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Relatos Ardientes

Mi jefa me cogió en su despacho y no pude parar

Lo que voy a contar pasó cuando yo llevaba pocos meses trabajando en una consultora y todavía me sentía como un intruso entre gente que dominaba las salas, los silencios y los números. Ella era mi jefa directa, y no voy a usar su nombre real, así que la llamaré Verónica. Era de esas mujeres que no necesitaban levantar la voz para que todo el mundo se callara.

No era solo que fuera atractiva. Era la manera en que ocupaba el espacio. Caminaba recta, con trajes oscuros, blusas sobrias y una calma que imponía más que cualquier grito. Tenía el pelo castaño recogido casi siempre, algunos mechones sueltos junto al cuello y una boca que parecía estar conteniendo algo todo el tiempo, como si conociera secretos que a los demás no nos correspondían.

Yo la miraba demasiado, eso lo supe desde el principio. Miraba sus manos cuando pasaba páginas, el movimiento preciso de sus dedos al señalar un error en una tabla, la forma en que se quitaba los zapatos debajo de la mesa durante las reuniones largas y seguía hablando como si nada. Me excitaba hasta lo ridículo cualquier mínimo descuido suyo. Un tobillo al aire. La curva de su espalda al inclinarse sobre una pantalla. El perfume que dejaba flotando cuando pasaba junto a mi mesa al final del día.

La tensión no apareció de golpe. Fue creciendo como una fiebre. En reuniones, su pie rozaba mi pantalón un segundo más de lo normal. En el archivo me habló demasiado cerca una vez, y al girarse su cadera me tocó la entrepierna. No se apartó enseguida. Me sostuvo la mirada y siguió hablando del informe como si yo no me hubiera puesto duro en ese mismo instante.

Durante semanas pensé que me lo estaba inventando todo. Que era yo proyectando fantasías sobre una mujer mayor que yo, casada, brillante y completamente fuera de mi alcance. Pero luego llegaron las noches de cierre, cuando el piso se vaciaba, la luz de las oficinas quedaba a medias y ella recorría el pasillo descalza con los tacones en la mano. Se detenía junto a mi mesa, revisaba cualquier tontería en la pantalla y me hablaba tan bajo que yo podía sentir su respiración.

El cambio de verdad llegó después de una discusión. Fue un viernes, ya tarde, con todo el equipo fuera. Estábamos revisando una presentación y ella defendía una estrategia prudente. Yo llevaba días analizando datos por mi cuenta y se me ocurrió la estupidez o la valentía de llevarle la contraria. No con insolencia, sino con cifras, con argumentos, con una seguridad que ni yo sabía que tenía.

—Te estás equivocando —le dije—. Estás leyendo el riesgo y no la oportunidad.

Recuerdo perfectamente cómo se quedó quieta. No se ofendió. No me cortó. Me miró por encima de las gafas, con la mandíbula tensa, y me dejó terminar. Yo seguí, ya lanzado, llamándola por su nombre sin pensar, desmontando sus previsiones una por una. Cuando acabé, la sala se quedó en silencio.

—Entonces demuéstramelo —dijo al final, con una voz extrañamente suave—. El lunes quiero un informe ejecutivo impecable.

Aquello no fue una derrota para ella. Fue una especie de reconocimiento. Algo cambió en sus ojos desde ese día. Siguió siendo mi jefa, siguió dándome órdenes, pero había una corriente nueva entre los dos. Más directa. Más peligrosa. Como si haberla desafiado la hubiera excitado tanto como a mí.

La noche en que pasó todo, yo llevaba ese informe impreso y corregido tres veces. Eran más de las nueve. El edificio estaba casi vacío y desde recepción ya habían apagado la mitad de las luces. Toqué la puerta de su despacho y oí su voz al otro lado.

—Pasa.

Entré y lo primero que me golpeó fue el olor a su perfume mezclado con café frío y aire acondicionado. Verónica estaba hablando por teléfono. Vestía de negro, un vestido de oficina sencillo, ceñido lo justo para volverlo insoportable. Llevaba gafas y una pulsera metálica en la muñeca. Al verme, me señaló el escritorio sin dejar de hablar.

—Déjalos ahí.

Su tono era profesional, limpio, pero sus ojos no lo eran. Me siguieron desde la puerta hasta su mesa. Yo dejé la carpeta delante de ella e intenté no delatarme, aunque el corazón me iba tan fuerte que estaba seguro de que podía oírse.

