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Relatos Ardientes

La noche que jugamos a la botella y todo cambió

Aquel viernes de julio empezó como cualquier otro de aquel verano: seis o siete amigos, varias botellas de vino barato y la luz amarillenta del chalet que la madre de Camila nos prestaba mientras viajaba por Galicia. Hacía un calor pegajoso, de esos que se te meten en la nuca y no se van ni abriendo todas las ventanas.

No recuerdo quién propuso lo de la botella. Tampoco recuerdo a todos los que estábamos allí, ni la mayoría de las preguntas que se dijeron esa noche. Pero hay imágenes que se me quedaron grabadas como cicatrices. Llevo años contándomelas a mí misma en la cama, cuando nadie escucha, y siguen funcionando.

Al principio el juego era una tontería. Confesiones de instituto. Que si Diego se había liado con la prima de no sé quién, que si Iván nunca había tenido novia formal. Verdad o reto, y los retos eran caminar por el jardín en calzoncillos o cantar una canción cursi en voz alta.

Pero el alcohol no perdona. Las preguntas fueron bajando de la cintura. Quién se masturbaba en el baño del trabajo, quién había pagado por sexo alguna vez, quién tenía un fetiche que no se atrevía a contarle a su pareja. Y empezaron a salir cosas que jamás habría sospechado. Iván confesó que se corría con vídeos de mujeres mayores. Camila admitió que su primer beso de verdad había sido con una compañera del coro.

In vino veritas, decían los romanos. A los veintiún años, con cuatro copas encima, todos somos un poco romanos.

Yo por aquel entonces era casi virgen. Me habían desvirgado seis meses antes y la experiencia había sido tan mediocre que llegué a pensar que el sexo estaba sobrevalorado. Pero mis fantasías eran otra cosa. Mis fantasías llenaban cuadernos enteros, y mis dedos sabían perfectamente lo que mi cuerpo quería, incluso cuando los chicos con los que me había acostado no tenían ni idea.

Cuando me tocaba contestar, contestaba como podía o bebía. Para cuando la cosa empezó a calentarse de verdad, yo ya iba bastante alegre, y eso me daba una valentía que sobria no tenía.

Alguien empezó a pedir prendas en lugar de respuestas. Como en el chalet hacía calor y casi nadie traía ropa sobrada, en dos rondas medio grupo estaba en ropa interior. A mí me tocó pronto quitarme el sujetador. Me lo saqué sin dramatismo y dejé que mis pechos pequeños y firmes salieran al aire de aquella sala. En la playa hacía top less delante de mi madre desde los dieciséis. Lo de aquella noche no era exhibicionismo, era continuidad.

Cuando miré alrededor, vi a Camila mordiéndose el labio y a los chicos intentando no mirar de forma demasiado obvia. Diego e Iván estaban los dos en bóxers. Ninguno llevaba camiseta. Sus pieles brillaban un poco bajo la luz mala del salón.

Siempre había sospechado algo entre ellos. No tengo un radar especialmente afinado para esas cosas, pero los había visto demasiadas veces buscándose con los ojos cuando creían que nadie los miraba. Esa noche, con un par de copas en el cuerpo y la sangre empujando, decidí confirmar la sospecha.

Cuando me tocó proponer un reto, los señalé a los dos.

—Diego e Iván, quiero que os beséis. Y no un piquito. Un beso de verdad, de los que dan envidia.

La sala estalló. Protestas teatrales, manos en la cabeza, los típicos «venga ya, tía» que solo dicen los heteros que están a punto de admitir que no son tan heteros. Pero los dos se miraron. Y en esa mirada vi todo lo que ya sospechaba.

—Las reglas son las reglas —dijo Camila, apoyándome con una sonrisa que no era inocente—. Si no quieren, beben. Y ya van bastante cargados.

Diego se acercó a Iván despacio. Cerraron los ojos los dos a la vez, como si lo hubieran ensayado, y se rozaron los labios. Pero entonces Diego sacó la lengua, e Iván abrió la boca sin pensarlo, y lo que iba a ser un beso de juego se convirtió en otra cosa. Algo que ya no tenía nada que ver con la apuesta.

Sus manos empezaron a buscarse. Diego le rozó el costado a Iván, e Iván le agarró la nuca. Tuvimos que pedirles que pararan porque ya nadie se acordaba del cronómetro. La sala se había quedado en un silencio espeso, todos respirando un poco más fuerte de lo normal.

—Vale, vale —dije, riendo por no quedarme callada—. Os debemos un beso parecido.

La venganza llegó dos rondas después. Me tocó besarme con Camila delante de todos.

Si querían ver lo que era un beso lésbico de verdad, se lo iba a dar. Camila era guapa de una forma que siempre me había puesto nerviosa: ojos negros, pómulos altos, una boca que parecía hecha para morder. Me senté frente a ella, le agarré las muñecas y le puse las manos en mis pechos. Quería que entendieran que no era un beso de juego, que esto era algo que yo había querido hacer durante meses sin atreverme.

