Lo que hago con mi hermanastro cada mañana antes de clase
Nunca le he contado esto a nadie. Ni a mi terapeuta, ni a la amiga con la que comparto piso desde que me fui de casa, ni mucho menos a mi madre. Lo escribo ahora porque hay cosas que pesan menos cuando dejan de vivir solo en tu cabeza, y porque sé que aquí nadie va a poner mi nombre y mi cara en la misma frase.
Tenía veinticuatro años el último verano que pasamos bajo el mismo techo. Iván acababa de cumplir diecinueve.
No es lo que la gente imagina cuando dice «hermanos». Nuestra historia empieza tarde y mal: mi madre conoció a su padre cuando yo ya estaba en la universidad, se mudaron juntos a aquella casa demasiado grande de las afueras, y de la noche a la mañana me encontré con un crío desgarbado al otro lado del pasillo. No crecimos juntos. No compartimos infancia ni juguetes ni peleas en el coche. Compartíamos una dirección y un apellido prestado, nada más.
Eso es lo que me repetía cada vez que la cosa empezaba a parecerme peligrosa: nada más.
***
La casa tenía cinco habitaciones repartidas a lo largo de un pasillo estrecho, y la tarima crujía como si tuviera vida propia. Por las mañanas, cuando todavía no había despuntado del todo la luz, yo salía de mi cuarto descalza y aprendía de memoria qué tablones pisar y cuáles esquivar. Más que caminar, flotaba. El plan se arruinaba con un solo crujido en el momento equivocado.
El cuarto de Iván era la última puerta. Yo entraba, echaba el pestillo con dos dedos para que no sonara el resorte, y me quedaba un segundo de pie en la penumbra, respirando aquel olor suyo a sueño y a chico de diecinueve. La persiana subida a medias dejaba pasar la primera claridad de finales de primavera. Él siempre dormía de lado, de cara a la pared, hecho un ovillo.
La primera vez fue un accidente. Las que vinieron después, no.
***
Aquella mañana la recuerdo entera, fotograma a fotograma. Me quité las bragas todavía junto a la puerta, las doblé y las metí bajo su almohada para no dejarlas tiradas, y me arrimé a su espalda sin darle ni los buenos días. No había tiempo para preámbulos. Tenía tutoría a primera hora y media hora escasa antes de que la casa empezara a desperezarse.
Le pasé la mano por encima de la cadera, con la intención de colarla por dentro del pantalón del pijama. No hizo falta. Me encontré directamente con él, la polla dura y completamente al aire por encima de la goma del pantalón, caliente, ya con una gota espesa asomando en la punta que le resbalaba por el glande.
—Otra vez meneándotela —le susurré contra la nuca, medio en broma, medio en reproche, mientras le cerraba el puño alrededor y le apretaba de arriba abajo, notando cómo le latía dentro de mi mano.
—¿Y a ti qué más te da cuántas veces me la casque? —protestó con la voz pastosa, empujando ya la cadera contra mi puño sin girarse del todo.
La verdad es que sí me daba. No por moralina, sino por algo más turbio que tardé años en saber nombrar. Lo miraba con una mezcla rara de cosas: a ratos como a un crío al que había que recoger los calcetines, a ratos de un modo que no tenía nada de maternal.
—Venga, al grano, que llego tarde —le apuré, sin soltarle la verga.
Se la había estado meneando y seguía moviéndose despacio bajo mis dedos, con esa pereza de quien todavía está medio dormido. Le aparté la mano con suavidad y bajé la mía hasta agarrarle los huevos, apretando lo justo para que se le escapara un jadeo ronco contra la almohada. Los tenía tirantes, cargados. No quería que se corriera entre sus propios dedos antes de tiempo; eso ya había pasado una vez y se me había echado la mañana encima discutiendo en voz baja.
—¿Se puede saber qué quieres a estas horas? —murmuró, dejándose hacer, empujando el culo contra mi bajo vientre.
—Ya sabes lo que quiero —contesté, pegando los labios al lóbulo de su oreja—. Que me folles rápido y bien. De aquí me voy directa a la ducha.
***
Bajé la boca por su hombro y le mordí la nuca sin marcar, mientras seguía haciéndole una paja lenta con los dedos apenas cerrados, sólo la yema del pulgar sobre el frenillo. Se le escapó un temblor. Le pasé la lengua por detrás de la oreja y noté cómo se le contraía todo el vientre.
—Estate quieto o te corres antes —le advertí bajito—. Y hoy no vas a corrertelo en mi mano, hoy te lo corres dentro.
Saqué el sobre del condón que llevaba escondido en el puño desde que salí de mi cuarto. Rasgué el borde con los dientes, despacio, y le pasé la goma por encima del hombro.
—Toma, póntelo, que ando con los días contados y no es plan.
—¿No llevabas el DIU? —dijo, girándose por fin para mirarme con un ojo abierto.
—Lo llevo. Pero por si acaso. No me fío ni de dios.
Se puso boca arriba y peleó con el preservativo como peleaba con todo a esa edad: con más prisa que maña. Lo tenía del revés y empujaba, aplastando la punta contra el capullo.
