Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La profesora casada que me tocó en clase

La mujer que me enseñó piano vivía justo enfrente de mi casa, en un departamento antiguo con balcón francés, persianas altas y un silencio raro que se sentía apenas uno cruzaba la puerta. Daba clases por la tarde en una sala amplia donde todo olía a madera pulida, partituras viejas y perfume suave. Yo empecé a ir después de fracasar en un examen importante, más por insistencia de mi madre que por vocación. No sabía entonces que iba a salir de ahí con una obsesión clavada en el cuerpo.

Ella se llamaba Verónica. Era una mujer casada, de unos treinta y tantos, siempre impecable, siempre compuesta, con esa clase de sonrisa tranquila que no parecía esconder nada y justamente por eso escondía demasiado. La recogía cada noche su marido, un tipo apagado, correcto, de traje arrugado y cara de oficina, que esperaba en el coche mirando el reloj. Yo lo veía desde la ventana y me preguntaba cómo alguien así podía volver a casa con una mujer como ella.

Verónica vestía blusas finas, casi siempre claras, que al inclinarse dibujaban la curva superior de sus tetas y dejaban asomar el encaje del corpiño. No era un escote grande, pero para mí alcanzaba de sobra. También usaba pantalones rectos que le marcaban el culo con una limpieza obscena, como si cada paso estuviera hecho para que uno mirara. Yo la miraba todo el tiempo, con la torpeza y el hambre del que todavía no sabe disimular.

La sala de música estaba ordenada como si no perteneciera al mismo mundo de la calle. Junto a la puerta había un piano de cola negro, brillante, con una banqueta redonda que crujía apenas al sentarse. Frente al ventanal descansaba un escritorio oscuro lleno de cuadernos, y contra la pared un sofá color mostaza que yo apenas registraba porque toda mi atención terminaba siempre en ella. En una de las paredes colgaba un cuadro marino, una vela blanca en medio del agua, como si hiciera falta un poco más de calma en ese lugar.

Las primeras clases fueron exactamente lo que debían ser: escalas, postura, lectura lenta, correcciones pacientes. Pero la distancia entre nuestros cuerpos era demasiado corta. En la banqueta nos sentábamos casi pegados, y cuando ella estiraba el brazo para mostrarme una nota, el costado de su pecho rozaba mi hombro. Yo me tensaba entero y trataba de que no se notara.

A veces se paraba detrás de mí para corregirme los dedos. Sus manos cubrían las mías sobre el teclado, guiándome con una delicadeza que me dejaba peor que cualquier manoseo directo. Otras veces me rozaba el antebrazo, la nuca o la espalda con una naturalidad que me volvía loco. Me iba de su departamento con la bragueta tirante y por la noche me masturbaba pensando en el olor de su perfume mezclado con el calor de su cuerpo cerca del mío.

Durante semanas viví así, alimentándome de roces pequeños y miradas que quizá no significaban nada. O quizá sí. Había momentos en que la sorprendía observándome más de la cuenta cuando yo practicaba una pieza sencilla, y entonces bajaba la vista con una seriedad profesional que llegaba un segundo tarde. Ese segundo me bastaba para imaginarlo todo.

Yo ya era un adulto joven, aunque todavía llevaba encima una inseguridad de aprendiz en casi todo. Tenía más deseo que experiencia, y esa mezcla se me notaba en la voz, en las manos, en cómo evitaba cruzar demasiado tiempo los ojos con los de ella. Verónica debía darse cuenta. Las mujeres así se dan cuenta de todo.

La tarde en que pasó fue una de esas tardes de calor pegajoso en que la ropa estorba y la piel parece estar siempre húmeda. Yo había llegado transpirado, con una camiseta liviana y un pantalón deportivo. Ella abrió la puerta con una blusa color crema pegada apenas a los hombros y el pelo recogido de manera informal, como si el verano le hubiera soltado algo. Me hizo pasar sonriendo, y en ese gesto ya había una calma rara que no supe leer hasta mucho después.

