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Relatos Ardientes

Lo que empezó entre tres en una terraza de Ruzafa

Todo empezó una tarde de finales de septiembre en la plaza del Mercado, en pleno barrio de Ruzafa. Yo tenía cuarenta y un años y vivía solo en un piso pequeño del Carmen. Aquel día había bajado a una terraza a corregir unos bocetos, con el portátil abierto y una caña a medio beber, cuando los vi por primera vez.

Ella se llamaba Noa. Veintisiete años, pelo castaño ondulado hasta media espalda, gafas de montura fina que le daban un aire de estudiante eterna de Letras. Llevaba un vestido verde oliva ajustado que marcaba unas caderas anchas y un culo redondo y alto que parecía desafiar la gravedad. Tenía los pechos grandes, naturales, que se movían apenas cuando se reía. Era voluptuosa en el mejor sentido: curvas suaves, piel blanca con algunas pecas en el escote y una forma tímida de mirar que contrastaba con la seguridad que desprendía su cuerpo.

Él era Hugo. Un año mayor que ella, alto, moreno, con el pelo algo largo y barba de tres días. Se notaba que entrenaba: hombros anchos, brazos marcados bajo la camiseta, un abdomen que se intuía cuando se estiraba para pedir otra ronda. Guapo de esa manera natural y despreocupada que tienen algunos hombres sin proponérselo.

Estaban en la mesa de al lado, hablando en voz baja pero animada sobre un libro de poesía. Ella citaba versos de memoria y él la miraba embobado. No pude evitar sonreír cuando Noa se sonrojó al darse cuenta de que la estaba observando.

—Perdona —dijo de repente, girándose hacia mí—, ¿te estamos molestando con la conversación?

—No, al contrario —respondí—. Me encanta escuchar a gente que habla de poesía como si fuera comida.

Hugo se rió y me invitó a sentarme con ellos. Así empezó todo: tres cervezas, un par de horas de charla sobre libros, películas y lo cara que se había puesto la vida en la ciudad. Al despedirnos intercambiamos números.

—Por si algún día quieres venir a una lectura en voz alta que hacemos en casa —dijo Noa, tímida pero con un brillo curioso en los ojos.

***

La segunda vez fue una semana después. Me invitaron a su piso, en una callejuela cerca del mercado. Era un ático antiguo de techos altos, vigas a la vista y una terraza diminuta desde donde se veían las azoteas y la torre de una iglesia. Cenamos tortilla, ensalada y un vino tinto de Utiel. Noa llevaba una falda larga con abertura y una blusa escotada que dejaba ver el encaje del sujetador. Hugo estaba descalzo, en vaqueros y camiseta blanca, con ese aire de chico bueno que sabe perfectamente que es guapo.

Después de la cena pusieron música suave y, sin que yo lo buscara, terminamos hablando de fantasías. Fue Noa quien sacó el tema, con las mejillas encendidas.

—Siempre he pensado que… no sé, que ver a Hugo con otro hombre podría ser excitante. Pero solo de decirlo en voz alta ya me da vergüenza.

Él la miró con cariño y con sorpresa. No dijo que no. Le acarició la rodilla y luego me miró a mí.

—No sé si soy bisexual o si simplemente estoy muy enamorado de ella —dijo con naturalidad—. Pero la idea no me disgusta. Y tú tienes algo que me genera confianza.

Aquella noche no pasó nada físico. Solo besos a tres bandas, lentos, exploratorios. Noa entre los dos, temblando un poco cuando Hugo y yo nos rozamos los labios por primera vez sobre su cuello. Fue un beso torpe, curioso, pero cargado de electricidad. Me fui a casa con una erección dolorosa y la certeza de que aquello apenas acababa de empezar.

***

Las semanas siguientes fueron un baile lento de mensajes y encuentros. Quedábamos para tomar algo en la Malvarrosa al atardecer, paseábamos por Ciutat Vella hasta la catedral, nos besábamos en portales oscuros. Noa era tímida en público, pero en privado se volvía curiosa, una pregunta detrás de otra.

Una noche de octubre, en su casa, después de ver una película erótica francesa, pasó lo primero de verdad.

Estábamos en el sofá, los tres muy juntos. Noa sentada entre nosotros, con una mano en mi muslo y la otra en el de Hugo. Fue ella la que empezó: se inclinó y me besó hondo mientras él le acariciaba los pechos por encima de la blusa. Luego se giró hacia él y le dio un beso igual de intenso. Cuando volvió a mirarme, susurró:

—Quiero veros. Tocaros.

Hugo respiró hondo, se acercó y me besó. Esta vez sin prisas. Lengua, saliva, manos en la nuca. Sentí su barba contra mi piel y su aliento cálido. Noa gemía bajito, tocándose mientras nos miraba. Después se arrodilló entre los dos y nos desabrochó los vaqueros casi a la vez.

La polla de Hugo era recta, gruesa en la base. La mía, más larga y algo más curva. Noa las agarró las dos, una en cada mano, y empezó a masturbarnos despacio, comparándolas con una sonrisa traviesa.

—Son tan diferentes… y las dos me encantan —dijo, antes de metérsela a él en la boca.

Yo la miraba fascinado. Chupaba con devoción, con esa mezcla de timidez y hambre. Luego cambió: se metió la mía hasta donde pudo, tosió un poco, pero no paró. Hugo se inclinó y empezó a besarme mientras ella nos iba alternando.

