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Relatos Ardientes

Mis mediodías secretos con un chico tatuado

Llevaba meses metido en esas aplicaciones de encuentros. No las que usaba la gente de mi edad cuando estaba soltero, sino las otras, las discretas, las que se abrían con huella digital y se cerraban antes de entrar a casa. Tenía treinta y nueve años, dos hijos en la primaria, una mujer que me preparaba el desayuno todos los días y una hora libre al mediodía entre dos reuniones que nadie auditaba. Esa hora era mía y siempre supe en qué quería gastarla.

Mateo me escribió un martes a las once y media. Su perfil tenía tres fotos: una de los tatuajes que le subían por el costado izquierdo del torso, otra de su barba recortada con luz natural y una del cuarto donde grababa música. Veintidós años, hombros anchos, una sonrisa de las que parecían pensadas para el espejo. Me citó en su casa esa misma tarde. Vivía arriba de un local que vendía peces tropicales y acuarios. Tenía que tocar el timbre verde y subir derecho.

Dejé el coche a dos cuadras, en la esquina de una panadería que olía a mantequilla. Caminé con las manos en los bolsillos. Lo hacía siempre así: estacionar lejos, llegar a pie, no dejar el coche cerca del lugar. Ya había desarrollado el ritual completo. Era como aprender a manejar otra vida en paralelo.

El local de los acuarios tenía un cartel descolorido y peces de colores en la vitrina. Toqué el timbre verde. Tardó en abrir lo justo para que me arrepintiera tres veces. Cuando bajó las escaleras y abrió la puerta de chapa, me quedé un segundo sin respirar.

—Pasa, no te quedes ahí —dijo.

Era más bajo de lo que aparentaba en las fotos, pero más sólido. Tenía esa elegancia rara de los chicos que se cuidan sin parecer obsesivos, y caminaba como alguien acostumbrado a que lo miraran. Subimos por una escalera angosta. Olía a humedad y a algo dulce, incienso quizás.

Su habitación estaba arriba del todo. Tenía una computadora con pantalla grande, un micrófono colgado de un brazo articulado, varios cables, un sillón largo de pana verde y una cama doble con respaldo de hierro pintado. Me hizo gracia el respaldo. Mi abuela tenía uno igual. En un rincón, un gato negro me miraba sin interés desde una caja de cartón.

—¿Quieres agua? —preguntó.

—No, estoy bien.

—Estás nervioso.

—Un poco.

Se acercó, me puso la mano en la mandíbula y me besó como si nos conociéramos desde hacía años. No fue un beso impersonal. Fue uno de esos que arrancan despacio y se quedan a vivir. Le devolví el beso sin pensar. Me había prometido tres veces en el camino que esta vez no iba a perder el control. Lo perdí al segundo en que su boca rozó la mía.

Nos sacamos las camisas casi sin separarnos. Pasó la mano por mi pecho con una calma que no se entrenaba, y empezó a besarme la nuca. Yo cerré los ojos. Estábamos de pie en el medio del cuarto, tocándonos como si tuviéramos todo el día, aunque a los dos nos quedaban menos de noventa minutos. Le devolví el beso en el hombro derecho, justo donde le empezaba un dragón pequeño tatuado en tinta negra.

—Te gustan los tatuajes —dijo riéndose.

—Me gustan los tuyos.

Bajé besando cada figura. El dragón, una línea que cruzaba la costilla, un símbolo que no entendí, una serpiente que se enroscaba en su cadera. Su piel olía a jabón blanco. Cuando llegué al borde del pantalón, me arrodillé sin avisar. Le bajé el bóxer despacio. Lo que apareció me hizo cerrar los ojos un instante. Estaba duro como una piedra, brillante de la primera gota.

Pasé la lengua plana desde la base hasta la punta. Mateo soltó un sonido sordo y se sostuvo de mi cabeza, apenas guiándome. Yo lo metí en la boca despacio y después con todo. Me gustaba el peso. Me gustaba sentir su respiración acelerarse encima de mí. Le besé el abdomen, le metí la lengua en el ombligo y volví a chuparlo con más ganas.

—Ven —dijo, levantándome.

Nos besamos otra vez de pie. Su mano me apretó las nalgas por encima del pantalón. Yo le devolví el gesto. Mientras nos besábamos, deslizó un dedo entre mis nalgas y empezó a buscar, suave, sin prisa.

—Acuéstate.

—Quiero que me des lengua primero.

Sonrió. Nos tiramos en la cama, él arriba mío al principio; después dimos vuelta y terminamos en sesenta y nueve. Cuando su lengua tocó por primera vez la entrada de mi cola, dejé caer la cabeza contra el colchón y me reí solo. Era ese tipo de placer absurdo, casi gracioso, que no se podía contener.

Mateo mordió la cara interna del muslo. Después dejó saliva tibia en mi ano, lamiendo en círculos. Yo lo tenía a él en la boca, tan duro que me costaba concentrarme en chuparlo. Estuvimos así un rato largo. Yo estaba cerca, demasiado cerca. Tuve que separarme dos veces para no terminar antes de tiempo.

