Lo que hice desnuda en la piscina del gimnasio
Hola otra vez. Si cuento esto es porque, de todas las cosas que he hecho últimamente, fue la primera en la que sentí de verdad que podía meterme en un problema y, aun así, no quise parar. Soy bajita, tengo el pelo largo y un cuerpo imposible de esconder, sobre todo por las tetas. Siempre llaman la atención, incluso cuando voy tapada, así que aquella tarde decidí usarlo a mi favor.
Me había apuntado a un gimnasio con zona de aguas porque quería nadar, sí, pero también porque desde hacía semanas me rondaba la idea de exhibirme un poco. No ante una multitud, no haciendo un espectáculo, sino en ese punto exacto donde una sabe que la están mirando y, en lugar de cortarse, se pone más caliente. Ya había ido varios días para estudiar horarios, caras y rincones. Sabía cuándo había menos gente y en qué piscina podía moverme sin montar una escena.
Aquel día llevé en la bolsa un bikini beige ridículamente pequeño para mi talla. Cuando me lo puse en el vestuario, la tela apenas contenía nada. Las copas me apretaban los pechos hacia arriba y el escote quedaba tan marcado que daba igual si alguien quería disimular: iba a mirar. Me vi en el espejo y noté ese golpe de morbo en el estómago, esa mezcla de vergüenza y orgullo que me pone loca.
Salí con la toalla al hombro y las sandalias chasqueando en el suelo húmedo. La zona de carriles estaba vacía, justo como yo quería. En la piscina recreativa, separada por un pasillo y unas columnas, había un grupo de hombres jugando con una intensidad casi cómica, como si se prepararan para un torneo importante. Mejor así. Mucho ruido, algo de público y suficiente distancia para que yo pudiera jugar.
Un empleado del gimnasio pasó a mi lado y le vi bajar la vista un segundo, clavándola en mi escote antes de apartarla. Me hice la distraída. Dejé la toalla en una tumbona cercana al borde y entré despacio en el agua templada. No me gusta muy caliente, pero en ese momento me vino bien: me relajó los músculos y me hizo consciente de cada parte de mi cuerpo comprimida por aquella tela mínima.
Al principio solo nadé un poco, más por aparentar que por otra cosa. Cada vez que giraba en el carril, veía de reojo a alguno de los de la otra piscina mirando hacia mí. Nada descarado. Miradas rápidas, tragadas enseguida. Vamos, hijos de puta, mirad bien, pensé. Y solo con pensar eso empecé a excitarme.
Cuando se me pasó el temblor inicial, me apoyé en el borde y comprobé que desde donde estaban ellos no podían ver gran cosa por el ángulo. Entonces metí las manos bajo el agua y me desaté la parte de arriba del bikini. Lo hice despacio, casi ceremonial, sintiendo cómo la tela cedía y cómo mis pechos se liberaban de golpe, pesados, calientes, más sueltos al instante. Me quedé con la prenda arrugada en una mano, escondida bajo la superficie.
Si me mantenía vertical, el agua me cubría justo lo necesario. Pero en cuanto arqueaba un poco la espalda o impulsaba el cuerpo hacia arriba, las puntas de mis tetas asomaban y volvían a hundirse. Empecé a hacerlo a propósito. Subir, enseñar, bajar. Lo justo para que, si alguien miraba en el momento exacto, viera más de la cuenta. Noté enseguida el cosquilleo entre las piernas.
Me tumbé boca arriba, flotando cerca del borde, con el pelo extendido y las piernas apenas abiertas bajo el agua. Mis pechos quedaron libres, redondos y pesados, elevándose con la flotación. Desde donde estaba el grupo no había un ángulo claro, pero yo sentía el riesgo igual. Y a mí el riesgo me enciende como pocas cosas.
Fue entonces cuando entró él.
No le había visto antes. Alto, de piel oscura, hombros anchos y un cuerpo trabajado sin exageración, de esos que se notan más por cómo se mueven que por posar. Tendría más o menos mi edad, quizá algo más. Dejó la toalla en un banco, se colocó unas gafas de natación en la frente y se metió en la misma piscina que yo, varios metros más allá, en otro carril.
Lo observé mientras empezaba a hacer largos. Nadaba bien, con una técnica limpia, y cada vez que se impulsaba desde el borde yo le miraba la espalda, el culo firme bajo el bañador y el agua resbalando por su torso cuando salía un instante a respirar. No sabía si había visto algo de lo mío. Si lo había hecho, no lo mostró. Eso me gustó todavía más.