Entonces él hizo algo inesperado: bajó la cabeza y lamió la punta de mi polla mientras Noa me la sujetaba por debajo. Sentí su lengua caliente recorriendo la mía. Gemí fuerte. Noa levantó la vista, excitadísima.

—Joder… qué bonito —susurró.

Aquella noche no llegamos a la penetración entre los tres. Nos corrimos por turnos: primero Hugo en la boca de Noa mientras yo lo masturbaba; luego yo sobre sus pechos mientras él me besaba el cuello; y por último ella sentada sobre mi cara mientras Hugo le lamía el clítoris.

***

A partir de ahí, todo escaló rápido. La siguiente vez fue en noviembre, una noche fría. Habíamos quedado en mi piso del Carmen, que era más grande y tenía una cama amplia que compré casi a propósito. Noa llegó con un conjunto de lencería negra debajo del abrigo: un corpiño que apenas contenía sus pechos, un tanga diminuto y medias con liguero. Hugo traía una botella de cava y condones.

Nos desnudamos despacio, con música de fondo. Empezamos con besos a tres, manos por todas partes. Noa se arrodilló y nos chupó a los dos de forma alterna, dejando hilos de saliva entre nuestras pollas. Luego Hugo y yo nos besamos mientras ella nos acariciaba.

—Quiero ver cómo os la chupáis —pidió, sentándose en la butaca con las piernas abiertas.

Hugo se arrodilló primero. Me miró a los ojos y se la metió en la boca. Lenta, profunda. Le agarré el pelo y empecé a moverme con cuidado contra su lengua. Noa gemía y se tocaba el clítoris con furia.

Después cambié yo. La polla de Hugo sabía a él, salada, masculina. La chupé con ganas, sintiendo cómo se ponía más dura. Noa se acercó, nos besó a los dos y dijo:

—Ahora folladme. Los dos.

La pusimos a cuatro patas sobre la cama. Yo por detrás, Hugo por delante. Entré despacio en su coño empapado: era estrecho, caliente, y se contrajo a mi alrededor cuando empujé hasta el fondo. Ella gritó de placer. Hugo le ofreció la polla y empezó a follarle la boca con suavidad.

La embestí con fuerza, viendo cómo su culo grande se movía con cada golpe y cómo sus pechos colgaban y se bamboleaban. Hugo le sujetaba el pelo y le hablaba al oído.

—Mira cómo te abre Dani… ¿te gusta más que yo?

Noa, con la boca llena, solo pudo gemir un «síííí» ahogado.

Cambiamos. Hugo se tumbó y Noa se sentó encima, cabalgándolo, mientras yo me colocaba detrás. Le metí un dedo en el culo, luego dos. Ella pidió más. Unté lubricante y, muy despacio, entré en su culo mientras él la follaba por delante.

Fue intenso. Noa gritaba, lloraba de placer, se corrió dos veces seguidas con los dos dentro. Nosotros aguantamos lo que pudimos. Al final nos corrimos casi a la vez: yo en su culo, Hugo en su coño, y ella temblando entre nosotros.

***

Después de aquello, la relación se volvió casi diaria. Quedábamos en parques —los Jardines del Turia fueron un clásico para juegos discretos—, en miradores al atardecer, incluso una vez en un cine pequeño y oscuro del centro, donde nos tocamos en silencio mientras pasaban una película que nadie miraba.

Noa se volvió más confiada. Le encantaba que Hugo y yo tuviéramos momentos solo entre nosotros: una mamada mutua en la ducha mientras ella miraba y se masturbaba, o que nos lo montáramos mientras ella se sentaba sobre nuestras caras por turnos.

Una noche de invierno, en enero, llegó la petición grande. Estábamos en su terraza, tapados con una manta, compartiendo un cigarro.

—Quiero que me folléis los dos a la vez, en el mismo sitio —dijo Noa, colorada hasta las orejas—. Y que luego os corráis en mi cara, los dos juntos.

Lo hicimos una semana después. Mucho lubricante, paciencia, besos. La pusimos boca arriba, con las piernas abiertas. Hugo entró primero en su coño. Luego entré yo, despacio, al lado. Sentimos cómo su interior se dilataba, cómo nos apretaba a los dos a la vez. Noa lloraba de placer y repetía que nunca se había sentido tan llena.

Cuando no pudimos más, nos pusimos de rodillas sobre su pecho. Ella nos masturbó con las dos manos, la boca abierta. Nos corrimos casi al unísono: chorros calientes en su lengua, en sus mejillas, en sus pechos. Se relamió, feliz, y dijo:

—Esto es lo más sucio y lo más bonito que he hecho nunca.

***

Y así seguimos. Tres cuerpos en una ciudad de naranjos y mar, entre las plazas bohemias de Ruzafa, los paseos nocturnos por Ciutat Vella, los atardeceres en la Malvarrosa y las noches interminables en camas demasiado pequeñas para tanto deseo.

Noa, tímida y culta por fuera; Hugo, guapo y fuerte; y yo, el invitado que se quedó para siempre.

Fin. ¿O principio?

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Comentarios (5)

Rober_74

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NadiaFdz

Por favor una segunda parte! quede con muchas ganas de saber como termino todo esto

Confesor22

Me recordo a un verano en Sevilla jaja, esas cosas pasan mas de lo que uno se imagina. Muy bien contado, se siente completamente real

CelesteNocturna

y siguieron viendose despues? quede con la duda jaja espero que si

MarcosPR

Ruzafa... ese barrio tiene algo especial. El relato te mete dentro completamente, muy buena narracion

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