—No entra. ¿Seguro que es de mi talla? —resopló, ofendido, con la polla erguida contra el vientre, tan tiesa que le rebotaba con cada respiración.
Tuve que morderme la risa para no hacer ruido. Le quité el condón de las manos, lo enderecé y me incliné sobre él. Antes de ponérselo, le pasé la lengua desde la base hasta la punta, plana, chupándole después el glande con los labios apretados durante dos segundos largos. Se le escapó un «joder» que casi me obliga a taparle la boca. Se la saqué de la boca con un pop bajo y le coloqué la goma yo misma, desenrollándola despacio por toda la longitud, sintiendo cómo se le tensaba el vientre bajo mi muñeca.
—Eres un caso —le dije bajito—. Ya tienes una edad para saber ponerte esto solo.
—Para un polvo que echo de uvas a peras, no me da tiempo a coger práctica —se quejó, subiendo el tono sin darse cuenta.
—Calla —le tapé la boca con la palma—. Que nos van a oír en toda la casa.
Se quedó quieto. Los dos nos quedamos quietos un segundo, escuchando. El silencio de la casa dormida era espeso, sólo lo cortaba el zumbido lejano de la nevera de la cocina. Mi madre y su padre dormían a tres puertas de distancia. Esa cercanía —el riesgo concreto de un crujido, de una puerta, de unos pasos— me ponía el cuerpo en un estado que no he vuelto a sentir igual con nadie. No era sólo deseo. Era miedo y deseo mezclados hasta no distinguir uno del otro. Se me contraía el coño solo con pensarlo, empapada ya sin haberme tocado.
***
Una vez la goma estuvo en su sitio, me giré en la cama y le di la espalda. Era nuestra postura. La única en la que aquello me parecía soportable de mirar al día siguiente: sin caras de frente, sin besos, sin nada que se pareciera a algo más que dos cuerpos resolviendo un asunto urgente.
—¿Cómo lo quieres? —preguntó pegándose a mí, apoyando la polla enfundada entre mis nalgas, restregándomela arriba y abajo, buscando la raja—. ¿Así, desde atrás?
—Así. Y entera, hasta el fondo, sin medias tintas —respondí, levantando la pierna de arriba y doblándola contra el colchón para abrirme del todo—. Que necesito venirme rápido.
Le noté deslizar la punta arriba y abajo entre los labios de mi coño, empapándose antes de encarar. Me pasó dos dedos por delante y encontró el clítoris, hinchado, resbaladizo, y jugó un par de segundos con él haciendo círculos torpes que me obligaron a apretar los dientes.
—Estás chorreando —murmuró, con esa voz espesa de asombro que le salía siempre.
—Métemela ya —siseé—. Y sin miedo.
Buscó la posición con una mano y me sentí abierta por él en cuestión de segundos, empalada de golpe hasta la base, con esa facilidad húmeda que me delataba. Llevaba despierta y excitada desde mucho antes de salir de mi cuarto, repasando esto mismo en la cabeza —su polla entrándome, su aliento en mi nuca—, así que no hubo resistencia ninguna. El coño me lo tragó entero y se cerró alrededor.
—Joder —dejé escapar contra la almohada, más alto de lo que debía, sintiendo cómo me llenaba hasta un sitio que sólo él tocaba a esa hora.
—Estás ardiendo por dentro —murmuró él, sorprendido, con la boca pegada a mi hombro—. ¿Qué te ha pasado esta noche?
—Mejor no preguntes —contesté—. Tú fóllame bien y calladito.
***
Y lo hizo. Aprendía rápido, eso había que reconocérselo. Empezó despacio, tanteando, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta el fondo con esa lentitud que me hacía morderme el labio para no gritar. Enseguida encontró el ritmo lento y profundo que yo le había enseñado a fuerza de mañanas como aquélla. Me sujetaba de la cadera con una mano, la otra la subió a mi pecho por debajo del camisón y me pellizcó el pezón entre dos dedos, tirando hasta que se me arqueó la espalda contra él.
—Así, chúpame la teta con los dedos —le pedí bajito, atrapándole la mano contra mí—. Más fuerte.
Apretó, retorció, y yo sentí cómo cada tirón me llegaba directo al coño, que se contraía sobre su polla haciéndola sisear entre dientes.
Hundía la cara en mi pelo y respiraba entrecortado junto a mi oreja, con un hilo de saliva mojándome la nuca cada vez que me embestía a fondo.
Yo me mordía el dorso de la mano para no hacer ruido. Tenía la vista clavada en la franja de luz gris que entraba por la persiana, en las motas de polvo flotando despacio, y dejaba que el placer me subiera por las piernas como una corriente que no podía ni quería frenar. La cama no chirriaba si nos movíamos despacio. Lo habíamos aprendido a base de prueba y error, como dos cómplices puliendo un delito pequeño. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo, pegajoso, que se colaba entre las sábanas y me ponía todavía más cachonda de oírlo.