Ella me devolvió la mirada con los ojos entrecerrados, como una gata que sabe que tiene tiempo. Me apretó los pezones entre los dedos, despacio, y yo me incliné y la besé con la lengua antes de que sonara ninguna cuenta atrás.

Llevé las manos a su espalda y le solté el sujetador. Cuando se separó un segundo para que la prenda cayera al suelo, sus pechos rozaron los míos. Sentí sus pezones duros contra los míos, y por un momento se me olvidó dónde estaba.

—Joder, qué bien besas —me susurró cuando nos separamos un milímetro.

—Contigo merecía la pena ponerle ganas.

Cuando volvimos a mirar al resto, Diego e Iván seguían cogidos de la mano. Diego le acariciaba el vientre a Iván con la yema de los dedos, cada vez más cerca de la cinturilla del bóxer. Nadie les decía nada. El juego había dejado de ser un juego hacía rato.

***

La siguiente prenda que cayó fueron las braguitas de Lucía. Era la más tímida del grupo. Sospecho que justo por eso quiso ser la primera en quedarse desnuda del todo. Hay un tipo de timidez que esconde una rabia enorme por dejar de serlo.

Se levantó, se las bajó sin prisa y se giró despacio para que todos viéramos su culo. Era un culo de gimnasio, redondo y firme. La sala soltó un coro de exclamaciones que ella aceptó con una sonrisa torcida, como si estuviera escuchando un aplauso merecido.

—Qué barbaridad —dijo Iván.

—Eso sí es un culo, joder —añadió otra voz que no identifiqué.

A la ronda siguiente, otra chica eligió a quien más se le marcaba el bulto en los calzoncillos. Era Rodrigo, un amigo de Camila al que yo casi no conocía. Le pidió que se desnudara y, antes de que terminara de quitárselos, otra del grupo le preguntó si podía probarla. Rodrigo asintió mareado de incredulidad. Aquello ya no era un reto, era una rendición.

A partir de ese momento, ya no hacía falta esperar a que la botella señalara a nadie. Quien quería desnudarse, se desnudaba. Quien quería tocar, tocaba. El juego seguía dándole forma a la cosa, pero ya no la contenía.

Yo estaba sentada en el sofá grande, con Camila a un lado y un chico al otro. Se llamaba Hugo. Era amigo de mi hermano y siempre me había caído bien sin más, sin pensar en él de esa forma. Esa noche, sin embargo, había pasado el brazo por el respaldo y su mano estaba sobre mi nalga izquierda, acariciándome con un dedo, despacio, como si quisiera ver hasta dónde podía llegar antes de que yo lo detuviera.

No lo detuve. Apoyé la mano en su muslo y subí. Cuando alguien le pidió que se quitara los calzoncillos, ya tenía la polla dura. La agarré con los dedos en cuanto cayó la última prenda, casi sin pensar, como quien comprueba que algo es real.

Estaba caliente y pesaba más de lo que esperaba. La masajeé despacio, sintiendo cómo se ponía aún más rígida entre mis dedos. Le acaricié los testículos. Él respiraba contra mi cuello. Giré la cabeza y lo besé.

Mientras nuestras lenguas se enredaban, una de sus manos encontró mi pecho. La otra siguió en mis nalgas, ahora apretándolas. Y entonces noté una tercera mano entre mis muslos. Camila, que no nos había quitado el ojo de encima, había decidido que ya estaba bien de mirar.

Sus dedos rozaron mis labios depilados con una delicadeza que contrastaba con el calor que tenía toda yo. Levanté la mano que no tenía ocupada con la polla de Hugo y la pasé por el fino vello rubio que ella se dejaba sobre el pubis. Le supliqué con la mirada que se uniera. No hizo falta hablar.

—Ven. Bésanos —le dije en voz baja.

Su lengua se metió entre la mía y la de Hugo. Los tres respirábamos el mismo aire caliente. Justo enfrente, en la alfombra, Diego e Iván habían terminado de fingir. Estaban en un sesenta y nueve completo, cada uno con la polla del otro en la boca, y nadie alrededor los miraba ya como una rareza. Los miraban como un espectáculo que merecía la entrada. Hasta hoy, cinco años después, siguen juntos. Aquella noche fue su primera y nunca lo cuentan en voz alta.

Sin dejar de besar a Camila, me subí encima de Hugo. Él se había puesto un condón sin que yo me diera cuenta —debía de tener uno en la cartera, vete a saber desde cuándo—. Me acomodé de espaldas a él, le agarré la polla con la mano y la guié hacia mi entrada. Camila me ayudó con sus dedos, ajustando la dirección. Bajé despacio. La sensación de tenerlo dentro mientras ella me miraba desde tan cerca era algo que no había imaginado nunca con tanta nitidez.

