Lo que hice con el padre de mi novio aquella tarde
Tenía veintidós años y todavía no lo había hecho con nadie. Lo digo así, sin rodeos, porque es la parte de la historia que más me cuesta y la que más me delata. Llevaba casi un año con Marcos, un chico tranquilo de mi misma edad, de esos que te abren la puerta del coche y te escriben buenas noches aunque te hayan dejado en casa hace diez minutos. Lo quería. De verdad lo quería. Pero entre nosotros nunca pasó de las manos por debajo de la ropa, de los besos largos en su habitación con la puerta entornada y de un par de intentos torpes que yo siempre frenaba en el último segundo.
No era por falta de ganas. Siempre fui una mujer caliente, demasiado para lo callada que parezco. El problema era el miedo. Marcos tenía las manos impacientes y a veces bruscas, y cada vez que me metía los dedos en el coño yo me cerraba, me tensaba entera, y todo dolía más de lo que debería. Así que lo dejábamos a medias y yo volvía a casa frustrada, con las bragas empapadas y la cabeza llena de cosas que no me atrevía a decir en voz alta.
El padre de Marcos se llamaba Esteban. Y desde el primer día supe que me miraba distinto.
No era una mirada de suegro. Era una mirada que me recorría entera cuando creía que nadie lo notaba, que bajaba un segundo de más a mis tetas cuando yo llevaba una camiseta de tirantes, que se quedaba clavada en mi culo mientras todos hablaban de otra cosa en la mesa. Delante de su mujer y de su hijo disimulaba bien, hacía su papel de hombre amable y bromista. Pero yo lo notaba. Una mujer siempre lo nota.
Alguna tarde que me quedaba a ducharme en su casa, después de venir de correr con Marcos, sentía que Esteban encontraba excusas para pasar cerca del baño. Que la toalla limpia, que un producto en el armarito, que se había olvidado el cargador. Nunca llegó a entrar. Pero el aire se ponía espeso cuando él rondaba, y yo terminaba enjabonándome más despacio de lo necesario, pasándome la esponja entre las piernas más veces de la cuenta, imaginándome que era él quien estaba del otro lado del vidrio con la polla dura en la mano.
Está mal. Es el padre de tu novio. Para.
Pero no paraba.
***
Todo se torció un sábado por la tarde. Había ido a casa de Marcos como cualquier otro día, y mientras él contestaba un mensaje en su cuarto, yo bajé a buscar agua. Al pasar frente a la habitación del fondo, vi la puerta entreabierta. Y dentro estaba Esteban.
Estaba de pie, de espaldas a la puerta, con el pantalón bajado hasta los muslos y el puño moviéndose despacio arriba y abajo por una polla que se veía enorme desde donde yo estaba. No tendría que haberme detenido. Tendría que haber seguido de largo, hacerme la que no vi nada. Pero me quedé congelada en el pasillo, con el vaso vacío colgando de la mano, mirando cómo se meneaba esa verga gruesa, roja en la punta, brillante de una gota que le colgaba del glande, mucho más grande que cualquier cosa que Marcos me hubiera dejado tocar por encima del calzoncillo.
Él giró un poco la cabeza. Y me vio.
No se asustó. No se subió el pantalón ni inventó una excusa. Se quedó mirándome fijo, sin soltar la polla, solo acelerando un poco el ritmo de la muñeca, como si el hecho de que yo lo estuviera observando fuera exactamente lo que necesitaba para ponerse todavía más duro. Y yo, que tenía que haber huido, sentí que las piernas me pesaban y que el coño se me aflojaba y se me mojaba muy adentro, empapando las bragas de un tirón.
No fui consciente de bajar la mano hasta que ya la tenía apretada contra el pubis, por encima del pantalón, frotándome el clítoris con la palma mientras lo miraba mamarse a sí mismo. Nunca había hecho eso. Nunca me había tocado bien, ni siquiera a solas. Y sin embargo aquella tarde, de pie en un pasillo ajeno, empecé a masturbarme sin saber muy bien cómo, apretando el coño contra mis propios dedos, mordiéndome el labio para no gemir. Vi cómo él se pasaba el pulgar por la punta y la extendía por todo el capullo, cómo bajaba la otra mano y se apretaba los huevos, cómo abría un poco más las piernas para clavarme la mirada mientras se la sacudía. Sentí que se me venía todo encima de golpe, un calor que me subió desde el coño hasta el pecho, y me corrí ahí de pie, apretando los muslos, temblando entera, mordiéndome el interior de la mejilla para no chillar. Manché la tela del pantalón de flujo caliente. Menos mal que era oscuro.
