Conocí a Mateo en un motel y descubrí quién era yo
Tenía treinta y cinco años cuando decidí que ya no podía seguir mintiéndome. Llevaba ocho de casado con Mariana, una mujer hermosa, ordenada, predecible. La quería, pero en la cama ya no quedaba nada. Hacíamos el amor una vez al mes, siempre igual, siempre en silencio, y cuando terminaba me quedaba mirando el techo preguntándome cuánto más iba a aguantar así.
Empecé buscando lo más obvio: mujeres en páginas de contactos. Algunas cobraban, otras pedían fotos primero, casi todas desaparecían a los dos mensajes. El sexo pagado me daba culpa, y la culpa no me dejaba disfrutar. Llevaba meses así cuando, una madrugada, mientras navegaba aburrido, me crucé con el perfil de una chica trans. No la busqué a propósito. Apareció. Y algo en su mirada hizo que me quedara dos horas escribiéndole.
Aquel encuentro me cambió. No por la chica, que fue increíble, sino porque me obligó a aceptar que mi deseo era mucho más ancho de lo que me había permitido pensar. Volví a casa esa noche aturdido, con un nudo en el estómago, y dormí del tirón por primera vez en años. A los pocos días empecé a mirar perfiles de hombres.
No me gustaban los chicos finos ni los muy arreglados. Buscaba algo concreto: un hombre, sin pose, sin maquillaje. Después de descartar a varios, me escribió Mateo. Treinta años, contextura gruesa, moreno, pocas fotos y dos frases secas: «¿Discreto? Yo también. Dime hora.» Le contesté que sí, que esa misma semana, y quedamos en un motel a las afueras de la ciudad, uno de esos con cocheras tapadas con cortinas plásticas.
***
Llegué primero, como siempre. Me había comprado una gorra negra y unas gafas oscuras que no pensaba quitarme ni dentro del cuarto. La recepcionista no levantó la vista del teléfono. Pagué dos horas en efectivo y subí. La habitación olía a desinfectante y a sábanas planchadas con demasiada prisa. Encendí el televisor y dejé puesto el canal del motel, donde dos cuerpos se movían sin sonido.
Me senté en el borde de la cama, con las manos sudando. Cada paso en el pasillo me hacía levantar la cabeza. Cuando por fin sonó la puerta, dos golpes secos, casi le doy la espalda. Abrí.
Mateo entró sin saludar. Era más grande de lo que aparentaba en las fotos, ancho de hombros, con el pelo cortado al ras y unos brazos llenos. No me miró a los ojos. Cerró la puerta, dejó las llaves del coche sobre la mesita y se sentó en la cama con el teléfono en la mano, como si llevara horas allí.
—Hola —dije.
—Hola —respondió, sin levantar la vista.
Me quedé de pie, parado, sin saber qué hacer. Llevaba años imaginándome ese momento y, llegado el momento, no había guion. Decidí que la única forma de salir de ahí era avanzar. Me quité la camisa despacio, doblándola, y la dejé sobre la silla. Él seguía mirando la pantalla.
Se va a ir. Se está arrepintiendo. Se está burlando de mí.
Entonces dejó el teléfono boca abajo y, sin mirarme aún, empezó a desabrocharse el cinturón. Se sacó el pantalón con esa naturalidad de quien ya hizo eso muchas veces. Se quedó en bóxer, recostado, y por primera vez giró la cabeza hacia mí. La tela negra de la ropa interior dejaba ver un bulto que no podía ignorar. Y entonces sí me miró. Una mirada larga, de arriba abajo, como midiéndome.
—Acércate —dijo.
Me acerqué.
***
Me senté al borde de la cama, junto a él, y posé la mano sobre su muslo. La piel estaba caliente, mucho más caliente que la mía. Subí los dedos despacio, recorriendo el músculo, hasta llegar al borde del bóxer. Mateo no se movió. Solo abrió un poco más las piernas, una invitación que entendí sin palabras.
Le acaricié por encima de la tela. Sentí cómo crecía bajo mi mano. Yo también estaba duro, dentro del pantalón, y me sorprendió cuánto. Me incliné y le besé el pecho, primero con cuidado, después con más hambre. Su olor era distinto al de una mujer: a sudor limpio, a algo metálico, a piel masculina. Me perdí ahí un momento, con la nariz pegada a la base de su cuello, respirándolo.
—Cuéntame qué te gusta —murmuró.
—No sé —contesté con sinceridad—. Esto es nuevo.
Soltó una risa baja, casi para sí mismo.
—Tranquilo. Vamos a averiguarlo.
Subió la mano, me agarró la nuca y me atrajo hacia su boca. El beso me sorprendió por lo suave que empezó. Después se hizo más profundo, con lengua, con prisa, con esa torpeza deliciosa de dos desconocidos que acaban de decidir que las próximas dos horas son suyas. Me apretó las nalgas con una sola mano y supe que aquello iba a ir lejos.
***
Le bajé el bóxer. Lo que apareció no era largo, pero sí grueso, oscuro, con la cabeza ya brillando. Lo tomé con la mano, sin pensarlo demasiado, y lo besé en la punta. Mateo respiró hondo. Me lo metí en la boca con cuidado, descubriendo cómo se acomodaba, cómo le gustaba el movimiento. Subía y bajaba despacio, sintiendo el peso, sintiendo la textura. Él me puso la mano en el pelo, sin empujar, solo guiando.
Me sorprendió disfrutarlo tanto. No había pensado en cómo me sentiría, solo en cómo lo haría. Pero el calor en la boca, el ritmo de su respiración, los pequeños sonidos que se le escapaban, todo me iba poniendo más duro a mí. Me detuve un segundo para respirar y él aprovechó para tirarme suave del brazo.
