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Relatos Ardientes

Don Anselmo no era el vecino tranquilo que aparentaba

Maribel siempre supo que su hermano era distinto, y nunca le importó. Desde la adolescencia, Dilan había sido el más bonito de la familia: piel tersa, ojos color miel con un brillo que parecía pedir permiso para todo, una sonrisa que desarmaba a quien se cruzara con él. Lo deseaban las chicas y lo deseaban los chicos, y eso, en lugar de hacerlo feliz, lo tenía atrapado en un dilema que arrastraba desde hacía años.

El problema de Dilan era simple de enunciar y difícil de vivir. Los hombres que le gustaban eran de los que jamás admitirían que les gustaba un hombre. Y los que sí lo buscaban a él le parecían demasiado blandos, demasiado parecidos a él mismo. Quería un macho de verdad, uno que no le pidiera permiso. Y ese hombre, a sus veintitantos años, seguía sin aparecer.

Maribel, dos años mayor que él, lo observaba con una mezcla de ternura y rabia. Ella nunca había tenido ese problema. Con sus pechos firmes y ese andar que hacía girar cuellos en la cuadra, siempre fue la que mandaba en sus relaciones, la que decidía cuándo y cómo. Por eso le dolía ver a su hermano tan exigente y tan solo, esperando algo que el barrio entero parecía incapaz de darle.

***

Don Anselmo vivía a tres casas, calle abajo. Era un hombre entrado en años, de barba blanca y andar pausado, de los que se persignaban al pasar frente a la iglesia y cargaban las bolsas de las señoras mayores sin que nadie se lo pidiera. Llevaba décadas casado con Olga, una mujer de voz aguda y carácter de vinagre que parecía existir solo para corregirlo en voz alta delante de quien estuviera cerca.

—¡Anselmo, te dije que el pan no, que engorda! ¡Anselmo, ya estás otra vez con los zapatos sucios en mi piso!

El barrio entero había escuchado a Olga reducir a aquel hombre grande a la nada con tres frases. Y don Anselmo agachaba la cabeza, decía que sí a todo y seguía caminando, como si hace mucho hubiera dejado de creer que valía algo.

Maribel lo había mirado más de una vez desde su ventana. No por lástima, o no solo por lástima. Había algo en aquel hombre vencido que le picaba la curiosidad. Ningún hombre se deja apagar así si no tuvo antes un fuego enorme, pensaba.

***

La tarde en que todo cambió, don Anselmo salió a caminar para escapar de otro de los sermones de su mujer. Maribel lo vio pasar con los hombros caídos y, sin pensarlo demasiado, lo llamó desde el portón.

—Don Anselmo, ¿por qué no se viene un rato? Estamos solos mi hermano y yo, le tenemos algo fresco. Así se olvida un ratito de doña Olga.

El hombre dudó, miró hacia su casa como quien mide una cadena, y al final asintió. Cualquier cosa con tal de no volver todavía.

Adentro, la casa estaba en penumbra y olía a café recién hecho. Maribel lo sentó en el sillón grande de la sala y se metió a la cocina a buscar algo de picar. Fue entonces cuando apareció Dilan.

El muchacho hizo una mueca apenas lo vio. Don Anselmo no era, ni de lejos, el tipo de hombre que le interesaba: viejo, manso, de esos que le pedirían perdón hasta por respirar. Pero algo en el aburrimiento de la tarde lo empujó a jugar.

—Aló, ¿y qué lo trae por acá, don Anselmo? —dijo, arqueando la espalda apenas, dejando que la camiseta se le pegara al torso.

Vio cómo el viejo bajaba la mano hacia su entrepierna, intentando disimular algo que ya empezaba a marcarse bajo la tela del pantalón. Y vaya que se marcaba. Un bulto grueso, mucho más grueso de lo que ese cuerpo de abuelo prometía. Dilan no lo dejó pasar. Se acercó, se sentó al lado, rozándolo casi sin querer.

—Es mejor que te quedes ahí, muchacho —dijo don Anselmo, con la voz más áspera de lo habitual—. No vaya a ser que malinterpretes la cosa.

—¿Malinterpretar qué, don Anselmo? —Dilan se pegó un poco más, hasta sentir el calor del cuerpo ajeno—. ¿Le incomodo?

—En serio, muchacho. Aléjate. No quiero problemas.

—¿Y qué problema puede haber? —susurró, casi al oído—. Si somos dos hombres solos, nada más.

Don Anselmo hizo el ademán de levantarse. Y en ese movimiento, la mano de Dilan, que estaba sobre su pierna jugando a provocar, rozó de lleno el bulto. Fue un instante. Pero bastó para que el viejo volviera a sentarse, como si esa caricia hubiera roto algo que llevaba años atado.

