La cita en el hotel que Marina llevaba semanas imaginando
La habitación del hotel estaba en penumbra, iluminada apenas por una lámpara de pie que dejaba la mitad de las cosas en sombra. El aire acondicionado zumbaba bajo, pero no servía de nada contra el calor que ya crecía entre los dos. Marina tenía treinta y un años y un cuerpo de curvas amplias y generosas, de esos que hacían girar cabezas en la calle. El vestido rojo que había elegido esa noche se le ceñía a todo: a los pechos llenos y pesados, a la cintura marcada, a las caderas anchas que se mecían cuando caminaba.
Estaba de pie junto a la cama, mordiéndose el labio, con las mejillas encendidas. Llevaba semanas dándole vueltas a esto. Lo había imaginado en la ducha, en el coche, en la oficina con la mirada perdida en la pantalla. Quería un hombre mayor, alguien con paciencia y con mano firme, que tomara el control y la hiciera sentir pequeña y deseada al mismo tiempo.
Esteban la observaba desde el sillón, una copa apoyada en la rodilla y una sonrisa tranquila que no terminaba de ser inofensiva. Cincuenta años, hombros anchos, manos grandes. No necesitaba moverse para llenar la habitación. Solo con mirarla, Marina ya sentía la humedad creciendo entre los muslos.
—Ven aquí —dijo él. La voz grave, baja, más invitación que orden, aunque tenía algo de las dos.
Ella tragó saliva y obedeció. Los tacones sonaron amortiguados sobre la alfombra. Cuando estuvo frente a él, Esteban levantó la vista y la recorrió sin prisa: el pecho que subía y bajaba con la respiración agitada, la curva de la cintura, el ancho de las caderas.
—Llevo toda la cena mirándote —murmuró—. Pensando en esto. En cómo se sentiría tu cuerpo bajo mis manos.
Marina sintió un calor que le subía por el vientre. Le gustaba que le hablara así, directo, sin rodeos ni medias tintas.
—Quiero que mandes tú esta noche —susurró, la voz temblándole de deseo—. Quiero que hagas lo que quieras conmigo. Pero despacio al principio. Quiero notar cómo me controlas.
Esteban dejó la copa y se levantó. Era mucho más alto que ella. Le tomó la barbilla con dos dedos y la obligó a sostenerle la mirada.
—Vas a portarte bien, ¿verdad?
—Sí —respondió ella, casi sin aire.
—Quítate el vestido. Despacio. Quiero verte entera.
Marina obedeció con las manos algo temblorosas. Bajó la cremallera lateral y dejó que la tela cayera al suelo. Quedó casi desnuda, con un tanga negro como única prenda. Los pechos quedaron libres, pesados y suaves, los pezones ya tensos. Esteban dio un paso atrás y la miró de arriba abajo, sin esconder lo que la imagen le provocaba.
—Date la vuelta —pidió.
Ella giró sobre sí misma, ofreciéndole la espalda y la curva de las nalgas amplias. Sintió la mirada de él como una caricia.
—Inclínate un poco. Apóyate en la cama y separa las piernas.
Marina se inclinó, las manos sobre el edredón, los muslos abiertos. El tanga se le hundió entre las nalgas y dejó ver lo mojada que ya estaba la tela. Esteban se acercó por detrás. Una mano grande le recorrió primero la espalda, lenta, y después bajó hasta posarse en una nalga. La apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne.
—Me voy a divertir contigo —dijo, casi para sí.
Le dio una palmada. El sonido restalló en la habitación y Marina soltó un gemido agudo, sorprendida por el placer que le dejó el escozor.
—¿Te gusta?
—Sí —jadeó ella—. Más.
Él le dio otra palmada, en la otra nalga, y después otra, alternando, sin prisa, dejando que cada golpe se asentara antes del siguiente. Marina notaba la piel caliente, el coño latiéndole, la tela cada vez más empapada.
—Quítate el tanga —ordenó.
Ella se lo bajó deprisa. Esteban se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y su aliento caliente le rozó el sexo. Sin avisar, pasó la lengua en una lamida larga, lenta, que la hizo gritar y empujar las caderas hacia atrás buscando más.
—Dios… —gimió ella.
Él lamió con calma estudiada, explorando cada pliegue, rodeando el clítoris, retirándose justo cuando ella creía estar a punto. La llevó al borde una vez, y otra, y otra, sin dejarla caer nunca. Marina temblaba, las manos apretadas contra las sábanas, los muslos tensos.
—No te corras todavía —murmuró él entre lamidas—. Aguanta. Quiero que me lo pidas.
—Por favor… —suplicó ella al cabo de unos minutos eternos—. Por favor, necesito correrme.
—Pídelo bien.
—Por favor, Esteban. Déjame correrme. Quiero correrme en tu boca.
—Buena chica.
Él aceleró, chupando el clítoris con fuerza mientras hundía dos dedos en ella. Marina estalló casi de inmediato. El orgasmo la sacudió entera, los muslos cerrándose alrededor de la cabeza de él mientras gritaba y se estremecía. Cuando bajó de la ola, Esteban se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró con los ojos oscurecidos.
