Lo que ninguno esperaba en mi primer día de becario
El calor pegajoso de finales de septiembre todavía se aferraba a las aceras de Valencia cuando Rubén empujó la puerta de cristal de la consultora en pleno barrio de Ruzafa. Veintitrés años, recién licenciado en Económicas por la Universitat de València, con el pelo castaño cortado a navaja y siempre alborotado, unos ojos color avellana que delataban cada cosa que pensaba, y un cuerpo delgado pero fibroso de tanto jugar al pádel los domingos. Llevaba una camisa blanca ajustada por dentro de unos chinos grises y una mochila con su portátil estrenado esa misma semana. Era su primer día como becario en la firma de consultoría financiera, y los nervios le habían hecho sudar más de la cuenta durante toda la orientación de la mañana.
La oficina era un espacio diáfano y luminoso: mesas blancas, plantas colgando del techo y, al fondo, una ventana con vistas lejanas a la Ciudad de las Artes. Su supervisor lo presentó al equipo, una docena larga de personas, pero dos le llamaron la atención de inmediato. Daniel, treinta y cuatro años, alto y de piel morena, con una barba de tres días bien perfilada y los brazos marcados bajo las mangas remangadas. Tenía la sonrisa fácil de quien se sabe el centro de cualquier sala y un humor sarcástico que aflojaba la tensión de las reuniones. Era el analista senior, casado, aunque ese día no llevaba la alianza puesta.
La otra era Vanesa, treinta años, melena rubia oscura en ondas hasta los hombros, ojos verdes que parecían sopesarte antes de hablar, labios carnosos pintados de un tono nude. Bajo la blusa azul y la falda de tubo se le adivinaba un cuerpo de curvas que se movían solas al caminar. Coordinaba los proyectos, era soltera y descaradamente extrovertida, y arrastraba un acento valenciano suave que hacía sonar juguetona hasta la frase más seria.
—Bienvenido, chaval —dijo Daniel, dándole una palmada en el hombro—. Tranquilo, que aquí no mordemos… mucho. Si necesitas algo, pregúntale a Vanesa, que es la que manda de verdad.
Vanesa se rio y le guiñó un ojo a Rubén.
—No le hagas caso. Daniel solo entiende de números y de cervezas. Si quieres sobrevivir aquí, quédate cerca de mí.
El día pasó como un torbellino: reuniones eternas sobre informes financieros, tutoriales de Excel que se le escapaban entre los dedos y cafés apresurados en la máquina de la cocina. Rubén intentó absorberlo todo, pero a las siete de la tarde, con el sol ya cayendo y tiñendo de naranja los edificios, estaba reventado. La mayoría del equipo recogía para marcharse, pero Daniel y Vanesa se acercaron a su mesa justo cuando él guardaba sus cosas.
—Oye, becario —soltó Daniel con media sonrisa—, ha sido un día largo. ¿Te vienes a tomar algo? Hay un bar aquí al lado, en la calle Cádiz. Nada del otro mundo, solo para desconectar.
Vanesa apoyó las dos manos en la mesa y se inclinó, con un brillo travieso en los ojos.
—Venga, Rubén, no seas soso el primer día. Ya somos compañeros, ¿no? Te prometo que no te vas a arrepentir.
Rubén dudó un segundo. Era hetero, igual que ellos dos —o eso daba por hecho—, y lo último que quería era dar una impresión rara en su estreno. Pero la idea de socializar después de un día solo entre desconocidos le tiraba demasiado. Y Daniel y Vanesa parecían gente de verdad, sin dobleces. Valencia era una ciudad nueva para él.
—Vale, ¿por qué no? Una rápida.
El bar era un local pequeño con terraza: mesas de madera gastada, guirnaldas de luces cálidas y música indie sonando de fondo. Pidieron tres gin-tonics y se acomodaron en un rincón apartado. La conversación fluyó sin esfuerzo. Daniel contó anécdotas de clientes imposibles, Vanesa se metió con el jefe imitando su forma de carraspear, y Rubén habló de su vida en la facultad, de las fiestas en la Malvarrosa y de alguna ex. El alcohol fue soltando las lenguas. Llegó el segundo gin-tonic y, con él, las risas se volvieron más bajas, más cómplices.