Él terminó casi al mismo tiempo, apretando los dientes, y le vi salir un chorro espeso de semen que le cayó en el puño y en el suelo, mientras seguía mirándome. Yo salí corriendo hacia el cuarto de Marcos, temblando, con el corazón en la garganta, el coño palpitándome todavía, y la sensación de haber cruzado una línea de la que ya no había vuelta.
Marcos no notó nada. Me preguntó si me encontraba bien y yo le dije que sí, que el agua estaba fría. Esteban tampoco dijo una palabra. En la cena de esa noche fue el mismo de siempre, amable y bromista, pasándole la sal a su mujer. Como si nada. Pero cuando me alcanzó el pan, me rozó los dedos un segundo de más, y yo tuve que apretar las piernas debajo de la mesa.
***
A partir de ahí empecé a ir más seguido. Me decía a mí misma que era por Marcos, pero era mentira y lo sabía. Iba por la posibilidad de cruzarme con Esteban en un pasillo, por la forma en que me sostenía la mirada un segundo de más cuando me servía un café, por la tensión que se metía en mi cuerpo cada vez que estábamos en la misma habitación. No podía dejar de pensar en esa polla, en cómo se movía la mano por el tronco, en el chorro de leche que le había salido. Me masturbaba en mi cama todas las noches metiéndome dos dedos y pensando en él. Andaba todo el tiempo encendida, con el coño hinchado, y con Marcos seguía sin poder, más cerrada que nunca.
El día que pasó de verdad fue un domingo. La familia organizaba una comida grande y había que dejar la casa lista. La madre de Marcos estaba en el trabajo y volvería más tarde con lo que faltaba para cocinar. Yo me había ofrecido a ayudar con la limpieza, así que estaba en el salón, pasando la escoba, medio distraída. Por eso casi no presté atención cuando escuché la conversación en la cocina.
—Hijo, acércate un momento a la tienda —dijo Esteban—. Necesito que me traigas estos condimentos y un par de cosas más. Toma para el autobús, y me avisas cuando estés listo y voy a buscarte.
—Vale, papá, ahora voy —contestó Marcos.
No até cabos. Lo oí salir, oí la puerta, y seguí barriendo como si nada. La casa quedó en silencio. Y entonces, mientras estaba inclinada juntando el polvo en un rincón, con el culo levantado, sentí su piel desnuda contra mi espalda y algo duro y caliente presionándome entre las nalgas por encima del pantalón. Su boca pegada a mi oído.
—Si tantas ganas tenías de verla, solo tenías que pedirlo —murmuró Esteban—. Estamos solos. No mucho rato, pero el suficiente para follarte como Dios manda.
Tendría que haberme apartado. Tendría que haber dicho que no, que era una locura, que Marcos volvería en media hora. Pero abrí las piernas sin pensarlo cuando su mano se metió por debajo del elástico del pantalón y de las bragas y encontró el coño empapado. Sus dedos se hundieron en la carne mojada, dos de golpe, y un sonido se me escapó de la garganta que no reconocí como mío.
—Joder, qué mojada estás —gruñó pegado a mi cuello, moviéndome los dedos dentro—. Estás chorreando, chiquilla. Llevas meses así, ¿verdad? Caliente pensando en mí.
No dije nada. Solo empujé el culo hacia atrás para frotarme contra la polla que sentía a través de la tela. El silencio fue toda la respuesta que él necesitaba.
Me quitó la ropa con una prisa que me dejó sin aire. La camiseta primero, el sujetador después, y me atrapó las tetas con las dos manos, apretándomelas, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros y me dolieron. Me bajó el pantalón y las bragas de un tirón, hasta los tobillos, y me metió los dedos otra vez, ahora tres, moviéndomelos rápido mientras me mordía el hombro. Yo apoyé las manos en la pared, jadeando, con las piernas abiertas y el culo en pompa, sintiendo cómo esos dedos gruesos me abrían por dentro más de lo que Marcos me había abierto nunca.
