y apretada centímetro a centímetro. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto un momento, dejándola acomodarse, viendo cómo ella abría la boca sin sonido.
—Cogeme —murmuró Mei al fin, clavándole los talones en la espalda—. Cogeme fuerte.
Se movió lento al principio, después con todo, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela de un envión. La habitación se llenó del ruido de las pelvis chocando, del respaldo golpeando contra la pared, de los jadeos entrecortados de los dos. Le agarró las muñecas y se las clavó contra el colchón por encima de la cabeza, cogiéndosela con la fuerza que ella le pedía con cada empujón de cadera.
—Así, así, no pares —gritó Mei, ya sin control—. Más fuerte, dios, más fuerte…
La cambió de posición: la puso boca abajo, le levantó la cadera y volvió a meterla desde atrás. Desde ese ángulo la veía entera, la espalda arqueada, el pelo negro cayéndole sobre la cara, el culo blanco recibiendo cada golpe. Le pegó una nalgada abierta y ella soltó un gemido de sorpresa que terminó en risa ronca.
—Más —le pidió, mirándolo por encima del hombro—. Otra.
Le pegó otra, y otra, viendo cómo la piel pálida se le enrojecía en el molde exacto de su mano. Le agarró el pelo, se lo enrolló en el puño y siguió cogiéndosela, tirando cada vez que empujaba adentro. Mei se acabó primero, con un grito ahogado contra la almohada, el coño apretándole la polla en espasmos que él sintió correrle por toda la espalda. Aguantó dos, tres embestidas más y se acabó adentro, hundiéndole todo, la corrida saliendo en oleadas.
Se derrumbaron uno al lado del otro, empapados. Mei se acurrucó contra él, le pasó un dedo por el pecho, siguió la línea del vello hacia abajo.
—Quiero probar algo —dijo Tomás con cuidado—. Pero solo si vos querés. Si en algún momento decís que pare, paro. Sin preguntas.
—¿Qué? —preguntó ella, ya intrigada.
—El culo.
Ella lo miró, dudó, asintió despacio.
—Nunca lo hice. Pero con vos… sí.
Él tomó su tiempo, paciente. Sacó el lubricante del neceser, la puso de costado, le levantó una pierna sobre la suya. Le pasó los dedos empapados por el ojete, masajeándolo despacio, dibujando círculos, sin apurar nada. Le metió el primer dedo hasta el nudillo y esperó. Ella tensó, después se aflojó de a poco.
—Respirá conmigo —murmuró—. Despacio.
Le sumó un segundo dedo, moviéndolos adentro con esa lentitud que a él le costaba tanto, mientras la otra mano le trabajaba el clítoris para mantenerla mojada, para que el placer se le mezclara con la novedad. Cuando la sintió lista, se acomodó detrás y le apoyó la punta de la polla, ya bañada en lubricante.
—Vos empujá contra mí —le pidió—. Vos manejás el ritmo.
Mei empujó apenas, y la punta entró. Se quedó quieta un segundo, respirando fuerte, y después siguió empujando contra él hasta que sintió cómo la iba llenando de a poco. Cuando al fin la tuvo del todo dentro, soltó un gemido largo, de plenitud sorprendida, y él la abrazó por atrás sin moverse.
—¿Bien? —preguntó, mordiéndole el hombro.
—Bien —jadeó ella—. Movete. Despacio.
Se movió despacio, hondo, con embestidas largas que le arrancaban a Mei un gemido con cada vaivén. Con la mano de adelante le seguía trabajando el clítoris, tres dedos apretándole el coño mientras la cogía por atrás. Ella empezó a empujar contra él buscando más, más rápido, más profundo.
—Más —le pidió, la voz irreconocible—. Cogémelo más fuerte.
Le hizo caso. Se apoyó en el codo, la sujetó de la cadera con la otra mano y empezó a cogérsela con todo, mientras seguía masturbándola por delante. El ruido de las pieles chocando, los gemidos de ella, el crujido del colchón: todo se mezcló en un solo latido.
