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Relatos Ardientes

Lo que pasó la segunda noche entre los cuatro

Me llamo Daniela. Tengo treinta y dos años, mido uno setenta y uno y sigo siendo la misma de siempre: caderas anchas que se mueven solas cuando camino, pechos grandes que nunca he sabido disimular y una cintura blanda que Andrés agarra con las dos manos cuando me pone a cuatro patas. Han pasado exactamente dos semanas desde aquella noche en la terraza, cuando la curiosidad entre Andrés y Rubén dejó de ser palabras y se convirtió en algo mucho más concreto.

Desde entonces, todo había sido un torbellino silencioso. Miradas que se alargaban más de la cuenta, roces demasiado intencionados, mensajes subidos de tono a las tantas de la madrugada. Pero no habíamos vuelto a quedar los cuatro juntos. Hasta esta noche.

Lo cierto es que llevaba toda la semana nerviosa, como una adolescente antes de una primera cita. Me cambié de ropa tres veces antes de que llegaran. Andrés se reía de mí desde la cama, pero a él tampoco se le escapaba el temblor en las manos cuando descorchó la botella. Los dos sabíamos lo que estábamos a punto de dejar entrar en casa, y ninguno quería dar marcha atrás.

Quedamos en nuestra casa, como siempre. Cena ligera: una ensalada, vino tinto y un postre que nadie tocó porque el ambiente ya estaba demasiado caliente antes de los cafés. Sofía llegó con un vestido negro corto que apenas le cubría las nalgas. Rubén, con esa camiseta gris ajustada que le marca cada músculo del pecho. Andrés y yo nos miramos cuando entraron por la puerta. Los dos sabíamos que esta noche iba a ser diferente. Solo faltaba romper el hielo.

Durante la cena casi no hablamos del tema, pero estaba en todo. En cómo Rubén me sostuvo la mirada un segundo de más cuando le pasé el pan. En cómo Sofía cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa. En cómo Andrés, por debajo del mantel, me apretó el muslo justo cuando ella contaba una anécdota tonta del trabajo. Yo asentía y sonreía, pero por dentro solo pensaba en una cosa, y por las caras de los demás, no era la única.

Después de cenar nos sentamos en el salón. Luces bajas, una vela encendida en la mesa, música suave de fondo. Fue Sofía la que lo propuso, con esa sonrisa traviesa que pone siempre que quiere jugar.

—Venga, ¿verdad o atrevimiento? Como en los viejos tiempos… pero sin reglas de niños. El que diga «no» se va a casa.

Todos nos reímos, pero nadie dijo que no. Empezamos despacio, tanteando.

—Daniela —arrancó Rubén, mirándome fijo—. Verdad o atrevimiento.

—Verdad —respondí, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago.

—¿Cuántas veces te has corrido pensando en mí mientras Andrés te follaba esta semana?

Me puse roja, pero contesté sin titubear.

—Todas las noches. Cada vez que Andrés me penetraba por detrás, imaginaba que eras tú el que me llenaba al mismo tiempo.

Andrés soltó una risa ronca y me dio un beso profundo, con lengua y todo.

—Joder, amor… me pones malo —me susurró contra los labios.

Le tocó a él. Sofía no perdió el tiempo.

—Atrevimiento. Bésale la entrepierna a Rubén por encima del pantalón. Solo un beso.

Andrés no dudó. Se acercó gateando por la alfombra, se arrodilló frente a Rubén y apoyó los labios en el bulto evidente de sus vaqueros. Lo besó lento, dejando que la lengua marcara la tela durante un segundo de más. Rubén gimió bajito.

—Qué bien se te da esto, tío —dijo, con la voz tomada.

El juego subió de nivel rápido.

—Rubén —dijo Andrés, ahora con un tono más grave de lo normal—. Atrevimiento. Quítate los pantalones y déjame chupártela cinco minutos. Sin correrte.

Rubén se levantó, se bajó los vaqueros y la ropa interior de un tirón. Estaba ya completamente duro. Andrés se acercó, lo agarró con una mano y se lo metió en la boca despacio, lengua alrededor, bajando hasta la base, succionando con ganas. Rubén gemía con la mano enredada en su pelo.

—Así… más despacio… —jadeaba—. Qué boca tienes.

Yo me estaba tocando despacio por encima del vestido, viéndolos. Sofía se dio cuenta. Se arrastró hasta mí, me subió el vestido y empezó a lamerme por encima de la ropa interior.

—Estás empapada —me susurró contra el muslo—. No has aguantado nada.

—No tenía intención de aguantar —contesté, hundiéndole los dedos en el pelo.

Cinco minutos después, Andrés se apartó con la boca brillante y una sonrisa de medio lado.

—Tu turno, Sofía. Atrevimiento: ponte a cuatro patas y deja que Daniela te coma por detrás mientras Rubén te folla la boca.

