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Relatos Ardientes

Acepté el trío que me propuso un amigo de hace años

Hacía tiempo que no escribía aquí. La verdad es que no me había pasado nada que valiera la pena contar, pero la semana pasada me sucedió algo distinto y siento que tengo que sentarme a relatarlo. Por supuesto, cambio los nombres para proteger un poco la intimidad de los protagonistas.

El lunes me escribió un conocido de hace años al que llamaré Mauricio. Nunca habíamos tenido nada de tipo sexual; lo nuestro habían sido charlas largas, algunas confidencias que pesaban más de la cuenta y un café tinto que tomamos una tarde de invierno. Hasta ahí. Pero las palabras a veces se quedan rondando, y entre nosotros había quedado pendiente una conversación incómoda.

Meses atrás me había preguntado, sin demasiado preámbulo, si yo aceptaría un trío con un amigo suyo gay. En aquel momento le dije que lo pensaría y la conversación se enfrió. Esta semana volvió a aparecer en mi pantalla.

—¿Recuerdas la propuesta que te hice? —escribió.

—La recuerdo —contesté después de mirar el techo durante un minuto.

—¿Sigue en pie?

Le dije que sí antes de pensarlo dos veces. A veces el cuerpo decide antes que la cabeza, y la cabeza después solo se encarga de inventar las excusas.

Quedamos para el martes al mediodía, cerca del apartamento de su amigo, al que él llamaba Sebas. Antes de cortar la conversación, Mauricio escribió una última línea.

—¿Vas a llevar lencería?

Tardé tres puntos suspensivos en responder.

—Sí.

***

El martes me desperté temprano, más nervioso de lo que quería admitir. La rutina previa la conozco de memoria: ducha larga, depilación de lo que correspondía, limpieza interna con calma porque el apuro arruina cualquier velada, perfume detrás de las orejas y en las muñecas. Después me quedé un rato frente al armario decidiendo qué ponerme debajo de la ropa de calle.

Elegí un conjunto negro que reservaba para ocasiones especiales: un body de malla casi transparente, un hilo a juego y unas medias autoadhesivas de silicona que se ajustaban al muslo sin necesidad de liguero. Encima, jeans y una camiseta gris para no levantar sospechas en el taxi. Al mirarme al espejo, me sentí preparado. Si me arrepiento, todavía estoy a tiempo de bajar antes de tocar el timbre.

No me arrepentí.

***

Mauricio me esperaba en la esquina del conjunto residencial. Tenía mejor aspecto del que recordaba: camisa blanca, jeans oscuros, barba recortada. Me saludó con un abrazo que se demoró un segundo de más, como dejándome saber que aquel día las reglas eran otras.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Lo estoy.

Subimos al sexto piso en silencio. El ascensor olía a madera y a algo cítrico, y yo sentía el cuerpo eléctrico debajo de la ropa. Cuando Sebastián abrió la puerta, me sorprendió cuánto se parecía a la voz que me había imaginado en las conversaciones: alto, delgado, con los ojos oscuros y una sonrisa que decía mucho con muy poco.

—Pasa, ponte cómodo. ¿Quieres tomar algo?

—Un vaso de agua, gracias.

Los primeros minutos fueron de charla trivial: el clima, el tráfico, el barrio. Sebastián vivía solo en un apartamento amplio con una ventana enorme que daba a los cerros. Él y Mauricio se conocían desde la universidad, eso entendí. La conversación tenía algo de ritual y los tres lo sabíamos. Hasta que Sebastián, sin apuro, dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Pasamos al cuarto?

***

El cuarto tenía las persianas bajadas y una lámpara de luz cálida en una esquina. Ellos se desnudaron sin hacer ceremonia, como quien deja la ropa de oficina al volver a casa. Yo me quité la camiseta y los jeans con un poco más de teatro, despacio, dejando que vieran el conjunto que había elegido para esa hora.

—Carajo —murmuró Sebastián.

Mauricio no dijo nada. Solo se acercó, me tomó por la cintura y me besó en la boca con una calma que no esperaba. Era el primer beso entre nosotros y duró lo suficiente como para que se me olvidara qué hacía allí.

Me acosté en la cama entre los dos. Empecé despacio, con las manos: uno y otro, alternando, sintiendo cómo respondían al tacto. Ninguno de los dos tenía una verga enorme y eso me gustó, porque me dio espacio para concentrarme en otras cosas, en los olores, en el calor de la piel, en la respiración cada vez más entrecortada.

Me incliné sobre el pecho de Mauricio y le besé los pezones, primero uno y después el otro. Los lamí con la punta de la lengua y los sentí endurecerse contra mis labios. Él soltó un suspiro hondo, casi un quejido, y eso fue suficiente para que la verga le creciera de verdad. No era gruesa, pero tenía el largo justo, la forma justa. Bajé la cabeza y me la metí en la boca, despacio, midiendo el ritmo.

Sebastián, mientras tanto, me acariciaba la espalda y el culo por encima del hilo. Sus dedos tibios trazaban el borde de las medias y bajaban hasta encontrar la línea del body. Sentí que me empujaba con suavidad contra Mauricio, marcando un compás.

Me giré para atenderlo a él también. Tenía una verga más fina, un poco más corta, pero respondía rápido. Empezó a endurecerse en cuanto la rocé con la lengua. Mientras yo me ocupaba de Sebastián, Mauricio cambió de lugar y comenzó a chupársela también, y entonces los tres nos enredamos en una coreografía que no había planeado nadie y que sin embargo funcionaba.

En un momento me hice a un lado y me quedé mirando. Mauricio le chupaba la verga a Sebastián con los ojos cerrados, y yo le besaba los huevos a Mauricio, lamiéndoselos con cuidado. Esto es exactamente lo que vine a buscar.