—Me vengo —jadeó Mei, y era casi un sollozo—. Me vengo, me vengo, me…
Estalló de un modo que la dejó sin aire, agarrada a las sábanas con los nudillos blancos, todo el cuerpo sacudiéndose en oleadas. Él aguantó unos segundos más, viendo cómo se acababa, y después se dejó ir también, vaciándose adentro con un gruñido largo.
—Nunca —susurró ella después, todavía temblando, con la cabeza contra su pecho—. Nunca había sentido nada parecido.
Se ducharon juntos y volvieron a la cama. La cogió otra vez con ella arriba, cabalgándolo despacio, las tetas al alcance de su boca. Después ella se lo mamó de nuevo, hasta que él le vació todo en la lengua y Mei se lo tragó sin dejar caer una gota. Hicieron el amor casi hasta el amanecer, probando posiciones, riéndose, volviendo a empezar. Cuando Tomás despertó, ella ya no estaba. Sobre la mesa de luz había una nota: «Reunión temprano. Gracias por todo. Almorcemos. M.»
***
Antes del mediodía llamó a Renata, sabiendo que en Buenos Aires era de madrugada.
—¿Estás bien? —preguntó ella, la voz pastosa de sueño.
—Mejor que bien. Cerramos el negocio.
—¡Tomás! ¡Felicitaciones, mi amor! Sabía que lo ibas a lograr.
—No lo habría logrado solo —dijo, y respiró hondo—. La directora, Mei, me ayudó. Y… pasó algo más. Pasamos la noche juntos.
Hubo un silencio. No incómodo, apenas un compás de espera.
—¿Estuvo bueno? —preguntó Renata al fin, sin filo en la voz.
Tomás sintió que el aire le volvía al pecho.
—Increíble. Distinto. Ella era… contenida, casi tímida al principio, y después se soltó como una tormenta. Le di por el culo, Rena. Nunca lo había hecho, y se vino de una manera que no te puedo explicar.
—Suena interesante —dijo ella, y él escuchó la sonrisa en la voz—. ¿La trataste bien?
—Como a una reina.
—Entonces te felicito por las dos cosas. Por el negocio y por tu conquista. —Se rió bajito—. Andá a tu almuerzo. Y dale un beso a Bianca de mi parte cuando llames.
Tomás cortó y se quedó mirando el teléfono. Tenía la mejor familia del mundo, y lo sabía. No había nada que esconder, y por eso nada pesaba.
El almuerzo fue largo y sin urgencias. Mei llegó de vaqueros y una blusa de seda, otra mujer fuera de la sala de reuniones. Hablaron de sus infancias, de sus miedos, de sus sueños.
—Y Renata, ¿sabe de nosotros? —preguntó ella, jugando con la etiqueta de la cerveza.
—Se lo conté esta mañana. No nos escondemos nada. Tenemos una relación abierta, los tres. Renata, Bianca y yo.
Mei lo miró como si tradujera una lengua difícil.
—En mi cultura el amor es posesión. Exclusividad.
—En la mía es confianza —respondió Tomás—. Confiar tanto en alguien que sabés que nada lo amenaza. El amor que le das a uno no le saca al otro. Se multiplica.
Ella se quedó pensando, los dedos enredados con los de él sobre la mesa.
—El amor como expansión, no como límite —dijo despacio—. Es… un concepto interesante.
***
La despedida en el aeropuerto fue breve y honesta, sin promesas imposibles. Sabían los dos que era poco probable volver a verse, y quizás por eso aquello quedaba intacto, sin tiempo para decepcionar a nadie.
Tras una escala de dos días en Roma, Tomás aterrizó en Buenos Aires. El aire de Tigre le pareció más limpio que nunca. La puerta de su casa se abrió antes de que llegara, y ahí estaban ellas, Renata y Bianca, con los brazos abiertos. Corrió a abrazarlas a las dos a la vez.
—Te extrañamos —le susurró Renata al oído.
—Yo a ustedes. Demasiado.
Esa noche, en la cama que compartían los tres, les contó todo: la inteligencia de Mei, su pasión, su manera de soltarse. Ellas escucharon sin celos, con curiosidad, con ternura, y a medida que hablaba las manos empezaron a moverse solas.
