La madrugada que pasé con Camila en el hospital
Camila era mi mejor amiga desde que entramos juntas a la universidad. Bajita, de pelo negro lacio que le caía justo por debajo de los hombros, piel apenas morena, con esa mezcla suave que tienen las mujeres del sur. Tenía un cuerpo que llamaba la atención sin pedirlo: pechos grandes que ningún top le contenía bien, caderas amplias, una cintura marcada por horas de gimnasio. Trabajaba en una pastelería del centro y, según ella, lo único que la salvaba de engordar era pasarse cuatro tardes a la semana levantando pesas.
Yo nunca me hice la disimulada con ella. Le decía que tenía un cuerpazo y ella se reía. A veces, cuando se cambiaba en mi cuarto antes de salir, me quedaba mirándole el trasero más tiempo del que correspondía. Nunca me dijo nada. Yo tampoco.
Lo mío con las mujeres había empezado hacía unos años. Sigo prefiriendo a los hombres, pero me gusta cambiar de menú. He estado con dos chicas y con varias parejas, y de cada experiencia aprendí algo. Camila, sin embargo, era distinta. Con ella siempre hubo una línea que ninguna de las dos se animaba a cruzar, quizás porque éramos demasiado amigas para arriesgarnos.
Hasta esa noche.
Habíamos quedado en encontrarnos en una fiesta a las tres de la mañana, en un local nuevo que habían abierto cerca del río. Bailar, tomar, y si pintaba, llevarnos a alguno a casa. Yo me había puesto un top de látex negro que me apretaba como una segunda piel y una falda tan corta que dudaba si me iba a animar a sentarme. A las dos de la madrugada estaba terminando de maquillarme cuando sonó el teléfono.
—¿Hola?
—Sofía, soy yo. Estoy en el hospital.
Camila me contó, con una voz a medio camino entre la rabia y la vergüenza, que en el gimnasio había querido impresionar a un instructor nuevo y había cargado un peso casi tres veces más alto del que estaba acostumbrada. Algo se le rompió en los dos brazos antes de que la barra tocara el suelo. Tendones, ligamentos, no estaba segura. La habían trasladado en ambulancia y le acababan de poner los dos brazos enyesados, desde la mano hasta más arriba del codo.
—¿Dos meses sin moverlos? —pregunté.
—Al menos. Mis padres están de viaje hasta fin de mes. Me tengo que quedar acá hasta que vuelvan.
Le dije que iba para allá. Me cambié rápido, me puse algo decente —jean, remera, zapatillas— y manejé hasta el hospital. Vivía en el otro extremo de la ciudad, así que llegué a eso de las cuatro de la madrugada. La recepcionista me dejó pasar sin demasiadas preguntas porque a esa hora ya no quedaba nadie de las visitas.
La habitación 314 quedaba al final de un pasillo en penumbra. Empujé la puerta y ahí estaba ella, sola, con la televisión del techo encendida sin volumen. Todavía tenía puesta la ropa del gimnasio: un short corto de lycra azul y un top deportivo que apenas le cubría los pechos. Los dos brazos enyesados descansaban sobre la sábana, blancos y rígidos como dos prótesis.
—Linda noche para una pijamada —me dijo, intentando reírse.
Acerqué una silla y nos quedamos charlando. No le dolía nada porque le habían dado morfina, pero sí le molestaba la sensación de inutilidad. No podía rascarse la nariz, no podía agarrar un vaso, no podía bajarse el short para ir al baño sin que viniera una enfermera. Y todavía le faltaba lo peor.
—¿Lo peor? —pregunté.
—Dos meses sin tocarme. Dos meses, Sofía. Acabo de mirar una escena de esa película —señaló con la barbilla el televisor mudo— y casi me muero. Estoy caliente y no puedo hacer nada.
Me reí, pero algo dentro de mí se prendió. La miré con otros ojos: los pezones se le marcaban a través del top deportivo. Tenía las piernas un poco abiertas y entre los muslos se le notaba la humedad del short de lycra.
—¿Quieres que te ayude? —dije, casi sin pensarlo.
Ella se quedó callada. Dos segundos, tres, cuatro. Después giró la cabeza despacio y me miró fijo.
—¿En serio?
—En serio.
—Sofía…
—Dime que no y no se habla más. Pero si dices que sí, corro la cortina.
Tragó saliva. Asintió.
***
Me levanté y corrí la cortina blanca que rodeaba la cama. La habitación era compartida, pero el otro paciente —un señor mayor del que apenas se veían los pies— estaba dormido y enchufado a un monitor que pitaba cada tantos segundos. La cortina no era una pared, pero alcanzaba.
Volví al lado de Camila. Le pasé la mano por la mejilla, le aparté un mechón que se le había pegado en la frente con el sudor. Me agaché y la besé. Yo había imaginado ese momento mil veces, en mil contextos distintos, y nunca había imaginado uno así. Ella no se apartó. Me devolvió el beso despacio, abriendo los labios apenas, como si recién estuviera descubriendo que podía.
No es un sueño. Está pasando.
—Avísame si quieres que pare —le dije contra la boca.
