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Relatos Ardientes

La noche que volvió y no me importó estar con la regla

Siete días pueden sentirse como siete meses cuando lo único que quieres es tenerlo cerca. Esa tarde, mientras miraba el tablero de llegadas en la terminal, tenía la piel erizada y una certeza: no iba a esperar un minuto más de lo necesario.

Me había puesto un vestido rojo, ajustado, corto hasta la rodilla. No me importaba que estuviera con la regla desde hacía dos días. No me importaba nada. El deseo llevaba una semana acumulándose en mí como agua en una represa, y la sangre, lejos de frenarme, me había vuelto más sensible, más urgente, más mía.

Cuando Martín cruzó la puerta de salidas con el maletín en la mano y esa forma suya de caminar mirando el suelo antes de levantar la cabeza, sentí un tirón en el bajo vientre. Me vio. Se le escapó la sonrisa antes de alcanzar a disimularla.

—Hola —dije, como si fuera una palabra cualquiera.

—Hola —contestó él, y me besó en plena terminal sin preguntar.

Fue un beso más largo de lo que correspondía. Le agarré la nuca y no lo dejé separarse. Cuando al fin abrió los ojos, me miró con una mezcla de risa y sorpresa.

—¿Qué te pasó? —preguntó.

—Te extrañé.

—Eso ya lo veo.

En el taxi de vuelta le apoyé la mano sobre el muslo y no la moví. Él miraba la ventana como si pudiera concentrarse en la calle, pero yo le sentía el pulso debajo de la palma y sabía que no estaba mirando nada. Le subí la mano unos centímetros. Lo escuché respirar más hondo.

—Tenemos media hora —me dijo en voz baja—. ¿Vas a aguantar?

—No.

Se rio. Me apartó la mano con suavidad, como quien guarda algo para después.

—Entonces espera.

Esperar. Yo llevaba siete días esperando.

***

Subimos al departamento casi sin hablar. Él dejó el maletín en el piso y yo cerré la puerta con el pie mientras ya le desabotonaba la camisa. Nos besamos contra la pared del pasillo, después contra la mesa de la entrada, después contra el marco del dormitorio. Cuando finalmente caímos en la cama, ya no teníamos la mitad de la ropa.

—Espera —dijo él, apartándose un segundo para mirarme.

Me había arrancado el vestido. El sostén lo tenía a medio camino del hombro. Él estaba en calzoncillos, con el pelo revuelto y la boca manchada por mi labial.

—¿Qué?

—Tengo que decírtelo antes —dije, apoyándome en los codos—. Estoy con la regla.

Martín me miró. No dijo nada durante dos segundos largos. Me preparé para lo que fuera: para que se apartara, para que dijera «mejor después», para lo que hiciera falta. Pero él se me acercó, me pasó la mano por el pelo y me besó muy despacio en la boca.

—¿Y?

—Pensé que tenías que saberlo.

—Ya lo sé. ¿Algo más?

No supe qué contestar. Él me empujó otra vez hacia atrás con la mano abierta sobre el pecho, y yo me dejé caer contra la almohada sin discutir.

Me sacó la ropa interior despacio. La tiró hacia un lado sin mirarla. Se acomodó entre mis piernas con una naturalidad que me desarmó, como si esto fuera parte normal del ritual, como si no hubiera nada raro. Me besó la parte interior del muslo, después el hueso de la cadera, después el vientre. Fue bajando con una paciencia que no se correspondía con la urgencia con la que habíamos entrado al cuarto.

Cuando su boca me tocó por primera vez, cerré los ojos.

Lo sentí lamer con una concentración que me hizo arquear la espalda. Le agarré el pelo y apreté sin pensar. Él no se apartó. Al contrario: metió las manos debajo de mis caderas y me levantó un poco, como si quisiera tenerme toda. Cada pasada de su lengua me iba dejando más dispuesta, más abierta, más lista para lo que fuera.

Levantó la cabeza en algún momento. Bajé la vista.

Tenía la boca y parte del mentón manchados. Rojo oscuro, casi borgoña bajo la luz tenue de la mesita. Me miró con una sonrisa torcida, y a mí me salió una carcajada nerviosa del estómago.

—¿Qué? —dijo él.

—Pareces un vampiro.

—Tranquila, bonita.

Volvió a bajar la cabeza antes de que yo pudiera decir nada más. Esta vez lo hizo con más ganas todavía, como si le hubiera dado permiso para no tener miedo. Le agarré el pelo otra vez y me dejé ir. El orgasmo me subió desde las piernas, me tensó la espalda y me sacó un grito que no me reconocí.

Me quedé temblando un rato, con los ojos cerrados, sintiendo cómo él me besaba el estómago, la cintura, los pechos. Cuando abrí los ojos, lo vi volver a subir por encima de mí, apoyado en los antebrazos.

—Estoy hecha un desastre —murmuré.

—Estás preciosa —contestó, y me besó antes de que pudiera discutir.

***

Lo hice girar de espaldas y me subí encima. Fue un impulso: necesitaba manejar yo el ritmo, marcar cada centímetro, elegir cuándo y cómo. Él se dejó hacer con esa calma que me volvía loca, las manos apoyadas en mis caderas, los ojos fijos en los míos.

Lo guié con la mano y bajé despacio. El ruido que me salió de la garganta fue casi un gemido de alivio.

—Así —dijo él, apretándome las caderas—. Así.

Empecé a moverme. Primero despacio, acostumbrándome otra vez a él después de siete días de nada. Después más rápido. Me incliné hacia adelante, le apoyé las manos en el pecho, y me dediqué a buscarme a mí misma en cada movimiento. Él tenía los dientes apretados, la mandíbula dura. Le sentía el esfuerzo de contenerse.

