La confesión del trío que nos dejó mudas
El plan había sido simple desde el principio: juntarnos un viernes a la noche, comer algo, tomar cerveza y dormir las cuatro en mi casa como cuando todavía no teníamos tantas obligaciones encima. Ya éramos adultas, cada una con su ritmo, sus secretos y su forma de llevar el deseo, pero cuando nos reuníamos solas seguía apareciendo esa confianza brutal que solo existe entre amigas que se conocen hace años.
Éramos cuatro: Mara, Inés, Nadia y yo. No hacía falta una excusa grande para vernos, pero esa noche venía cargada de ganas de hablar sin filtro. Mi pareja llegaría al día siguiente, así que el viernes era todo nuestro: cerveza fría, pizzas grasientas, carcajadas fuertes y la casa libre para decir cualquier barbaridad sin que nadie nos mirara raro.
A las ocho ya estábamos instaladas en mi cuarto de arriba. Habíamos subido una mesita baja, cuatro sillas desparejas y varias botellas. Comimos sentadas en el piso al principio, hablando de trabajo, de una vecina que se había metido con un casado, de un instructor del gimnasio que estaba para arrancarle la ropa con los dientes y de un audio privado que una conocida mandó al hombre equivocado.
El vino no hizo falta. Con cerveza nos alcanzó para aflojarnos.
Fue Nadia la que cambió el clima.
—Juguemos al «yo nunca nunca» —dijo, limpiándose los dedos en una servilleta y sonriendo con esa cara de quilombo que siempre traía encima.
—Si nos ponemos sinceras, esto se va a poner feo —advirtió Inés.
—Mejor —contesté yo.
Mara, que era la que a simple vista parecía más tranquila, aceptó enseguida. Corrimos las cajas vacías, llenamos otra ronda de vasos y nos acomodamos alrededor de la mesa. Acordamos un orden cualquiera y arrancamos con preguntas suaves, de esas que sirven para romper el hielo sin exponer demasiado.
—Yo nunca nunca me escapé de una reunión familiar para coger —dijo Nadia.
Tomamos tres. Nos reímos.
—Yo nunca nunca me tiré a alguien del trabajo —dijo Inés.
Tomamos dos. Más risas.
—Yo nunca nunca besé a una mujer —soltó Mara, y esta vez tomamos Nadia y yo.
—Mirá vos —dijo Inés, alzando las cejas—. Calladitas las nenas.
El juego siguió así durante un buen rato. Infidelidades menores, pajas en lugares raros, mensajes mandados de madrugada, polvo rápido en un auto, calenturas ridículas por gente que no convenía. Cada ronda aflojaba un poco más la lengua y subía un poco más la temperatura. El aire del cuarto se fue poniendo espeso, no porque hubiera nada sexual entre nosotras, sino porque todas estábamos entrando en esa zona peligrosa en la que una confesión ajena te prende fuego la cabeza.
Nadia, que ya tenía las mejillas coloradas por la cerveza, decidió meter el cuchillo hasta el fondo.
—Bueno, basta de boludeces. Yo nunca nunca tragué leche.
Las cuatro tomamos.
Nos miramos un segundo y estallamos de risa.
—Yo nunca nunca hice un pete en un lugar público —dijo Inés.
Tomamos todas menos Mara.
—Yo nunca nunca me cogieron por el culo —solté yo, solo para ver las reacciones.
Nadia e Inés tomaron. Mara miró el vaso y negó con la cabeza, pero sonrió con una mezcla de intriga y pudor.
—Yo nunca nunca estuve con dos personas en el mismo día —dijo Nadia.
Solo tomó ella.
—Puta —dijo Inés, riéndose.
—Mucho —respondió Nadia sin ofenderse.
Yo ya veía por dónde venía la mano, así que empujé un poco más.
—Yo nunca nunca hice un trío.
Nadia tomó sola.
Las otras tres nos inclinamos hacia ella como si hubiera prendido fuego algo en medio de la mesa.
—No me jodas —dijo Mara.
—Pará —dije yo—. ¿Trío de qué tipo?
Nadia se humedeció los labios, disfrutando la atención.
Inés fue todavía más directa.
—Yo nunca nunca estuve con dos hombres a la vez.
Nadia volvió a tomar.
Ya no nos reíamos igual. Ahora la curiosidad era otra, mucho más filosa.
—Yo nunca nunca me hicieron doble penetración —rematé yo, más por tentar a la suerte que por creer de verdad que iba a pasar.
Nadia levantó el vaso por tercera vez.
