El comisario que la observaba en el hotel de Tokio
Kenji Arata bebía su té con una calma que era pura fachada. Mantenía la espalda recta, los hombros sueltos, la taza suspendida a media altura como cualquier hombre que mata el tiempo después de su jornada. Nadie habría adivinado que cada uno de sus sentidos estaba volcado en la menuda figura que cruzaba el vestíbulo del Gran Hotel Meridian sin sospechar que la observaban.
Sabía perfectamente quién era. Renata Conti, matriarca de una de las familias más temidas de Nápoles, en Tokio para cerrar una alianza con los Tanaka, los hombres que gobernaban el bajo mundo de Shinjuku. No era frecuente que una organización así estuviera dirigida por tres hombres del mismo rango, ni que esos hombres se mostraran abiertamente como pareja. Pero la familia Conti no respetaba ninguna costumbre, salvo la del silencio.
Kenji lo sabía todo porque, a sus treinta y siete años, era el comisario más joven que la brigada contra el crimen organizado había tenido jamás. Conocer hasta el último gesto de gente como ella era su oficio. Por eso estaba allí, en una de las salas de té abiertas al público, con la vista clavada en cada uno de sus movimientos.
Entonces, ¿por qué no conseguía mirarla como a un objetivo?
Le costaba creer que aquella mujer rozara los cincuenta. Nada en ella lo delataba, salvo quizá el brillo de sus ojos. Pupilas color miel, con vetas de oro fundido alrededor del iris, que parecían haber visto una oscuridad muy profunda, haber sobrevivido a pesadillas que no se cuentan. Y aun así, todo su cuerpo emanaba un magnetismo que él no sabía nombrar.
¿Qué tiene esta mujer, casi quince años mayor que yo, que me nubla el juicio?
Estaba allí para vigilarla con discreción, no para devorarla con la mirada. Llevaba años perfeccionando una expresión hierática que ocultaba sus pensamientos a cualquiera. Y, sin embargo, esa tarde sentía que algo se le escapaba por las grietas.
La vio entrar en una de las boutiques del vestíbulo. Desde su mesa ya no alcanzaba a verla. Podía esperar a que saliera o podía acercarse. Sabía cuál de las dos opciones era la prudente. Eligió la otra. Dejó unos billetes sobre la mesa y caminó hacia la tienda con paso tranquilo, como si tuviera todo el derecho del mundo.
Renata salió poco después con las manos vacías, igual que de las anteriores. Había quedado allí con su hija, pero Bianca tardaba demasiado, y ella entraba y salía de las boutiques solo para distraerse. Notaba un escalofrío extraño en la nuca, una sensación de estar siendo medida que no lograba ubicar. Iba mirando la vegetación que decoraba el inmenso vestíbulo cuando, de pronto, lo tuvo frente a ella.
Un hombre oriental, alto, de musculatura discreta bajo un traje oscuro de corte impecable. Su estatura la desconcertó; no encajaba con lo que ella habría esperado. Tenía algo de felino en la quietud.
—Disculpe, señora —dijo en un inglés correcto, desabotonando la chaqueta lo justo para mostrar la placa sujeta al cinturón—. ¿Me permite su documentación, por favor?
—¿Por qué? —respondió ella en el mismo idioma, confundida. No llevaba el pasaporte encima; no pensaba salir del hotel.
—La he visto entrar y salir de varios establecimientos sin comprar nada.
—Estoy esperando a mi hija. Me alojo aquí. —Los ojos del hombre eran fríos, calculadores, y aun así había en ellos algo que la desarmaba—. No llevo el pasaporte conmigo, pero si me acompaña a recepción podrán decirle quién soy.
—Dígame su nombre. Yo lo comprobaré.
—Por supuesto. —Se irguió, intentando agrandar su escaso metro sesenta, imprimiendo seguridad a cada palabra—. Soy Renata Conti.
—¿Está en Tokio por negocios, señora Conti?
—No. Mis hijos y yo vinimos a hacer turismo. —No tenía sentido decir lo contrario; los asuntos de su familia jamás dejaban rastro escrito.
—¿Qué está pasando aquí? —Bianca se acercaba con pasos rápidos. ¿Qué hacía su madre hablando con aquel desconocido?
—Disculpe, ¿usted es…? —preguntó arqueando una ceja, fingiendo no reconocer la placa que él ya le mostraba.
