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Relatos Ardientes

Mi vecina espió al opositor durante el encierro

Lo que voy a contar me lo confesó mi amiga Marina una tarde de verano, después de la tercera copa de vino. A algunos ya os ha aparecido en otros relatos. Vive sola en un chalé a las afueras, en una calle sin salida que termina en una rotonda diminuta. Solo comparte valla con una casa: la de una pareja de médicos, dos antiguos hippies que se pasan la vida contando sus proyectos humanitarios en los rincones más pobres de África.

Cuando se decretó el confinamiento, Marina mandó a su hija de dieciocho años a casa de los abuelos, para que les echara una mano por si la cosa se torcía. Ella ya intuía que aquello no se arreglaría en una semana, y que lo peor estaba por llegar.

Los días se sucedían y nada mejoraba. Como trabajadora de una empresa de logística, Marina no tenía problema para trabajar desde casa; al contrario, el caos de aquellos meses multiplicó su faena. Pero aun viviendo en una casa grande, el encierro la asfixiaba. Necesitaba aire. Necesitaba gente.

Sus vecinos lo estaban pasando mucho peor. Los dos médicos apenas pisaban el hogar: salían del hospital agotados, se duchaban en un aseo de la cochera y ni siquiera entraban en la casa para no contagiar al hijo que vivía con ellos.

El muchacho rondaba los veinticinco. Estudiante brillante, había terminado Económicas y un máster, y ahora preparaba unas oposiciones de las más duras que existen. La pandemia apenas había alterado su vida monacal. Se había instalado en un apartamento minúsculo junto a la piscina, una especie de casa de invitados que sus padres usaban para las fiestas. Nueve horas de estudio al día y tres de deporte, de lunes a sábado. Los domingos los dedicaba a dormir, leer o ver una serie. No se le conocían ni novia ni amigos.

Desde el despacho del piso superior, Marina tenía una vista privilegiada de aquel apartamento. Horas y horas de cabeza agachada sobre los apuntes y, con puntualidad de reloj, los descansos: una cinta de correr, una bicicleta estática bajo el porche, una tabla de estiramientos y de vuelta a los libros. En tres días se sabía su rutina de memoria.

Aprovechaba cada pausa del chico para levantarse del ordenador, acercarse a la ventana y observarlo como James Stewart en La ventana indiscreta. Cardio, pesas, bicicleta, cinta… todo planificado por un entrenador personal. La vida de aquel joven no dejaba nada al azar, y la de Marina se había acoplado a sus horarios sin que ella lo decidiera. Aquel muchacho, junto con los pocos rostros del supermercado, era el único contacto humano que le quedaba.

Una mañana, harta de mirar a través del cristal, decidió bajar al jardín y hablarle. Lo conocía desde niño, pero apenas había cruzado dos frases con él en años; había estudiado fuera y casi nunca coincidían.

—¡Buenos días! —le soltó, alzando el brazo a modo de saludo.

El chico, encorvado sobre la bicicleta, se sobresaltó.

—¡Hola! Buenos días —respondió, incorporándose sobre el sillín.

—Te vas a poner como un toro con tanto deporte —dijo ella, y al instante temió haberse delatado.

—Bah, es lo único que me quita el estrés. Con esta mierda de pandemia, vete tú a saber cuándo convocan las oposiciones. Solo me queda empollar y sudar para resetear la cabeza.

Marina respiró aliviada. No se había dado cuenta.

—Tus padres me contaron que te habías marcado un objetivo y que no pararías hasta lograrlo. Eres un chico con las cosas claras.

—El bicho me ha roto un poco los planes, pero no puedo hacer nada, así que me resigno y sigo —contestó sin dejar de pedalear.

Sonó una pequeña alarma. El chico miró el reloj y de un salto se bajó de la bicicleta.

—Lo siento, se acabó el entreno. Voy a ducharme y a seguir estudiando —y la dejó con la palabra en la boca.

***

Esa misma mañana, al entrar en casa, Marina se vio en el espejo del salón. Llevaba un botón de la camisola desabrochado y el escote a la vista. Desde el primer día del confinamiento se había declarado objetora de sujetador: camisolas holgadas, pantalones de chándal viejos, la comodidad por encima de todo. Y entonces recordó un detalle: al despedirse, el muchacho le había bajado la mirada al pecho. O eso le había parecido.

