El bañador rojo del padre de mi mejor amigo
Diego y yo fuimos inseparables desde la primaria. Pasaba más tardes en su casa que en la mía, dormíamos uno en la habitación del otro los fines de semana, compartíamos secretos que ninguno se atrevía a contar fuera. Nadie habría dudado en llamarnos hermanos.
Las cosas cambiaron el verano que sus padres dejaron de hablarse. Las discusiones, primero veladas, terminaron rompiendo la casa por dentro. Su madre se fue con un nuevo amante a otra ciudad y se llevó a Diego con ella. Le perdí la pista durante años. Hubo noches en las que pensé que no volvería a verlo.
A quien sí seguía cruzando por el barrio era a su padre, Mateo. Vivía a la vuelta de la esquina, aunque su rutina y la mía rara vez coincidían. Para entonces yo tenía dieciocho años y él rondaba los cuarenta y cuatro. Conservaba un cuerpo que no se parecía al de los demás padres de mis amigos: alto, con los hombros anchos y la cintura todavía firme. A veces lo veía salir a correr por el parque, con la camiseta empapada, y notaba cómo varias mujeres giraban la cabeza al cruzarse con él. No era el único en mirarlo.
Aquella tarde de julio el calor era insoportable. Iba caminando hacia el quiosco cuando lo reconocí en la otra acera. Sonrió al verme.
—Hace siglos que no nos cruzamos —dijo, y me dio dos palmadas en el hombro.
Hablamos un par de minutos parados al sol hasta que él propuso entrar al bar más cercano para refrescarnos. Acepté sin pensarlo. Acabamos en un pub pequeño, mal iluminado, con la música baja y un par de parejitas en los rincones. Había chico y chica, sí, pero también dos chicos que no se molestaban en disimular. La mano de uno desaparecía debajo de la mesa. Aquel ambiente no contribuía a relajarme.
Mateo pidió dos cervezas frías y me puso al día. Diego entraba en la universidad en septiembre, en Valencia, y vivía con su madre en un piso enorme cerca del puerto. Me alegró saberlo. Me alegró aún más comprobar que la confianza con Mateo seguía intacta, como si los años no hubieran pasado. Hablábamos como en la cocina de su antigua casa, sólo que ahora yo no era un crío y, mirándolo bien, me daba cuenta de hasta qué punto siempre me había gustado.
Cuando llevábamos media hora dijo:
—Tengo cajas de fotos de aquellos veranos arriba. Si quieres, pasamos un rato. Te vas a partir con algunas.
No tenía nada mejor que hacer y la idea de pasar más tiempo con él me caía bien por motivos que prefería no analizar todavía. Su piso quedaba a tres minutos. Subimos los cuatro pisos en silencio y, en cuanto cruzó la puerta, se quitó la camiseta y la dejó sobre el respaldo de una silla.
—Ponte cómodo, hace un horno aquí.
Me quedé un segundo de más mirándolo. El torso depilado, los hombros marcados, la línea oscura del vello bajando por el vientre desde el ombligo hasta perderse bajo el pantalón. Era muy distinto al hombre velludo que recordaba de las fotos de mi infancia.
Sirvió dos refrescos con hielo y sacó tres álbumes grandes del armario. Nos sentamos en el sofá, hombro con hombro, con los álbumes sobre la mesa baja de cristal. Empezó a pasar páginas despacio, riéndose por lo bajo de algunas estampas. En la mayoría de las fotos Diego y yo aparecíamos sin camiseta o con el bañador. Cuerpos jóvenes, delgados, todavía sin estrenar. No era casualidad que él se hubiera detenido en aquellas páginas; lo entendí pronto.
Yo seguía con la camiseta puesta y empezaba a notar la espalda pegada a la tela. Me la quité y la dejé caer al suelo. Mateo me miró de reojo, con una sonrisa contenida, y no dijo nada.
—Ahí estabas tú —comenté señalando una foto.
Aparecía él en una playa, peludo, con un bañador rojo de talle bajo. La hice yo. Me acordaba perfectamente. Había sido el verano que descubrí qué tipo de hombres me gustaban. Le había pedido prestada la cámara con la excusa de probar el zoom, pero la verdad es que llevaba toda la mañana buscando un motivo decente para mirarlo de cerca.
—Qué cambio, Mateo. Parecías un oso.
—Hace años de eso —se rió—. Me lo quité todo con láser. Se siente más suave, ¿no te parece?
—Yo soy de los suaves también —dije, y noté la voz un poco más ronca de lo que quería—. Aunque contigo… no sé hasta dónde llega.