Terminó la llamada unos segundos después. Me dijo, casi con indiferencia, que era su marido preguntando por una reserva de viaje. Lo dijo sin apartar la vista de mí, como si estuviera probando el efecto de esa palabra entre nosotros: marido. Luego apoyó una mano sobre la carpeta.

—Siéntate y explícame tus números.

Lo hice. Empecé a hablar de mercados, márgenes y proyecciones, pero desde la tercera frase ya sabía que aquello era una farsa. Ella no estaba escuchando el contenido, sino mi voz. Mi forma de sostenerle la mirada. Mi cuello al tragar saliva. Yo también lo sabía. Cada palabra era una excusa para alargar lo inevitable.

Cuando terminé, Verónica se levantó despacio, rodeó la mesa y fue hasta la puerta. Giró el pestillo. El clic sonó seco, nítido, definitivo. Después se apoyó contra la madera y cruzó los brazos bajo el pecho.

—Quiero más detalles —dijo.

No se refería al informe y los dos lo sabíamos. Me acerqué sin responder. El primer beso fue brusco, directo, más un choque que una caricia. Su boca sabía a café y a tensión contenida. Ella me devolvió el beso con una fuerza que me hizo perder el aire, y enseguida me agarró de la corbata para pegarme más a su cuerpo.

—Llevas semanas mirándome así —murmuró contra mi boca—. Si vas a hacerlo, hazlo de una vez.

Le metí la mano por la cintura y la empujé contra la puerta. Su respiración se rompió en un jadeo corto. Volví a besarla, ahora más despacio, recorriéndole la boca, mordiéndole el labio inferior hasta que me abrió paso con la lengua. Ella me tocó por encima del pantalón y notó lo duro que estaba.

—Joder —susurró—. Todo esto por mí.

—Todo esto es por ti desde el primer día.

Sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, oscura. Empezó a deshacerme la corbata mientras yo abría los botones de su vestido. Debajo llevaba una combinación simple, negra, elegante. Nada exagerado. Precisamente por eso me volvió más loco. Le besé el cuello, la clavícula, el borde del sujetador, y noté cómo se estremecía aunque intentara seguir erguida, controlándolo todo.

Le bajé el vestido por los hombros y se lo fui deslizando hasta la cintura. Verónica respiraba cada vez más rápido. Sus tetas llenaban el sujetador negro con una firmeza que me dejó seco de deseo. Le pasé las manos por la espalda, por la cintura, por las caderas, y ella me metió una rodilla entre las piernas para apretarme la polla a través del pantalón.

—Quiero verte arrodillado —dijo.

Lo dijo como una orden, pero en su voz había hambre. Le obedecí. Me agaché frente a ella y le besé los muslos por encima de las medias. Fui subiendo el vestido y aparté la tela despacio hasta descubrir el liguero y la braguita negra, ya empapada en el centro. Me quedé mirándola un segundo. Ella me sostuvo la vista sin pestañear.

—No me hagas esperar.

Le aparté la ropa interior a un lado y la primera imagen de su coño me puso a mil. Estaba abierto, húmedo, brillante. Metí la cara entre sus piernas y empecé por lamerle despacio, de abajo arriba, saboreándola mientras ella soltaba el aire por la nariz como si quisiera seguir controlándose. Duró poco. A la tercera pasada ya tenía una mano hundida en mi pelo.

—Así… no pares… joder…

Le abrí más las piernas y metí la lengua con ganas, recorriéndole el clítoris una y otra vez, alternando lamidas rápidas con presión sostenida. Su cuerpo empezó a moverse contra mi boca. Yo la oía jadear arriba, golpear apenas la puerta con la nuca, murmurar mi nombre como si le diera rabia necesitarlo. Le metí dos dedos y los moví despacio al principio, sintiendo cómo me apretaba.

Estaba muy mojada. Cada vez que entraban mis dedos, su coño los tragaba con un sonido húmedo que me volvió aún más bruto. Le chupé el clítoris con más fuerza y curvé los dedos dentro de ella. Entonces sí perdió la compostura.

—Hostia… ahí… así… no me sueltes…

Tembló entera contra la puerta. Sus muslos me apretaron la cabeza y su respiración se deshizo en gemidos abiertos, nada elegantes, nada contenidos. Siguió corriéndose varios segundos mientras yo no aflojaba la lengua ni los dedos. Cuando por fin aflojó la presión, bajó la vista hacia mí, despeinada, con la boca entreabierta y las gafas un poco torcidas.