Nos sentamos frente al piano y empecé a repetir una escala que venía saliéndome mal desde hacía días. El aire estaba espeso. Se escuchaba un ventilador girando en otra habitación y el zumbido de la calle muy lejos. Verónica corrigió un par de notas, luego se quedó detrás de mí.

—Respirá —me dijo cerca del oído—. Te ponés duro de hombros y así no te va a salir.

Me reí sin gracia y traté de aflojarme. Ella apoyó una mano en la parte alta de mi espalda y comenzó a deslizarla despacio, como si quisiera acompañar el ritmo de la escala. Primero fue una caricia normal, casi didáctica. Después la noté más pesada, más lenta, menos inocente. Su palma bajó hasta la base de mi espalda y se quedó ahí medio segundo más de lo necesario.

Fallé otra vez la secuencia. Ella no retiró la mano.

—Tranquilo —susurró—. No te apresures.

Sentí que sus dedos seguían el contorno de mi cintura por encima de la camiseta. Luego se metieron por debajo, apenas, rozándome la piel caliente. Se me cortó el aire. Tenía la vista clavada en la partitura, pero ya no veía una sola nota.

Verónica acercó más el cuerpo. Su aliento mentolado me tocó la mejilla. La mano que tenía bajo mi camiseta avanzó despacio por mi vientre, firme, segura, como si hubiera tomado una decisión hacía mucho y recién entonces la estuviera ejecutando. Cuando sus dedos llegaron al borde del pantalón, me quedé inmóvil.

—No hagas nada —murmuró—. Solo quedate quieto.

Metió los dedos dentro del elástico y me rozó el vello con la yema. Yo estaba tan nervioso que se me había encogido todo, y la vergüenza me subió de golpe al pecho. Quise decir algo, apartarme, incluso disculparme por no sé qué, pero ella me cerró cualquier intento apoyando la otra mano en mi hombro.

—Ya sé —dijo, casi divertida—. Esperá.

Su mano encontró mi polla y la sujetó con una suavidad práctica, sin teatro, sin vacilar. Me acarició el glande con los dedos curvados, subiendo y bajando apenas sobre la piel. El contacto fue tan preciso que sentí un latigazo directo entre las piernas. Cerré la boca para no gemir. Ella siguió, despacio, trabajándome solo la punta, como si supiera que bastaba eso para despertarme entero.

En pocos segundos empecé a endurecerme dentro de su mano. Lo notó enseguida. Me bajó un poco más el pantalón y me sacó la polla por encima del elástico, sujetándola desde la base. Yo la sentía grande, tensa, latiendo contra su palma húmeda. Verónica aflojó la presión un instante, miró por encima de mi hombro hacia abajo y soltó un pequeño soplido por la nariz.

—Así está mejor —dijo.

Entonces comenzó a pajearme de verdad.

Su mano subía y bajaba con un ritmo corto al principio, apretando lo justo, usando el sudor de mi propia piel para deslizarse. Cada vez que llegaba al glande giraba apenas la muñeca y ese movimiento me sacudía entero en la banqueta. Yo tenía las manos suspendidas sobre las teclas, inútiles, y la espalda rígida entre sus tetas y su vientre, que a veces rozaban mi cuerpo por detrás cuando se inclinaba más.

—Seguí con la mano derecha —me ordenó de pronto, como si nada—. La escala.

Obedecí por reflejo y toqué dos notas horribles, mal dadas, mientras ella me masturbaba con una calma obscena. Su mano aceleró un poco. La piel de mi polla corría arriba y abajo, cada vez más sensible, cada vez más hinchada. Sentía el calor de su cuerpo en la nuca y la presión de sus dedos rodeándome el tronco.

—Muy bien —dijo con ironía, al escuchar otro error—. Estás completamente distraído.