***

Saqué el lubricante del bolsillo del pantalón, que había dejado caer junto a la cama. Llevaba siempre lo mismo: dos sobres de lubricante y dos preservativos en una billetera vieja. Otra parte del ritual.

Me unté los dedos, me dilaté solo mientras él me miraba desde abajo. Le pasé el preservativo. Se lo puso despacio, sin apuro. Después me senté encima de él. Su verga entró con una resistencia que dolía y gustaba al mismo tiempo. Tenía esa combinación que no se aprende: era gruesa, dura y entraba como si supiera el camino.

—Despacio —le pedí.

—Tú decides el ritmo —respondió.

Subí y bajé a mi tiempo. Apoyé las palmas en su pecho tatuado. Mateo me agarró la cintura con las dos manos. Mis nalgas, no sé por qué, las tenía frías esa tarde, y me gustaba el contraste con el calor de su cuerpo. Le besé la boca mientras me movía sobre él. Le mordí el labio inferior. Me miraba como si me estuviera estudiando.

Después me hizo girar. Quedé en cuatro patas. Sabía lo que venía y sabía que iba a doler un poco. Le pedí que entrara suave. Cumplió la primera vez. Después empezó a empujar más fuerte y dejé de pedir cosas. El dolor se transformaba en otra cosa, en algo más amplio, en algo parecido a una rendición. Gemía sin pensar quién podía escuchar. La pared era delgada, pero a esa hora del día el local de los peces estaba abierto y nadie iba a subir.

Me cambió otra vez. Me puso boca arriba en el sillón largo, con las piernas levantadas sobre sus hombros. Desde ahí podía verlo entero. Su cuerpo brillaba de sudor, los tatuajes parecían dibujados con tinta fresca. Yo lo tocaba como si me lo quisiera grabar en las manos. Él se inclinaba a besarme con la verga adentro, y yo le devolvía esos besos largos, profundos, de los que no me daba en la cama de mi casa desde hacía años.

—Voy a venirme —dijo después de un rato largo.

—En la boca.

—¿Seguro?

—En la boca.

Se salió, se quitó el preservativo y fue al baño un segundo a enjuagarse. Aproveché para tocarme las nalgas. Las tenía calientes ahora, hinchadas, distintas. Mi verga seguía durísima, latiendo, a punto de estallar.

Volvió con la boca todavía mojada del agua. Yo me arrodillé en el piso y le agarré los muslos. Le metí la verga otra vez en la boca. Estaba caliente, latente. Lo chupé con todo, le succioné la punta, le pasé la lengua por debajo del glande. Mateo empezó a masturbarse encima de mí y yo abrí la boca esperándolo.

Se vino con un quejido contenido. El primer chorro me cayó en la lengua, caliente y salado. El segundo en los labios. El tercero en el mentón. No me tragué nada. Nunca me lo tragaba. Pero quería sentir el sabor, esa cosa metálica y rara que me confirmaba que había pasado en serio. Lo limpié con la lengua una última vez, escupí en un trozo de papel y lo tiré al cesto.

—¿Te falta? —preguntó.

—Sí.

—Ven.

Le pasé el segundo preservativo. Me tiré en el sillón, boca arriba, las piernas levantadas. Lo tenía duro otra vez, increíblemente. Me la metió de nuevo y empecé a masturbarme yo. Tardé menos de un minuto. Cuando acabé, salió un chorro largo sobre el abdomen y otro más corto que terminó en mi propio pecho. Solté un grito ahogado. Él se quedó dentro de mí un segundo más, mirándome venir, como si esa parte le interesara más que la suya.

***

Nos limpiamos sin hablar. Él se puso un pantalón corto suelto. Yo me vestí despacio, todavía mareado. Me senté en el borde de la cama mientras me ataba los cordones de los zapatos. Le dejé un billete doblado en la mesita.

—Gracias —dije.

—Cuando quieras.

—¿Estás siempre los martes?

—Los martes y los jueves.

Bajé las escaleras solo. El olor a incienso me siguió hasta la calle. Subí al coche, me lavé las manos con alcohol en gel y me revisé en el espejo retrovisor para confirmar que no tenía nada raro en el cuello ni en la cara. Volví a la oficina con cinco minutos de margen para la reunión de las tres.

Esa noche, al cenar con mi mujer, le hice un chiste que la hizo reír. Le acaricié la espalda mientras lavaba los platos. Pensé en Mateo dos veces, no más. Es algo extraño que los demás quizás no entiendan: el deseo que satisfago al mediodía no compite con la vida que tengo a las ocho de la noche. Las dos cosas existen, las dos son ciertas, y aprendí a no pedirles que se entiendan entre sí.

Volví a verlo cuatro días después. Y la semana siguiente. Y la siguiente. Llevo cinco visitas, cada una un poco más larga que la anterior. Una vez me quedé charlando con él media hora sobre la canción que estaba grabando. Otra vez le llevé café. La última vez me preguntó cómo me llamaba en serio y se lo dije.

No sé adónde va a terminar esto. No sé si va a terminar. Sé que cada martes a las once y media miro el teléfono, y cuando aparece su nombre en la pantalla, algo en mí ya está caminando hacia esas dos cuadras antes del local de los peces.

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