Se hizo un silencio inmediato. Hasta el ruido de la calle parecía haberse apagado.
—No podés largar eso así y pretender que sigamos jugando —dijo Inés.
—Ni en pedo —agregué—. Ahora contás todo.
Nadia se recostó en la silla, orgullosa y un poco borracha, y nos miró con esa expresión de quien sabe perfectamente el efecto que está causando.
—Se los cuento, pero después no me miren como si fuera una degenerada.
—Ya te miramos así desde antes —le dije.
Otra ronda de risas. Después se acomodó mejor, cruzó una pierna debajo de la otra y empezó.
***
—Fue con un tipo con el que yo venía saliendo desde hacía unos meses —dijo Nadia—. No era mi novio formal, pero cogíamos seguido y había mucha química. Se llamaba Renzo. Alto, seguro, de esos que te agarran de la cintura como si ya supieran exactamente dónde querés que te toquen. Cogía muy bien, pero además tenía ese morbo de hablar sucio en el momento justo. A mí me desarmaba.
—Ya arrancamos fuerte —murmuró Mara.
—Esperá.
Nadia contó que una noche habían ido a tomar algo a un bar cerca del río. Ahí se les había acercado un amigo de él, Bruno, que se quedó charlando un rato con nosotros. Renzo hizo las presentaciones con total naturalidad, pero Nadia notó enseguida la manera en que Bruno le miró el escote y después la boca, como si se imaginara cosas sin tomarse la molestia de disimular.
—A mí me calentó al instante —admitió—. No hice nada, obvio, pero me quedó dando vueltas. Y parece que a ellos también.
La noche de ese bar terminó en un hotel con Renzo. Ahí fue la primera vez que él tanteó el terreno.
—Estábamos en la cama, yo boca abajo y él dándome por atrás, primero en cuatro y después casi aplastándome contra el colchón. Me tenía agarrada de la nuca. Yo ya estaba al límite porque antes me había chupado la concha hasta dejarme temblando y después me había hecho acabar con los dedos. Cuando me lo metió en el culo iba despacio al principio, porque ya sabía cómo abrirme, cómo esperar a que yo aflojara. Después empezó a cogerme más fuerte y en un momento me metió dos dedos en la boca y me dijo: «Chupalos». Yo se los chupé con todo, como si fueran una pija, y él casi se corre ahí mismo.
Inés soltó un silbido bajo.
—Qué hijo de puta.
—Sí —dijo Nadia—. Y a mí me encantó.
Después, según nos contó, quedaron acostados desnudos, sudados y blandos, recuperando el aire. Ahí Renzo le preguntó si alguna vez fantaseaba con estar con dos hombres. Nadia nos confesó que sí, que siempre le había calentado la idea, pero que le dio vergüenza admitirlo tan rápido. Tanteó, dudó, se hizo la sorprendida. Él sonrió como si la hubiera leído completa y soltó el nombre de Bruno.
—Yo por dentro ya estaba entregadísima —dijo—, pero me hice la difícil un poco. Lo justo para no quedar desesperada.
Coordinó todo para la semana siguiente. Bruno vivía solo y ofreció su departamento. Nadia salió de su casa con una excusa cualquiera y Renzo la pasó a buscar unas cuadras más allá. Ya en el auto, mientras iban para allá, él le iba tocando el muslo y diciéndole al oído las cosas que le iban a hacer. Solo eso ya la tenía mojada.
—Llegué con el corazón en la garganta —siguió—. Bruno nos abrió como si nada, tranquilo, pero apenas me saludó me clavó los ojos en el escote y entendí que me iba a comer viva. Comimos algo, tomamos un poco para aflojar y al final el que cortó con tanta pavada fui yo. Le dije a Renzo: «¿Vamos al cuarto o vinimos a jugar a las cartas?».
Nosotras ya estábamos calladas, colgadas de cada palabra.
—Entramos al dormitorio los tres —dijo Nadia—. Cama grande, luz baja, ventana abierta. Al principio fue todo lento. Besos de a tres, manos por encima de la ropa, respiración cada vez más pesada. Renzo me sacó la remera y me dejó en corpiño. Bruno me besó el cuello mientras él me desabrochaba por atrás. Cuando me lo sacaron, los dos se quedaron mirando mis tetas como si les hubiera puesto comida enfrente. Eso me volvió loca.
Nos describió cómo se tendió en la cama y ellos se repartieron sobre su cuerpo. Uno le chupaba un pezón mientras el otro amasaba la otra teta con una mano grande y pesada. Después cambiaban. La besaban entre las piernas por encima del pantalón, le abrían los botones despacio, le bajaban el cierre con una calma que la estaba desesperando.