Renata le desabrochó los pantalones y le sacó la polla ya dura, la envolvió con la mano y empezó a bajarle el prepucio despacio. Bianca, del otro lado, le mordía el cuello y le tironeaba de un pezón. Tomás cerró los ojos y se dejó hacer.
—Contame más —murmuró Bianca contra su oreja—. Contame cómo se la metías.
—Fuerte —jadeó él, mientras Renata bajaba la boca y le lamía la punta—. Le tiraba del pelo, la ponía en cuatro, le pegaba en el culo.
—¿Y a ella le gustaba? —preguntó Renata, la lengua ocupada.
—Me pedía más.
Bianca se le sentó encima, todavía con la remera puesta, y le apoyó el coño desnudo contra la cara. Tomás no necesitó indicación: le agarró el culo y empezó a comérselo con esa avidez que tenía cuando volvía de viaje. Bianca gimió, se movió sobre su boca, se sostuvo del respaldo. Al mismo tiempo, Renata se lo estaba mamando con toda la boca, la mano acompañando, los ojos levantados para ver a la otra montada sobre la cara de Tomás.
—Vení —dijo Renata al fin, sacándose la polla de la boca—. Metela.
Bianca se despegó de su cara y se acomodó boca arriba en el medio del colchón. Renata la abrió de piernas y se acostó de costado, con la cabeza entre los muslos de Bianca, para comerla mientras Tomás la penetraba. Se organizaron sin hablar, como hacían siempre. Tomás se acomodó de rodillas, le levantó la cadera a Bianca y se la metió de una, entera, hasta el fondo.
—Ay, ay —gimió Bianca, aferrándose a la almohada—. Ay, cómo te extrañaba esa verga.
Se la cogió despacio, largo, mientras Renata seguía lamiéndole el clítoris a Bianca sin interrumpirse. La lengua de Renata a veces le rozaba también a él la base de la polla cada vez que salía, y esa doble sensación lo tenía al borde en cuestión de minutos.
Se cambiaron: Bianca se puso encima de Renata en un sesenta y nueve, y Tomás se les acomodó atrás. Cogió a Renata primero, viendo cómo Bianca le comía el coño desde adentro, después la sacó y se la metió a Bianca, que ya se estaba viniendo con la boca de Renata trabajando el clítoris. Alternó entre las dos, los dos coños brillantes, calientes, apretados de manera distinta, hasta que él también se acabó, sobre las nalgas y la espalda baja de Bianca, chorreando también un poco sobre la cara de Renata, que se relamió sin dejar de reírse.
Se quedaron los tres enredados, respirando. Distinto a la tormenta de Shenzhen: más suave, más conocido, no menos intenso.
—Suena a alguien especial, esa Mei —dijo Bianca, la mano sobre su pecho.
—Lo fue —admitió él—. Pero no como ustedes. Nunca como ustedes.
—Porque nosotras somos tu casa —dijo Renata, y lo besó.
Y mientras se dormían enredados, Tomás supo que había elegido bien.
***
Unos meses después llegó un correo. El asunto decía apenas: «Para Tomás». El mensaje era corto, directo, como ella.
«Espero que estés bien. El negocio superó todas las expectativas; un éxito rotundo, y mis directivos por fin empezaron a ver el valor de las ideas nuevas. Pensé mucho en nuestros días en Shenzhen. Fueron únicos. Desde entonces viajé más, conocí gente, exploré partes de mí que no sabía que existían. Vos me mostraste un camino. No sé si nos volveremos a cruzar; la vida es impredecible. Pero quiero que sepas que aquello fue real, y que me cambió de maneras que todavía estoy descubriendo. Te deseo lo mejor. Con afecto, Mei.»
Tomás lo leyó dos veces y salió al jardín, donde Renata y Bianca tomaban sol junto a la pileta. Se sentó entre las dos y les tomó las manos.
—¿Pasa algo? —preguntó Renata.
—Todo perfecto. Me escribió Mei. Dice que nunca va a olvidar lo que pasó allá.
—Como tiene que ser —dijo Renata, apretándole los dedos—. Fue especial. Para los dos.
—Sí —asintió él, mirando la luz quebrarse en el agua, en las caras de las dos mujeres que amaba—. Lo fue. Pero esto —y les apretó las manos— es para siempre.