Me salió un gemido ahogado. Ella lo oyó y no se detuvo. Al contrario: apretó más. Su pulgar trabajó la corona del glande en círculos breves mientras los otros dedos me bombeaban con una cadencia más rápida. El ruido húmedo de su mano sobre mi polla empezó a mezclarse con el golpeteo torpe de mis dedos contra las teclas.

Yo estaba al borde de perder la cabeza. Tenía la respiración cortada, las piernas abiertas sin darme cuenta y el abdomen duro como piedra. Verónica dejó de fingir cualquier papel de profesora. Bajó la cabeza hasta casi apoyar la boca en mi oreja.

—Decime si querés que pare.

Lo dijo, pero de un modo que hacía imposible pedirlo. Negué con la cabeza sin poder hablar. Ella sonrió contra mi piel.

—Eso pensé.

Metió la mano libre por delante, bajó más el pantalón y me dejó la polla completamente expuesta. Después me la agarró mejor, envolviéndola entera en su palma, y empezó a pajearme con más velocidad, larga de recorrido esta vez, desde la base hasta la punta, sin ningún cuidado ya. Mi cadera se movió sola buscando su mano. Ella me inmovilizó con un apretón en el hombro.

—Quieto —me dijo, firme—. Te corrés cuando yo quiera.

Esa frase me atravesó como electricidad. Me abandoné por completo. Ella manejó el ritmo a su gusto, alternando pasadas lentas que me volvían loco con series rápidas que me dejaban al borde. De vez en cuando me tiraba del prepucio hacia abajo y me masajeaba el glande al descubierto, sensible, duro, ardiendo. Yo jadeaba como un idiota, incapaz de tocar una sola nota más.

Entonces hizo algo que terminó de quebrarme. Se llevó la mano que me sostenía el hombro a la boca, humedeció dos dedos y volvió a bajarlos hasta mi polla. Con esa saliva me lubricó el glande y la parte alta del tronco, y el cambio fue inmediato: su mano empezó a deslizarse mucho mejor, más rápido, más sucio. El sonido húmedo se volvió evidente en la habitación silenciosa.

—Mirá cómo estás —murmuró.

Bajé los ojos. Mi polla se alzaba roja y dura entre sus dedos, brillante por la mezcla de saliva y sudor, temblando cada vez que ella me cerraba la mano. Verónica la apretó un poco más y me arrancó un gemido abierto. Sentí vergüenza y deseo al mismo tiempo, una mezcla tan intensa que me nubló la vista.

—Eso —dijo—. No te aguantes.

La mano de Verónica se convirtió en una máquina exacta. Subía y bajaba sin pausa, a un ritmo que no me dejaba recuperarme. Cada bombeo me tensaba más el vientre. Me dolían los muslos de tanto apretarlos. Yo ya sabía que me iba a correr, que no había forma de frenarlo, y esa certeza me volvía todavía más sensible.

—Me voy a correr —logré decir, apenas.

—Ya lo sé.

Pero no aflojó. Al contrario. Curvó los dedos alrededor de la cabeza de mi polla, dejándola medio atrapada bajo una especie de capuchón de carne y presión, y trabajó justo ahí, con movimientos más cortos y veloces. Mi respiración se volvió un jadeo roto. El orgasmo me subió desde los huevos hasta la garganta en una sola oleada.

—Dale —susurró—. Corréte en mi mano.

Y me corrí.

El primer chorro saltó fuerte contra su palma cerrada. Ella lo contuvo sin apartarse, sosteniéndome el glande mientras mi semen caliente se acumulaba entre sus dedos y me resbalaba por el tronco. Gemí con los ojos cerrados, sacudido completo, mientras otro chorro y otro más me vaciaban en su mano. Verónica siguió pajeándome durante todo el orgasmo, exprimiéndome con una lentitud cruel que hizo que cada espasmo me doliera de placer.

