Mis inquilinas me pagaban con mamadas
Meter a dos personas desconocidas en mi piso fue una decisión nacida del miedo. La hipoteca me estaba apretando el cuello, en el trabajo me habían recortado horas y hubo un momento en que tuve que elegir entre seguir pagando la casa o seguir comiendo con algo más que pasta barata. Así que anuncié dos habitaciones libres y me preparé para compartir mi espacio con quien tocara.
Soy reservado, de esos tipos que escuchan más de lo que hablan y que tardan en sentirse cómodos hasta con gente agradable. Por eso me tomé las entrevistas muy en serio. No buscaba modelos ni fantasías absurdas; buscaba convivencia tranquila, cuentas claras y la sensación de que no iba a arrepentirme de abrir la puerta.
Al final elegí a dos mujeres adultas que me dieron buena espina desde el primer día. La primera fue Nadia, dependienta en una tienda de tecnología y fanática de los videojuegos, con una risa grave y unas camisetas anchas que no dejaban adivinar casi nada de su cuerpo. La segunda fue Elisa, estudiante de posgrado en el área de salud, disciplinada, rápida para hablar y con esa clase de descaro que aparece cuando alguien inteligente ya ha medido bien a la persona que tiene enfrente.
Mis amigos, por supuesto, tardaron diez minutos en convertir mi situación económica en un chiste sexual. Según ellos, yo era un cabrón con suerte viviendo con dos mujeres guapas. La realidad era mucho menos espectacular: cenas compartidas, turnos para el baño, series por la noche y montones de ropa en la colada.
Lo más morboso que me pasó durante los primeros meses fue sacar sus bragas y sujetadores de la lavadora. Al principio sí me ponía cachondo. Ver las copas amplias de Nadia, imaginar cómo se le llenaban bajo aquellas camisetas anchas, y luego comparar esa lencería con la ropa mucho más ligera de Elisa, que usaba prendas ajustadas y sin pudor para mostrar escote, me despertaba una curiosidad que yo mismo intentaba frenar.
Con el tiempo hasta eso se volvió rutina. La convivencia empezó a sentirse natural. Cocinábamos juntos, discutíamos por tonterías de series y, algunas noches, Nadia y yo nos quedábamos en el sofá jugando mientras Elisa estudiaba en la mesa del comedor con las piernas recogidas en la silla y una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello.
Todo cambió una tarde en la que volví antes de lo habitual y encontré la puerta sin llave. Entré pensando que alguna se había despistado y escuché un llanto ahogado al fondo del pasillo. Venía del cuarto de Nadia.
La encontré boca abajo sobre la cama, llorando con rabia. Cuando me senté a su lado y le toqué el hombro, giró la cara con los ojos hinchados y me soltó la noticia entre insultos: la habían echado. Sin aviso, sin una razón seria, simplemente porque la encargada quería meter a otra persona.
Me quedé con ella un buen rato. La dejé descargar toda su rabia, maldecir a sus jefes y repetirse que no era justo. Cuando por fin se calmó, se abrazó a mí con fuerza. Noté su pecho aplastándose contra mi torso y me dio vergüenza sentir ese tirón instantáneo en la entrepierna mientras trataba de consolarla.
No pasó nada ese día. Ni al siguiente. Ni la semana siguiente. Pero su situación empeoró. Mandó currículos, fue a entrevistas, esperó llamadas que no llegaron y empezó a ponerse tensa cada vez que se acercaba fin de mes.
Una tarde, cuando Elisa estaba fuera, Nadia entró a mi cuarto y cerró la puerta. Yo estaba leyendo en la cama. Ella se quedó de pie unos segundos, con las manos cruzadas delante del vientre, mordiéndose el labio.
—Tengo que hablar contigo —dijo.
Dejó claro enseguida que no iba a poder pagarme el mes siguiente. Le respondí lo que me parecía obvio: que no se preocupara, que podía ponerse al día cuando encontrara trabajo. Se negó. Dijo que no quería sentirse mantenida, que necesitaba dar algo a cambio.
—Ya cocino, limpio y hago cosas en casa, pero siento que no alcanza —murmuró.