—Al sofá —me ordenó, sacándome los dedos y llevándoselos a la boca para chuparlos—. Sabes de puta madre.
Me llevó hasta el sofá del salón y me tumbó boca arriba. Se quitó la camisa, se bajó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez, y ahí la tuve, delante de mí, más cerca de lo que la había visto en el pasillo. Gruesa, larga, con las venas marcadas y el capullo brillante. Se agarró la verga con la mano y se la sacudió un par de veces mientras me miraba, como enseñándomela.
—¿La querías ver? Ahí la tienes. Y ahora te la vas a comer.
Se subió al sofá de rodillas y me apoyó la punta en los labios. Yo abrí la boca sin pensarlo. Nunca la había chupado a nadie, ni siquiera a Marcos, pero me la metí como pude, apretando los labios alrededor del tronco, dejando que él me la fuera empujando más adentro. Me agarró del pelo y empezó a moverme la cabeza, marcándome el ritmo, y yo me atraganté un par de veces, con los ojos llorosos y la saliva chorreándome por la barbilla. La sacaba y volvía a metérmela, hasta el fondo, hasta hacerme arcadas.
—Así, chupa esa polla —jadeaba él—. Mira cómo la chupas, y decías que eras una niña buena.
Me la sacó de la boca con un tirón, brillante de mi propia saliva, y me abrió las piernas de par en par con las dos manos. Se quedó un momento mirándome el coño, como había mirado aquella tarde por el pasillo. Yo estaba empapada. No hace falta que lo explique. Chorreaba desde que sentí su piel contra la mía.
Y entonces bajó la cabeza.
Nadie me había hecho eso nunca. Marcos jamás se había atrevido y yo nunca lo había pedido. La lengua de Esteban se movía despacio, plana y ancha, lamiendo desde la entrada del coño hasta el clítoris con una paciencia que me estaba matando. Me chupó los labios uno por uno, me metió la lengua dentro, la sacó, subió al clítoris y se lo encerró entre los labios y empezó a succionarlo despacio, leyendo cada reacción de mi cuerpo. Yo me agarré al cojín del sofá con las dos manos porque no sabía qué otra cosa hacer con tanto.
—Dios —jadeé—. No sabía que esto se sintiera así. No pares, por favor, no pares.
No paró. Me metió dos dedos mientras seguía chupándome el clítoris, y los curvó hacia arriba, dándome en un punto que hizo que se me arqueara la espalda del sofá. Siguió hasta que yo dejé de controlar el volumen de mi propia voz, hasta que el cuerpo entero se me tensó como una cuerda y se soltó de golpe, otra vez, igual que en el pasillo pero mil veces más fuerte. Me corrí a chorros en su boca con un temblor largo que me dejó las piernas flojas y la respiración entrecortada. Él siguió lamiendo, tragándose todo, hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más.
—Y todavía falta lo mejor —dijo él, incorporándose con la boca brillante de mi flujo y la polla más dura que nunca.
***
Se pasó la mano por la verga un par de veces, escupió sobre la punta y la extendió. Acomodó el capullo contra la entrada del coño y frotó un poco de arriba abajo, jugando con mi clítoris con el glande. Y creo de verdad que nunca imaginó que yo fuera virgen, porque entró sin avisar, empujando la cadera de una sola vez, hasta el fondo, hasta clavarme los huevos contra el culo. El grito que solté estoy segura de que se oyó hasta la calle.
—¡Espera! —jadeé con los ojos llenos de lágrimas—. Espera, duele, es demasiado grande, espera.
Él se quedó quieto al notar el coño cerrándose alrededor de la polla, al verme la cara. Tardó un segundo en entenderlo.
—¿Eras virgen? —preguntó, y por primera vez en toda la tarde sonó desconcertado—. Pensé que mi hijo ya te había roto… —no terminó la frase—. Tranquila. Despacio. Mírame.