—Date vuelta —pidió.
Lo entendí al instante. Me coloqué encima de él, en sesenta y nueve, con su cara entre mis piernas y la suya frente a la mía. Sentí su lengua antes de tiempo, primero en la cara interna del muslo, después subiendo. Mientras yo volvía a su sexo, él me lamía con una dedicación que no esperaba. Después dejó la lengua y empezó con los dedos, mojándolos primero, jugando alrededor, sin entrar todavía.
Cuando entró el primero, se me escapó un quejido con la boca llena. No pude evitarlo. El sonido también se le ahogó a él. Estábamos sudando los dos, las sábanas se enrollaban bajo nuestras rodillas, el aire acondicionado zumbaba inútil contra el calor que generábamos.
***
Saqué del bolsillo del pantalón un frasco de lubricante y un par de preservativos. Siempre los llevaba, por si acaso, aunque hasta ese día no los había usado con un hombre. Mateo me miró aprobando.
—Vienes preparado —dijo, casi con cariño.
Le pasé el sobre. Se puso el preservativo despacio, con los ojos en mí. Yo me unté los dedos con lubricante y me preparé sentado al borde de la cama, mientras él se acomodaba boca arriba. Sabía que iba a doler. Lo había leído, lo había hablado con la chica trans la otra vez, lo había imaginado mil veces. Pero saberlo y vivirlo son cosas muy distintas.
Me subí encima. Apoyé la punta y bajé un milímetro. Me detuve. Bajé otro. Me detuve. Mateo no apuraba nada. Tenía las manos en mis caderas, firmes pero sin presión, esperando. Cuando por fin entró del todo, se me escapó un quejido largo, mezcla de dolor y otra cosa que no tenía nombre. Una cosa que se parecía mucho al alivio.
—Quieto —murmuró—. Acostúmbrate.
Me quedé sentado un minuto, con todo el peso de mi cuerpo sobre el suyo, sintiendo cómo aquel dolor se iba abriendo hacia un placer profundo, sordo, que me apretaba el pecho. Después empecé a moverme. Despacio al principio. Más rápido después. Mateo dejó que yo llevara el ritmo, sus manos en mi cintura, los ojos clavados en los míos, su sonrisa de medio lado.
***
Cambiamos de posición. Yo a cuatro patas, él detrás, agarrándome por las caderas. La almohada del motel olía a detergente barato y a algo más, algo nuestro ya, y mordí la funda para no gritar cuando empujó hasta el fondo. No iba duro. Iba constante, profundo, con un ritmo que parecía estudiado. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto.
—Aguanta —le pedí, y él aguantó. Levantó el peso, salió un momento, me dejó respirar. Cuando volvió a entrar, lo hizo todavía más despacio, y esa lentitud nueva me deshizo. Cerré los ojos. Solté la almohada. Dejé que mis brazos se aflojaran y mi cuerpo se acomodara, boca abajo, planchado contra el colchón.
Mateo se apoyó en mí con todo su peso, los dos pegados, sudorosos, y siguió moviéndose dentro de mí. Sentí su respiración en mi oreja, su barba contra mi cuello, el roce de su pecho contra mi espalda. Algo en esa cercanía me pareció más íntimo que el sexo mismo.
—¿Está bien así? —preguntó.
—Mejor que bien —contesté.
Estuvimos así un rato largo, sin prisa, casi como dos novios. Me había olvidado del reloj, de la habitación, de mi nombre. Solo existían esa cama, ese cuerpo encima del mío y la sensación de estar haciendo, por fin, lo que mi cuerpo había venido a hacer.
***
Cuando faltaba poco, me lo dijo. Tres palabras secas.
—Voy a venir.
Le pedí que se quitara el preservativo y se viniera en mi boca. No sé por qué se lo pedí, no lo había planeado, pero en ese momento me pareció lo único que tenía sentido. Salió, se sentó al borde de la cama, se quitó el condón y dejó que me arrodillara frente a él. Lo tomé con la mano y empecé a moverla despacio mientras lo miraba a los ojos. Cuando vino, lo recibí entero, con la lengua afuera, sintiendo el calor de cada chorro.
Me quedé arrodillado un momento, respirando. Él me puso la mano en la mejilla y me sonrió, una sonrisa cansada y limpia. Entonces fue mi turno. Me dijo que me acostara. Se untó los dedos con lubricante y me los metió mientras yo me masturbaba. No tardé nada. Me vine entre el pecho y el ombligo, en silencio, casi sin moverme, con la boca abierta y los ojos cerrados.
***
Nos limpiamos en silencio, con esas toallas pequeñas que los moteles dejan dobladas en el baño. Mateo se vistió primero. Antes de irse, me miró desde la puerta.
—¿Vas a escribirme? —preguntó.
—No sé.
—Está bien —dijo—. Si me escribes, contesto.
Se fue. Me quedé sentado en la cama, todavía desnudo, escuchando cómo se alejaba el motor de su coche. Después me vestí, bajé, devolví la llave y salí. El sol pegaba duro en el estacionamiento. Subí al mío, encendí el aire, agarré el volante con las dos manos y me quedé un minuto largo sin arrancar.
No sentí culpa. Eso fue lo más extraño. Esperaba culpa, vergüenza, ganas de arrepentirme. Pero solo había una calma rara, como cuando uno termina de contar un secreto guardado durante años. Esa misma semana volví a escribirle a Mateo. Volvimos a vernos. Y a la otra también. Pero esa es otra historia.