—Levántate.

Me puse de pie y me desabrochó el cinturón con manos rápidas. Me bajó la cremallera, metió la mano dentro del bóxer y me sacó la polla. La sostuvo un instante, pesada y dura, y la acarició de arriba abajo como si comprobara una hipótesis. Yo apreté los dientes. Tenía una habilidad fría, segura, que excitaba más que cualquier gesto teatral.

—Llevaba demasiado tiempo queriendo hacer esto —dijo.

Se arrodilló ella esta vez. Ver a mi jefa en el suelo de su despacho, con el vestido recogido en la cintura y el pelo medio suelto, ya era una locura. Pero cuando me lamió la punta y luego pasó la lengua por todo el tronco, casi me fui en ese momento. Me agarré al borde del archivador para no caerme encima de ella.

Su boca no era tímida. Me la tragó con decisión, hasta donde pudo, y luego volvió a subir despacio, apretando los labios. Alternaba la boca con la mano, chupando y masturbándome con un ritmo medido que me tenía temblando. Cada vez que me miraba desde abajo mientras la tenía entre los labios, sentía que perdía una capa más de control.

—No me hagas correrme todavía —le dije con la voz rota.

Ella soltó la polla un segundo y sonrió.

—No he dicho que te toque correrte aún.

Se levantó, me besó y me llevó hacia el sofá de su despacho. Me empujó para que me sentara y se quitó las medias con una prisa seca, práctica. Luego se bajó la braguita del todo, la dejó caer al suelo y se quedó delante de mí, desnuda de cintura para abajo, respirando fuerte.

—Fóllame —dijo—. Y no me trates como si fuera de cristal.

La agarré por las caderas y la acerqué. Froté la punta de la polla por su entrada, empapándome con lo que ya le escurría. Ella soltó un gemido apenas rocé el clítoris. Seguí así un poco más para hacerla rabiar, y me respondió clavándome las uñas en los hombros.

—Métela ya.

La penetré de un empujón firme. Los dos soltamos el aire a la vez. Su coño estaba caliente, apretado y húmedo de una forma obscena. Se hundió hasta el fondo sobre mí y se quedó inmóvil un segundo, con la frente apoyada en la mía, sintiendo cómo la llenaba. Luego empezó a moverse.

Primero despacio, levantando y bajando las caderas sobre mi polla, marcando ella la profundidad. Yo le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a mantener el ritmo. Cada subida la dejaba casi fuera; cada bajada me enterraba completo otra vez. El sonido era húmedo, repetido, cada vez más escandaloso en el silencio del despacho.

Le chupé un pezón por encima del sujetador, harto de la tela, y se lo bajé para metérmelo en la boca. Verónica jadeó y me agarró del pelo. Empezó a follarme montada sobre mí con más furia, perdiendo cualquier resto de compostura profesional. Ya no parecía una mujer controlada. Parecía una mujer hambrienta, necesitada, dándoselo todo a su propio deseo.

En ese momento sonó el teléfono de su escritorio.

Los dos nos quedamos inmóviles un instante. Ella giró la cabeza y vio la pantalla encendida. Su cara cambió al reconocer quién llamaba. Me miró de nuevo. No había miedo. Había morbo.

—Es él —susurró—. No pares.

Se estiró como pudo, cogió el móvil y descolgó. Yo la sujeté de la cintura y empecé a moverme desde abajo, con embestidas cortas al principio. Ella se llevó el teléfono a la oreja intentando regular la respiración.

—Hola… sí, dime.

Le metí una embestida más profunda y se le quebró la voz. La disimuló con una tos ridícula. Yo casi me corrí de solo verla hacer ese esfuerzo por sonar normal mientras la tenía clavada hasta el fondo.

—No, sigo en la oficina… terminando unas cosas…

Moví las caderas con más fuerza, sacando y metiendo la polla entera. Sus ojos se cerraron un segundo. Apretó la boca, tensó el cuello y me clavó los dedos en la nuca. Yo le besé el pecho, luego el cuello, mientras seguía follándola con un ritmo cada vez más duro.