—Yo ya no quería juego —dijo Nadia—. Quería pija. Quería las dos si podía.
Bruno fue el primero en desnudarse por completo. Según ella, tenía una verga gruesa, con esa dureza que se nota incluso antes de tocarla. Nadia se arrodilló frente a él y empezó a chupársela sin pudor. No quiso resumir nada. Nos contó cómo le pasó la lengua por la punta, cómo lo metió entero hasta donde pudo, cómo lo agarraba de la base mientras lo pajeaba al mismo tiempo, cómo le golpeaba la cabeza contra la garganta hasta lagrimear un poco.
—Y mientras estaba en eso —dijo, mirándonos una por una—, Renzo se puso detrás de mí, me bajó el pantalón con la bombacha de un tirón y me abrió las piernas. Primero me pasó la lengua por toda la concha. De abajo arriba, despacio, como sabiendo que yo me iba a derretir. Después me chupó el clítoris mientras yo seguía con la boca llena. No saben lo difícil que es concentrarte en chupar una pija cuando te están comiendo así. Se me doblaban las piernas.
—Me imagino —susurró Mara, roja hasta las orejas.
—No, no te imaginás.
Nadia contó que acabó la primera vez solo con la lengua de Renzo mientras seguía mamándole la verga a Bruno. Se apoyó con las manos en los muslos de él, tragó saliva para no ahogarse y se dejó sacudir por el orgasmo entera, con la mandíbula trabajando y las caderas temblándole hacia atrás contra la boca del otro.
—Cuando terminé de acabar, Renzo me levantó de la cintura y me tiró a la cama —siguió—. Se puso un preservativo y me abrió de piernas. Bruno se quedó al lado de mi cara, acariciándome la boca con la punta mientras Renzo me metía la pija despacio. Entró toda. Yo estaba tan mojada que hizo ese ruido húmedo asquerosamente rico. Me empezó a coger fuerte desde el principio, sin suavidad, agarrándome los tobillos para abrirme más.
Mientras nos hablaba, nosotras casi ni respirábamos.
—Bruno me decía: «Chupá». Y yo chupaba. Renzo me cogía la concha y yo tenía la boca ocupada con la verga del otro. Sentía las bolas golpeándome el culo, el colchón moviéndose, mis propias tetas rebotando. Era una animalada. Después cambiaron. Bruno se puso el forro y me penetró él, y Renzo me dio la pija para que siguiera mamando. Me cogían como si hubieran ensayado. Uno salía, el otro entraba, uno me besaba, el otro me agarraba del pelo.
Dijo que la hicieron ponerse en cuatro, después boca arriba, después encima de Bruno mientras Renzo le tiraba de la barbilla para obligarla a mirarlo. Nos describió cómo se la chupó a Renzo mientras cabalgaba al otro, subiendo y bajando sobre esa verga hasta quedarse sin aire, y cómo Bruno le apretaba el culo para clavársela más hondo cada vez que ella caía.
—Yo ya estaba hecha una puta total —dijo sin vergüenza—. Les pedía más. Literalmente les decía «más fuerte» y «no paren». No me importaba nada.
Hizo una pausa para tomar cerveza. Nosotras seguíamos quietas.
—Después vino la parte de las tetas —anunció con una sonrisa torcida.
Nos contó que, tras un primer rato larguísimo de coger, los dos quedaron a punto de correrse. Ella se arrodilló en el piso frente a la cama y los dos se pusieron de pie delante suyo. Les sostuvo las pijas una en cada mano, alternando la boca entre una y otra, lamiendo la punta de una mientras pajeaba la otra, tragando saliva, escupiendo un poco para que resbalaran mejor sus manos sobre la piel caliente.
—Quise meterme las dos juntas, pero no pude ni cerca —dijo—. Igual el espectáculo ya era una locura. Tener dos vergas delante de la cara, elegir cuál chupar primero, sentir una en la lengua y la otra empujándome la mejilla. Eso solo ya me calentaba como una enferma.
Renzo fue el primero en correrse. Le avisó con un gruñido, se pajeó rápido mirando cómo ella le chupaba apenas la punta y le tiró la leche sobre las tetas y el cuello, chorros calientes que le resbalaron entre los pechos. Casi enseguida Bruno siguió, acabándole encima también, mezclándole todo sobre la piel.
—Yo me miré llena de leche y pensé: qué puta hermosa estoy hecha —dijo, y las cuatro nos reímos con un sobresalto caliente en el cuerpo.