Por la tarde volvió a asomarse a la ventana. El chico corría sobre la cinta sin camiseta, y Marina lo observó con otros ojos. Alto, atlético, los brazos marcados sin exageración, los muslos firmes y depilados, el torso esculpido. Una cara de rasgos suaves con barba de tres días y el pelo casi al rape. Sin darse cuenta, soltó un suspiro. Esa tarde se le pasó volando, y ya no consiguió concentrarse en el trabajo.

Al día siguiente repitió la jugada, pero antes de salir comprobó que la camisola estuviera bien colocada y que los pantalones no parecieran comprados a peso. Esta vez se acercó un poco más a la valla y vigiló con atención hacia dónde iban las miradas del chico. Lo confirmó: aunque tenía todos los botones abrochados, no le quitaba la vista de los pechos. Hablaron del tiempo, de la pandemia, del calvario de sus padres en el hospital, y la mirada del muchacho se perdía una y otra vez en sus pezones marcados bajo la tela.

Aquel juego de seducción sutil le estaba devolviendo las ganas de vivir. Con los días, las visitas a la valla pasaron de esporádicas a diarias. Si Marina no aparecía, él la buscaba con la mirada. Su estricto plan de entrenamiento empezaba a resentirse: cada sesión terminaba con unos minutos extra de charla.

Decidió dar un paso más. Sacó del armario unas mallas de yoga y un top deportivo verde fosforito. Cinco minutos antes de que el chico saliera, ya estaba en el jardín, tendida sobre una colchoneta, haciendo estiramientos.

—¡Hola! —dijo él, sorprendido.

—Te estoy imitando, que si no me voy a poner como una foca de tanto estar sentada. Mi único ejercicio son los paseos a la nevera.

—Pues qué buena idea. A mí es lo único que me saca de los libros.

—Yo no soy tan profesional. Un poco de yoga, pilates… gimnasia de vieja, vamos.

—¡Qué va, si estás estupenda! Ya quisieran muchas… —y se quedó callado, consciente de que se había metido en un jardín del que no sabría salir.

—¿Muchas de mi edad? ¿Estoy estupenda para los años que tengo? —respondió ella fingiéndose ofendida.

—¡No, no! No quería decir eso. Bueno, lo dije, pero no… es que no me explico bien.

—Pues mal asunto para un futuro funcionario que no sabe explicarse.

Lo tenía contra las cuerdas y disfrutó del momento. Pero el muchacho agachó la cabeza, avergonzado, y se subió a la bicicleta. Quizá se había pasado.

—¡Eh! Que te estaba tomando el pelo. A veces soy un poco bestia —y él levantó la cara con una sonrisa tímida.

***

Los días siguientes Marina afinó la estrategia. Se tumbaba en la colchoneta dejando el trasero en pompa hacia él, abría las piernas, se agachaba para que tuviera una buena vista del escote. El calor apretaba, y cada tarde terminaban más sofocados, y no solo por las temperaturas. Cada vez que ella lo miraba a la cara, lo encontraba con los ojos clavados en su canalillo.

Una mañana lo pilló pedaleando con una intensidad inusual, jadeando como si disputara un sprint infinito. Pero lo que la dejó sin aliento no fue el esfuerzo, sino el bulto que se marcaba bajo el culote ajustado. No había duda posible: estaba completamente excitado, y la tela fina apenas disimulaba la erección. Marina comprendió que la guerra estaba ganada. Siguió con su tabla sin esconder ya que lo miraba, y se acarició las nalgas y los pechos con descaro deliberado.

Cuando sonó la alarma, el chico se bajó de la bicicleta sin saber cómo acomodarse. Cuanto más lo intentaba, más se le notaba.

—Me voy, con este calor necesito una ducha —dijo girándose para que ella no le viera.

—Sí, hace mucho calor. Una ducha no nos vendrá mal —respondió ella, sin disimular la doble intención.