No me soltó hasta que la última gota me corrió por la punta. Entonces me agarró la polla por la base, le dio dos pasadas más, lentas, para sacarme lo que quedaba, y recién ahí aflojó. Yo estaba temblando, con el pantalón bajo, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido. Ella levantó la mano y miró el desastre brillante sobre sus dedos con una serenidad insultante.

Después sacó de no sé dónde un paño pequeño y empezó a limpiarse con calma. Se secó la palma, los dedos, el borde de la muñeca, sin dejar de mirarme de perfil. Tenía la misma expresión pulcra de siempre, como si acabara de corregir una postura y no de hacerme correrme a chorros sobre el banco del piano.

—Andá al baño —dijo al fin—. Todavía nos quedan unos minutos de clase.

Yo la miré como un imbécil. Ella sostuvo la mirada y arqueó apenas una ceja, invitándome a obedecer. Me acomodé como pude, sentí la tela pegajosa y me fui al baño con las piernas flojas. Tardé varios minutos en lavarme, en respirar, en entender lo que acababa de pasar. Cuando volví, Verónica estaba sentada junto al piano, hojeando una partitura.

—¿Seguimos? —preguntó.

Y seguimos. Yo toqué fatal. Ella corrigió cada error con una paciencia implacable, como si la mano con la que marcaba el compás no hubiera estado envolviendo mi polla hacía un rato. Esa normalidad fue, quizá, lo más perverso de todo.

***

Durante las semanas siguientes no mencionó una sola palabra sobre aquella tarde. Ni una. Me recibía con la misma sonrisa, me ofrecía asiento, abría el cuaderno y empezaba la clase. Si yo hubiera sido menos torpe, habría pensado que lo había imaginado. Pero bastaba una mirada suya demasiado larga o un roce aparentemente casual para que se me endureciera otra vez y supiera que no.

El cambio real estaba en mí. Ya no iba solo a aprender piano. Iba esperando que volviera a tocarme. Iba con el cuerpo preparado, con la polla pendiente de su voz, de sus manos, de la posibilidad de que cerrara la puerta con un giro más lento de la llave. Esa espera me consumía.

Una tarde, casi al final de la clase, fue ella quien rompió el silencio. Se quedó de pie junto al ventanal mientras yo guardaba las partituras y dijo, sin mirarme:

—No tenés que venir si te hace mal.

La frase me cayó como un golpe. Levanté la vista. Ella seguía observando la calle.

—No me hace mal —contesté.

—Entonces decime qué querés.

Ahí ya no pude fingir. La deseaba desde antes de que me tocara, pero ahora el deseo tenía memoria, olor, presión, un ritmo exacto de mano experta alrededor de mi polla. Tragué saliva.

—Quiero que lo hagas otra vez.

Verónica giró por fin hacia mí. La expresión no era tierna ni escandalizada. Era la de una mujer adulta decidiendo si cruzaba o no una línea que ya había pisado.

—Cerrá con llave —dijo.

Lo hice de inmediato. Cuando me volví, ella ya se estaba quitando los aros y dejándolos sobre el escritorio. No había temblor en sus manos. Se acercó despacio, me desabrochó el botón del pantalón y me lo bajó junto con la ropa interior hasta media pierna. Mi polla salió dura casi al instante, como si hubiera estado esperando esa orden desde hacía días.

Verónica la miró de cerca y me acarició una vez, de abajo arriba.

—Mucho mejor que la primera vez —murmuró.

Yo fui a tocarle la cintura, pero me apartó con un gesto leve.

—Todavía no.

Me hizo sentarme en el borde del sofá color ocre. Luego se arrodilló entre mis piernas con una calma que me desarmó más que cualquier apuro. Ver a esa mujer elegante de rodillas para mí me puso la polla todavía más dura. Me la sostuvo con una mano, levantó la vista y me preguntó:

—¿Querés mi boca?

—Sí.