Fue al baño, se limpió un poco, tomó agua y volvió a la cama. Ahí cualquiera habría pensado que la historia terminaba. No.
—Estábamos tirados un rato, boludeando, y Bruno volvió a ponerse duro —dijo—. Renzo también. Yo los miraba y se me hacía agua la concha otra vez. Así que seguimos.
La segunda vuelta, según Nadia, fue todavía más desordenada y más excitante porque ya no había vergüenza de ningún tipo. Se subió encima de Bruno con las piernas abiertas, apoyando las manos en su pecho, y empezó a cabalgarlo despacio primero, dejándolo entrar entero con cada bajada. Renzo se arrodilló detrás de ella sobre la cama y le acercó la verga a la boca. Ella se inclinó hacia adelante sin dejar de moverse y empezó a chupársela.
—No saben lo brutal que era eso —dijo—. Tener una pija adentro y otra en la boca al mismo tiempo. Me movía arriba de Bruno, sentía cómo me abría, y a la vez Renzo me cogía la garganta suave, llevándome del pelo. Cada vez que bajaba sobre una, subía sobre la otra. Me corría baba por la barbilla y no me importaba nada.
Contó que Bruno no dejaba de apretarle las tetas mientras ella rebotaba sobre él. Se las chupaba cuando podía incorporarse, las mordía lo justo, se quedaba fascinado con cómo se movían. Renzo, atrás, le hablaba sucio al oído entre una embestida de boca y otra.
—Me decía: «Mirá cómo te gusta, puta. Mirá cómo disfrutás tener dos hombres para vos sola». Y yo asentía con la boca llena.
Después de un rato se cansó de cabalgar. Le temblaban los muslos, le ardía la concha de tanto roce, la respiración ya era un jadeo continuo. Se dejó caer hacia un costado y siguió cogiendo con Bruno más despacio, de lado. Renzo se mantuvo cerca, tocándola, besándole la espalda, metiéndole dedos en la boca, acariciándole el culo.
Fue Bruno el que lanzó la idea.
—Le dijo a Renzo: «¿Y si entrás por atrás?». Así, seco. Como si propusiera abrir otra cerveza.
—¿Y vos? —pregunté yo, aunque ya sabía la respuesta.
—Yo me quedé helada dos segundos. Dos. Después levanté el culo.
Ninguna dijo nada. No hacía falta.
Nadia siguió con una voz apenas más baja, como si incluso años después todavía sintiera el peso de ese momento.
—Bruno seguía abajo mío, acostado, con la pija metida en mi concha. Renzo se acomodó atrás, me acarició el culo, me escupió un poco y usó lubricante. Yo ya había hecho anal antes con él, así que confiaba. Igual sentí el primer empuje como una presión tremenda. No es que entra y listo. Te abre. Te obliga a respirar. Renzo apoyó las manos en mis caderas y fue metiéndola de a poco, muy despacio al principio, hasta que mi culo aflojó y la dejó pasar.
Mara tenía la mano tapándose la boca. Inés ni parpadeaba.
—Cuando estuvo adentro del todo —dijo Nadia—, me quedé quieta un instante. Tenía a Bruno adelante, duro dentro de mi concha, y a Renzo atrás llenándome el culo. Sentía las dos pijas tensas, las dos empujando desde lugares distintos. Era demasiado. De verdad demasiado.
Nos contó que al principio apenas se movieron, porque su cuerpo necesitó unos segundos para acostumbrarse a esa invasión doble. Después Bruno empezó a empujar desde abajo y Renzo a responderle desde atrás. No iban rápido. Iban profundos. Cada avance de uno repercutía en el otro. Su cuerpo vibraba entero con ese vaivén.
—Yo gemía como una animal —dijo—. No podía controlar el volumen. Tenía la cara roja, la boca abierta, la saliva cayéndome, las tetas sacudiéndose. Me sentía usada de la mejor manera posible. Sobreestimulada. Llena. Casi humillada, pero feliz. Una locura.
Explicó que Renzo le agarró el pelo para echarle la cabeza hacia atrás y besarle el cuello mientras seguía entrando y saliendo de su culo. Bruno la sujetaba de la cintura para no perder el ritmo abajo. Entre los dos la movían, literalmente. Ella solo podía entregarse y soportar el placer bruto de que la follaran por los dos agujeros a la vez.