Subió a su despacho y oteó tras los cristales oscuros. El muchacho, dentro de su apartamento de paredes transparentes, se arrancó el maillot y, de pie, empezó a masturbarse de forma compulsiva, el brazo arriba y abajo sin tregua, como si quisiera castigarse. En menos de un minuto arqueó la espalda, se apoyó en la mesa y, segundos después, reapareció con una fregona. Se había corrido. Y, con toda seguridad, pensando en ella.

Aquello la encendió. Apoyó la mano en el cristal, bajó la otra bajo los shorts y notó al instante la humedad. Retrocedió hasta dejarse caer en una vieja butaca del rincón. Se deshizo de los shorts y del top con dedos torpes por el nerviosismo y cerró los ojos. No quería correrse: quería estirar aquel estado de excitación constante todo lo posible. Jugó con su vello, con sus pechos, con su clítoris hinchado, racionándose el placer a propósito. Cuando por fin se rindió, un orgasmo largo y silencioso la dejó hundida en la butaca, sin saber cuánto tiempo había pasado.

***

Esa misma tarde lo oyó de nuevo en el jardín. Se había vuelto a saltar su plan de hierro. Marina salió a la valla con un vestido fino de verano, sin nada debajo. El chico tropezó en la cinta al verla, y su trote se volvió irregular. Hablaron de tonterías mientras los pezones de ella se marcaban bajo el algodón y la polla de él crecía dentro de los pantalones cortos, asomando casi por la pernera. El tonteo había llegado a su límite.

—Me tengo que ir, tengo una reunión —mintió ella, y entró en casa con el cuerpo en llamas.

No aguantaba más. Subió a la habitación, sacó una caja de preservativos del cajón, comprobó con un dedo que no le hacía falta lubricante y bajó las escaleras de dos en dos. Salió a la calle desierta, cruzó la verja siempre abierta del vecino y llamó al timbre. La puerta se abrió. El chico se asomó, tapándose con ella, y al verla abrió los ojos como platos.

—¿Vamos a seguir haciendo el tonto lo que queda de pandemia, o vamos a follar como adultos? —dijo ella, mostrándole la caja de condones.

El muchacho se quedó petrificado. No dijo nada. Y entonces, antes de que Marina pudiera cruzar el umbral, le dio un portazo en las narices. Se quedó inmóvil, sin entender. Dio media vuelta y volvió corriendo a su casa con un mar de lágrimas de rabia y humillación. Le habían dado calabazas otras veces, pero ninguna le había dolido así.

***

Pasaron varios días sin que ninguno saliera al jardín. Una tarde, ya oscureciendo, sonó el timbre de Marina. Miró por la mirilla: era el chico, nervioso, sudando. A punto estuvo de no abrir.

—Buenas tardes —dijo ella con toda la sequedad que pudo.

—Hola… yo… el otro día… —balbuceaba sin construir una frase entera.

—Pasa, no vaya a vernos alguien de cháchara en la puerta.

Lo hizo sentarse en el sofá como a un niño a punto de recibir un castigo.

—Yo no sé qué me pasó, lo siento, sí quería, pero me asusté… —seguía sin atinar.

—¿Acaso no querías? ¿No te gusto? ¿Soy muy vieja para ti? Porque la forma en que te la machacabas el otro día me mandaba señales bastante claras —le soltó, de pie y con los brazos cruzados.

—¡Sí que quería! Desde que empezaste a salir al jardín no he podido pensar en otra cosa. Pero me asusté. Ni en mis fantasías más locas te imaginé en mi puerta con una caja de condones.

Quizá tenía razón. A veces hacía las cosas sin medir las consecuencias.

—Lo siento. Solo quería que pasáramos un buen rato, sin compromisos, sin ataduras. Olvidarnos de esta mierda un par de horas —dijo, sentándose a su lado.

—A mí me habría encantado hacer el amor contigo —murmuró él, cabizbajo.

Aquel «hacer el amor» en lugar de «follar» la conmovió. Le acarició la mejilla; olía a recién duchado. Él se inclinó y le rozó los labios con un beso casi inexistente. Cuando se separó, Marina bajó la mirada: el bulto ya empezaba a crecer bajo los vaqueros. Lo tomó de la mano y lo condujo escaleras arriba antes de que volviera a escaparse.