Seguí unos minutos con el top escondido en la mano, observándolo entre brazada y brazada. Pero su cercanía me disparó el pulso. Ya no me bastaba con las tetas sueltas. Quería algo más fuerte, algo más estúpido. Así que, sin pensarlo demasiado, me quité también la parte de abajo del bikini bajo el agua.
Me saqué la braguita con movimientos lentos, uno de esos gestos imposibles que una nunca imagina hacer hasta que los está haciendo. Cuando al fin quedó también hecha un nudo en mi mano, sentí un golpe seco de excitación. Estaba completamente desnuda. Desnuda de verdad, en una piscina pública, a pocos metros de un hombre que no conocía.
La sensación fue brutal. El agua rozándome el coño sin tela de por medio, deslizándose entre los labios, subiéndome por el culo, moviéndose cada vez que abría un poco las piernas. Apreté los muslos por puro reflejo y tuve que soltar aire despacio para no gemir ahí mismo. Él siguió nadando, ajeno o fingiendo estarlo.
Lo esperé en el borde. Cuando terminó otro largo y se detuvo a descansar, avancé por mi carril hasta colocarnos casi frente a frente. Solo sobresalían nuestras cabezas y una parte de los hombros. Sonreí primero yo.
—¿Siempre vienes a esta hora? —le pregunté, como si de verdad eso fuera lo importante.
Él se quitó las gafas y me devolvió una sonrisa prudente.
—Cuando puedo. Hay menos gente.
—Eso es justo lo bueno.
Lo dije mirándolo fijo. Él sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta y luego bajó los ojos. No hasta mis pechos, porque todavía seguían sumergidos, pero sí hacia el agua que nos separaba. Ahí supe que algo había notado. Quizá la postura, quizá la tensión en mi cuerpo, quizá simplemente el instinto.
Hablamos de tonterías un par de minutos. Del calor del agua, de lo pesado que se pone el gimnasio por la tarde, de si era mejor nadar o hacer máquinas. Mientras hablaba, yo me acerqué poco a poco hasta casi invadir la cuerda del carril. Él hizo lo mismo, como si no quisiera parecer obvio. Cuando estuvo lo bastante cerca, elevé el cuerpo despacio y dejé que mis pechos salieran del agua casi enteros.
Le vi la reacción. Los ojos se le clavaron en las tetas con una mezcla de sorpresa y hambre imposible de fingir. No apartó la mirada enseguida. Se le notó hasta en la respiración.
—Joder —murmuró.
Sonreí, ya sin ninguna intención de disimular.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de cuánto quieras que me meta en un lío.
—Tal vez bastante.
Se acercó otro poco, hasta que nuestros hombros casi se rozaron. Yo seguía desnuda, con el bikini escondido en la mano bajo el agua, y él lo entendió por fin cuando bajó la vista y vio que no había tirantes, ni nudo en la espalda, ni nada. Su expresión cambió. Ya no era solo curiosidad. Era excitación pura.
—No llevas nada, ¿verdad? —dijo en voz baja.
—Ni una puta tela.
Su mandíbula se tensó. Me hizo gracia verlo intentando mantener la compostura mientras le acababa de explotar el morbo en la cara. Yo me pegué a él primero. Mis tetas, blandas y pesadas, se aplastaron contra su pecho mojado. Él soltó el aire por la nariz y me puso una mano en la cintura, tanteando, como pidiendo permiso sin decirlo.
—Tócame —le susurré.
No hizo falta repetírselo. Su mano subió y me agarró una teta entera, apretándola con hambre. Sentí su palma grande cubriéndome casi por completo, el pulgar rozando el pezón endurecido por el agua y la excitación. Se inclinó hacia mí y la otra mano se hundió bajo la superficie hasta encontrarme el culo. Me lo apretó con descaro. Yo le mordí el labio inferior, suave, y noté que se ponía duro al instante.
Metí mi mano por debajo de su bañador sin esperar más. Quería comprobar qué escondía. Al tocarlo me encontré una polla gruesa, ya muy tiesa, pulsando contra mis dedos. No era un cliché ni una fantasía exagerada: era simplemente una verga grande, caliente incluso bajo el agua, y me hizo soltar un jadeo auténtico. Se lo acaricié despacio, resbalando la piel entre los dedos, disfrutando de cómo se estremecía.
