Mi primera vez con un hombre tras 20 años de matrimonio
Me llamo Esteban y hace ocho meses dejé atrás casi veinte años de matrimonio. La separación fue civilizada, sin gritos ni tribunales, solo dos firmas y una mudanza. Pero el silencio del departamento nuevo a las once de la noche es algo que nadie te cuenta antes de casarte.
A mis cincuenta años no tenía la menor intención de empezar de cero en lo emocional. Bastante había tenido con desarmar una vida de a dos para meterme ahora a buscar otra. Así que me bajé tres aplicaciones de chat y me dediqué a leer perfiles como quien hojea una revista en la sala de espera.
Un viernes después del trabajo me serví una copa de un Malbec que me había regalado un proveedor. Llevaba la corbata floja y los zapatos puestos cuando abrí la app por costumbre, casi sin mirar. Y ahí, en el listado lateral, apareció un mensaje nuevo de un tal Damián.
—¿Estás solo, papi? —decía la primera línea.
Hasta ese momento yo solo había chateado con mujeres. No por convicción, simplemente porque no se me había ocurrido lo otro. Pero la copa ya estaba por la mitad, el departamento sonaba a heladera y yo tenía ganas de hablar con alguien, cualquiera, del sexo que fuera. Le contesté que sí.
El tipo no se anduvo con vueltas. A los cuatro mensajes ya me estaba diciendo que era un macho muy activo y que necesitaba una boca obediente esa noche. Me ofendió un poco la velocidad, me pareció un ordinario, pero seguí escribiendo. La segunda copa me ayudó a no cortar el chat y, cuando me invitó a un telo de la avenida, dije que sí antes de pensarlo bien.
—En la esquina del kiosco, en una hora —escribió—. Vamos en mi auto.
Quedamos a tres cuadras del lugar para no encontrarnos en la entrada como dos colegiales. Cuando me abrí paso entre las bocinas y subí al asiento del acompañante, Damián resultó más joven de lo que esperaba. Treinta, treinta y dos quizá. Camisa entreabierta, anillo grueso en el meñique y un perfume dulzón que ocupaba todo el habitáculo.
El trayecto fue un puñado de frases vacías sobre el tráfico. Yo no sabía qué decirle y él tampoco se esforzó. Estacionamos detrás del cartel de neón, recibimos la llave en una ventanilla anónima y subimos por una escalera con olor a desinfectante hasta el segundo piso.
***
Una vez adentro me quedé parado en el medio de la habitación sin saber qué hacer con las manos. Damián recorría la suite como si buscara algo, levantaba una toalla, miraba debajo de la almohada, abría el cajón de la mesa de luz. Yo, mientras tanto, me sentía desinhibido, suelto, con una sensación rara en la base de la espalda que recién pude nombrar más tarde: tenía el culo caliente. Era una palabra nueva en mi cabeza, y me daba pudor pensarla.
Cuando se dio vuelta lo agarré del cuello y le planté un beso con dientes y todo. No era un beso lindo, era un beso para sacarme el miedo de encima. Él se rió bajo, me dejó hacer y empezó a aflojarse el cinturón él mismo, como si supiera que yo no iba a tener coraje de bajárselo.
Le besé la clavícula, el pecho, el ombligo, todo el camino hasta que me arrodillé sobre la alfombra finita del telo y me encontré, por primera vez en cincuenta años, con la verga de otro hombre frente a la cara. Tendría dieciocho centímetros incluso flácida, y un grosor que me sorprendió. La agarré con la mano derecha y la sentí pesada, distinta a todo lo que había tocado.
No la pensé. Me la metí en la boca casi entera de un solo bocado y empecé a chupar como me la habían chupado a mí toda la vida. Esa era la única referencia que tenía: hacer lo que me hubiera gustado que me hicieran. La saliva me caía por el mentón, tragaba más de lo que respiraba, y a los pocos minutos la sentí endurecerse contra mi paladar hasta el punto en que ya no me cabía cómoda. Damián me agarró del pelo con las dos manos y empujó él mismo, marcando el ritmo.
—Ponete en cuatro al borde de la cama —dijo de golpe.
Lo hice como un autómata. Me bajé el pantalón y el calzoncillo en el mismo movimiento, pisé la tela en el piso y me apoyé sobre los codos en la colcha sintética. Sabía exactamente lo que iba a pasar y, aun así, no podía creerme que lo estuviera haciendo. Sentí su aliento primero, después su lengua. Me empezó a chupar el culo con una entrega que me hizo apretar la mandíbula contra el cobertor.
Mi mujer me lo había hecho una sola vez, en un cumpleaños, después de mucho vino. Pero era distinto. Esto era hambre. Esto era saber que esa lengua era apenas el aviso, la anestesia previa, y que más tarde, esa misma noche, iba a perder algo que en cincuenta años nadie me había tocado.
Me metió un dedo y lo retorció, sin lubricante, solo con su saliva. Después dos. Después tres, abriendo en abanico, tirando hacia los costados. Me dolía hasta los dientes. Tenía la sensación física de que necesitaba ir al baño y, al mismo tiempo, una corriente nueva, eléctrica, me subía por la columna y me hacía morder la almohada para no gritar.
Sacó los dedos de un tirón. Yo respiré profundo, esperando un segundo de tregua, pero no la hubo.
—Ahora vas a ser mía —me dijo a la nuca—. Mía. Mi puta de esta noche.
Me trató en femenino el resto del encuentro, y lo más raro de todo fue que cada palabra suya me prendía una mecha distinta. Me llamó suya, su putita, su perra, y yo no atinaba más que a levantar la cola un poco más alto, a separar las rodillas, a entregarle de a poco un cuerpo que hasta esa tarde había sido solo mío.