—Su hija, Bianca Conti —dijo la joven mientras rebuscaba en el bolso y sacaba su pasaporte.
—Discúlpenme, señoras. —Kenji fingió revisar el documento y se inclinó con una cortesía estudiada—. Me había parecido sospechosa la forma en que su madre recorría las boutiques sin comprar nada. Espero que disfruten de su estancia en Tokio.
—¿Acaso el hotel está bajo protección policial especial? No me parece común ver agentes en un sitio así —respondió Renata.
—Tiene usted razón. —Aquella mujer parecía una ninfa inofensiva, pero él no dudaba de que sabía más de lo que aparentaba—. Solo estaba disfrutando de un momento de descanso después de mi turno. No las molesto más.
Se giró para marcharse, pero la voz de Bianca lo detuvo.
—¿Podría decirnos su nombre? —Su sonrisa, falsamente dulce, escondía determinación—. Usted ya sabe el nuestro.
—Claro. Soy Hiro Sano. Quién sabe, quizá volvamos a vernos mientras estén por aquí.
—Sí —murmuró él para sí mientras se alejaba—. No si puedo evitarlo. —Aunque, en su fuero interno, no estaba seguro de poder resistirse a buscarla de nuevo.
Madre e hija lo vieron desaparecer tras uno de los grandes maceteros, en dirección a la salida.
***
—Lo sabe —dijo Renata en voz baja.
—Por supuesto. Ya habíamos contado con esa posibilidad —respondió Bianca sin inmutarse.
—¿Y qué haremos?
Renata nunca había sido como su hija. Siempre se había mantenido al margen de los negocios; Enzo, su marido, jamás le confió nada de ese mundo.
—Nada. Seguir con lo planeado. Solo que…
—¿Solo que qué?
—Ya lo sabes, mamá. Mantén cerca a tus amigos y más cerca aún a tus enemigos. Ellos nos vigilarán, y nosotras los vigilaremos a ellos.
—¿Qué quieres decir?
—Que ese hombre parecía interesado en ti. Tal vez deberías intentar cruzártelo otra vez.
—¿Pero qué dices? —Se estremeció solo de pensarlo—. Si es casi un niño.
—¿Tú crees? Da igual. Lo importante es tenerlo distraído.
Renata desvió la mirada. Sabía que su hija tenía razón, y eso era lo que más la asustaba.
—¿Cuándo se reúnen los chicos con el señor Tanaka? —preguntó para cambiar de tema.
—Ya están con sus socios en una de las salas. Cenaremos esta noche en su casa. Las mujeres estaremos separadas de los hombres; es su costumbre que no intervengamos en los negocios. Tendremos que adaptarnos si no queremos ofenderlos. Lo mejor será que tomemos algo y descansemos antes de eso.
***
Renata se removía inquieta en la cama. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, el ceño fruncido, un rictus de dolor instalado en el rostro. Soñaba. Más bien, caía una y otra vez en la misma pesadilla.
Se veía a sí misma en el funeral de Ofelia, catorce años atrás. Veía a Severo Bruni de pie junto al ataúd, con las manos apoyadas en los hombros de sus dos hijos, mirándola a ella con un odio frío y una amenaza brillando en los ojos. Sus palabras le habían llegado calmadas, comedidas, casi corteses: «Os espero a los dos en mi casa esta noche». No entendía por qué aquella frase tan simple sonaba como una sentencia. Solo recordaba cómo el rostro de Enzo, su marido, había palidecido y había desviado la mirada al suelo.
El sueño daba un salto en el tiempo. Estaban en el despacho de Severo, que cerraba la puerta con llave tras ellos.
«Desnudaos. Ahora.» Enzo empezó a hacerlo de inmediato, sin una palabra. Renata no entendía nada y quiso protestar. Una bofetada le partió el labio y la hizo tambalearse. «He dicho que te desnudes. ¿Acaso no me has oído?» Lo miró con ojos confundidos, y Severo comprendió que ella no sabía nada de lo ocurrido, que creía que simplemente los habían atacado, que por eso Ofelia estaba muerta y Enzo herido.
«No lo sabes, ¿verdad? Tu marido es un traidor. Él nos vendió. Él es el culpable de que yo haya perdido a mi mujer, lo único que me quedaba de humano, lo único que amaba. Y va a pagármelo. Lo pagaréis tú y los tuyos. A partir de ahora seréis míos.»