—Ahora desnúdame tú.
***
Marina se giró, todavía temblando, y empezó a desabotonarle la camisa. Las manos le recorrieron el pecho ancho. Bajó al cinturón, al pantalón, y liberó la polla, gruesa y dura, la punta ya brillante. Se quedó un instante mirándola.
—Arrodíllate —dijo él.
Ella obedeció. Tomó la polla con las dos manos, la lamió desde la base hasta la punta y después la metió en la boca, lo más hondo que pudo. Esteban gruñó y le puso una mano en la nuca, sin forzar, solo marcando el ritmo.
—Así. Despacio. No tengas prisa.
Marina chupaba con ganas, los ruidos húmedos llenando el silencio de la habitación, la saliva resbalándole por la barbilla y goteando sobre los pechos. Él movía las caderas apenas, dejándose hacer, observándola desde arriba con una mezcla de hambre y satisfacción.
Después de un rato la levantó por los hombros y la empujó con suavidad sobre la cama, boca arriba. Los pechos se le derramaron a los lados. Esteban se colocó entre sus muslos y le abrió las piernas con las dos manos.
—Quiero estar dentro de ti —dijo—. ¿Tú quieres?
—Sí —suplicó ella—. Por favor. Despacio primero.
Él frotó la punta contra el clítoris hinchado, después contra la entrada mojada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, dejando que ella sintiera cada parte. Marina gimió largo al notar cómo la llenaba. El cuerpo se le abría alrededor de él, tenso y caliente.
—Qué bien se siente —murmuró él cuando estuvo del todo dentro.
Empezó a moverse con embestidas profundas y lentas, dejándola acostumbrarse, y poco a poco fue subiendo el ritmo. Los pechos de ella rebotaban con cada golpe. Esteban se inclinó y le atrapó un pezón con la boca, chupándolo mientras seguía empujando.
Marina gemía sin control, las uñas clavadas en la espalda de él.
—Más fuerte —pidió entre jadeos—. Fóllame más fuerte.
Él se incorporó, le sujetó los muslos con las dos manos y empezó a embestir con fuerza. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación, las caderas de él chocando contra ella una y otra vez. Marina sentía cada parte de la polla rozándole por dentro, golpeando ese punto profundo que le nublaba la vista.
—Me voy a correr otra vez… —avisó, casi llorando de placer.
—Hazlo. Quiero notarlo.
Marina estalló en un segundo orgasmo, aún más intenso que el primero. El cuerpo se le contrajo entero alrededor de él, las piernas temblando, la respiración rota.
***
Esteban no se detuvo. La hizo girar con cuidado y la dejó a cuatro patas. Le sujetó las caderas anchas y se hundió de nuevo desde atrás. El ángulo era otro: ahora entraba más hondo, golpeando un punto distinto con cada embestida.
—Esta noche eres mía —dijo, y le dio una palmada que le dejó la nalga roja.
Marina empujaba hacia atrás, saliéndole al encuentro a cada golpe.
—Más —gimió—. Otra vez.
Él la azotó mientras la follaba, sin perder el ritmo. Después se humedeció un dedo y lo presionó despacio contra el otro agujero, deslizándolo apenas mientras seguía dentro de ella. Marina gritó ante la doble sensación, el cuerpo entero estremeciéndose.
—Otro día quiero más de esto —jadeó ella—. Pero ahora córrete dentro de mí. Quiero notarlo.
Esteban gruñó y aceleró. Las embestidas se volvieron más hondas, más urgentes. El sudor le corría por el pecho y caía sobre la espalda de ella.
—Voy a correrme —avisó.
—Sí. Hazlo. Dentro.
Con un sonido grave que le salió del fondo del pecho, se enterró hasta el final y se vació en ella. Marina sintió cada pulso, cada oleada caliente, y eso bastó para arrastrarla a un tercer orgasmo, más débil pero igual de hondo. Los dos cayeron sobre la cama, jadeando, sudados, todavía unidos.
Esteban seguía dentro de ella, ablandándose despacio, los labios pegados a su cuello.
—Eres increíble —murmuró—. Y la forma en que te entregas… eso es lo mejor de todo.
Marina sonrió con los ojos cerrados, el cuerpo todavía vibrando.
—Quiero más —susurró—. La noche apenas empieza.
Él rio bajo y le dio una palmada suave en la nalga.
—Descansa un poco. Luego seguimos. Voy a hacer que te corras tantas veces que mañana te acuerdes de mí con cada paso que des.
Ella se acurrucó contra el cuerpo grande y cálido de él, sintiéndose dominada, usada y, sobre todo, profundamente satisfecha. Había imaginado esa noche durante semanas, y la realidad estaba superando cada una de sus fantasías.
Afuera, la ciudad seguía despierta. Dentro de aquella habitación, la noche no había hecho más que empezar.