***

Sebastián propuso cambiar de posición. Se acostaron de costado, en tijera, con las vergas apuntando al mismo punto. Yo me arrodillé entre los dos y me las metí a la vez en la boca, hasta donde pude. No era cómodo, pero la imagen valía la incomodidad. Las alternaba, una y otra, marcaba el ritmo, dejaba que se rozaran entre sí.

Estuvimos así un buen rato. La mandíbula me empezó a doler, y eso es algo que no se cuenta nunca en estos relatos pero pasa. Me detuve para respirar y los miré de nuevo. Sebastián seguía con la cabeza en la entrepierna de Mauricio y este se masturbaba al mismo tiempo, completamente entregado. Aproveché ese descanso para hidratarme y para mirarlos sin tener que actuar.

—Quiero verga —dijo Sebastián de pronto, mirándome.

No necesité que lo repitiera. Me coloqué detrás de él y le abrí las nalgas con las manos. Le lamí el culo despacio, con paciencia, dejándolo bien húmedo antes de cualquier otra cosa. Él levantó la cadera para ofrecerme el mejor ángulo y suspiró cuando la lengua le tocó el centro.

Le metí la verga con cuidado, ganando terreno poco a poco. Cuando entró del todo, le di unos primeros empujes lentos para que se acostumbrara. Mauricio se puso de pie sobre el colchón con la verga al alcance de mi boca y, sin necesidad de pedirlo, bajé la cabeza y se la empecé a mamar mientras le daba a Sebastián.

Sebastián se masturbaba al mismo tiempo. Apoyó los pies en mis hombros, y la cama empezó a marcar un ritmo que ninguno de los tres llevaba a propósito. Lo sentí tensarse, soltó un grito corto y se vino sobre su propio estómago, salpicando hasta el pecho.

***

Me retiré con cuidado para no romper el momento. Sebastián se quedó respirando, con una sonrisa boba.

—Ahora quiero que me cojas tú —le dije a Mauricio.

Él fue por un condón y me pidió que se la endureciera con la boca antes de ponérselo. Yo no me hice de rogar. Se lo puso despacio, con esa concentración rara que tiene quien quiere que algo salga bien. Me eché un poco de lubricante, le pedí que se acostara boca arriba y me senté encima.

Lo cabalgué primero despacio, hundiéndome milímetro a milímetro. Él me sujetaba las caderas con las dos manos. Cuando lo tuve entero adentro, me detuve un segundo para sentirlo, para reconocer la postura, y después empecé a moverme. Mauricio respondía desde abajo, marcando un contragolpe que se sentía exacto.

—Quiero en cuatro —le pedí.

Cambiamos sin separar mucho los cuerpos. Me apoyé sobre los codos, con el culo en alto y la cara hundida en la almohada. Él se colocó atrás y volvió a entrar de un solo movimiento limpio. Mi cuerpo ya estaba preparado y la postura me permitía sentirlo profundo. Levanté un poco más la cadera para abrirme y le hice saber, sin palabras, que aguantaba más.

Estuvimos así varios minutos. Mauricio tenía una resistencia que yo no esperaba. Le pedí cambiar otra vez.

—Pollo asado —murmuré.

Me coloqué bocarriba y le puse las piernas sobre los hombros. Cuando volvió a entrar, dejé escapar un sonido que no controlé. Sebastián, que se había recuperado y miraba desde un sillón al pie de la cama, sonreía con los brazos cruzados.

Empecé a masturbarme mientras Mauricio me embestía a un ritmo cada vez más cerrado. Lo sentí en cada empuje, hondo, justo. La presión se acumuló en la base de la espalda primero y subió en una ola. No pude aguantar mucho más. Exploté en un orgasmo largo, con el cuerpo arqueado, y la leche se esparció por mi estómago y por el pecho.

***

Sebastián se levantó del sillón y me alcanzó una toalla limpia con una sonrisa cómplice. Me limpió el estómago él mismo, sin decir nada. Mauricio todavía no se había venido y me lo hizo saber con un toque suave en el hombro.

—Termínalo —dijo Sebastián, y se quedó mirando.

Me arrodillé al borde de la cama. Le saqué el condón y se la volví a meter en la boca. La tenía caliente, hinchada, lista. Combiné mamada con la mano y subí el ritmo poco a poco. Mauricio me sostenía la nuca con una mano abierta, no para presionar, solo para sentir.

—Estoy cerca —murmuró.

Lo apuré con la mano sin soltarlo de la boca. Cuando soltó la leche, la recibí entre los labios y el cuello, dejé que se escurriera tibia por el pecho hasta el body. Sebastián soltó una risa baja, satisfecha, y se acostó a mi lado.

***

Tardamos un rato en separarnos. Pedimos agua, recuperamos el aliento, hicimos algún chiste que ya no recuerdo. Yo me metí a la ducha mientras ellos se quedaban hablando en voz baja en el cuarto. Cuando salí, los dos estaban en albornoz, como si fuéramos viejos amigos que se conocían desde hacía años.

Me vestí con calma. El conjunto negro había aguantado mejor de lo que pensaba. Mauricio me acompañó al ascensor. Sebastián se despidió desde la puerta con un beso en la mejilla y un «vuelve cuando quieras» que sonó verdadero.

Ya en el taxi, mirando por la ventana, repasé la tarde como quien repasa una película. Me sorprendió cuánto me había gustado no ser el centro y a la vez serlo, dejar que dos personas con una historia previa me incluyeran en su propio idioma.

Ese fue mi primer trío de verdad. No el primer encuentro a tres que imaginé, sino el primero que viví. Espero que les haya gustado leerlo tanto como a mí escribirlo.

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