Severo terminó de hablar y Renata empezó a temblar. «He dicho que te desnudes, o yo mismo te arrancaré la ropa.»
Las manos le temblaban tanto que apenas podía obedecer. Se quitó el vestido negro del luto por encima de la cabeza y quedó en ropa interior, encogida sobre sí misma, tratando de cubrirse con los brazos. «Todo. He dicho todo.» Con dedos torpes se desabrochó el sujetador, y sus pechos, todavía firmes, cayeron a la vista de los dos hombres. Bajó las bragas hasta los tobillos y las apartó de una patada, temblando con la mirada clavada en el suelo. Severo dio una vuelta lenta alrededor de ella, examinándola como quien tasa un animal en un mercado.
«Mírala, Enzo. Mira lo que voy a hacerle a tu mujer por lo que has hecho. Mírala bien, porque a partir de esta noche este coño es mío. Estas tetas son mías. Este culo es mío. Cada centímetro de esta puta es mío, y tú vas a verlo cada vez que a mí me dé la gana.»
Enzo, ya desnudo, mantenía la vista fija en un punto indefinido de la alfombra. Severo se acercó a Renata por detrás y le agarró un pecho con la mano abierta, apretándolo con fuerza, retorciéndole el pezón entre el pulgar y el índice hasta arrancarle un gemido de dolor. La otra mano bajó por su vientre y se coló entre sus muslos apretados. «Abre las piernas, puta.» Ella no reaccionó, y él le dio una palmada seca en el interior del muslo. «He dicho que las abras.» Renata separó los pies unos centímetros. Los dedos de Severo se abrieron paso a la fuerza entre sus labios secos, buscando su coño, hurgando dentro de ella sin la menor consideración. «Ni siquiera estás mojada. No importa. Vas a aprender a mojarte cuando yo te toque, o vas a aprender a aguantarlo seca. A mí me da igual.»
La empujó por la espalda hasta la mesa del despacho. Enzo, obedeciendo una orden que no había necesitado pronunciarse, rodeó el mueble y le sujetó a Renata las muñecas contra la madera, extendiéndoselas por encima de la cabeza, sin mirarla a la cara, con la cabeza agachada, mirando el suelo para no verla, escondiendo su vergüenza. Ella sintió el frío pulido de la mesa contra los pezones, contra el vientre, y comprendió que iba a ocurrir de verdad, que no había salida.
Severo, completamente vestido detrás de ella, observaba su humillación, su terror, su indefensión. Se bajó la cremallera con una parsimonia calculada. Renata oyó el chasquido del cinturón, el roce de la tela, y luego sintió el peso caliente y duro de la polla de aquel hombre contra sus nalgas. Severo se la restregó por el culo, por la raja, se la pasó una y otra vez por el coño, mojando el glande con el poco fluido que empezaba a arrancarle a la fuerza, mientras con la otra mano le apretaba la cadera hasta clavarle los dedos en la carne.
«Voy a follarte hasta que grites. Y luego voy a seguir follándote. Y mañana volverás y volveré a follarte. Y pasado. Y todas las noches que a mí me dé la gana.»
La forzó con una crueldad metódica, sin prisa, sin asomo de piedad. Entró en ella de una sola embestida brutal, hasta el fondo, hundiéndole la verga en un coño que no estaba preparado para recibirla. Ella gritó, un grito agudo que rebotó contra las paredes forradas de libros. Enzo cerró los ojos y no la soltó; le apretó las muñecas hasta hacerle daño, como si aferrarse a ella fuese lo único que le impedía derrumbarse. Severo empezó a moverse, retirándose casi por completo antes de volver a clavársela hasta la raíz, una y otra vez, con un ritmo lento, calculado, pensado para hacerle sentir cada centímetro.
«¿Lo notas, traidor? —jadeaba a espaldas de Enzo—. ¿Notas cómo se mueve tu mujer cada vez que se la meto? Esto es tuyo, ¿verdad? Pues ya no. Mírala. Mírala bien, hijo de puta.»
Enzo obedeció. Levantó la vista y por primera vez sus ojos se cruzaron con los de Renata. Ella vio en los de él un vacío que ya nunca abandonaría, y algo se rompió dentro de ella para siempre. Severo la agarró del pelo, tiró hacia atrás y le arqueó el cuello, follándola con más fuerza, haciendo chocar sus caderas contra las nalgas de ella con un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el despacho.