—Nadia, en serio, no pasa nada.
Ella respiró hondo, me miró a los ojos y soltó la frase de golpe.
—Puedo pagarte chupándotela.
Me quedé inmóvil. Pensé que había oído mal. Pero no. Lo repitió con la cara roja, sin retirar la mirada, como si la vergüenza le quemara las mejillas pero no le quitara la determinación.
Intenté rechazarlo. No por falta de ganas, porque solo de imaginar su boca en mi polla ya me latía la erección bajo el pantalón, sino porque me parecía una línea peligrosa. Ella insistió. Dijo que era decisión suya, que no había coerción, que prefería eso a sentirse una carga y que, además, sabía perfectamente que yo llevaba demasiado tiempo sin sexo.
—Solo oral —aclaró—. Sin líos, sin dramas. Pago y ya.
La tensión se quedó flotando entre los dos unos segundos. Al final asentí despacio.
—Solo si estás completamente segura.
—Lo estoy.
Se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Después bajó la mano hasta mi pantalón de estar en casa. Me miró una última vez, quizá dándome la oportunidad de detenerla, y tiró de la tela hacia abajo. Yo ya estaba duro bajo los bóxers. Ella se humedeció los labios al ver el bulto y me deslizó la ropa interior hasta dejarme la polla al aire.
Fue la primera vez que uno de los dos vio al otro desnudo, y ese detalle me disparó el morbo. Nadia sonrió, tímida pero curiosa.
—La tienes bonita —susurró.
—No mientas para hacerme sentir bien.
—No estoy mintiendo.
Entonces se arrodilló entre mis piernas y, sin más charla, sacó la lengua y la pasó despacio por la punta. Ese primer contacto me hizo soltar aire por la nariz. Luego me lamió todo el tronco, bajó hasta los huevos y volvió arriba con una calma que parecía estudiada. Cuando por fin me metió la polla en la boca, la humedad de sus labios me arrancó un gemido bajo.
Nadia no usó las manos al principio. Solo boca y lengua. Me mamaba despacio, tragando cada vez un poco más, aflojando y volviendo a hundirse sobre mí mientras sus ojos subían a buscar mi reacción. Sentirla así, arrodillada delante de mi cama, chupándome con esa mezcla de vergüenza y empeño, me puso a mil.
—Joder... —murmuré.
Ella sacó la polla unos centímetros y sonrió.
—Eso suena a que voy bien.
Volvió a metérsela. Esta vez más hondo. Su lengua se enroscaba por debajo del glande y luego apretaba con los labios al subir. Yo tenía que agarrarme a la sábana para no llevarle la cabeza con el impulso. El hecho de que todo aquello hubiera empezado por una conversación sobre facturas me parecía tan absurdo como excitante.
Le puse una mano en el pelo, sin forzarla. Ella no se apartó; al contrario, dejó que la guiara un poco mientras empezaba a coger ritmo. Su boca estaba caliente, mojada, tragándome en pasadas largas que me llenaban el vientre de tensión.
—Si sigues así, me corro rápido —le advertí.
Nadia me miró desde abajo, apartándose apenas lo justo para hablar.
—Hazlo en mi boca. Si voy a pagar, pago completo.
Esas palabras me remataron. Me la volvió a chupar con decisión, más rápida, apretando mejor, y no tardé nada en tensar los muslos y descargar. Me corrí dentro de su boca con varios latidos seguidos, sintiendo cómo tragaba sin apartarse. Cuando acabé, todavía me dio un par de lamidas lentas, limpiándome la punta.
Se levantó, se limpió la comisura con el pulgar y dijo, como si hubiera pagado una transferencia bancaria:
—Bueno. Esta semana queda cubierta.
Yo seguía aturdido, con la polla aún sensible y la cabeza dando vueltas.
—¿Te ha gustado? —preguntó.
—Muchísimo.
—Bien. A mí también me ha gustado notar cómo te corrías.
Salió de mi cuarto y me dejó mirando la puerta, todavía sin creérmelo.