Lo miré. Sacó la polla despacio, hasta la mitad, y volvió a metérmela, esta vez con calma, dejándome sentir cada centímetro. Y poco a poco, mientras él se movía con una lentitud que no esperaba de un hombre así, el dolor fue cediendo y dejando otra cosa en su lugar. Un calor que subía, una presión que dejó de doler para volverse insoportable de pura intensidad. Sentía la verga llenándome entera, rozándome por dentro en sitios que ni sabía que existían. Me aferré a su espalda y empecé a moverme yo también, buscándolo, subiéndole la cadera para que me la metiera más adentro, perdida del todo.
—Así —murmuró contra mi cuello, acelerando el ritmo—. Desde que te vi en ese pasillo supe que algún día ibas a estar así, debajo de mí, con mi polla dentro. Qué coño más apretado tienes, joder.
Me agarró las piernas por detrás de las rodillas y me las abrió más, dobladas contra el pecho, y empezó a follarme más rápido, con embestidas largas que me hacían resbalar por el sofá. Yo le clavaba las uñas en los brazos, en la espalda, y le pedía más entre jadeos, sin reconocerme la voz. La chica callada y asustada que frenaba a su novio en el último segundo había desaparecido. En su lugar había una mujer con el coño abierto, pidiendo polla, que repetía su nombre sin vergüenza.
—Ponme de rodillas —le dije, sin saber de dónde me salía—. Quiero que me la metas por detrás.
Él soltó una risa ronca, sacó la verga y me giró en el sofá. Me puso de rodillas sobre los cojines, con las manos apoyadas en el respaldo y el culo en pompa. Me dio un azote en la nalga derecha que me hizo saltar, y luego otro. Se agarró la polla, la apoyó en la entrada del coño y volvió a empujar hasta el fondo. Desde ese ángulo entraba distinto, más profundo, y yo gemía contra el respaldo con cada embestida. Me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás, y siguió embistiendo, cada vez más fuerte, hasta que el sofá crujía y las tetas me rebotaban al ritmo de sus golpes de cadera.
—Mira cómo entra —jadeó él—. Toda dentro, hasta los huevos. Dime que te gusta.
—Me gusta —gemí—. Me gusta tu polla, no pares, fóllame más fuerte.
Sé que estuvo mal. Sé que en la habitación de arriba había fotos de Marcos por todas partes y que él volvería en cualquier momento con la bolsa de la tienda. Pero en aquel sofá no existía nadie más que nosotros dos y el tiempo que se nos escapaba entre los dedos.
—No voy a aguantar mucho —dijo él, acelerando todavía más, con la mano hundida en mi cadera.
—No te corras dentro —alcancé a pedir, en el último resto de cordura que me quedaba.
Sacó la polla justo a tiempo, con un gruñido ronco, me giró de un tirón y se puso encima. Se sacudió la verga rápido, con el puño cerrado sobre el capullo, y terminó sobre mi vientre y mis tetas, con chorros gruesos y calientes que me caían en la piel mientras yo me corría por tercera vez aquella tarde, apretando el coño alrededor del vacío que él acababa de dejar, agotada, deshecha, con la cara apoyada en el brazo del sofá y la respiración rota. Él me pasó el dedo por un chorro de semen que me había quedado cerca del pezón y me lo llevó a la boca. Yo se lo chupé sin pensarlo.
Nos quedamos un momento en silencio. Después él me alcanzó una toalla del baño, sin decir nada, y yo me limpié el semen del vientre y el flujo de entre las piernas con las manos temblándome. Recogimos la ropa, enderezamos los cojines, abrí una ventana. Para cuando Marcos llamó al teléfono avisando que ya tenía todo, la casa estaba en orden y yo estaba sentada en la cocina, vestida, con un vaso de agua entre las manos, como si nada hubiera ocurrido. Todavía sentía la polla de su padre dentro cada vez que apretaba los muslos.
Esteban fue a buscarlo en el coche. Cuando volvieron, padre e hijo bromeaban sobre el partido de la tarde. Yo ayudé a poner la mesa. Y en la comida familiar de ese día sonreí, hablé con la madre de Marcos, le dije a mi novio que lo quería.
Lo peor no es que pasara aquella vez. Lo peor es que volvió a pasar. Varias veces, en los meses siguientes, siempre que la casa quedaba vacía y yo encontraba una excusa para aparecer. Pero esa ya es otra historia, y esta confesión, por hoy, termina aquí.