—Mierda —dijo él, cerrando los ojos un segundo—. Me vas a volver loco.
—Eso intento.
Le seguí pajando bajo el agua, sin prisas, notando cómo la punta chocaba contra mi palma y cómo su cuerpo se pegaba más al mío. Él bajó la cabeza a mi cuello y empezó a besarme justo debajo de la oreja. No eran besos románticos. Eran besos de hombre cachondo, húmedos, hambrientos, interrumpidos por respiraciones tensas. Su mano volvió a mi pecho, lo amasó, bajó por mi vientre y terminó encontrándome entre las piernas.
Cuando me metió los dedos entre los labios casi me doblé. Estaba empapada, claro, pero no solo por la piscina. Me abrió el coño con dos dedos y empezó a frotarme el clítoris con una precisión obscena, como si supiera exactamente dónde tocar. Apoyé la frente en su hombro para ahogar un gemido.
—Así, sí —le dije—. No pares.
Él sonrió contra mi piel. Me metió un dedo, luego dos, apenas un poco, porque el agua lo complicaba todo, pero aun así bastó para calentarme más. Yo seguía con la mano en su polla, subiendo y bajando dentro del bañador, sintiendo cómo se endurecía todavía más. Cada vez que alguien hablaba o se movía en la otra piscina, nos separábamos un centímetro. Cada vez que el ruido bajaba, volvíamos a pegarnos.
Había algo salvaje en aquella torpeza obligada. No podíamos tumbarnos, no podíamos abrirnos bien, no podíamos follar allí mismo como seguramente ambos queríamos. Y precisamente por eso todo se sentía más sucio, más urgente. Él me chupó el lóbulo de la oreja y me dijo:
—Si no estuviéramos aquí, te pondría a cuatro patas ahora mismo.
—Y yo te dejaría —contesté sin dudar—. Pero de momento tendrás que conformarte con meterme mano en el agua.
Su mano abandonó mi coño solo para agarrarme la nuca y besarme de verdad. Fue un beso profundo, con lengua, un beso descarado de desconocidos que ya han decidido que la línea se fue a la mierda. Bajo el agua yo seguía desnuda, rozándome con su muslo, y cada movimiento hacía que su polla me chocara contra el vientre.
Me aparté un poco y bajé más la mano. Tiré del borde del bañador y saqué su verga lo justo para tocarla mejor, aprovechando que seguíamos semiescondidos por el carril y la perspectiva. Se la acaricié directamente. La piel, la forma, el peso. Él apretó los dientes y miró alrededor como si acabara de recordar dónde estábamos.
—Joder, nena…
—No me llames nena si no quieres correrte en mi mano.
Le hizo gracia, pero no por mucho tiempo. Empecé a pajearlo de verdad, con ritmo, apretando un poco más en la subida, rodeando la cabeza con el pulgar. Él volvió a meterme la mano entre las piernas y esta vez me frotó más fuerte. Mis muslos temblaron. Si no me hubiera sostenido del borde, me habría hundido un poco.
—¿Te gusta que te miren? —me preguntó.
—Me pone muchísimo.
—Se nota.
—¿Y a ti?
—Me pone más saber que estás desnuda aquí por puro vicio.
Eso me calentó todavía más que las caricias. Porque era verdad. No estaba allí por accidente ni por seducción casual. Había ido buscando exactamente esa sensación: que alguien descubriera hasta dónde era capaz de llegar. Y él lo había entendido en minutos.
Me separé un poco del borde y me dejé flotar de espaldas otra vez, ahora delante de él. Abrí apenas las piernas bajo el agua, invitándolo a mirar. Él se sumergió lo justo para verme mejor. Cuando salió, tenía la cara cambiada.
—Estás completamente abierta para mí —murmuró.
—Entonces ven.
Volvió a pegarse y metió la mano entre nuestros cuerpos. Encontró mi clítoris enseguida y empezó a trabajarlo con una lentitud que me estaba matando. Yo no dejé de mover la mano en su polla. Se la saqué un poco más del bañador y la sentí latir de pura tensión. Quería metérmela en la boca, quería arrodillarme en el bordillo y chupársela hasta hacerle correrse, pero no había forma limpia de hacerlo sin que nos vieran de lleno.