***
Lo más extraño fue que la convivencia no se rompió. Al día siguiente desayunamos los tres como siempre. Nadia me preguntó si quería café. Elisa comentó una anécdota de la facultad. Y yo, que la noche anterior había vaciado la corrida en la garganta de mi inquilina, apenas podía sostener la taza sin recordar su boca sobre mi polla.
Nadia cumplió la semana siguiente. Y la otra. Empezó a venir a mi habitación con una naturalidad creciente, cerraba la puerta, se arrodillaba y me la mamaba hasta hacerme correr. A veces me hablaba mientras me sacaba la polla. A veces no decía nada y se limitaba a chupar con más ganas que la vez anterior.
Su técnica fue mejorando rápido. Empezó a masturbarme con la mano mientras me la comía, a jugar con los huevos, a apretar más los labios cuando yo estaba a punto de correrme. Y yo, que al principio me había prometido no pedir nada más, cada semana tenía más ganas de tocarla.
La primera vez que me atreví fue durante una de esas mamadas. Llevaba una camiseta amplia, escotada de más porque estaba en casa. Mientras me chupaba, apoyé la palma sobre uno de sus pechos por encima de la tela. Ella no se detuvo. Ni siquiera se tensó. Solo soltó un gemido sordo contra mi polla.
Esa reacción me dio permiso. Metí la mano por debajo de la camiseta y por fin agarré una de sus tetas desnudas. Era grande, pesada, suave, mucho más de lo que imaginaba por la ropa que llevaba. Le pellizqué el pezón entre los dedos y Nadia me tragó hasta el fondo de golpe, como si ese contacto también la excitara a ella.
—Así sí —murmuré.
Ella se apartó apenas para hablar.
—No me ibas a pedir nada nunca, ¿verdad?
—No quería aprovecharme.
—Idiota —dijo, y volvió a hundirse sobre mí.
Me corrí poco después, esta vez con una mano en su pelo y la otra amasándole la teta, sintiendo su pezón endurecerse bajo mis dedos mientras tragaba todo.
La situación ya era una locura suficiente, pero todavía podía complicarse más. Y se complicó por culpa de Elisa.
Una tarde me encontró solo en la cocina y cerró la puerta con esa seriedad suya que siempre anunciaba algo concreto. Me dijo que Nadia le había contado nuestro arreglo. Por un momento pensé que iba a armar un escándalo moral, pero no.
—No me parece justo —dijo.
—No sabes cuánto me alegra oír esa frase tan poco tranquilizadora.
—No es justo que ella tenga ese método de pago y yo no.
Tardé un par de segundos en entenderla. Cuando lo hice, me quedé mirándola como un imbécil.
Elisa era adulta, segura y bastante más directa de lo que aparentaba. Me explicó que su mensualidad la dejaba siempre apretada, que le gustaría ahorrar y que, si yo aceptaba el acuerdo con Nadia, no veía por qué no iba a ofrecerme lo mismo.
—Si a ella le vale una mamada, a mí también.
—Elisa...
—No me trates como si no supiera lo que estoy diciendo.
No la traté así. Solo estaba en shock. Pero ella ya había tomado la decisión. Se recogió el pelo con una liga, se arrodilló delante de mí en la cocina y me abrió el pantalón antes de que yo terminara de procesarlo.
—Parece que no estás tan confundido —dijo al verme ya duro.
—No puedo evitarlo.
—Mejor.
Tenía una manera muy distinta de hacerlo. Donde Nadia era pausada y cálida, Elisa era precisa y hambrienta. Me agarró la polla con una mano pequeña pero firme y empezó a lamer la punta con movimientos rápidos de lengua. Después se la metió casi entera de una sola vez. Noté la garganta apretándome y tuve que apoyar la mano en la encimera.
—Joder.
Elisa sonrió alrededor de mi polla, la sacó, me masturbó unos segundos y volvió a tragarme hasta donde pudo. Sus ojos claros me miraban desde abajo con descaro. Además, llevaba una blusa algo abierta y desde mi posición podía verle el escote temblando con cada movimiento de cabeza.
Usaba mano y boca a la vez, y de vez en cuando me masajeaba los huevos con una delicadeza que me hacía encoger el abdomen del gusto. Era obscenamente buena. No parecía alguien improvisando un favor; parecía alguien disfrutando de verdad de tenerme erecto y vulnerable frente a ella.