—No pares.
Empecé por arriba. Le bajé el top deportivo con cuidado, deslizándolo por encima de los yesos. Sus pechos saltaron afuera, más grandes de lo que recordaba haber visto el puñado de veces que la había espiado en el espejo. Los pezones estaban duros, oscuros, casi del color de la madera. Me agaché y le pasé la lengua despacio por uno. Después por el otro. Después por el primero otra vez.
—Sofía… —susurró.
Bajé. Le pasé la lengua por el medio de los pechos, por el ombligo, por el elástico del short. Le metí los dedos por debajo y se lo deslicé hasta los tobillos. No tenía ropa interior debajo. Tenía el sexo apenas afeitado, con una franja angosta de vello negro arriba, y estaba empapada. Olía a gimnasio y a algo más, algo dulce, que me hizo apretar las piernas.
Le abrí los muslos. Le pasé un dedo despacio por todo el largo, sin meterlo. Camila se mordió el labio. Tenía los brazos inutilizados a los costados, y eso —esa imposibilidad de tocarme, de tocarse, de hacer cualquier cosa que no fuera estar quieta y recibir— me ponía a mí más caliente que a ella.
—Dime cómo te gusta —le pedí.
—Despacio al principio. Y la lengua. Mucho la lengua.
Le hice caso. Le metí dos dedos despacio, los más largos, hasta el fondo, y los dejé quietos. Sentí cómo se contraía adentro. Después empecé a moverlos en círculos lentos, buscando ese punto adelante, el que dicen que no existe pero que sí existe. Cuando lo encontré, ella ahogó un gemido apretando los dientes.
—Hay alguien al lado —me recordó.
—Habla bajito.
Saqué los dedos brillantes y me los chupé delante de ella. Camila cerró los ojos. Después me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua por el sexo entero, de abajo hacia arriba, deteniéndome arriba, sobre el clítoris, lamiendo en círculos pequeños. Sus muslos se cerraban contra mi cabeza y yo se los volvía a abrir. Volví a meterle dos dedos mientras le seguía chupando, y ella empezó a temblar.
—No pares no pares no pares —dijo, todo junto, en una sola palabra.
Mientras le hacía eso, yo me había desabrochado el jean y me había metido la otra mano debajo de la ropa interior. Estaba más mojada que ella. Me masturbé mientras la chupaba, sincronizándome con el ritmo de mi lengua, y sentí cómo subía la presión en las dos al mismo tiempo.
Camila se vino primero. Echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio hasta hacérselo sangrar, y me apretó la cara con los muslos. Yo seguí lamiéndole hasta que ella, agotada, abrió las piernas para que parara. Después me terminé yo, todavía arrodillada, con la mejilla apoyada en su muslo.
Nos quedamos un rato en silencio. La luz fluorescente del pasillo se filtraba entre las cortinas. El monitor del señor seguía pitando.
—Gracias —me dijo.
—No me agradezcas. Hace cinco años que tenía ganas.
—Yo también.
La miré.
—¿En serio?
—Sofía, todo este tiempo. Pero tú nunca me dijiste nada.
Nos reímos las dos. Me senté al borde de la cama y la ayudé a acomodarse el top y el short, porque ella no podía. Después le di un beso en la frente y otro en la boca.
***
Los dos meses siguientes fueron distintos. Iba a visitarla día por medio. Cuando le dieron el alta y volvió a su departamento, yo me instalé prácticamente con ella. Le cocinaba, la bañaba, le daba de comer con cuchara, y todas las noches le hacía lo mismo que le había hecho en el hospital. A veces dos veces por noche. A veces le pedía que me mirara mientras yo me hacía cosas a mí misma, ya que ella no podía usar las manos. Esa frustración de no poder tocarme la enloquecía. Algunas noches lloraba de rabia, y yo la calmaba subiéndome encima y restregándome despacio sobre su muslo hasta que se reía de nuevo.
El día que el traumatólogo le sacó los yesos, fuimos directo a una sex shop. Compramos todo lo que se nos antojó: esposas de cuero, dos vibradores, un consolador doble, un látigo fino, lubricante de canela y una caja de pastillas afrodisíacas que la chica del local nos recomendó por debajo del mostrador. Esa noche, en el departamento de Camila, con sus padres todavía afuera, lo probamos todo. Las dos. La una a la otra. Yo encima, ella encima, los vibradores enchufados, las muñecas atadas a la cabecera, el orgasmo de una desencadenando el de la otra.
No dormimos. A las seis de la mañana, con el sol filtrándose por las cortinas, ella me dijo al oído algo que todavía me suena cuando pienso en esa noche.
—¿Te das cuenta de que tuvieron que romperse los dos brazos para que tú te animaras?
—Sí —le dije—. Y tú para pedírmelo.
Nos seguimos viendo. Sigo saliendo con hombres, ella también, pero hay algo entre nosotras que nadie más toca. Es nuestro. Empezó en la habitación 314 de un hospital a las cuatro de la madrugada, con un señor durmiendo al lado y una cortina demasiado fina, y todavía no termina.