«Di que soy tu dueño. Dilo, puta.» Ella apretó los dientes y no habló. Severo le retorció el pelo hasta que el cuero cabelludo le ardió, y sin salir de ella la penetró con un dedo por el culo. Renata aulló. «Dilo, o esta noche te la meto también por aquí, y te aseguro que no vas a poder sentarte en una semana.» «Eres mi dueño», susurró ella, con la boca abierta contra la mesa, con las lágrimas mezclándose con la saliva. «Más alto.» «Eres mi dueño.» «Otra vez.» «Eres mi dueño, eres mi dueño, eres mi dueño…»
Severo soltó una carcajada corta y aceleró el ritmo. La embestía con una brutalidad casi mecánica, agarrándola por las caderas, marcándole los dedos en la piel, hundiéndose en ella hasta que ella dejó de gritar y solo emitía un quejido bajo y continuo, un sonido de animal roto. Cuando por fin se corrió, lo hizo dentro, gruñendo contra su oído, vaciando en su coño una descarga espesa y caliente que ella sintió correrle por los muslos cuando él se retiró. «Ahí lo tienes, Enzo. Ahí tienes lo que quedaba de tu mujer.»
Cuando todo acabó, Renata había perdido el conocimiento.
Cuando volvió en sí, Enzo ya estaba vestido y Severo, sentado a su mesa, saboreaba un whisky con un puro entre los dedos. Ella seguía desnuda, tirada de lado sobre la alfombra, con el semen de aquel hombre secándosele entre las piernas. «Bien, ya despertaste. Vístete y márchate. Pero recuerda: mañana os quiero aquí a la misma hora. Será mejor para todos que mis hombres no tengan que ir a buscaros.»
Despertó de golpe, temblando, sin saber dónde estaba. Tardó unos segundos en reconocer la habitación del hotel, el techo claro, el rumor lejano de la ciudad. Y entonces lo recordó todo.
La pesadilla en la que se había convertido su vida. Reducida durante años a poco más que la esclava de Severo, obligada a acudir a él cada noche, soportando que abusara de su cuerpo una y otra vez, que le metiera la polla por donde quisiera y cuando quisiera, que la usara como un juguete de carne al que no le debía ni un gramo de piedad. A veces la cedía como un objeto, un regalo para algún socio, un premio para sus hombres más fieles; había noches en que dos, tres, cuatro hombres se la turnaban en aquel mismo despacho, mientras Severo miraba desde su sillón fumando un puro, dando instrucciones sobre cómo debían follársela, cómo debían obligarla a mamar, dónde debían correrse. Enzo lo presenciaba todo en silencio, incapaz de protegerla, hundido en su propia culpa.
Desde aquella primera noche en el despacho, algo había muerto dentro de ella. No había vuelto a tocar a su marido. No podía. Lo despreciaba con una hondura que no cabía en palabras, y solo mantenía las apariencias por sus hijos, aunque sospechaba que uno de ellos había intuido la verdad desde el principio.
Los abusos habían continuado hasta que sus hijos formaron sus propias alianzas y la familia se reorganizó. Para entonces Severo ya era demasiado viejo para hacerlo él mismo, pero la seguía entregando a sus allegados mientras él miraba desde su sillón, como quien contempla una posesión.
Hacía casi cuatro años que aquel horror había terminado. Algo más de tres que su vida había empezado, despacio, a recomponerse, gracias al matrimonio entre su hija Bianca y el heredero de la familia aliada, que selló la unión definitiva de las dos casas. Severo había muerto. Su nombre apenas se pronunciaba ya.
Pero había algo que no había logrado recuperar. Todavía temblaba ante la sola idea de que un hombre la tocara.
Y hacía apenas unas horas que su hija le había pedido que coqueteara con aquel muchacho, con Kenji. Que se acercara a él, que lo distrajera, que usara contra el comisario la única arma que a Renata le quedaba: su cuerpo. La misma arma con la que tantas veces la habían herido.
Suspiró hondo. Se levantó de la cama con las piernas temblorosas y caminó hacia el baño. Tenía que empezar a prepararse para la cena. Se miró en el espejo y, por un instante, le pareció ver en sus propios ojos color miel el reflejo de los del joven comisario, mirándola como nadie la miraba desde hacía años: no con lástima, no con desprecio, sino con un deseo que la asustaba tanto como la atraía.
Solo es un niño, se repitió. Pero ni ella misma se lo creía.