—Sí… mañana lo vemos…

Le mordí el hombro y cambié el ángulo, levantándole un poco la cadera para entrar más hondo. Eso la deshizo. Soltó un gemido ronco que no pudo tragarse del todo.

—¿Qué pasó? —se oía la voz lejana del hombre al otro lado.

—Nada… tiré… unos papeles…

Yo seguí. Ya no había delicadeza. La estaba follando de verdad, con ganas, haciendo crujir el sofá cada vez que la recibía sobre mí. Verónica jadeaba contra el teléfono, húmeda, abierta, con el coño apretándome a cada embestida como si quisiera ordeñarme ahí mismo.

—Te noto rara —dijo la voz.

Ella me miró. Yo metí dos dedos entre nuestros cuerpos y le froté el clítoris mientras seguía penetrándola. Se arqueó, mordiéndose el labio hasta casi hacerse daño.

—Estoy… cansada… nada más…

La llevaba al borde otra vez. Lo sentía en cómo me apretaba, en cómo sus piernas empezaban a temblar. Le aceleré el roce con los dedos y ella dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Tengo que colgar —soltó de golpe—. Te llamo luego.

No esperó respuesta. Tiró el teléfono al sofá y me besó con ferocidad, casi mordiéndome.

—Ahora sí —dijo entre jadeos—. Fóllame duro.

Me puse de pie con ella todavía encima y la giré para inclinarla sobre el brazo del sofá. Le aparté el vestido, le saqué los pechos por completo del sujetador y le abrí las piernas con la rodilla. Desde atrás tenía el culo perfecto, firme y temblando justo delante de mí. Le escupí en la mano, me la pasé por la polla y se la metí otra vez de una embestida que le arrancó un grito.

—Joder, sí… así… así…

La agarré de la cadera y del pelo. Empecé a darle con fuerza, sacando casi toda la polla y volviendo a clavarla hasta el fondo. El sonido de los choques, su respiración rota y el chapoteo de su coño llenaron la habitación. Cada vez que entraba, su cuerpo se iba hacia delante. Cada vez que salía, ella empujaba hacia atrás para recibirme mejor.

Ya no había espacio para pensar. Solo la carne, el ritmo y esa sensación sucia y perfecta de estar follándome a mi jefa en el despacho mientras su móvil seguía en silencio a un metro de nosotros. Le metí una mano por delante y le agarré el coño, frotándole el clítoris con presión mientras la castigaba desde atrás.

—No pares… me voy a correr… no pares, cabrón…

Su tono me hizo perder aún más el control. Le di más fuerte. El sofá golpeaba la pared. Sus tetas se balanceaban libres. Verónica lloriqueaba y gemía a la vez, cada vez menos capaz de articular nada que no fuera una orden o una súplica. Le mordí la nuca y seguí follándola hasta sentir cómo se cerraba alrededor de mí con espasmos violentos.

Se corrió temblando, empapándome la polla, contrayéndose una y otra vez mientras yo seguía entrando y saliendo. Su orgasmo fue largo, brutal, de esos que desarman el cuerpo entero. Se quedó con la cara hundida en el sofá, gimiendo sin vergüenza, y yo aproveché ese temblor para alargarle la sacudida un poco más.

Luego la levanté y me senté otra vez. La coloqué a horcajadas sobre mí, cara a cara. Estaba sudada, despeinada y hermosa de una manera obscena. Me rodeó la cintura con las piernas y volvió a meterse la polla dentro con ayuda de su mano, gimiendo apenas sintió la punta desaparecer otra vez.

—Quiero mirarte cuando te corras —dijo.

Empezó a moverse arriba y abajo con una cadencia más lenta, más profunda, exprimiéndome. Yo le agarré las tetas, luego el culo, luego la cintura, sin saber dónde poner las manos porque la quería toda al mismo tiempo. Ella se inclinó y me susurró al oído palabras sucias, órdenes, insultos suaves, cosas que me pusieron al borde en segundos.

—Te la has imaginado muchas veces, ¿verdad? —me dijo—. Mi despacho, mi cuerpo, mi coño.

—Sí.

—Pues míralo bien. Porque me estás follando como si fuera tuya.

Le agarré la nuca y la besé mientras empujaba hacia arriba para recibirla. Empezamos a movernos los dos a la vez, sincronizados, cada choque más fuerte que el anterior. Sentía el orgasmo subiéndome por la espalda. Ella también lo sabía. Se puso a frotarse el clítoris con dos dedos sin dejar de montarme, mirándome fijo, retándome a resistir.

