La socorrista cerró la piscina solo para nosotras
Vera había decidido pasar la tarde en la piscina municipal porque el calor de julio le derretía los huesos y en su piso de un ambiente el ventilador apenas movía aire caliente. Llegó pasadas las cuatro, pagó la entrada y se tumbó en una esquina del césped, lejos de las familias, con un libro que no pensaba abrir.
Llevaba un bikini blanco minúsculo, casi transparente. Dos triángulos atados con cordones intentaban contener sin éxito sus pechos, y la braguita le cubría apenas la mitad del trasero. Sabía perfectamente lo que llevaba puesto. Para algo se lo había comprado el verano anterior en una tienda del centro.
A media tarde ya se había fijado en la socorrista. Una chica menuda, morena, con el pelo recogido en una trenza floja y unos brazos delgados pero firmes, de alambre. Su bañador rojo de una pieza, sin refuerzos, dejaba marcar los pezones cada vez que giraba el torso para vigilar el agua. Tenía gafas de sol oscuras y una expresión neutra, pero Vera sentía la mirada cada cierto tiempo, deteniéndose en sus caderas más de lo necesario.
El resto del público también daba para entretenerse. Tres chicas universitarias mirando el móvil en un rincón, una madre joven que jugaba con sus hijos junto a las duchas y a la que el bañador se le movía de vez en cuando dejando ver un pezón, un par de chulitos con bañadores tipo slip presumiendo de gimnasio. Pero los ojos de Vera siempre regresaban al mismo bañador rojo.
El sol fue cayendo. La gente se rindió antes que el calor: recogieron toallas, juntaron a los niños, arrastraron las neveras hacia la salida. La socorrista, mientras tanto, hacía la ronda. Revisaba las duchas, los vestuarios, comprobaba que nadie se hubiera quedado dormido en el césped.
Vera la observó pasar junto a las duchas femeninas, donde las tres universitarias se enjabonaban entre risas, desnudas del todo. Vio cómo la socorrista se quedaba unos segundos más de la cuenta detrás de una columna. Así que también miras tú, pensó.
***
Cuando ya solo quedaba una pareja arrullándose camino de los vestuarios, Vera se levantó. Caminó hasta el borde y se zambulló en la piscina con la pereza de quien sabe que la están mirando. Cruzó hasta el otro extremo nadando de espaldas, sacando el pecho fuera del agua, y volvió en estilo lento, exagerando cada brazada.
La socorrista no se movió del puesto, pero tampoco la perdió de vista. Cuando la pareja salió por la puerta principal, ella se quitó las gafas, se desató las sandalias y saltó al agua en una clavada limpia, sin salpicar.
Buceó hasta el otro lado y emergió justo al lado de Vera, sacudiéndose el agua de la trenza. Se quedaron flotando un instante, mirándose.
—Hola —dijo Vera—. Soy Vera.
—Noa. Bueno, Noelia, pero prefiero Noa.
—Es bonito.
Nadaron juntas un par de largos sin hablar, al mismo ritmo perezoso, sin tocarse pero conscientes de que la distancia entre los brazos era cada vez menor. Descansaron en el borde, codo con codo. Vera notó que Noa le miraba la línea del cuello.
—¿Te molesta si me quito el sujetador? —preguntó Vera mirándola directamente—. Está empezando a apretarme.
Noa se rio por la nariz.
—¿Quién te va a ver? Ya cerré las puertas.
—¿Ya?
—Hace cinco minutos.
Vera desató los nudos bajo el agua y lanzó la prenda al césped. Noa la miró. No disimuló.
—Espérame aquí —le dijo.
Salió de la piscina, cruzó hasta la verja de entrada, comprobó la cerradura y volvió andando despacio. Mientras caminaba, se fue bajando los tirantes del bañador y enrollándolo hacia las caderas. Cuando llegó al bordillo lo tenía a la altura del pubis. Tiró de él hacia abajo y lo dejó hecho un ovillo sobre la toalla.
Vera la observó sin pestañear. Pechos pequeños, durísimos, con los pezones apuntando al frente. Vientre plano, con la sombra de un músculo abdominal a cada lado. Pubis depilado del todo, labios finos, blancos contra el bronceado del resto. Una atleta entera.
—Yo también quería estar más cómoda —dijo Noa, y se metió en el agua.
***
Se besaron en el centro de la piscina, donde no se hacía pie. Las piernas se enredaron. Los pechos pequeños y duros se aplastaron contra los pechos grandes y blandos de Vera. Noa sabía a cloro y a algo más, algo cálido. Le mordió el labio inferior.
—Tú besas bien —murmuró Noa contra su boca.
—Tú tampoco te quedas atrás.
Vera deslizó la mano por el vientre de Noa hasta encontrar el pubis. Los dedos entraron entre los labios sin dificultad, suaves, despacio, buscando el clítoris. Noa cerró los ojos y se aferró a sus hombros.
—Joder. Llevo todo el día pensando en esto.
—Lo noté.
—¿Tan obvia fui?
—No, pero yo también miraba.