***

Subí y bajé despacio al principio. Camila no se quedó quieta: se agachó y empezó a lamerme los pechos, las axilas, el ombligo. Su lengua bajaba dejando un reguero húmedo por mi cuerpo. Llegó al lugar donde Hugo y yo nos uníamos. Me tuve que reclinar hacia atrás, apoyando las manos en el pecho de él, para dejarle hueco entre mis piernas.

Hugo y yo separamos las rodillas todo lo que pudimos. Camila se metió entre nosotros, en la alfombra, y empezó a alternar entre mi clítoris y los testículos de él. Yo me follaba sola moviendo las caderas, con la lengua de mi amiga marcándome el ritmo desde abajo. Era una coreografía que ninguno había aprendido y que sin embargo nos salía sin pensar.

—Dejadme sitio —pidió alguien detrás de nosotros, casi suplicando—. Quiero lameros también.

Ya nadie llevaba ropa. La sala olía a sudor, a vino, a sexo. Las parejas se rompían y se rehacían cada minuto. Manos buscando manos, bocas buscando bocas. Hasta donde alcanzaba la vista, había piel.

Camila se puso a cuatro patas en algún momento para lamerme mejor. Ese culo en pompa era una invitación demasiado clara, y otro de los chicos, un amigo de Rodrigo cuyo nombre nunca llegué a aprender, se colocó detrás de ella y se metió despacio. No quería ser brusco. No quería interrumpir lo que ella me estaba haciendo. Era un caballero, dentro de lo que cabe.

Yo notaba cada empuje de él en la presión que la lengua de Camila ponía sobre mi clítoris. Cada vez que él bajaba la cadera, ella temblaba un poco, y ese temblor me llegaba a mí por la cara interna de los muslos. Las manos de Hugo subieron a mis pechos. Las de ella se aferraron a mis nalgas para no perdernos. Estábamos los tres atados por un solo movimiento.

Sus gemidos se mezclaban con los míos y con los de Hugo. Yo miraba al chico que la follaba a ella y veía en su cara una concentración que parecía dolor. Era la cara de alguien que está intentando no correrse antes de tiempo. La conozco bien. Esa noche la vi cinco o seis veces, en cinco o seis caras distintas.

Estaba a punto de correrme otra vez —ya había perdido la cuenta— cuando noté las contracciones de mi propio sexo y, casi al mismo tiempo, el latido de Hugo dentro del condón. Se vació con un gemido sordo contra mi cuello. Detrás de Camila, el otro chico se vino con un empujón seco que la hizo soltar un grito apagado contra mi vientre.

Nos quedamos un instante quietos. Tres respiraciones desacompasadas, un pulso compartido. Luego Hugo se separó despacio, con el cuidado de quien no quiere romper algo frágil.

***

Sabía que Camila aún me deseaba. Y yo a ella, todavía más después de lo que habíamos hecho. Mientras los chicos se desplomaban a un lado, recuperando el aire, me dejé caer al suelo y me arrastré bajo su cuerpo. Ahora éramos nosotras dos, sin nadie entre medias. Un sesenta y nueve clásico, el final que ningún hombre se atreve a pedir.

De su sexo todavía bajaba algo del semen del último. Sin pensarlo, lo lamí, saboreando esa mezcla rara y nueva. No fue una elección consciente. Fue lo que aquella noche me pedía hacer, y no había mucho más que decidir.

Ella, encima de mí, tenía mejor vista que yo. Cuando otra polla se acercó a su cara, ajena al sesenta y nueve, y le pidió permiso en silencio para entrar en ella, le dejé el hueco. Era un chico nuevo, alguien que había llegado tarde o que llevaba todo el rato callado en un rincón. No estaba circuncidado y se movía con una calma rara. Camila abrió las piernas para él y siguió lamiéndome sin perder el ritmo.

Yo recibí su lengua y, más tarde, su semen, en una sucesión que ya no sabría ordenar. Para entonces, no me reconocía a mí misma. No me reconocía, pero tampoco quería reconocerme. Era otra. Era una que había estado debajo todos estos años esperando a salir.

Cuando todo terminó —y terminó tarde, casi con el sol entrando por la ventana del chalet—, nos quedamos tirados por el suelo y por el sofá, en grupos pequeños, cubiertos con mantas que olían a humedad. Nadie hablaba. No hacía falta. Aquello no había sido un descontrol. Había sido un acuerdo tácito, una decisión colectiva de dejar atrás algo que nos estaba pesando demasiado a todos.

A partir de aquella noche supe que podía follar sin culpa. Con mis amigos, con mis amigas, con quien quisiera. Que los nombres y las etiquetas se las habían inventado otros y yo no tenía por qué heredarlas. Que mi primera vez de verdad no había sido aquella decepción de hacía seis meses, sino esa madrugada de julio en un chalet alquilado, rodeada de cuerpos que reconocían los míos sin pedir permiso.

Lo cuento ahora, años después, y todavía noto el calor en la nuca.

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