Lo que pasó después no se lo esperaba ninguno de los dos. Don Anselmo lo tomó de la nuca con una sola mano, con una fuerza que no encajaba con su barba blanca, y le clavó un beso. No fue un beso de viejo tímido. Fue una boca que se adueñó de la suya, una lengua que lo recorrió por dentro con autoridad, que lo dobló. Dilan intentó retroceder por puro reflejo, y al segundo cerró los ojos. Era exactamente el beso que llevaba años buscando y que nadie le había sabido dar.

***

Maribel volvió con la bandeja y se quedó parada en el umbral.

Su hermano, ese muchacho exigente que despreciaba a medio barrio, se deslizaba del sillón al piso sin despegarse de la boca de don Anselmo, rindiéndose hasta quedar de rodillas frente a él. El hombre no lo soltaba. La escena le encendió algo en el vientre que no supo cómo nombrar.

Dejó la bandeja en la mesa y se acercó despacio, sin querer romper el momento, queriendo verlo de cerca.

—Espero no interrumpir —dijo, y se arrimó al costado del viejo.

No esperó respuesta. Se sumó al beso, y por un momento fueron tres lenguas buscándose, mezclándose, mientras las manos grandes de don Anselmo iban y venían de una boca a otra, dominando a los dos hermanos a la vez.

Las manos de Maribel bajaron solas hacia el pantalón del viejo. Lo desabrochó con dedos impacientes y, cuando liberó lo que había debajo, soltó un jadeo de incredulidad. El vecino bonachón, el que agachaba la cabeza ante su mujer, escondía un miembro enorme, grueso, de los que daban ganas de arrodillarse y no preguntar nada.

Don Anselmo se puso de pie. Levantó a Dilan con una mano, y por primera vez los dos hermanos vieron el cuerpo completo del hombre. Bajo la ropa conservadora de padre de familia había un torso ancho, fuerte, canoso, el cuerpo de alguien que alguna vez fue un toro y que solo necesitaba una excusa para volver a serlo.

—Te dije que no iba a responder si me provocabas —murmuró, mirando a Dilan a los ojos.

El muchacho se sacó la ropa como pudo. Maribel, todavía vestida, sujetaba el miembro del viejo con las dos manos.

—Ay, don Anselmo —dijo ella, lamiéndole un pezón entre frase y frase—, ¿se va a coger a mi hermanito? ¿Y después a mí? Le juro que vamos a ser suyos si nos da con esta cosa.

***

Don Anselmo tomó a Dilan del pelo y lo guió hacia abajo. El muchacho se metió aquel miembro en la boca con un ahínco que sorprendió hasta a su hermana. Lo hacía con la desesperación de quien por fin encuentra lo que lleva años persiguiendo, hasta atragantarse, mirando hacia arriba en busca de aprobación.

—Eso, así —gruñó el viejo, sin dejar de sostenerle la cabeza—. Mira cómo lo haces de bien.

Maribel no aguantó más. Se sentó en el sillón pequeño, abrió las piernas y se acarició por encima de la ropa primero, después por dentro, hundiendo los dedos al ritmo de los sonidos guturales que hacía su hermano. Estaba empapada, y cada arcada de Dilan le subía la temperatura un grado más.

Cuando el viejo decidió que ya estaba listo, levantó a Dilan con una facilidad que no dejaba de impresionar y lo dobló sobre el respaldo del sillón. Le separó las nalgas con esas manos curtidas, escupió, lo preparó. El muchacho gimió de anticipación, aferrado a los cojines.

—Te voy a abrir entero —le dijo don Anselmo al oído—. Vas a sentir por fin lo que es tener a un hombre de verdad.

Y empujó. Despacio al principio, dejando que el muchacho se acostumbrara, y después con una embestida firme que le arrancó un grito a Dilan, una mezcla de dolor y de un placer que no conocía. El viejo lo tomó de las caderas y empezó a moverse, su cuerpo chocando contra el del muchacho, llenándolo por completo.

—Más, don Anselmo, más —suplicaba Dilan, perdido.

Maribel se mordía los labios mientras se hundía los dedos, mirando cómo aquel hombre al que toda la calle creía acabado sometía a su hermano sobre el sillón de su propia sala. La escena la tenía al borde, y todavía no la habían tocado.

Dilan se vino primero, temblando, derramándose sobre la tela del sillón con un gemido largo. Don Anselmo le dio un par de palmadas en las nalgas, salió de golpe y lo dejó de rodillas, agotado, temblando.

—Tú ya diste lo tuyo, muchacho —dijo, y se giró hacia Maribel.

