Volví antes y descubrí el secreto de mi marido
Llevaba toda la semana esperando ese sábado. Habíamos quedado con Marta, Carolina y Verónica para cenar en aquel restaurante peruano que acababan de abrir cerca del puerto, y la idea era cerrar la noche tomando unas cervezas en algún bar de la zona vieja. Eran casi las nueve cuando salí de casa, con un vestido negro corto que llevaba meses sin estrenar y unos tacones que sabía que me iban a destrozar los pies antes del postre.
—No me esperes despierto —le dije a Andrés al cruzar la sala—. Vuelvo tarde.
Él levantó la vista del libro y me sonrió de esa forma tan suya, la que me había enamorado quince años atrás.
—Pásatelo bien.
Lo besé en la coronilla y me fui sin imaginarme nada.
La cena estuvo bien, pero la noche se desinfló muy rápido. Marta tenía guardia en el hospital al día siguiente y se levantó del primer bar antes de la una. Verónica acababa de empezar una dieta absurda que no le permitía ni catar el vino y se marchó detrás. Carolina aguantó hasta el segundo local, pero a las doce y media recibió un mensaje de su pareja y se despidió con prisas. Me quedé yo sola en la barra, con media copa de vino blanco calentándose entre las manos y la sensación incómoda de estar de más en una noche que no me había salido como esperaba.
Pagué la cuenta, salí a la calle y paré el primer taxi que pasó. Era apenas la una de la madrugada cuando metí la llave en la cerradura. Antes de empujar la puerta noté algo raro: por debajo se escapaba un hilo de luz demasiado intenso para ser solo la lamparita del recibidor.
Me descalcé en el descansillo para no hacer ruido. Llevábamos un año en aquel departamento y todavía no me había acostumbrado al crujido de las maderas. Entré con los tacones colgando de la mano y dejé el bolso sobre la cómoda.
Lo segundo que me llamó la atención fueron las dos copas. Estaban sobre la mesa baja del salón, una a cada lado, todavía con un fondo de vino tinto. Junto a ellas, un plato pequeño con queso a medio terminar y dos servilletas arrugadas. No hacía falta ser detective para deducir que Andrés no había pasado la noche solo.
No me sorprendió. No me dolió siquiera.
Habría que aclarar algunas cosas para que esto se entienda bien. Hacía cinco años, Andrés y yo habíamos hablado largo y tendido del aburrimiento que se estaba instalando en nuestra cama. No fue una conversación traumática; fue, de hecho, una de las más honestas que habíamos tenido nunca. Acordamos que cada uno podía buscar fuera lo que ya no encontrábamos dentro, con dos condiciones únicas: discreción y cero descuidos. Desde entonces, alguna vez yo me había permitido una cena interesante con un compañero del trabajo, y él hacía lo propio. No nos preguntábamos. No nos reprochábamos.
Así que las dos copas no me asustaron. Me dieron, más bien, una curiosidad muy concreta: saber con quién estaba mi marido aquella noche.
***
Subí la escalera con los pies descalzos sobre la alfombra, sin hacer un solo ruido. La habitación principal estaba en la planta superior, al fondo de un pasillo corto, y la puerta tenía la manía de no cerrar nunca del todo: bastaba un golpe de aire para que volviera a abrirse unos centímetros. Esa noche no necesité acercarme demasiado para entender lo que estaba pasando ahí dentro.
El primer gemido lo identifiqué enseguida. Era Andrés. Lo conocía mejor que mi propia voz: ese jadeo ronco, contenido, que se le escapaba siempre cuando estaba a punto de perder el control. Me quedé parada en mitad del pasillo, sin atreverme a avanzar un paso más. El corazón me golpeaba en la garganta, y no era de susto.
Avancé despacio, hasta plantarme delante de la rendija. La luz que salía era anaranjada, tenue, de la lámpara de la mesilla. Asomé un ojo con muchísimo cuidado.
Andrés estaba sobre la cama, de espaldas a la puerta, completamente desnudo. Estaba arrodillado a horcajadas sobre alguien al que no llegaba a ver porque su propia espalda me tapaba la vista. Lo que sí vi, con una claridad que todavía me corta la respiración cuando lo recuerdo, fue cómo subía y bajaba sobre un pene grueso que entraba y salía de él con un ritmo perezoso y obsceno. Había visto a Andrés en muchas posturas en quince años. Nunca lo había visto así.
Tardé varios segundos en procesarlo. No porque no entendiera lo que estaba viendo, sino porque ese lado de mi marido nunca había salido a la superficie. No conmigo, no en ninguna conversación de las nuestras. Era su secreto, intacto durante quince años de matrimonio. Y ahí estaba, delante de mis ojos.
Lo curioso fue que no me dieron ganas de irme. Tampoco de entrar y plantar cara. Lo único que quería era seguir mirando.
***
Me apoyé en el marco de la puerta para no perder el equilibrio y bajé la mano. El vestido negro se me había subido casi hasta la cintura. La ropa interior la tenía empapada y todavía no había hecho nada. Empecé a frotarme por encima de la tela, con dos dedos, despacio, viendo cómo el cuerpo de mi marido se ondulaba sobre el del otro hombre.
Hubo un instante en el que tuve un pánico breve. Andrés cambió de postura. Se bajó de su amante, se giró hacia un lateral y se puso a cuatro patas en el centro de la cama. Por un segundo pensé que iba a mirar hacia la puerta y descubrirme; metí la cara hacia atrás con un reflejo torpe. Pero no me vio. Estaba demasiado concentrado en lo suyo.
Cuando volví a asomarme, fue entonces cuando reconocí al hombre que estaba con él.