—Dime la verdad, Rubén —dijo Vanesa, inclinándose hacia delante de modo que la blusa se le abrió lo justo para dejar ver el encaje del sujetador—. ¿Tienes novia? Un chico guapo como tú no puede andar solo por esta ciudad.
Rubén se sonrojó, pero la ginebra le hizo sincero.
—No, lo dejé hace unos meses. Era… complicado. ¿Y vosotros?
Daniel se encogió de hombros y su rodilla rozó la de Rubén por debajo de la mesa.
—Casado, pero mi mujer viaja mucho. Vanesa es la eterna soltera. Dice que los tíos de aquí son demasiado predecibles.
Vanesa soltó una carcajada y posó la mano en el antebrazo de Daniel.
—Y tú eres el experto, claro. Venga, contadme algo picante. ¿Cuál es la fantasía más loca que tenéis? Sin mentiras, que el gin os suelta solos.
Llegó el tercer gin-tonic y el aire se cargó de una tensión nueva, divertida y peligrosa a partes iguales. Rubén, ya relajado, se atrevió.
—A ver… yo siempre he sido hetero, pero una vez en la uni un colega y yo nos besamos por una apuesta. Fue raro, pero no me dio asco. ¿Y vosotros?
Daniel miró a Vanesa con una sonrisa que se le formaba despacio.
—Yo hetero al cien, pero reconozco que alguna vez he fantaseado con un trío. Nada serio, pura curiosidad.
Vanesa se mordió el labio, paseando la mirada de uno a otro.
—Yo igual. Hetero, pero… ¿y si probamos algo distinto? Solo por diversión, sin presiones. Estamos entre amigos.
El roce bajo la mesa dejó de ser accidental. La mano de Vanesa se posó en la rodilla de Rubén; la de Daniel, en el muslo de ella. Ninguno la apartó. Rubén notó un calor subiéndole por el pecho, el alcohol nublándole el juicio y, a la vez, dejándole el deseo más claro que nunca.
—Vale… pero solo si los tres queremos —dijo—. Nada forzado.
***
Pagaron y caminaron las dos calles que separaban el bar del piso de Vanesa, un ático pequeño y acogedor: un sofá gris, lámparas de luz tenue y una botella de tinto esperando en la encimera de la cocina. Se sentaron los tres, con Daniel en el medio, y Vanesa sirvió las copas. La charla se volvió cuerpo: roces de manos que ya no buscaban excusa, miradas que se sostenían un segundo de más.
—Ven aquí —susurró Vanesa, y, pasando por delante de Daniel, besó a Rubén en los labios.
Fue suave al principio, un tanteo. Su lengua rozó la de él con sabor a ginebra y limón, y Rubén respondió subiendo la mano por su espalda, notando la tela fina de la blusa y el calor de la piel debajo. Daniel los observó un instante antes de inclinarse a besar el cuello de Vanesa.
—Esto es una locura… pero me está gustando —murmuró—. ¿Estás bien, Rubén?
—Sí… seguid —contestó él, con la voz ronca y la entrepierna ya tirante contra los vaqueros.
Vanesa se giró y besó a Daniel, esta vez hondo, sin prisa, mientras su mano bajaba hasta el regazo de Rubén y le acariciaba el bulto por encima de la tela.
—Quiero veros a vosotros dos —dijo en voz baja, y guio la mano de Daniel hacia el chico.
Daniel dudó. Pero entre el alcohol y la curiosidad pudo más el impulso. Besó a Rubén con cautela: labios firmes, la barba raspando, las lenguas enredándose en algo torpe al principio y cada vez más intenso. Rubén sintió un latigazo de placer desconocido, le hundió los dedos en el pelo y dejó de pensar.
—Joder… no creía que me fuera a poner así —admitió Daniel, separándose para desabrocharle la camisa y dejarle el pecho al aire.
Vanesa se quitó la blusa y quedó en un sujetador de encaje negro que apenas la contenía. Se arrodilló frente a ellos y les fue abriendo los pantalones a los dos. Los acarició despacio, con una mano en cada uno, mirándolos desde abajo con una sonrisa.