Sofía obedeció encantada. Se colocó a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo en pompa y la espalda arqueada. Yo me arrodillé detrás, le bajé la ropa interior y empecé a lamerla con la lengua plana, abriéndole las nalgas con las manos. Metía la punta, la sacaba, la volvía a meter, mientras ella gemía con Rubén entrando y saliendo de su boca.

—Mete un dedo también, anda —pidió Rubén, empujando suave.

Lubriqué un dedo con saliva y se lo deslicé dentro despacio, luego un segundo, sin dejar de lamer alrededor. Sofía se corrió así, temblando entera, con un sonido ahogado contra la cadera de Rubén.

***

Ahora me tocaba a mí. Andrés me miró con esa intensidad que conozco demasiado bien.

—Atrevimiento. Quiero que te pongas a cuatro patas y que Rubén te folle por delante mientras yo te follo por detrás. Al mismo tiempo.

Se me aceleró el corazón. Lo había pensado durante dos semanas y ahora me lo ponían delante.

—Hazlo —susurré.

Me puse a cuatro patas. Rubén se tumbó debajo de mí y me penetró de un solo empujón, encontrándome tan mojada que entró sin esfuerzo. Andrés se colocó detrás, untó lubricante y entró despacio, milímetro a milímetro. Los dos dentro a la vez. Sentí cómo me llenaban por completo, las dos rozándose a través de la pared fina que las separaba. Gemí alto, sin poder contenerlo.

—Estáis muy dentro… moveos, por favor… —pedí.

Durante unos segundos ninguno se movió. Solo sentía el calor de los dos cuerpos pegados al mío, el pecho de Rubén subiendo y bajando bajo mis manos, el aliento de Andrés en mi nuca. Era casi insoportable estar así, llena hasta el límite y quieta, esperando.

Empezaron a moverse coordinados. Rubén empujaba hacia arriba, Andrés hacia adelante. Cada embestida era doble, profunda, y yo sentía que perdía el control de mi propio cuerpo. Sofía se sentó delante de mi cara, abriéndose de piernas.

—Cómeme mientras te follan los dos —me ordenó, agarrándome del pelo.

Hundí la lengua en ella, le succioné el clítoris, todo mientras me embestían sin parar por los dos lados. Me corrí con una fuerza que casi me dobla, contrayéndome alrededor de los dos a la vez, las piernas temblándome tanto que Rubén tuvo que sujetarme las caderas para que no me derrumbara.

No paramos ahí. Andrés salió de mí, respirando fuerte, y se giró hacia Rubén.

—Ahora tú. Atrevimiento: ponte a cuatro patas. Quiero follarte yo mientras Daniela te la come y Sofía te ayuda por detrás.

Rubén obedeció sin dudar, aunque vi que tragaba saliva. Se puso a cuatro patas, con el culo firme y la cabeza baja. Andrés untó lubricante y entró en él muy despacio, atento a cada reacción. Rubén jadeó fuerte.

—Despacio… así… métela toda —pidió entre dientes.

Me sorprendió lo mucho que me excitaba verlo así. Rubén, que siempre va de seguro, de tipo que controla cada situación, ahora con la frente apoyada en la alfombra y entregado por completo. Andrés empezó a moverse, embestidas largas y profundas. Yo me metí debajo y me la llevé a la boca, succionando hondo, lamiendo mientras él se balanceaba con el ritmo que Andrés le imponía. Sofía se colocó al lado, le acarició la espalda y le ayudó con los dedos, buscándole ese punto que lo volvió loco.

—No paréis… por favor… —gemía Rubén, ya sin ningún pudor—. Me vais a romper.

Se corrió así, sin que nadie se la tocara más que mi boca, con un grito ronco que llenó todo el salón. Andrés empujó hasta el fondo una última vez y se vino dentro de él, agarrándolo de las caderas, los dos sudados y temblando.

***

Al final caímos todos sobre la alfombra, los cuerpos pegajosos, enredados unos con otros. Nos besamos sin orden, manos por todas partes, riéndonos entre jadeos como adolescentes. Andrés me abrazó por la espalda y me susurró al oído:

—Gracias por abrir esta puerta, amor. No quiero volver a cerrarla nunca.

Sofía rio bajito desde el otro lado del montón.

—Ni nosotros. Esto es… perfecto.

Me quedé mirando el techo, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad, los cuatro pegados y en silencio. Dos semanas atrás esto era una fantasía que ni me atrevía a decir en voz alta. Ahora era nuestra realidad, y por primera vez en mucho tiempo, no sentía ni una pizca de culpa. Solo ganas de que llegara la próxima vez.

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Comentarios (5)

DiegoNoc

Lo del verdad o atrevimiento fue un golpe de genio jajaja. tremendo relato

Mavi_Lect

Por favor una tercera noche!! quede con ganas de mas, se hizo cortisimo

PatriRo22

Increible lo bien que lo contas, se siente real. Sigue así!

SebastianVzla

Esto me recordo a algo parecido que vivimos con unos amigos hace tiempo. Los grupos tienen su propia dinámica y acá está bien captado, se nota que es vivencia real

NicolasMdz

La segunda copa hace cosas jajaja. muy buen relato

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