Sebastián. El vecino del séptimo. Ese chico que coincidía con nosotros en el ascensor y que siempre le sonreía a Andrés un poquito más de la cuenta. No tenía más de veintiocho años, llevaba el pelo oscuro siempre alborotado y trabajaba, según había contado una vez en el portal, dando clases de educación física en un instituto. Más de una vez habíamos comentado entre las vecinas del rellano que era un chico guapísimo. Nunca se nos cruzó por la cabeza imaginarlo así.
Pues Sebastián estaba ahí, arrodillado detrás de mi marido, con las manos firmes en sus caderas y una mirada que no le había visto nunca en el ascensor. Le dio una nalgada seca a Andrés, que respondió arqueando la espalda como un gato, y volvió a entrar en él con un empuje largo y profundo.
—Vamos, dilo —pidió Sebastián con la voz ronca.
—Más fuerte —murmuró Andrés contra la almohada.
Yo casi me caigo.
***
Me subí el vestido del todo, me bajé la ropa interior hasta los muslos y me metí los dedos. No me reconocía. Estaba en mitad del pasillo de mi propia casa, masturbándome con mi marido a tres metros, mientras otro hombre se lo cogía sin saber que yo estaba mirando. La situación tenía algo de absurdo y mucho de excitante. Cada vez que Sebastián daba una embestida, yo apretaba los dientes para no hacer ruido. Cada vez que Andrés gemía, sentía un calambre que me bajaba por la columna hasta las rodillas.
Me llamó la atención el aguante que estaba demostrando mi marido. Conmigo nunca había hecho nada parecido. Aquel pene no era pequeño y entraba y salía con un ritmo cada vez más rápido. Andrés tenía la cara hundida en la almohada, las manos aferradas a las sábanas, y de vez en cuando giraba el gesto para gemir hacia un lado. Estaba completamente entregado.
Sebastián aumentó el ritmo. Le pasó una mano por la espalda, le agarró el pelo y tiró hacia atrás. Andrés gimió fuerte, demasiado fuerte. Por un instante temí que el grito me delatara; me mordí los labios y aceleré los dedos.
—Aguanta —le ordenó Sebastián—. Conmigo, ¿eh? Conmigo.
—Sí…
Vinieron los dos casi a la vez. Sebastián con un gruñido grave, vaciándose dentro de mi marido sin retirarse. Andrés con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo desde los hombros hasta los muslos. Yo me corrí ahogando el grito contra el dorso de la mano libre, con las piernas tan flojas que tuve que apoyarme en la pared para no caerme al suelo.
***
Cuando Sebastián se retiró, vi la dilatación impresionante de mi marido y, sobre las sábanas, el preservativo brillando bajo la luz cálida. Vi también algo que no esperaba: la naturalidad con la que se levantaron los dos, se besaron en la boca y empezaron a buscar la ropa por el suelo. Me dio tiempo de apartarme de la rendija y meterme en el cuarto de invitados antes de que abrieran la puerta del todo.
Me quedé quieta detrás de la puerta entornada, escuchando. Bajaron juntos las escaleras hablando en voz baja, riéndose por algo que no llegué a entender. Tardaron unos minutos en despedirse en la puerta de calle. Después oí el clic del cerrojo y los pasos de Andrés volviendo arriba.
No me dio tiempo de esconderme mejor. Cuando levantó la vista al llegar al rellano, me encontró ahí, apoyada en el quicio de la habitación de invitados, con el vestido todavía arrugado, los tacones en la mano y una pregunta en la cara que no llegué a formular.
Andrés se detuvo en seco. Me miró un instante con los ojos abiertos de par en par, y luego, despacio, una sonrisa se le fue dibujando en la boca. No era una sonrisa de culpa ni de susto. Era una sonrisa cómplice, casi tímida, como si entre nosotros acabara de pasar algo que ya no necesitaba palabras.
—Has vuelto antes —dijo.
—Sí.
—¿Cuánto rato llevas ahí?
—El suficiente.
Se acercó descalzo, en pantalón corto, todavía con el pelo revuelto, y me apartó un mechón de la cara. Olía a sudor, a una colonia masculina que no era la suya y a esa mezcla concreta que sale del sexo recién terminado.
—¿Te ha gustado? —preguntó en voz muy baja, casi temblando.
Le miré sin decir nada durante unos segundos. Vi en su gesto, por primera vez en años, una vulnerabilidad nueva. Vi el miedo a que mi respuesta fuera otra. Después, asentí despacio.
Sí. Me había gustado mucho.
***
Esa noche dormimos abrazados como hacía meses que no nos abrazábamos. No hablamos del tema, no hicimos preguntas, no pusimos nombres ni explicaciones a nada. Pero por debajo de las sábanas le agarré la mano y se la apreté un par de veces, y él me devolvió el gesto sin abrir los ojos. Era una manera de decirnos, sin palabras, que aquel pacto silencioso de hacía cinco años acababa de crecer.
Han pasado tres meses desde aquella madrugada. Sebastián sigue subiendo a casa, ahora con mi permiso explícito, y yo todavía no he decidido si quiero unirme o si prefiero seguir mirando desde el quicio de la puerta. Andrés me ha dicho que la decisión es solo mía, y que él estará bien con cualquiera de las dos opciones. Lo único que me pide es que avise si vuelvo antes, para no asustarme otra vez. Yo me río cuando lo dice. La verdad es que el susto fue el mejor regalo de mi matrimonio.
Aquella noche que volví antes de tiempo no fue una traición. Fue un permiso. El mío para mí misma, después de quince años creyendo que sabía todo sobre el hombre con el que duermo.