—Sois preciosos los dos. ¿Puedo?
Asintieron a la vez. Ella alternó entre ambos: la boca cálida sobre Rubén con succiones lentas, la lengua trazando círculos, mientras la otra mano mantenía a Daniel ocupado. Luego cambió, recorriendo a Daniel mientras Rubén, todavía incrédulo, miraba la escena con el pulso disparado. Daniel, llevado por el momento, alargó la mano y rodeó a Rubén, descubriendo su dureza con una mezcla de curiosidad y vértigo.
—Esto es nuevo para mí —dijo—. ¿Te gusta?
—Sí… no pares —jadeó Rubén, y volvió a besarlo mientras Vanesa se ocupaba de los dos a la vez, la boca en uno, la mano en el otro.
Acabaron de desnudarse entre risas y respiraciones cortas. Vanesa se deshizo de la falda y la ropa interior y se tumbó en el sofá, abriendo las piernas con una lentitud que era una invitación.
—Venid. Tocadme.
Daniel se arrodilló y la recorrió con la lengua, despacio, mientras ella le clavaba los dedos en el pelo. Rubén, a su lado, le besó los pechos, atrapando un pezón entre los labios, y bajó una mano titubeante por la espalda de Daniel. El otro gimió contra ella, animándolo sin palabras.
—Prueba tú —dijo Daniel, apartándose y dejándole el sitio.
Rubén la probó por primera vez. El sabor le sorprendió, la lengua explorando cada pliegue, los dedos entrando con cuidado y curvándose hasta dar con el punto que la hizo arquearse. Vanesa contuvo el aliento y agarró el pelo de los dos a la vez.
—Sois increíbles… los dos.
Mientras Rubén seguía con la boca entre sus piernas, Daniel se colocó detrás de él, le besó la espalda, fue bajando. Rubén se tensó al sentirlo, pero el calor de aquella lengua nueva lo desarmó por completo.
—Eso… se siente bien —admitió, dejándose llevar.
Vanesa fue la primera en correrse, el cuerpo entero estremeciéndose, la cara de Rubén húmeda contra ella. Después se turnaron sin orden ni plan. Rubén la penetró despacio, hundiéndose hasta el fondo, mientras Daniel, a un lado, no dejaba de tocarlo, una mano firme en la cadera marcándole un ritmo más profundo.
—Sigue, dale bien —lo animó Daniel, la voz pastosa.
Rubén gimió y embistió con más fuerza, sintiendo las manos de los dos sobre él, perdido en una sensación que esa mañana ni siquiera habría podido imaginar.
***
Cambiaron de postura una y otra vez. Daniel la tomó por detrás, marcando un ritmo seco, mientras Rubén se arrodillaba delante de ella ofreciéndole la boca. En algún momento Daniel se inclinó por encima del cuerpo de Vanesa y volvió a besar a Rubén, y ninguno de los dos se apartó.
—Despacio… así, justo así —pidió ella entre jadeos cuando los tres encontraron por fin un encaje imposible, Vanesa cabalgando a Rubén con los pechos balanceándose y Daniel pegado a su espalda.
Y entonces llegó el momento que selló la noche. Daniel buscó a Rubén, lo preparó con cuidado, y entró en él por primera vez, despacio, mientras Vanesa los observaba mordiéndose el labio y acariciando a ambos. Rubén apretó los dientes; el escozor inicial dio paso a una oleada de placer que lo dejó sin voz.
—Joder… sí, sigue —fue lo único que acertó a decir.
Terminaron casi en cadena, uno tras otro, el sofá hecho un desastre de cojines caídos y respiraciones rotas. Se quedaron los tres tumbados, sudados, riéndose por lo bajo de su propia osadía.
—No sé ni cómo ha pasado… pero ha estado bien —dijo Rubén, mirando al techo.
Daniel y Vanesa asintieron a la vez, sin necesidad de añadir nada. Fuera, Valencia seguía templada y ajena. Rubén pensó que, de todos los primeros días que había imaginado, ninguno se parecía ni de lejos a aquel. Y que, por la mañana, tendría que volver a mirarlos a los ojos en la oficina como si nada. La sola idea le arrancó una sonrisa.