No esperó más. Sacó la lengua y me lamió la punta despacio, recogiendo la humedad que ya tenía acumulada. Después abrió los labios y metió el glande, chupándolo con suavidad, apenas unos centímetros, como probándome. Yo solté un gemido y le agarré el respaldo del sofá para no tocarla. Verónica me observaba mientras me chupaba, consciente del efecto que me hacía.

Su lengua trabajó bajo la cabeza de mi polla con una precisión obscena. La giraba alrededor del frenillo, subía, bajaba, volvía a la punta y me chupaba otra vez, haciendo presión con los labios. Cada vez que me metía un poco más, yo sentía cómo la boca caliente me envolvía y me vaciaba de pensamiento. Ella combinaba eso con la mano en la base, pajeándome al mismo tiempo, doblando el placer hasta volverlo casi insoportable.

—No te corras todavía —dijo, apartándose un segundo, con saliva brillante en la comisura—. Quiero disfrutarte.

Volvió a tomarme en la boca, más profundo esta vez. Yo le veía el movimiento del cuello, el trabajo paciente de su mandíbula, y me costaba creer que esa misma mujer siguiera luego corrigiendo escalas como si nada. La sensación era brutal: húmedo, caliente, apretado. Me chupaba con hambre contenida, sin ansiedad, sabiendo exactamente cómo llevarme al borde y dejarme ahí.

Cuando me notó demasiado cerca, soltó la polla con un ruido húmedo y se puso de pie. Tenía los labios enrojecidos. Se abrió apenas la blusa, solo lo suficiente para sacarse un pecho por encima del corpiño. Era una teta firme, llena, con el pezón duro por el calor o por la excitación. Me llevó la mano hasta ahí.

—Ahora sí —dijo.

La apreté con torpeza y ella cerró los ojos un segundo. Ese pequeño gesto me envalentonó. Le bajé el corpiño del otro lado, le saqué las dos tetas y empecé a besárselas, a chuparle los pezones uno y luego el otro, mientras mis manos le tanteaban la cintura y el culo por encima del pantalón. Verónica jadeó por primera vez de verdad. Ya no era la profesora segura de sí misma; era una mujer excitada, con las tetas afuera, apretando mis hombros para no perder el equilibrio.

Metí una mano por detrás y le agarré el culo con fuerza. Ella soltó un gemido corto.

—Así —me dijo—. Sin miedo.

Le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con la bombacha hasta los muslos. Verla así, medio vestida, con la blusa abierta y el sexo ya húmedo, me hizo perder la poca calma que me quedaba. Le separé los labios con los dedos y encontré el coño caliente, resbaloso, completamente mojado. Cuando le metí un dedo, ella apoyó la cabeza en mi frente y exhaló entre dientes.

—Mierda... sí.

Le moví el dedo adentro, lento al principio, y después metí un segundo. Su coño los tragó fácil, húmedo, apretando con hambre. Verónica abrió más las piernas y empezó a mover la cadera contra mi mano. La imagen de esa mujer madura, casada, pidiéndome más con el cuerpo, me volvió animal.

—Follame —me pidió por fin, mirándome directo—. De una vez.

Me puse de pie, bajé mis pantalones del todo y la giré apenas para apoyarla contra el escritorio. Ella apartó unas partituras de un manotazo y arqueó la espalda. Yo me coloqué detrás, le abrí más las piernas y le apoyé la punta de la polla entre los labios mojados. Estaba tan húmeda que resbalé un poco antes de encontrar la entrada.

—Entrá —ordenó.

La empujé hacia adentro de una sola embestida. Verónica soltó un gemido grave y apoyó las dos manos en la madera. Su coño estaba caliente, estrecho y empapado. Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo me rodeaba, cómo me apretaba entero. Después empecé a moverme.

Primero despacio, sacando casi toda la polla y volviendo a meterla hasta el fondo. El sonido húmedo del choque entre nuestros cuerpos empezó a llenar la sala. Ella respondía echando el culo hacia atrás para recibirme mejor. Cada vez que entraba a fondo, su cuerpo temblaba y soltaba un jadeo más roto.