Apoyó la verga entre mis nalgas y empujó. Empujó fuerte, varias veces, y mi culo virgen no cedía. Resoplaba detrás mío, frustrado y excitado en partes iguales. Estiró la mano hasta la mesa de luz y manoteó uno de esos sobres baratos de lubricante que dejan en los telos. Se untó él, después me untó a mí con dos dedos furiosos, casi a empujones.
***
El gel hizo lo suyo. La verga se deslizó por la primera barrera y entró de un envión, sin pausa, hasta encontrar fondo. El dolor fue tan limpio y tan puntual que casi me desmayo. Vi puntitos blancos. Apreté el cobertor con los dos puños hasta que me crujieron los nudillos y me obligué a respirar por la nariz para no vomitar.
Se quedó quieto adentro. Apoyó las dos manos en mi cintura y me preguntó al oído si me gustaba que me rompieran el culo, si era tan putita como había prometido por chat, si me gustaba sentir su verga toda adentro. Yo no podía contestarle nada, ni siquiera modular un sonido. Me daba vergüenza la mezcla que me corría por la cabeza: el placer de que me hablara así, el orgullo extraño de aguantarle el aguante, y ese dolor terco que no terminaba de irse.
Empezó a moverse sin esperar respuesta. Sacaba la verga casi entera y la volvía a clavar hasta el fondo, una vez tras otra, con un ritmo de máquina. A los pocos minutos el dolor se volvió otra cosa. Una vibración. Un calor sordo que se me metía por las costillas y me bajaba a las piernas.
Mi propia verga, ridícula al lado de la suya, parecida a un dedo índice de mujer, se me empezó a parar contra mi voluntad y a largar un líquido viscoso que me ensuciaba los muslos. Damián no se daba ni cuenta, o no le importaba. Cada dos embestidas me clavaba una nalgada con la palma abierta y soltaba un «sos mi puta» entre dientes.
—Te voy a partir —me decía—. Te voy a dejar abierto para todo el barrio.
El placer se volvió tan grande que me acabé sin tocarme. Solo con su verga adentro. Sentí el espasmo entero, desde el ombligo hasta la garganta, y supe en el mismo instante que ya nada de lo que hiciera esa noche iba a sorprenderme. A él, en cambio, lo enloqueció. Empezó a pegarme más fuerte, dejándome los dedos marcados en las nalgas, repitiendo malas palabras que en otro contexto me hubieran sonado patéticas.
Y entonces me oriné encima. Sin previo aviso, sin poder controlarlo, una vergüenza líquida que me bajó por la entrepierna y manchó la colcha. Pensé que me iba a echar a patadas. Hizo lo opuesto. Se quedó quieto, soltó una risa ronca y me pasó la mano por la espalda como si me felicitara.
—Hice que te mees, putita —dijo, con una satisfacción de dios pequeño.
Eso lo terminó de calmar y, por suerte, también lo terminó de acabar. Llevaba quince minutos bombeando sin pausa. Sentí cómo se hinchaba todavía un poco más adentro mío, cómo se aferraba a mis caderas con los dos pulgares y cómo, después de un gruñido largo, se vaciaba entero. Me llenó hasta arriba y se desplomó sobre mi espalda, sudando, descansando como si hubiera corrido una maratón.
***
Cuando salió, yo me di vuelta despacio, me senté como pude en el borde de la cama y, sin saber muy bien por qué, me incliné y me la metí otra vez en la boca. Estaba blanda, manchada de su semen y de los jugos míos. Me supo a algo nuevo y me la chupé entera, despacito, como si quisiera limpiarla y memorizarla a la vez. Él me dejó hacer dos minutos y después me apartó la cabeza con desprecio, como si le molestara que su putita le hiciera de toallita.
Me invitó a bañarme con él. Acepté con la inocencia de creer que era un gesto de amabilidad. Apenas estuvimos bajo el agua entendí que era otra cosa. Me pasaba el jabón por todo el cuerpo con una mano y con la otra me volvía a meter dos dedos en el culo dilatado y dolorido. Me hablaba bajito, me decía que iba a llevarme otra vez, que ya sabía que era suya, que esa misma semana iba a buscarme.
Yo asentía contra los azulejos sin saber si le creía o si solo quería que dejara de meterme los dedos.
Salimos del telo casi sin hablar, igual que habíamos llegado. Subimos al auto y, cuando me preguntó dónde me dejaba, le dije que en el centro, que de ahí me arreglaba solo. No quería que viera el edificio donde vivía, no quería que tuviera la dirección. Una intuición vieja que todavía funcionaba.
Bajé en una esquina cualquiera de la calle peatonal y caminé despacio, con las piernas raras y el ardor entre las nalgas. Encontré un pub de rock con la puerta abierta, me metí, me senté en el rincón más oscuro y pedí una cerveza tirada. Me costó acomodarme en la banqueta de madera. Cada vez que apoyaba el peso volvía a sentirlo, como un recordatorio físico de todo lo que acababa de pasar.
Me quedé ahí mucho rato, mirando la jarra, repasando en silencio la noche entera. ¿Por qué había dejado que un desconocido me llevara a un telo? ¿Por qué le había chupado la verga? ¿Por qué, después de cinco décadas de hetero sin matices, había acabado boca abajo en una colcha sintética llamando «papi» a un tipo de treinta años?
No tenía respuestas. Solo tenía la cerveza, el ardor y el número de Damián guardado en el chat. Pagué la cuenta sin terminar el vaso y, en el camino a casa, lo abrí dos veces para borrarlo y dos veces lo dejé donde estaba.