Me quedé en topless entre dos desconocidos
Hola otra vez. Esta vez soy yo la que escribe, Nerea, y la que tiene algo que confesar. Si leísteis lo que contó Lola en el relato anterior, ya os hacéis una idea de cómo soy: pelo negro y rizado, bajita y delgada, y unos pechos que sobresalen mucho más de lo que correspondería a mi tamaño. Son grandes para lo poco que ocupo el resto; siempre digo, medio en broma, que necesitan manos grandes para abarcarlos. Y, desde hace unos meses, Lola y yo nos metimos de lleno en esto del exhibicionismo.
Lo que voy a contar es la primera vez que me lancé de verdad, sin red. Hasta entonces todo habían sido juegos pequeños, miradas robadas, algún botón de más abierto en el autobús. Aquella noche fue distinta.
Me vestí con un top negro de escote en uve muy pronunciado, de esos que marcan el pecho de una forma casi escandalosa. Lo acompañé con una falda negra del mismo estilo, no demasiado corta, pero que me parecía sexy y elegante a la vez. Y, aunque dudé un buen rato delante del espejo, decidí arriesgarme y no ponerme sujetador. El top sujetaba lo suficiente, siempre que no me moviera demasiado, aunque desde un lado se veía prácticamente todo. Eso sí, me puse un tanga pequeño de encaje. No me sentía cómoda sin nada ahí abajo, y además sabía que, llegado el momento, podía quitármelo en un segundo si me apetecía.
El sitio era un bar, o un pub, o como queráis llamarlo, de esos en los que montan conciertos pequeños dentro del local. Cuando llegué, la sala ya estaba bastante llena, pero había poca luz, salvo cuando algún foco de colores barría el escenario. Un par de personas se fijaron en mí al entrar, aunque en general nadie me prestaba atención: todo el mundo estaba pendiente del escenario, donde la banda terminaba de montar sus instrumentos, o de hablar a gritos por encima de la música ambiente.
Busqué un rincón apartado del grueso de la gente, pero todavía a la vista, y me senté en un taburete alto junto a una mesa pequeña. Quería estar donde se me pudiera ver y, al mismo tiempo, donde nadie mirara directamente. Al poco rato se fueron apagando casi todas las luces, empezó el concierto y mi esquina quedó casi a oscuras.
Casi al instante, dos chicos que ya me habían mirado antes se acercaron. Empezaron a hablarme con esa conversación de relleno que deja muy claro que lo de hablar les daba bastante igual. Arrastraron otros dos taburetes y se sentaron, uno a cada lado de mí.
Eran dos chicos normales, de cuerpo quizá un poco atlético, y los dos más altos que yo, aunque tampoco era difícil serlo. Medio girados hacia mí para hablar, entre los dos tapaban buena parte de la sala, aunque yo seguía viendo el escenario por encima de sus hombros. No es que me importase lo más mínimo.
—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó el de la derecha, intentando parecer interesado.
—Es la primera vez —contesté, y noté el doble sentido aunque ellos no.
El de la izquierda se rio por lo bajo y dijo algo sobre la banda, sobre lo bien que sonaban, sobre cualquier cosa que sirviera para quedarse un rato más. Yo asentía sin escuchar demasiado. Toda mi atención estaba en otra parte: en la sensación de la tela sobre la piel desnuda, en lo expuesta que me sentía y en lo poco que, esa noche, eso me asustaba.
Durante la charla me mostré bastante indiferente, sin dar pie a nada, pero tampoco como si me molestaran. La verdad es que estaba muy nerviosa. Si quiero olvidarme de todo esto y largarme, todavía estoy a tiempo. Eso me repetía. Pero cada vez que sus ojos bajaban a mi escote o a mis piernas mientras hablaban, sentía una corriente de excitación que me encantaba. Y decidí empezar con lo que había planeado en casa.
Mientras los dos seguían con la vista clavada en mí, agarré el top por los lados y tiré ligeramente hacia abajo. Como no llevaba sujetador, mis pechos quedaron aún más expuestos, y durante unos segundos se vieron las areolas asomando por el borde de la tela. Ellos se alteraron al momento. Se acercaron más, de pronto más atrevidos. El de mi izquierda apoyó una mano en mi cadera y el otro, al ver que yo miraba esa mano y no la apartaba, le imitó enseguida.
Notaba las dos manos recorriéndome la piel, con pequeños apretones cada pocos segundos. Eché un vistazo rápido a la sala: todo el mundo estaba pendiente de la banda, nadie miraba hacia nuestro rincón oscuro. Me eché hacia atrás, moví un poco el taburete y, con un gesto, les indiqué que se pusieran más de frente a mí.