—No tan fuerte —le pedí cuando aceleró de más y le oí golpearme el culo con las caderas—. El cabecero…
Volvió al ritmo de antes, conteniéndose, y esa contención lo hacía todavía mejor. Cada embestida llegaba hasta el fondo y se quedaba un instante ahí, con la polla clavada hasta los huevos y su vello raspándome el culo, y yo notaba cómo el calor se me concentraba bajo el vientre, apretado, a punto.
—Fóllame ahí, justo ahí, no te muevas de ahí —jadeé sin voz, todo aire—. Dale, ese ángulo, ese…
Me llevé la mano libre entre las piernas y me ayudé, frotándome el clítoris en círculos rápidos mientras él seguía metiéndomela con esa cadencia lenta y feroz. Notaba mis propios dedos empapados de flujo y del lubricante del condón que rebosaba por fuera. Con la otra mano le agarré el muslo por detrás y le clavé las uñas para que no se le ocurriera cambiar el ritmo.
—Me vengo —le avisé, con la boca aplastada contra la almohada—. Cállate, cállate, cállate…
No me hizo falta mucho más. Llegué en silencio, con la cara hundida en la almohada que olía a él, apretando los dientes para que el gemido no saliera más allá de aquellas cuatro paredes. El cuerpo entero se me tensó como una cuerda y luego se soltó de golpe, en oleadas, mientras el coño le apretaba la polla en espasmos largos, uno tras otro, ordeñándosela desde dentro. Él seguía metido hasta el fondo, quieto, esperando a que yo terminara, sintiendo cómo lo estrujaba con cada latigazo del orgasmo.
—Joder, cómo aprietas —susurró contra mi oreja, con la voz rota—. Como si me la fueras a arrancar.
—Ya —le solté en cuanto pude respirar—. Ahora tú, pero rápido. Córrete dentro. Ya.
***
Se enderezó apenas un palmo detrás de mí, me agarró con las dos manos por las caderas y empezó a embestir de verdad, cortito y hondo, aprovechando que yo todavía estaba blanda y palpitando por dentro. Le oía la respiración cada vez más entrecortada, los huevos golpeándome despacio contra el clítoris ya hipersensible, y a mí se me escapaba un gemido ahogado con cada empujón porque el coño todavía me temblaba en réplicas del primero.
—Así, dámelo todo —le mascullé por encima del hombro—. Vacíate ahí dentro, hasta la última gota.
Le bastaron unas pocas embestidas más. Lo noté tensarse entero, hundírmela hasta el fondo y quedarse ahí clavado, contener la respiración y dejarla salir en un temblor largo contra mi nuca, agarrándome la cadera con una fuerza que me dejó marca de sus dedos al día siguiente. Sentí, incluso a través del látex, cómo la polla le latía dentro de mí en tirones espaciados, descargando, y cómo se le hinchaba un segundo antes de cada chorro. Contó cuatro. Se corrió mucho, como siempre. No dijo nada. Nunca decía nada en ese momento; creo que le daba tanto pudor como a mí.
Nos quedamos así unos segundos, encajados, todavía con él dentro, sintiendo cómo se le iba ablandando poco a poco sin que ninguno de los dos se moviera, recuperando el aliento en la penumbra. Fue el único instante de toda la escena en que hubo algo parecido a la ternura, y precisamente por eso era el que más me asustaba. Me aparté antes de que se convirtiera en otra cosa, notando cómo la polla se me salía con un ruidito húmedo y el condón cargado se le quedaba colgando, hinchado en la punta.
—Tira el condón en el baño de abajo, no en tu papelera —le recordé mientras recuperaba las bragas de debajo de la almohada y me las subía por las piernas todavía temblorosas—. Que tu padre las revisa.
—Sí, jefa —masculló, ya medio dormido otra vez, agarrándose la goma por la base para quitársela, dándose la vuelta hacia la pared como si nada hubiera pasado.
Descorrí el pestillo con el mismo cuidado con el que lo había echado y salí al pasillo, con el flujo goteándome por dentro del muslo y el olor de él pegado a la piel. La casa seguía dormida. Pisé los tablones buenos uno a uno, conté las puertas, y me metí en la ducha con tiempo de sobra para llegar a mi tutoría con el pelo todavía húmedo y la cara de no haber roto un plato.
***
Aquello duró un verano y parte del otoño. Después yo me marché de verdad, encontré piso propio, encontré una vida que no cabía en aquel pasillo estrecho, y los dos seguimos adelante como si nada. Hoy nos vemos en alguna comida familiar, nos saludamos con dos besos correctos delante de nuestros padres y hablamos del tiempo y del trabajo. Nadie sospecharía jamás.
A veces, cuando coincidimos en la cocina sirviendo el café, lo pillo mirándome un segundo de más. Y yo le sostengo la mirada otro segundo, sólo otro, antes de apartarla. Es lo único que queda de aquellas mañanas: ese instante mudo, ese pacto de silencio que nunca hemos roto.
No me arrepiento. Sé que debería, pero sería mentir, y si he escrito todo esto es justamente para dejar de mentirme. Hay deseos que no entienden de apellidos ni de lo que está bien, y aquel verano yo decidí dejar de pelearme con el mío. No lo recomiendo. Sólo lo confieso.