—Tu amiga se quedó corta describiéndotela —dijo antes de volver a chupar.
—¿Hablaron de mi polla?
—Claro. ¿Qué esperabas?
Y siguió mamándome con más velocidad, metiéndosela y sacándosela con la boca bien mojada, dejando hilos de saliva brillar entre sus labios y mi verga. Cada vez que la tragaba hasta el fondo me arrancaba un espasmo. Duré poco. La novedad, el morbo, el descaro de verla arrodillada en mi cocina... todo junto era demasiado.
—Me voy a correr.
—Hazlo.
Ni siquiera se apartó. Me corrí en su boca y ella recibió la descarga entera, tragando despacio mientras seguía acariciándome hasta dejarme temblando. Luego se levantó, se acomodó la blusa y dijo:
—Perfecto. Entonces empezamos esta semana.
Se fue y me dejó allí con el pantalón a medio subir, pensando que mi vida se había convertido en algo que ni borracho me habría atrevido a fantasear.
***
Durante los meses siguientes, las mamadas se volvieron parte de la rutina de la casa. Suena ridículo, pero así fue. Nadia prefería los días entre semana. Elisa solía «pagar» los fines de semana. Entre ellas hablaban del tema con una tranquilidad que me desarmaba.
—Te toca a ti mañana —oía decir a una.
—Sí, y esta vez pienso dejarlo seco —contestaba la otra riéndose.
Yo me reía por fuera, pero por dentro estaba ardiendo. Porque no solo me la chupaban con regularidad: cada una empezó a mostrar un estilo propio y a llevar el juego un poco más allá. Nadia terminó haciéndolo muchas veces con el sujetador puesto y sin camiseta, dejándome por fin ver ese pecho grande y redondo que tanto me había imaginado. Elisa, en cambio, prefería quedarse con tops ajustados o blusas abiertas, sabiendo exactamente cuánto enseñar para volverme loco.
La primera vez que Nadia me la chupó en sujetador negro casi no pude concentrarme. Tenía las tetas rebosando por encima de las copas, el canalillo marcado, los pezones duros bajo el encaje. Se arrodilló entre mis piernas y me dijo:
—Ahora ya no tienes excusa para mirar a otra parte.
No la tuve. Mientras me mamaba, le saqué un pecho fuera del sujetador y me encontré con una teta pesada, de pezón grande y areola oscura. Se la amasé, se la chupé cuando ella subió a besarme un momento y luego volví a sentarla en el borde de la cama para arrodillarme yo entre sus piernas. Aquella fue la primera vez que el trato dejó de ser solo oral por su parte.
Le abrí las piernas, le aparté la braga y encontré el coño ya húmedo. Levantó la barbilla, orgullosa y nerviosa a la vez.
—Solo un poco —dijo.
Le metí la lengua sin responder. Lamí desde abajo hasta el clítoris y ella soltó un gemido seco, agarrándome del pelo. Su sabor me subió de golpe a la cabeza. Se retorció cuando empecé a chuparle el clítoris mientras le metía dos dedos. El coño le palpitaba alrededor de ellos, apretando, mojándome la mano.
—Joder... así... así...
La comí despacio al principio y luego más fuerte, abriéndole bien los labios con los dedos para lamerla entera. Su cuerpo grande temblaba sobre la cama y sus tetas se sacudían libres cada vez que empujaba la cadera hacia mi cara. Se corrió gimiendo mi nombre, cerrando las piernas alrededor de mi cabeza, y cuando por fin me soltó me miró con una mezcla de sorpresa y puro vicio.
—Ahora entiendo por qué no te quejas del trato —dijo, antes de volver a bajarse sobre mi polla.
Me la chupó de nuevo con el coño aún húmedo y terminó tragándose otra corrida.
Con Elisa, el paso siguiente fue distinto. Ella quiso tomar el control. Una noche entró a mi habitación con una camisa blanca, sujetador de encaje y nada debajo de la cintura salvo una braga mínima. Cerró la puerta y apoyó la espalda en ella.