Duré muy poco con esa imagen. Verónica se tensó, abrió la boca y soltó un gemido grave mientras se corría otra vez. El apretón de su coño me arrancó el orgasmo de golpe. Me corrí dentro de ella en varias sacudidas fuertes, agarrándola por la cintura, enterrado hasta el fondo, con la cara hundida en su cuello. Ella siguió moviéndose encima de mí unos segundos más, exprimiéndome hasta la última gota.

Nos quedamos quietos, respirando como animales, pegados por el sudor. Pensé que había terminado ahí. Estaba equivocado. Verónica se apartó despacio, me besó una vez y luego se bajó del sofá. Mi polla seguía dura a medias, sensible, todavía húmeda por ella.

Se arrodilló entre mis piernas sin decir nada. La escena me desarmó de una forma distinta. Ya no era el choque de poder del principio. Era otra cosa. Una decisión. Una mujer que no estaba dando las gracias ni rematando la faena: estaba reclamando su parte.

Me pasó la lengua por la base y por los huevos, despacio, con una paciencia cruel. Yo gruñí y le separé un poco el pelo de la cara. Ella no apartó los ojos de los míos. Me tomó la polla con la mano y empezó a chupármela con un ritmo lento, profundo, insoportable. Cada vez que subía, me rozaba la punta con la lengua; cada vez que bajaba, me tragaba un poco más.

—Verónica… joder…

Ella no contestó. Solo siguió. Me masturbaba mientras me mamaba, apretando justo lo necesario para tenerme al borde sin dejarme caer. Cuando notaba que estaba por correrme, aflojaba un poco y volvía a empezar. Me tuvo así un rato largo, temblando, con los muslos tensos y la respiración rota.

Al final me agarró con más firmeza, me tragó hasta donde pudo y aceleró de golpe. Yo ya no pude aguantar nada. Me corrí en su boca con un espasmo violento, soltando un gemido que me salió del vientre. Ella no se apartó. Me sostuvo con una mano en la cadera y otra en el muslo, tragando despacio, sin perderme de vista.

Cuando acabé, se limpió apenas la comisura con el pulgar y se puso de pie. Parecía otra vez compuesta, aunque tenía el pelo revuelto y el carmín arruinado. Yo seguía sentado, medio aturdido, mirándola como un idiota.

—El informe era bueno —dijo al fin, acomodándose el vestido—. Pero esto ha sido más convincente.

Me reí, sin aire. Ella también sonrió, mínima, casi cruel. Después empezó a vestirse del todo y yo hice lo mismo. Nos ordenamos como pudimos, recogimos la ropa interior del suelo, pusimos rectas las cosas del despacho y borramos, en la medida de lo posible, las huellas más evidentes.

Antes de abrir la puerta, Verónica me agarró del brazo.

—Fuera de aquí, seguimos trabajando como siempre —dijo—. Dentro de aquí… ya veremos.

Asentí. No me salía otra cosa. Ella abrió la puerta y salió primero, otra vez impecable, otra vez la mujer que mandaba en esa planta. Yo salí detrás con la carpeta bajo el brazo y las piernas todavía flojas.

Hasta hoy sigo recordando aquella llamada, su voz fingiendo normalidad mientras yo la follaba, y la forma en que me miró cuando colgó. He tenido sexo mejor, quizá, o más cómodo, o menos peligroso. Pero nunca volví a sentir tan claro que una línea se estaba rompiendo delante de mí, y que al cruzarla ya no iba a ser exactamente el mismo.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Villa Devoto, con fotos reales.

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Comentarios(7)

SergioBsAs7

Increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

CuriosaLuna33

Ay dios mio, que tension la del principio... me quede sin respiracion. Necesito una segunda parte ya!

PatoVega

Jajaja el detalle del telefono al final es lo mejor. Que nervios deben haber sido esos.

RaulMontoya

Me recordo a una situacion que tuve en mi trabajo hace unos años. No llegue a tanto pero el nerviosismo lo entiendo perfectamente, je.

ElenaVR

Tremendo. Sigue subiendo mas de estos!

AndresVidal

Que envidia sana jaja. Ojalá me pase algo asi alguna vez.

LibreNocturno

Bien narrado, se siente cargado de tension desde la primera linea. Espero con ansias el proximo.

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