—Cada embestida me sacaba un quejido distinto —dijo—. A veces era un gemido largo, a veces un gritito ridículo, a veces una puteada. Me acuerdo de haber dicho «la concha de mi madre» como diez veces. Me estaban rompiendo toda y yo no quería que pararan.
Con el paso de los minutos el cansancio empezó a mezclarse con el placer. Le temblaban los brazos. Tenía los muslos duros. El culo le ardía, la concha le latía y aun así el cuerpo seguía pidiendo más. Sentía vergüenza de lo mucho que lo estaba disfrutando, miedo de no volver a vivir algo así y una excitación tan bestia que ya no podía pensar con claridad.
—El orgasmo me vino de golpe —dijo—. No lo vi venir elegante ni nada. Me explotó. Empecé a sacudirme arriba de Bruno mientras Renzo seguía clavándomela atrás. Se me cerró la concha, se me contrajo el culo, se me dobló la espalda. Grité fuerte, sin filtro. Creo que hasta lloré un poco.
Bruno se corrió primero, dentro del preservativo, agarrándola fuerte de la cintura para hundirla una última vez sobre su pija. Nadia apenas terminó de contarlo y se tocó el cuello como si todavía sintiera una mano ahí.
—Y cuando yo seguía teniendo espasmos, Renzo no aguantó más. Me apretó las caderas, me la dejó metida hasta el fondo en el culo y acabó también. Sentí el pulso de la corrida adentro del forro y se me nubló todo.
Después quedaron desarmados. Bruno acostado debajo de ella, Renzo medio derrumbado atrás, y Nadia en el medio, sin fuerza ni para incorporarse.
—Nadie habló como por diez minutos —dijo—. Solo respirábamos. Yo tenía las piernas abiertas, el culo sensible, la concha chorreando, el cuerpo entero flojo. Al final fui yo la que rompió el silencio. Les dije: «Qué cogida me pegaron, hijos de puta». Y nos cagamos de risa los tres.
***
Cuando terminó, el cuarto en mi casa quedó en un silencio rarísimo. No uno incómodo, sino denso. Cada una estaba procesando la imagen completa: Nadia arrodillada entre dos hombres, la boca llena, las tetas cubiertas de leche, el cuerpo abierto adelante y atrás, gimiendo hasta quedarse sin aire.
Inés fue la primera en reaccionar.
—Sos una hija de puta —dijo, sin insultarla de verdad—. No sé si admirarte o pedirte el número de esos dos.
Nadia se rió.
—A esta altura ya no sé dónde andan.
Mara tomó un trago largo de cerveza y preguntó en voz baja:
—¿De verdad se siente tan intenso?
—Más de lo que parece —respondió Nadia—. No es solo morbo. Es el cuerpo volviéndose loco porque recibe demasiado por todos lados. Si te gusta que te cojan fuerte y confiás en los que tenés enfrente, te vuela la cabeza.
Yo no dije nada enseguida. Estaba excitada, sí, pero también fascinada por otra cosa: la forma en que una historia así se te mete debajo de la piel y no te suelta. La descripción de la doble penetración me había dejado imágenes demasiado concretas. La respiración cortada. El culo aflojando. La concha apretándose alrededor de una verga mientras otra empujaba por atrás. Era imposible no imaginarlo.
El juego, obviamente, ya estaba muerto. Seguimos hablando de sexo, pero ninguna anécdota logró competir con esa. Inés confesó alguna aventura con un ex y un baño de bar. Mara admitió que siempre le había dado curiosidad el anal, aunque nunca se había animado. Yo terminé contando un par de cosas que no solía decir en voz alta. A esa altura ya estábamos todas prendidas por el mismo fuego.
Más tarde, cuando apagamos la luz y cada una se acomodó como pudo para dormir, el cuarto se llenó de respiraciones desparejas y de ese silencio cargado que deja una confesión demasiado buena. Yo me quedé despierta un buen rato mirando el techo.
No sabía si todo había sido exactamente como Nadia lo contó, pero quería creerle.
Con los años supe, por otras vueltas de la vida, que ese trío había existido de verdad. Los detalles finos no me los confirmó nadie. Nadie podía. Pero la escena ya estaba plantada en mi cabeza desde aquella noche y siguió creciendo sola. Cada tanto, cuando nos juntamos, alguien vuelve a sacarla. Siempre nos reímos. Siempre terminamos coloradas. Siempre alguna pregunta qué parte fue la más fuerte.
Nadia responde lo mismo.
—El momento en que sentís las dos pijas adentro y entendés que ya no hay vuelta atrás.
Y cada vez que lo dice, aunque pasen los años, volvemos a quedarnos mudas.
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