—Más fuerte —me pidió—. No me trates como si fuera de vidrio.

Le agarré la cadera con una mano y con la otra le sujeté el pelo recogido. Entonces sí empecé a follármela como quería. Mis embestidas se hicieron secas, profundas, seguidas. El escritorio golpeaba suave contra la pared. Las partituras se deslizaron al piso. Verónica gemía sin contención, con la cara vuelta de costado y la blusa abierta colgándole de los hombros.

Le llevé la mano al coño y empecé a frotarle el clítoris mientras la penetraba. Ella casi se derrumbó sobre la madera.

—Sí, sí, así... no pares.

La follé con más rabia, sintiendo cómo mi polla salía brillante y volvía a hundirse en su coño abierto. Estaba tan mojada que cada embestida sonaba obscena. Ella apretaba adentro, intentando retenerme, y eso me ponía al borde. Bajé la vista y vi mi mano hundiéndose entre sus piernas, mis dedos frotándole el clítoris mientras mi polla desaparecía dentro de ella. La escena me terminó de descontrolar.

Verónica se corrió primero. Lo supe por la forma en que se le cortó el gemido y luego le salió un jadeo largo, tembloroso, mientras el coño me apretaba en pulsos rápidos. Se agarró del borde del escritorio y sacudió la cadera contra mí, cabalgando mi polla hacia atrás.

—No saques nada —dijo, medio rota—. Seguí... seguí.

Seguí. Ya no había técnica ni clase ni prudencia. Solo la estaba follando fuerte, con el cuerpo golpeando el suyo, escuchando sus gemidos mezclarse con mi respiración pesada. En unas cuantas embestidas más sentí que me subía la corrida. La agarré más fuerte de la cintura.

—Me corro.

—Adentro no —dijo enseguida, todavía jadeando—. Sacala.

Obedecí en el último segundo. Saqué la polla y me la empecé a pajear sobre su culo y la curva de sus muslos. El orgasmo me explotó con violencia. Mi semen salió a chorros gruesos y calientes, cayéndole sobre la piel, salpicando la parte baja de su espalda y el borde del pantalón bajado. Gemí sin vergüenza mientras seguía bombeándome hasta vaciarme del todo.

Verónica miró por encima del hombro y sonrió al sentir el calor de la corrida escurriéndole. Pasó dos dedos por una de las manchas blancas de su piel, los miró un instante y luego se los llevó a la boca. Esa imagen se me quedó grabada para siempre.

Nos quedamos así unos segundos, respirando fuerte, con la sala patas arriba y el piano mudo a pocos pasos. Después ella se incorporó, buscó otro paño, empezó a limpiarse y a limpiarme con la serenidad de siempre. Yo seguía temblando.

—Ahora sí terminamos la clase —dijo, abrochándose el pantalón.

Nunca volví a escuchar una escala sin acordarme de sus dedos, de su boca, de su coño apretándome contra aquel escritorio. Lo cuento hoy porque siguen pasando los años y, de todas las cosas que hice después, ninguna se me clavó tan hondo como aquella profesora casada que me enseñó a tocar mucho más que un piano.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(7)

NocheDeBuenos

increible!! uno de los mejores que lei en este sitio, en serio.

Maru_ok

Me recordo a cuando era estudiante y tuve una profe muy... cercana. Nunca paso nada pero siempre me lo pregunte jaja. Gracias por revivirmelo.

LectorCompulsivo

Bien narrado, se siente autentico. Segui subiendo relatos.

PedroPicante_05

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber si se repitio :)

CaioRio24

Me mantuve al borde del asiento de principio a fin. Muy bueno.

Nacho_73

jajaja tremendo, no me lo esperaba para nada

RojoEscarlata

Como logras que se sienta tan real? Parece una confesion de verdad y no ficcion. Espero leer mas relatos asi.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.