***

En la habitación lo desnudó despacio. Unos bóxer rojos no dejaban nada a la imaginación: el pene ya estaba completamente erecto, grande, venoso. Ella se quitó la camisola y los pantalones de chándal, y al quedarse en unas bragas viejas con el elástico cedido se ruborizó.

—Si llego a saber que me iba a ver alguien, me pongo unas bonitas, y no estas de abuela —bromeó, quitándoselas para romper la tensión.

Sacó del cajón los preservativos y un bote de lubricante. Se untó bien, intuyendo que un poco de ayuda no le vendría mal con aquel tamaño. El chico se colocó el condón y se acercó. La primera embestida le arrancó un grito ahogado; menos mal que se había preparado. Pero el muchacho no estaba para preliminares: aceleró el ritmo enseguida y, sin que pasara un minuto, soltó un bramido y se derrumbó.

—Lo siento, es que estoy muy excitado —dijo, avergonzado.

—Tranquilo, no pasa nada —respondió ella, poniéndole un dedo en los labios.

La erección apenas había cedido. Marina fue al baño, le cambió el preservativo y, comprobando que el miembro seguía intacto, lo llevó hasta la cómoda. Se apoyó en ella, giró la cabeza y lo guio a su entrada, confiando en que de pie le costaría más mantener el ritmo y a ella le sería más fácil acariciarse. El chico volvió a coger fuerza y volvió a correrse pronto, y otra vez la dejó con la cena a medias.

—Te voy a tener que enseñar muchas cosas, mi joven aprendiz —dijo ella sin reproche, sonriendo—. Con el regalo que te ha dado la naturaleza, no puedes dejar a una mujer a medias.

Le limpió de nuevo la polla, asombrada de que las eyaculaciones no le hicieran mella. Juventud, pensó. Se tumbó boca arriba, se colocó una almohada bajo la cadera y abrió las piernas.

—Ahora me toca a mí. ¿Nunca te has comido un coño?

El chico hundió la cabeza entre sus piernas y empezó a lamer con torpeza. Era evidente que, si no era la primera vez, andaba cerca. Ella lo guio con susurros, acariciándose los pechos con una mano y atusándole el pelo con la otra, pero el muchacho aún tenía mucho que aprender y así no llegaría a ningún sitio.

—¿He hecho algo mal? —preguntó él, incorporándose.

—No, tranquilo. Vamos a jugar a otra cosa. Me has puesto muchísimo, y quiero que tú me ayudes a terminar.

Sacó del cajón un pequeño vibrador. Se colocó a cuatro patas, abierta de par en par, y empezó a acariciarse el clítoris mientras él la penetraba. Esta vez le pidió calma, un ritmo constante, y el chico obedeció como un buen alumno. La combinación del vibrador y de aquel vaivén pausado la fue transportando despacio hasta el borde.

—Dale fuerte. Hazme gritar —jadeó ella.

El muchacho la agarró por las caderas y embistió como un tren de mercancías. Marina dejó caer el vibrador, se aferró a las sábanas y mordió la almohada para ahogar un grito que ningún vecino oiría. El orgasmo la sacudió entera, y al contraerse arrastró al chico con ella, que se vació por última vez antes de desplomarse a su lado, empapado.

***

Lo que vino después fue torpe: él no sabía cómo marcharse y ella no sabía cómo despedirlo. Al final el muchacho se vistió mientras ella seguía tendida.

—No ha salido tan mal —dijo Marina—. Podríamos repetir otro día, si te apetece.

—Sí, me ha gustado… pero no estoy a la altura —respondió cabizbajo.

—Puedo ser tu institutriz y llevarte por el camino del vicio —dijo ella, colocándose un dedo sobre el labio a modo de bigote y forzando un acento germánico ridículo.

Le arrancó una carcajada. La tensión se evaporó. Ella se levantó, le dio un beso dulce en los labios y él se marchó con una sonrisa que tardaría días en borrársele.

Pasó el confinamiento y la vida volvió poco a poco a la normalidad. Pero algo había cambiado para Marina: tenía un nuevo amante, patoso y novato, sí, pero explosivo y con unas ganas enormes de aprender. Y ella, según me confesó con una sonrisa pícara, estaba más que dispuesta a darle clases particulares.

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