—Hasta el final. Completo.
—Vaya.
Nos quedamos los dos sonriendo en silencio un par de segundos. La temperatura del salón parecía haber subido dos grados en treinta.
—¿Todavía conservas ese bañador? —pregunté para romper el aire.
—Ese mismo no, pero tengo otros parecidos. Estaríamos más frescos así que con pantalones, ¿no?
—Mucho más.
—Puedo dejarte uno de los míos. Ahora ya te quedaría bien algo de mi talla. Lo que llevabais vosotros entonces te quedaría ridículo.
Asentí sin abrir la boca. La verga ya me empujaba contra la cremallera y todavía no nos habíamos rozado.
Se metió en el cuarto y volvió a los dos minutos con un bañador rojo idéntico al de la foto, puesto sobre él como una segunda piel. En la mano traía otro, igual, para mí. Me lo tendió con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
—Cámbiate aquí, no te voy a ver nada que no haya visto.
Tenía razón, técnicamente. Nos habíamos visto desnudos cuando yo tenía nueve años y él me sacaba de la piscina. Pero entonces yo no me empalmaba al mirarlo. Decidí no esconderme. Me bajé las bermudas y el bóxer al mismo tiempo y dejé que la polla, medio dura, me asomara entre los muslos. Él no apartó la vista. Yo tampoco aparté la mía.
—Veo que tampoco mientes con lo de suave —dijo.
Me reí. Me puse el bañador rojo, acomodé el rabo hacia un lado del tejido y volvimos al sofá, esta vez más cerca, los muslos rozándose.
Cogió otro álbum. La primera foto éramos Diego y yo, de espaldas, haciendo un calvo a la cámara en la playa. Los culos blancos por la marca del bañador, jóvenes, respingones, ridículos. Estaba claro que esa foto la había reservado para una ocasión así. La había buscado a propósito.
—Siempre quise preguntarte algo —dijo apoyando la mano en mi rodilla—. ¿Diego y tú llegasteis a hacer cosas en aquellos veranos?
Me costó un segundo contestar. La mano en mi rodilla pesaba más que mi propia pierna.
—Bastante. Experimentábamos. Nadie me ha vuelto a hacer una mamada como las que me hacía él entonces.
Mateo soltó el aire despacio.
—Ese día me costó un mundo no abalanzarme sobre vosotros y comeros los culos a los dos. Me parecíais lo más bonito del mundo.
Lo miré a los ojos. No estaba sorprendido, pero algo dentro de mí terminó de saltar. Llevaba diez años imaginando que él podía haberse fijado y por fin lo confirmaba.
—Hoy ya puedes hacerlo —dije—. Soy mayor de edad. Y creo que los dos llevamos toda la tarde queriéndolo.
Me besó antes de que terminara la frase. No fue un beso suave: fue un beso de hombre que llevaba años conteniéndose. Su lengua entró buscando algo y yo se lo di todo. Le pellizqué los pezones, oscuros y duros, mientras él se inclinaba sobre mi torso para lamerme los míos. Era la primera vez que sentía una barba contra el pecho y entendí en ese instante por qué la gente repite.
Me dejé caer en el sofá y él se vino encima. Levanté los brazos por encima de la cabeza y aprovechó para lamerme las axilas, lento, paladeando la sal del calor y de los nervios. Bajó por las costillas mordisqueando, chupó el vientre, mordió la cadera. Cuando empezó a tirar del bañador rojo no opuse nada. Lo sacó por los pies con cuidado y lo dejó caer al suelo.
Mi glande, durísimo, le rozaba el cuello. No fue directo a la polla. Se quedó en el pubis, en la base, en los huevos. Lamía sin prisa, sin clemencia, midiendo cuánto podía hacerme esperar antes de que se me escapara la primera gota. Yo le acariciaba el pelo, separando los muslos lo más que podía. Un pie en el suelo, el otro apoyado en el respaldo del sofá.
Pasó la lengua por el perineo y, justo cuando creí que iba a ir más abajo, subió por la cara interna del otro muslo, bajó por la pantorrilla y terminó metiéndose en la boca los dedos de mi pie sin dejar de mirarme. No era especialmente delicado. Era obsceno, era directo, era exactamente lo que quería.
Le agarré la mano y le chupé los dedos como habría chupado cualquier otra cosa que me hubiera ofrecido. Aprovechó la saliva para acariciarme el ano, abriendo apenas, dilatándome a un ritmo que parecía calculado al milímetro. Y por fin, cuando empezaba a estar al límite, se metió mi polla en la boca.