***

Ella ya estaba lista. Empujó al viejo contra el sillón para que se sentara como el rey en el que se había convertido, y se arrodilló frente a él. El miembro estaba hinchado, enrojecido por la fricción, palpitando. Maribel lo sujetó por la base, sintiéndolo latir contra su palma, y empezó a recorrerlo con la lengua de abajo hacia arriba, sin prisa, saboreando.

—Mira cómo lo escondías, don Anselmo —dijo entre lametones—. Tanta misa y tanta cabeza gacha, y resulta que tenías esto guardado.

Lo tomó entero en la boca, bajando hasta sentir que le golpeaba la garganta, retirándose para respirar y volviendo a bajar, más rápido cada vez. El viejo le sujetaba el pelo, guiándola, marcándole el ritmo, y ella se dejaba conducir como hacía años no se dejaba conducir por nadie.

Cuando lo sintió al límite, don Anselmo la levantó y la sentó sobre él, a horcajadas. Maribel se hundió despacio, sintiendo cómo aquel grosor se abría paso, y soltó un gemido ronco.

—Ay, don Anselmo… qué escondido lo tenía…

Empezó a moverse, arriba y abajo, sus pechos saltando con cada embestida. El viejo se los tomó con las manos, los apretó, le chupó los pezones, y después, con la palma abierta, empezó a darle pequeñas cachetadas que la hacían gemir más fuerte y mojarse aún más.

—Así, más, déjemelas marcadas —pedía ella, fuera de sí.

Maribel se giró, montándolo de espaldas, y don Anselmo la guió por la cintura con una mano mientras con la otra le buscaba el clítoris y se lo frotaba con autoridad. Ella sabía que ya no mandaba en su propio cuerpo, que cada temblor lo decidía aquel hombre, y por primera vez en mucho tiempo eso la llenaba en vez de molestarla.

Con un grito se vino, su cuerpo entero contrayéndose alrededor de él, mojándolo, mojándose, derramándose sobre sus muslos. El viejo recibió aquel baño con una sonrisa.

***

Pero todavía no había terminado. La levantó, la acomodó de frente sobre el sillón, le abrió las piernas. Después de un rato penetrándola por delante, sacó el miembro empapado, buscó algo más estrecho y, sin compasión, la penetró por detrás de una sola estocada.

—¡Ah, don Anselmo!

El cuerpo de Maribel se arqueó primero por el impacto y después por el éxtasis. La sensación de ser invadida por completo, de sentir cómo cedía para acomodar aquel grosor, era abrumadora, el dolor inicial deshaciéndose en un placer que no tenía nombre.

—Ahora sí eres mía —gruñó él, empezando a moverse con una ferocidad animal—. Disfruta cada centímetro.

Las embestidas eran contundentes, cada una la empujaba más cerca del límite. Maribel se aferraba al sillón con los nudillos blancos, gimiendo, mientras el viejo la dominaba, la poseía, la marcaba como algo suyo.

—Voy a llenarte —jadeó él—, a dejarte marcada para que no se te olvide quién soy.

Ella alcanzó un segundo orgasmo que la sacudió entera, apretándolo con tanta fuerza que lo arrastró con ella. Don Anselmo se clavó hasta el fondo y se vino con un gemido gutural, derramándose dentro de Maribel en chorros que se desbordaron y resbalaron hasta el piso de la sala.

***

Agotada, satisfecha, Maribel se dejó caer sobre el sillón temblando. Dilan, recuperado, se acercó sin que nadie se lo pidiera y lamió los restos que escapaban del cuerpo de su hermana, asegurándose de no dejar ni una gota, mientras la mujer le acariciaba el pelo con una sonrisa cansada.

Don Anselmo se reclinó, por fin relajado, por fin él mismo. Maribel se acomodó de un lado, Dilan del otro, los dos buscando su calor, su pecho ancho, esa fuerza que la calle entera había creído extinguida.

Ninguno de los tres dijo nada. No hacía falta. Los dos hermanos sabían que aquella tarde no sería la última, que habían despertado al hombre que dormía bajo la barba blanca y la cabeza gacha, y que de ahora en adelante el vecino más manso de la cuadra tendría dos buenas razones para salir a caminar cada vez que doña Olga levantara la voz.

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Comentarios (5)

Gabi_55

tremendo relato!! me dejo sin palabras jaja

MasConfesiones_86

Por favor contá mas, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de esa tarde

Patri_K

Me encantó, ese tipo de personas existen y uno nunca lo imagina hasta que se encuentra en esa situacion. Muy bien contado

Vecino_mtz

jaja el titulo lo dice todo. Nunca hay que juzgar por las apariencias!

SoniaCba

Increible como lo contás, se siente tan real. Seguí escribiendo porfavor

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