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Relatos Ardientes

Me encontró parada en el pasillo antes de entrar

La casa llevaba en silencio más de una hora. Los niños se habían quedado dormidos antes de las nueve, rendidos después de un día que a todos nos había costado más de la cuenta. Mateo y yo habíamos pasado el resto de la noche en el sofá, sin hablar, cada uno con el móvil en la mano como dos desconocidos que comparten el mismo espacio. No era mal rollo. Era cansancio. Después de diez años juntos, el silencio deja de necesitar excusas.

A las once apagué la televisión.

—Los niños llevan horas dormidos —dije—. Deberíamos subir ya.

Mateo asintió sin apartar la vista del teléfono.

Me puse de pie, estiré los brazos hasta que me crujió la espalda y empecé a subir la escalera. Llevaba la ropa de siempre para dormir: una camiseta vieja de algodón que había robado de su cajón hace años y unos pantalones anchos de tela suave con el elástico ya algo vencido. Sin sujetador. Sin nada especial. La indumentaria de alguien que solo quiere meterse en la cama y cerrar los ojos.

El pasillo del primer piso estaba oscuro. Solo entraba algo de luz desde la ventana del baño, una franja pálida que cruzaba el suelo de lado a lado. Me detuve delante de la puerta de nuestra habitación.

Los niños dormían ahí dentro. Los habíamos metido en nuestra cama hacía tres días, cuando la pequeña empezó con las pesadillas, y allí seguían los dos. Era temporal, nos decíamos. Solo un par de noches más. Llevábamos diciéndolo desde el martes.

Puse la mano en el pomo.

No lo giré.

No tenía ganas de entrar todavía.

No era cansancio lo que me retenía ahí. Era algo más difícil de nombrar, una especie de tensión acumulada que había estado flotando toda la tarde sin que yo le prestara atención. Me quedé quieta, con la mano en el pomo y la frente casi rozando la madera, escuchando el silencio del pasillo y mi propia respiración.

Oí los pasos de Mateo en la escalera.

Ralentizó al verme parada ahí, inmóvil frente a la puerta cerrada.

—¿Pasa algo? —preguntó, en voz baja.

—No —respondí—. Solo no quería entrar todavía.

Hubo un momento de silencio. Después, sus manos en mis hombros. Suaves, sin apuro. Y luego sus labios en el cuello, justo donde el cuello se une con el hombro, donde siempre elige. Esa presión que conozco de memoria y que, por algún motivo, esa noche me llegó diferente. Más directa. Más necesaria.

Cerré los ojos.

Extendí los brazos por encima de la cabeza y entrelacé las manos detrás de su nuca. Él aprovechó el espacio que le dejé y siguió recorriéndome el cuello con la boca, despacio, sin perder la calma. Como si tuviéramos toda la noche y no hubiera niños durmiendo a un metro y medio al otro lado de esa puerta.

—Qué bien hueles —murmuró contra mi piel.

No respondí. Solo apoyé la cabeza hacia atrás contra su hombro y dejé que siguiera.

Los besos fueron subiendo de temperatura sin que ninguno de los dos lo decidiera. Cuando sus manos bajaron desde mis hombros y se metieron por debajo de la camiseta, dejé escapar un suspiro que no había planeado. Las palmas cálidas sobre la piel del vientre, subiendo despacio, hasta llegar a los pechos.

Tengo los pechos grandes. Siempre los he tenido, y él lo sabe mejor que nadie. Sabe cómo cogerlos, sabe cuándo apretar y cuándo ir despacio, sabe que si me toca los pezones de cierta manera yo dejo de pensar en cualquier otra cosa. Es algo que hemos construido en diez años y que ninguno de los dos ha tenido que explicarle al otro.

Empezó por la base, cogiéndolos enteros con las manos, apretando suave. Después subió hasta los pezones y los pasó entre los dedos, primero con delicadeza, luego con más intención. Ya los tenía duros antes de que llegara ahí, pero cuando los cogió y los estiró levemente hacia afuera, tuve que buscar apoyo en la puerta.

—Así —dije, casi sin voz.

Él no respondió. Siguió. Con una mano en el pecho y la otra recorriendo el vientre por debajo de la camiseta, sin bajar todavía, trazando ese camino lento que me desespera porque sé lo que viene y no puedo acelerar nada. Cada vez que sus dedos rozaban la cintura yo arqueaba un poco la espalda, buscando que siguieran.

Empujé el trasero hacia atrás para notarlo contra mí. Estaba duro. Eso me aceleró todo lo demás de golpe.

***

Mis manos encontraron el camino solas.

Pasé la palma por encima del pijama, solo para confirmar lo que ya sabía. Estaba mojada. El calor que había ahí era inconfundible, y la tela ya llevaba un rato húmeda contra los dedos.

Mateo se dio cuenta enseguida. Siempre lo nota: el ritmo de la respiración cambia, las caderas se mueven de otra manera. Después de tanto tiempo juntos, el cuerpo no miente.

Tiró del pantalón hacia abajo, lo dejó a la altura de los muslos, y luego cogió la tela de las bragas y la tensó hacia arriba, metiéndomela entre las nalgas. Un gesto sencillo, casi mecánico, pero que me hizo abrir los ojos de golpe y morderme el labio inferior para no hacer ruido.

Seguí tocándome por encima de la tela. Tengo el pubis depilado, sin vello ni en el monte ni en los labios, y a través de las bragas podía sentir cada movimiento con una precisión que me ponía más nerviosa todavía. Él tenía una mano en el pecho, apretando el pezón, y la otra me había dejado la cadera libre. Yo me frotaba el clítoris con los dedos al ritmo que el cuerpo me pedía: lento al principio, con más intención después, buscando ese punto de calor que crece y que todavía no quería que llegara.