Lo hicieron, algo confusos, y volvieron a posar las manos sobre mis muslos, aunque ya intuían que iba a pasar algo. Con los dos tan cerca y siendo ellos tan altos, aunque alguien mirara hacia allí no vería nada: como mucho, la espalda de dos chicos muy juntos. Respiré hondo, con el corazón a mil, y me quité el top.
Mis pechos quedaron al descubierto, rebotando un poco al soltarse de la tela, mientras ellos se quedaban embobados mirándolos un par de segundos eternos. Dejé el top doblado sobre la mesa. Temblando de los nervios, cogí las manos que tenían libres y me las llevé directamente al pecho.
La reacción fue inmediata. Sus manos apretaron con cierta dureza, los pulgares frotando mis pezones con fuerza, alternando entre acariciar y pellizcar. Y, sin que yo lo esperase, las manos que tenía sobre los muslos también se movieron, metiéndose bajo mi falda, casi peleándose por el sitio.
Me subí un poco la falda y abrí las piernas todo lo que pude en aquel taburete. Con mis propias manos guie sus dedos hasta donde quería. Aparté el tanga a un lado y un par de dedos, de manos distintas, acabaron entrando, mientras otros frotaban más arriba con insistencia. Me incliné hacia atrás, apoyando la espalda contra la pared fría, intentando no gemir demasiado alto. No lo conseguí del todo, aunque la música tapaba cualquier sonido que se me escapara.
—Joder, qué calladita venías —murmuró uno, con la voz pegada a mi oído.
No le contesté. No podía. Tenía los ojos cerrados y toda mi atención en lo que pasaba entre mis piernas y en mi pecho, en aquellas cuatro manos trabajando a la vez sobre mi cuerpo medio desnudo en mitad de un local lleno de gente.
Lo que más me excitaba no era ni siquiera el tacto, aunque era intenso. Era la idea. Saber que, a unos metros, decenas de personas miraban hacia el escenario sin sospechar nada, que cualquiera podía girarse y verme. Esa frontera tan fina entre el secreto y el escándalo era exactamente lo que llevaba meses buscando sin saber ponerle nombre. Y por fin la estaba cruzando.
La verdad es que no duró tanto como me habría gustado. Pero ahí estaba yo: en topless en público, con dos manos jugando con mis tetas y otras dos penetrándome, y con tanta estimulación a la vez no aguanté demasiado. Me corrí mordiéndome el dorso de mi propia mano para no soltar un grito. Las piernas me temblaron y tuve que agarrarme al borde del taburete para no resbalar.
Ellos siguieron jugando con mi cuerpo un par de minutos más, todavía excitados, buscando más. Pero decidí parar cuando vi que uno de los dos se había sacado la polla de los pantalones por debajo de la mesa. Si lo hubiera hecho antes de que yo terminara, puede que hubiese seguido el juego un poco más. En ese momento, sin embargo, el sentido común que se me había escapado un rato antes volvió de golpe.
Me volví a colocar el top, recoloqué la falda y les dije que por esa noche se había acabado.
—¿En serio? ¿Así sin más? —protestó el de la derecha.
—Así sin más —contesté, sonriendo—. Quizá otro día.
Lo aceptaron a regañadientes. Me pidieron el número y, aunque no se lo di, sí les pedí yo el suyo, por si alguna vez cambiaba de opinión. Salieron conmigo del local y me acompañaron hasta un taxi, comportándose más o menos decentes, con algún toqueteo de despedida que no me molestó lo más mínimo. Después me subí al coche y volví a casa todavía con el corazón acelerado.
***
Durante el trayecto no dejaba de mirarme las manos, que aún olían a ellos, y de revivir cada segundo. No podía creer que lo hubiera hecho de verdad, yo, que meses atrás me ponía roja con solo imaginarlo. Cuando llegué a casa le escribí a Lola un mensaje muy corto: «Lo hice. Te cuento mañana». Tardó tres segundos en responder con una ristra de signos de exclamación que me hizo reír sola en la oscuridad de mi habitación.
De aquella noche ya hace un tiempo. Por unas cosas y otras no había podido sentarme a escribirlo hasta ahora, aunque tengo bastante más que contar, cosas que pasaron después y que fueron incluso más lejos. Espero que, aunque haya sido breve, os haya gustado esta confesión. Si tenéis cualquier consejo, sobre escritura o sobre lo otro, o alguna idea que queráis proponernos, ya sabéis cómo hablar con nosotras. ¡Un besito!