—Hoy no quiero solo chupártela —anunció.
Me levanté de la cama casi sin pensar. La besé por primera vez allí mismo, contra la puerta. Me respondió abriéndome la boca con la lengua, hambrienta, y me agarró la polla por encima del pantalón con una seguridad que me encendió de inmediato.
La llevé a la cama y la tumbé. Separé sus muslos y vi la mancha de humedad en la braga. Se la quité despacio, mirándola a la cara mientras su coño quedaba al descubierto, depilado y brillante. Le pasé dos dedos por la entrada y soltó un gemido entrecortado.
—No me hagas esperar.
La obedecí solo a medias. Primero me arrodillé y le di lo que claramente llevaba rato deseando. Le abrí bien el coño con los pulgares y lo lamí de arriba abajo. Elisa soltó un taco y me clavó los talones en la cama. Tenía el clítoris sensible; cada vez que lo rozaba con la lengua, la cadera se le disparaba.
Le metí un dedo, luego dos. Bombeé despacio, escuchando el sonido húmedo que hacía su coño. Ella se tocó una teta por encima del sujetador y me ordenó:
—Más fuerte.
Lo hice. La devoré con la cara hundida entre sus piernas hasta dejarla jadeando. Cuando sentí que estaba al borde, me saqué la polla y me coloqué entre sus muslos.
—Si no quieres, dímelo ahora.
—Métemela de una vez.
La penetré de una embestida lenta pero firme. Estaba tan mojada que entré sin esfuerzo, y aun así soltó un gemido largo, echando la cabeza atrás. Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo su coño me apretaba, y luego empecé a moverme.
Follar con Elisa fue otra cosa. Tenía la boca sucia, las órdenes fáciles y una manera de abrirse de piernas que no dejaba duda de que lo estaba disfrutando. Me pedía más hondo. Me decía que no aflojara. Me agarró de la nuca para besarme mientras yo se la metía una y otra vez, escuchando el choque húmedo de las embestidas en el cuarto silencioso.
Le desabroché el sujetador y le saqué las tetas. Eran medianas, firmes, perfectas para llenarme las manos. Se las apreté mientras seguía follándola, y cuando me pidió que la pusiera a cuatro patas lo hice sin dudar. Desde atrás me recibió mejor todavía. Le aparté el pelo, le agarré la cintura y se la metí con un ritmo más duro, viendo cómo se arqueaba y cómo su coño se abría para tragarse cada embestida.
—Sí... así... no pares...
Le di una palmada en el culo y gimió más fuerte. Metí una mano por debajo para frotarle el clítoris mientras la seguía follando. Se corrió con un espasmo brusco, apretándome tanto que tuve que parar un segundo para no correrme yo también. Pero no aguanté mucho más. Volví a embestirla unas cuantas veces y me corrí dentro del preservativo, con la respiración rota y la pelvis pegada a su culo.
Cuando salí, Elisa se giró sobre la cama, sonriendo sudada.
—Esto mejora mucho el alquiler —dijo.
***
El verdadero descontrol llegó por accidente. Una tarde Nadia estaba arrodillada frente a mí en mi cuarto, chupándomela con su paciencia habitual, cuando Elisa abrió la puerta sin tocar. Se quedó quieta un segundo. Nadia no se apartó. Yo sí levanté la vista, medio sorprendido, medio excitado de golpe por la escena.
—Perdón —dijo Elisa, aunque no sonaba arrepentida—. Me surgió un viaje y no voy a estar este fin de semana. Venía a preguntarte si podía adelantar el pago.
Yo iba a responder, pero Nadia sacó la polla de su boca y se limpió la saliva con el dorso de la mano.
—Si quiere, que se una. Hay sitio.
Elisa arqueó una ceja. Me miró. Yo sentí el pulso en la garganta.
—Solo si tú quieres —dije.
—Claro que quiero.
Se cerró la puerta detrás de ella, se quitó la camiseta y se arrodilló al otro lado. De pronto las tenía a las dos a mis pies, en sujetador, mirándose de reojo y mirándome la polla dura, ya brillante de saliva. Nadia la agarró y la acercó a la boca de Elisa.