La frente me cayó contra la madera de la puerta.

Que nadie se despierte. Por favor, que nadie se despierte ahora.

Mateo bajó la mano de la cadera y la puso sobre la mía, no para apartarla, sino para sentir lo que hacía. Estuvimos así un momento, los dos, su mano encima de la mía, guiando sin forzar el movimiento sobre las bragas.

Después separó la tela hacia un lado.

El aire frío fue lo primero que noté. Después, sus pasos silenciosos en el suelo cuando se puso de rodillas detrás de mí.

Me cogió de las caderas con las dos manos e hizo una presión suave, indicándome que arqueara un poco la espalda. Lo hice. Abrió con los pulgares y esperó. Yo aguanté la respiración.

Un dedo entró despacio.

No tuvo que forzar nada: el camino estaba más que preparado. Lo metió hasta el fondo, lo sacó, rozó el clítoris de pasada como si nada. Después volvió, y esta vez eran dos.

Se me escapó un sonido que no llegué a controlar del todo. Tapé la boca con el dorso de la mano y abrí un poco más las piernas.

Empezó a moverlos lentamente dentro de mí mientras con la otra mano me apretaba una nalga. Yo metí la mía entre el cuerpo y la puerta, buscando el clítoris, pasando los dedos por la entrada para llevar algo de lubricación hasta arriba.

Él notó mis dedos.

Paró un segundo. Luego cogió mi mano y metió los dos dedos míos junto a los dos suyos.

Cuatro dedos dentro de mí.

Los movimos juntos, muy despacio, y yo tuve que apoyar la frente en el brazo doblado contra la puerta porque las rodillas ya no se fiaban de sí mismas. Era demasiado y no era suficiente al mismo tiempo. Quería que acabara ya y quería que no acabara nunca.

***

Cuando los sacamos yo quise ir directamente al clítoris, pero él ya se había movido.

Abrió las nalgas con ambas manos y pasó la lengua por el ano.

Me estremecí de arriba abajo. Ese gesto siempre me pilla desprevenida, siempre consigue arrancarme una reacción más intensa de lo que anticipo. Me aferré al pomo con la mano que tenía libre y esperé, con la cabeza gacha y el cuerpo en tensión, a que siguiera.

Sus dedos volvieron a entrar por delante mientras su lengua seguía detrás. Doble, simultáneo, sin pausa. Las rodillas cedieron otro poco y tuve que doblarlas para mantener el equilibrio. Sentía cada cosa por separado y todo junto al mismo tiempo: los dedos dentro, la lengua detrás, la mano libre en el pomo, la frente contra la madera.

Ya. Necesito acabar ya.

Como si lo hubiera dicho en voz alta, se corrió hacia delante y se metió entre mis piernas. Su boca encontró el camino sin que yo tuviera que guiarla: lo recorrió entero, despacio, de abajo arriba, limpiando todo lo que había. Y cuando llegó al clítoris comenzó a succionar con una presión constante y rítmica que me borró cualquier otro pensamiento.

Le cogí la cabeza con las dos manos.

No lo aparté. Lo empujé hacia mí, marcando el ritmo que necesitaba. Él respondió sin resistencia: aumentó la presión, metió dos dedos dentro, y yo me moví contra su boca porque el cuerpo ya no me pedía permiso para nada. Las caderas se movían solas, buscando más, buscando el punto exacto.

Solté una mano de su cabeza y me apreté el pezón con fuerza.

Las piernas cedieron del todo. Me sostuve en la puerta como pude, con la cara vuelta hacia la madera y la mandíbula apretada para no hacer ruido. Un gemido ahogado que salió entre los dientes y que espero que no llegara al otro lado de esa puerta.

Y entonces llegó.

Sin aviso previo, sin que pudiera anticiparlo, me corrí ahí mismo en el pasillo a oscuras, con las bragas por las rodillas y las dos manos aferradas a la madera. Un orgasmo largo, profundo, que duró más de lo que esperaba y que salió hacia adentro porque no me quedaba otra opción. Las piernas me temblaron. La respiración se me cortó en seco un segundo antes de soltarse de golpe.

Suelto el pomo.

Respiro.

***

Tardé un momento en recomponerme. Me puse bien las bragas, me bajé el pijama, me apoyé contra la puerta con los ojos cerrados y esperé a que el cuerpo volviera a saber dónde estaba.

Mateo se puso de pie y yo me giré hacia él. Le di un beso largo, sin prisa, saboreando lo que acabábamos de hacer en ese pasillo estrecho que no era el lugar más romántico del mundo pero que esa noche había sido exactamente lo que los dos necesitábamos.

Le cogí la cara entre las manos.

—Gracias —le dije al oído.

Se rio muy bajito, casi sin sonido.

—¿Solo gracias?

—Por ahora, sí —respondí—. Pero te debo una. Y la pago con intereses, te lo prometo.

Giré el pomo con cuidado y empujé la puerta despacio. La habitación estaba en penumbra y los dos niños seguían dormidos, cada uno en su lado, ajenos a todo, ocupando más espacio del que les correspondía. El pequeño tenía un brazo colgando fuera de la cama. La niña roncaba suave con la boca entreabierta.

Nos metimos con cuidado, Mateo por un lado y yo por el otro, dejando a los niños en el medio como cada noche. En diez minutos él ya roncaba.

Yo tardé un poco más en dormirme.

Pero dormí mejor que en meses.

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Comentarios (1)

Marcos_BsAs

Que bueno!!! ojala sigas publicando mas asi

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