Así que hicimos lo siguiente más obsceno: masturbarnos mutuamente como dos animales desesperados, apretados en una piscina donde cualquiera podía descubrirnos en cualquier segundo. Él me metió un dedo otra vez y me frotó con la base de la palma. El agua se movía alrededor de nuestra suciedad privada, escondiéndola y delatándola a la vez.
Empecé a jadear sin poder evitarlo. Ya no me importaba tanto quién pudiera oír. Tenía el coño ardiendo, el pezón derecho atrapado entre sus dedos y la polla de ese hombre deslizándose en mi mano con un grosor delicioso. Le apreté más fuerte y noté que daba un pequeño empujón de cadera, involuntario, casi follándose mi palma.
—Eso, así —le dije—. Muévete.
Obedeció. Empezó a embestir muy poco, lo justo para aumentar el roce. Yo abrí la boca y gemí contra su cuello. Su dedo se clavó un poco más en mí y casi me hizo venirme ahí mismo. Me apreté contra él, con las tetas aplastadas entre nuestros pechos, y tuve esa sensación conocida de estar a segundos del orgasmo.
Entonces oímos voces más cerca.
Los del partido estaban saliendo de la otra piscina y rodeando la zona para recoger cosas. El momento se rompió como si alguien hubiera encendido todas las luces a la vez. Él sacó la mano de entre mis piernas. Yo escondí de golpe su polla en el bañador y cerré las piernas. Nos miramos con una frustración tan evidente que casi me reí.
—Mierda —dije.
—Mucha.
Con movimientos rápidos pero discretos, me puse la braguita y luego el top bajo el agua. Hacerlo excitada y temblando fue casi tan difícil como quitármelo antes. Cuando por fin volví a estar cubierta, aunque apenas, los hombres del otro grupo ya estaban en las duchas y empezó a entrar más gente a los carriles. Señoras con gorro, un tipo mayor con tabla, una pareja que venía a hacer aquagym. El juego había terminado.
Nos quedamos unos segundos en silencio, aún respirando fuerte. Él me acarició la cintura una vez más, como despedida robada.
—Esto no puede quedarse así —dijo.
—No debería.
Me sonrió con una seguridad tranquila y señaló su toalla.
—Te doy mi número. Y la próxima vez buscamos un sitio donde sí puedas sacarte todo sin interrupciones.
—¿Y donde tú puedas hacer más que tocarme un poco?
—Exacto. Quiero follarte como me llevas tentando desde que te vi en el agua.
Sentí otro latigazo entre las piernas. Me acerqué y le di un beso corto, rápido, de esos que valen más por la promesa que por la duración.
—Entonces dámelo.
Me dictó el número en voz baja y yo lo memoricé antes de salir del agua. Al incorporarme, el bikini volvió a tensarse sobre mis pechos y me hizo gracia pensar que nadie alrededor sospechaba que debajo de aquella imagen de mujer bajita saliendo de nadar seguía latiéndome el coño de pura calentura. Cogí la toalla, me la pasé por el cuerpo sin mucha eficacia y lo miré una última vez.
Él seguía dentro de la piscina, apoyado en el borde, con esa expresión de hombre que se ha quedado a medias y ya está fantaseando con rematarlo. Le sonreí de lado. No hacía falta decir nada más.
En el vestuario, mientras me duchaba, recordé su mano en mis tetas, la forma en que me había metido los dedos entre las piernas y el tamaño de su polla dentro de mi palma. Me corrí allí mismo, en silencio, con la espalda pegada a los azulejos, usando dos dedos rápido y sucio, reviviendo cada segundo. No fue un orgasmo elegante. Fue corto, intenso y necesario. Acabé mordiéndome el labio para no gemir.
Salí del gimnasio todavía con las piernas flojas y el número de aquel desconocido rondándome la cabeza. Lo mejor de todo no fue solo lo que pasó, sino lo que quedó pendiente. Porque a veces el exhibicionismo no termina en que te miren. A veces termina en que alguien entiende exactamente por qué querías que te vieran y decide hacer algo con eso.
Y sí, desde entonces he seguido probando cosas. Pero esa tarde en la piscina fue la primera vez que sentí de verdad que una fantasía podía empezar como un juego y convertirse, en cuestión de minutos, en una necesidad física. Todavía no habíamos cruzado todas las líneas posibles, pero después de aquella mano bajo el agua, de aquella polla contra mi palma y de aquel beso robado con gente alrededor, me quedó clarísimo que la siguiente vez no iba a conformarme con tan poco.
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