El intercambio sorpresa en la piscina de la bodega
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Después del beso de despedida, juré que todo acabaría ahí. Pero al día siguiente apareció en mi casa con una sonrisa y ganas de follarme.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Lo llevé a mi cuarto creyendo que aún mandaba yo, pero esa siesta me enseñó, con dedos y crueldad, quién tenía de verdad el control.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Me invitó a quedarme a solas con ella una semana, y desde la primera noche supe que no quería tratarme como a un simple invitado.
Pensé que la noche había terminado, hasta que su mano volvió a mi polla y me ordenó subir desnudo a su cuarto.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.
Cada vez que pasaba frente a su tienda, él me desnudaba con los ojos; yo tardé poco en dejar de fingir que no me excitaba.
Agachada detrás de la mesa, vi cómo ella lo calentaba poco a poco, sin imaginar que el marido ya estaba mirando desde la sombra.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.