—Tu turno.
Elisa me chupó la punta mientras Nadia me lamía los huevos. Luego cambiaron. Una tragaba la mitad del tronco mientras la otra lamía por abajo o chupaba la base. El espectáculo era tan obsceno que me costaba creerlo incluso viviéndolo. Ver dos bocas turnarse sobre mi polla, dos lenguas mojándome al mismo tiempo, dos pares de ojos atentos a mis gestos, me puso al borde casi enseguida.
Nadia fue la primera en besar a la otra, y no porque fueran a montar una escena de porno para mí, sino por pura lógica húmeda: compartían saliva sobre mi polla y en un cambio de turno sus labios se rozaron. Elisa no se apartó. Al contrario, le sostuvo la mirada y volvió a besarla un segundo más, lento, mientras seguían tocándome.
Esa visión me remató.
—Me corro... joder, me corro ya.
Nadia me tragó la punta de inmediato. Empecé a vaciarme en su boca, pero Elisa le tomó la barbilla y dijo:
—No te lo tragues todo, cabrona.
Nadia se apartó apenas y dejó que parte de mi corrida resbalara desde su boca a la lengua abierta de Elisa. Verlas compartir mi semen, mirándose con una mezcla de risa y puro morbo, me hizo estremecer hasta la base. Luego ambas tragaron.
—Eso sí fue trabajar en equipo —dijo Elisa, limpiándose la comisura.
Nadia soltó una carcajada.
Yo apenas podía hablar.
Aquel día no terminó con ellas marchándose como si nada. El aire había cambiado demasiado. Había una tensión nueva, más descarada, menos negociada. Nadia se subió a la cama primero y me besó. Elisa no tardó en seguirla. Nos quedamos los tres enredados entre manos y bocas, tocándonos ya sin la excusa del alquiler.
Besé a Nadia mientras Elisa me masturbaba. Luego besé a Elisa mientras Nadia me guiaba una mano hasta su teta. Ellas también se tocaron, primero con timidez y después sin ella. El cuarto se llenó de jadeos, roces de piel y ese ruido mojado de cuerpos ya encendidos que no quieren pensar demasiado.
Acabé tumbando a Nadia boca arriba y poniéndole la boca entre las piernas mientras Elisa se colocaba sobre su pecho para besarla. Le abrí los muslos y le comí el coño con ganas, sintiendo sus dedos hundirse en mi pelo. Elisa la besaba y le chupaba un pezón mientras Nadia gemía abierta para mí. Cuando la sentí temblar, levanté la cabeza y le puse dos dedos en la boca a Elisa, húmedos de su amiga. Los chupó sin dudar.
Después fue Elisa la que se tumbó. Nadia, envalentonada, bajó a lamerle el coño mientras yo la penetraba despacio. La imagen me volvió loco: el cuerpo de Elisa arqueado, la boca de Nadia entre sus piernas y yo entrando y saliendo de la inquilina que primero me había pedido una mamada y ahora gemía mientras su compañera le comía el clítoris.
Elisa se corrió así, con la lengua de Nadia y mi polla trabajando a la vez. Se apretó alrededor de mí y eso me llevó al límite. Salí antes de correrme, me puse de rodillas entre ambas y ellas, casi sin hablarlo, volvieron a chuparme entre las dos hasta dejarme seco otra vez.
Caí sentado en la cama, jadeando. Las dos se quedaron a cada lado, despeinadas, con la cara brillante y el pecho subiendo y bajando.
—Creo que ya no estamos hablando solo del alquiler —dije.
Nadia se rió primero. Elisa después.
—No —respondió Nadia—. Creo que eso quedó atrás hace rato.
La hipoteca seguía existiendo. Los problemas seguían ahí. Pero en aquel piso, entre juegos, cenas compartidas y puertas cerradas a media tarde, habíamos construido otra clase de acuerdo. Uno mucho menos prudente, mucho más sucio y muchísimo más sincero.
Y cada vez que alguno de nosotros decía en broma «hay que pagar esta semana», los tres sabíamos exactamente de qué estábamos hablando.
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