—No te contengas —le dije.

—Tú primero.

Cambié el ángulo, me incliné un poco más, y lo encontré. Ese punto que cuando aparece no hay vuelta atrás. Me aferré a su pecho y dejé de pensar. El segundo orgasmo llegó con menos aviso que el primero: me sacudió entera, me dobló sobre él, me hizo morderle el hombro para no gritar demasiado.

Él me agarró de la cintura y terminó casi enseguida, con un gemido ronco que le vibró en la garganta.

Me quedé caída encima suyo, con la cara pegada a su cuello, escuchándole el corazón.

—Estás temblando —dijo.

—Tú también.

—Un poco.

***

Las sábanas eran un mapa. Había manchas rojas por todos lados, manchas que al día siguiente iban a ser un problema y que esa noche me resultaban casi graciosas. Él no les prestó atención. Me arrastró hacia su lado de la cama, contra su pecho, y me pasó el brazo por la cintura con esa costumbre que tiene de abrazarme como si tuviera miedo de que me escape.

—Pensé que te iba a dar impresión —le dije.

—¿Por qué?

—No sé. Es incómodo, es raro, qué sé yo.

—Es tu cuerpo —dijo él, encogiéndose de hombros contra mi espalda—. ¿De qué me va a dar impresión?

Me quedé callada un rato. Me di cuenta, ahí, de que estaba medio esperando una reacción que no llegó. Habían sido años de escuchar a una amiga quejarse de que su marido se hacía el loco esos días, de leer chistes pesados en internet, de asumir que era algo que había que esconder. Y Martín me había bajado la ropa interior como si nada, se había manchado la boca sin inmutarse, y ahora me abrazaba como si fuéramos dos personas normales después de una tarde cualquiera.

—Gracias —dije, sin saber bien por qué.

—¿Por?

—Por no hacerlo un problema.

Él me besó el hombro.

—No es un problema.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Media hora, tal vez más. Yo estaba con la cabeza apoyada en su pecho, medio dormida, cuando sentí que el deseo me volvía de nuevo. Sin aviso, sin motivo aparente. Quizás porque nunca hay un solo orgasmo que me alcance después de una semana sin verlo. Quizás porque la ternura después del sexo me excita tanto como el sexo mismo.

Le apoyé la mano en el muslo.

—¿En serio? —murmuró él, sin abrir los ojos.

—En serio.

—Eres imposible.

—Ya lo sabías.

Se giró para mirarme. Le acaricié la cara, el contorno de la mandíbula, la cicatriz pequeña que tiene en la ceja y que siempre me gustó. Él me respondió acariciándome el pelo, las clavículas, los pechos. Esta vez no teníamos prisa. Esta vez la urgencia se había ido y lo que quedaba era otra cosa.

—Quiero tenerte encima —le dije.

Asintió. Se acomodó entre mis piernas y se quedó quieto un momento, apoyado en los antebrazos, mirándome desde cerca.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien.

—¿Segura?

—Segura.

Entró despacio. Le enredé las piernas alrededor de la cintura, los brazos alrededor del cuello, y sentí todo el peso suyo apoyado encima. Esa postura siempre me gustó porque no deja esconderse. Tiene que mirarte, tienes que mirarlo. No hay manera de irse a ningún lado.

Empezó a moverse muy despacio. Nada que ver con la primera vez, con las ganas, con la urgencia. Esto era otra cosa. Esto era un reencuentro de verdad.

—Te extrañé —le dije al oído.

—Ya sé.

—Mucho.

—Yo también.

El orgasmo llegó como un río. No me sacudió, no me partió, no me arrancó un grito. Me atravesó completa, de la nuca a los pies, y me dejó llorando sin hacer ruido. Sentí las lágrimas caerme por las sienes y me daba lo mismo. Él lo notó, bajó a besarme la cara, la nariz, los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Segura?

—Es otra cosa.

Terminó poco después, apretándome fuerte contra él, y se quedó encima un rato sin moverse. Yo le acariciaba la espalda sin pensar en nada. La habitación olía a nosotros. A sudor, a perfume viejo, a sangre, a una intimidad que me costó años aprender a dejar entrar.

***

Cuando por fin nos levantamos a cambiar las sábanas, solté una carcajada al ver el desastre. Él se rio también. Las tiramos al suelo de cualquier manera y pusimos unas viejas. Me di una ducha larga. Él se duchó después. Volvimos a la cama como dos personas cualquiera, con el pelo mojado y sin hambre de nada.

—¿Otra semana sin verte? —le pregunté, ya con los ojos cerrados.

—Nunca más.

—Mentiroso.

—Un rato por lo menos, déjame.

Me reí contra su hombro. Afuera era de noche, la ciudad seguía funcionando, los autos pasaban y la gente vivía su vida. Adentro solo estábamos nosotros, una cama a medio hacer, una historia que iba a quedar entre los dos, y la certeza de que después de aquello íbamos a tener muchas más.

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Comentarios (5)

Naty_porteña

ay que lindo!! me encantó

LauraK

Corto pero intenso, me quede con ganas de mas detalle!!

CrisMQ

Eso de esperar tanto y que al final nada te importe... lo entiendo perfectamente jaja. Muy bien escrito

Valentina_07

Que hermoso, se siente tan real. Sigue escribiendo por favor

ClaraCba21

Me recordo a cuando mi novio volvio de un viaje largo, esa urgencia que describes es exactamente lo que senti. Gracias por compartirlo

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