La chupaba hasta el fondo, sin tregua. Estaba colocado en mi costado, no entre las piernas, así que podía pasarle la mano por la espalda, por el pecho, llegar al culo todavía cubierto por el bañador. Se lo agarré con fuerza.
Sobre la mesa, el álbum había quedado abierto en la foto de Diego y yo de espaldas. Lo último en lo que podía pensar en ese instante era en Diego.
Giró el cuerpo sin sacarme la polla de la boca para que pudiera alcanzarle el culo y le deslicé un dedo dentro. Se le escapó un gemido contra mi glande que me sacudió entero. Empecé a moverlo despacio mientras él, con la otra mano, terminaba de quitarse el bañador rojo. Cuando me soltaba la polla para respirar, lo hacía solo para preguntarme cosas que no quería contestar.
—¿Lo hago tan bien como Diego?
—Mejor —le dije, y era verdad—. Pero también tienes diez años más de práctica.
Se rió contra mi muslo. Y entonces, mirándome a los ojos, me pidió:
—Fóllame.
Yo siempre había imaginado que con él pasaría al revés, que sería yo el primero en abrir las piernas. Pero no era momento de discutirlo.
—Cabálgame.
Se montó sin esperar. Apoyó mi glande en su entrada bien lubricada con saliva y con mis dedos, y se dejó caer despacio. Vi cómo entraba la cabeza, cómo cerraba un instante los ojos y los volvía a abrir clavándolos en los míos. Su polla, dura, apuntaba a mi cara. Le pellizqué los pezones mientras subía y bajaba sin prisa, sintiendo cada centímetro.
Le acaricié la verga con la mano izquierda, sin pajearle, sólo rozándole, para no acabar antes de tiempo. Aceleró el ritmo y apretaba el culo en cada bajada como si quisiera arrancarme algo. El que terminó corriéndose primero fui yo, dentro de él, gimiendo con los ojos en blanco. Se inclinó sobre mí para besarme con la polla todavía dura entre los dos, y dejé que mi rabo se le saliera del culo solo.
Quería su semen. Lo dije sin decirlo: se movió hacia delante hasta dejarme el glande a la altura de los labios y yo no necesité instrucciones. Me llenó la boca de un tirón. No me lo tragué. Lo guardé hasta que se bajó de encima y se tumbó a mi lado. Lo compartimos en el beso siguiente, mezclado con saliva, sin prisa.
***
Nos quedamos un rato así, hablando bajito, recordando viejos veranos. Me confesó que un par de veces había estado a punto de pillarnos a Diego y a mí con los pantalones bajados. Que después, cuando nos íbamos, salía a buscar a alguien por la ciudad que se nos pareciera y le pagaba para no pensar demasiado. Que la verdadera causa de su divorcio había sido confesarle a su mujer que también le gustaban los hombres, no sólo el amante que ella tenía.
Mientras hablaba la polla volvió a despertar. Las dos. Yo llevaba media tarde rabiando porque me tocara a mí. Ya no nos quedaba saliva para nada, así que se levantó, fue a la cocina y volvió con la botella de aceite de oliva. No pregunté.
Me arrodillé en el sofá, apoyado en el respaldo, y le abrí el culo con las manos sin pudor. Me pasó la lengua un par de veces por la raja, dejó caer el aceite desde la espalda baja y lo extendió con dos dedos. Yo le aceitaba la verga mientras él me preparaba.
Entró despacio. Mi culo estaba acostumbrado, pero su penetración fue lenta, deliberada, casi medida en el ritmo aunque no en la intención. Me agarró por la cintura. Empezó a moverse, suave primero, más profundo después. Sentí cómo se abría paso por dentro mientras yo apretaba para que se diera cuenta. Mi polla golpeaba el ombligo al mismo ritmo que la suya me follaba. Sólo gemíamos. El salón debió oírse desde el rellano.
Cuando se corrió se desplomó sobre mi espalda, bufando, riéndose contra mi nuca. Yo me había corrido también, sin tocarme, con la cara contra el respaldo del sofá. Su semen me rebosaba del ano. Me lo dijo al oído, con la voz ronca:
—La próxima vez llegamos a la cama.
Solté una carcajada que debieron oír los vecinos. Si no nos habían oído ya.
—¿Así que va a haber una próxima vez?
—Las que tú quieras. Y cuando venga Diego a verme en navidades, si os apetece recordar viejos tiempos, sólo tenéis que pasaros por aquí. Prometo avisaros antes de entrar al cuarto.
Lo miré por encima del hombro.
—Yo creo que ya no nos importaría que entraras. A lo mejor hasta nos gustaría que te quedaras.