Nadaron hasta donde sí cubría, junto al bordillo. Vera la izó hasta sentarla en el cemento caliente y le abrió las piernas. La lamió despacio, primero el clítoris, luego más adentro, con la lengua plana, sin prisa, mientras le sujetaba los muslos para que no se cerraran. Noa enterró una mano en el pelo mojado de Vera y dejó escapar un gemido largo que rebotó en las paredes del recinto.
Se corrió la primera vez en menos de cinco minutos. La segunda tardó algo más, porque Vera bajó el ritmo a propósito.
—Para, para —jadeó Noa al fin, riéndose—. Voy a perder la cabeza.
—¿Vamos a la ducha?
—Sí. Te voy a comer entera.
***
En las duchas el agua salía fría y eso las hizo reír. Después se templó, y el gel de baño hizo el resto. Se enjabonaron despacio, untándose cada centímetro, deslizando las manos por las pieles resbaladizas. Vera era el doble de cuerpo que Noa, y sin embargo encajaban.
—Déjame lavarte el pelo —le dijo Vera.
Le soltó la trenza y le pasó champú por el cuero cabelludo, masajeando con las yemas, mientras pegaba sus pechos a la espalda mojada de Noa. Noa cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de Vera. Las caderas de Vera empujaban suavemente contra el culo pequeño y duro de la otra.
—Podría quedarme así horas —susurró Noa.
Vera bajó las manos. Le abrazó el torso, le rodeó los pechos, le pellizcó los pezones. Bajó la boca al cuello y mordió despacio el músculo del trapecio.
—No puedes quedarte así horas. Hay cosas mejores que hacer.
La giró bajo el chorro y la besó en los labios mientras se acuclillaba. Le besó las clavículas, los pechos, el ombligo, las caderas, los muslos. Le pidió que se apoyara contra los azulejos y se diera la vuelta. Le besó los omóplatos, la columna, las nalgas duras y separadas. La hizo gemir cuando le pasó la lengua entre ellas, sin prisa, con calma.
—Joder, Vera. Joder.
Cuando Noa estuvo a punto de correrse otra vez, le pidió bajar la temperatura un poco.
—Vamos al vestuario. Hay bancos.
***
Pusieron un banco de madera en medio de la sala, lo cubrieron con sus dos toallas y se tumbaron al revés, una contra la otra, en un sesenta y nueve incómodo pero suficiente. Llevaban un rato así, dándose tiempo, sin hablar más que con la lengua, cuando se oyó un golpe seco en el exterior.
Noa se incorporó de golpe. Vera también.
—¿Qué ha sido eso?
—Alguien saltó la tapia. Maldita sea.
Se asomaron sin hacer ruido a la ventana alta del vestuario. Eran dos chicos, no debían tener más de veintidós años. Uno alto, moreno, con el pelo corto. El otro un poco más bajo, fibroso, con el pelo rizado. Tiraron sus mochilas sobre la hierba y empezaron a desnudarse a toda prisa, riéndose en voz baja.
—Voy a llamar a la policía —susurró Noa.
—Espera. Mira primero qué quieren.
Camisetas fuera. Vaqueros fuera. Calzoncillos al césped. Quedaron desnudos los dos, las pollas a media erección. Y entonces se besaron. No fue un beso de amigos. Fue un beso con lengua, con manos en la nuca, con un agarre del culo del otro que no dejaba dudas.
—Vaya —murmuró Vera.
—Vaya —repitió Noa.
—¿Sigues queriendo llamar a la policía?
—Quizás luego.
***
Se desplazaron a la puerta del vestuario, agachadas tras el marco, y se quedaron mirando. Los chicos no se habían molestado en meterse al agua. Se habían tumbado directamente en el césped, uno sobre otro, sin perder tiempo.
El rizado se arrodilló entre los muslos del moreno, agarró las dos pollas con una mano y empezó a masturbarlas a la vez, mirándolo a los ojos. Luego se inclinó y se la metió en la boca despacio, lamiéndole primero los testículos.
—Madre mía —dijo Noa—. Eso sí que está bien hecho.
—¿Le das a los dos lados, entonces?
—A los dos. ¿Y tú?
—También. Yo creo que podemos saludar.
Noa la miró y se rio en silencio.
—Vamos.
Salieron caminando despacio, sin esconder la desnudez. Los chicos estaban tan metidos en lo suyo que tardaron unos segundos en darse cuenta. Cuando levantaron la cabeza y vieron a las dos mujeres, el de pelo rizado soltó la polla del otro y se incorporó de golpe.
—Joder.
—Tranquilos —dijo Noa—. Soy la socorrista. En teoría tendría que echaros.
—Por favor, no...
—En teoría —repitió ella, sonriendo—. ¿Cómo os llamáis?
—Diego —dijo el moreno—. Y este es Bruno.
—Vera —dijo Vera—. Y esta es Noa. ¿No tenéis casa?
—Pisos compartidos los dos. Y padres encima.
—Ya. Bueno, ¿queréis seguir vosotros solos o nos dejáis acompañaros?
Diego y Bruno se miraron. Bruno se encogió de hombros con una sonrisa de quien no se cree la suerte.
—Hay sitio para todos.
***
Vera se puso detrás de Diego y le clavó los pechos en la espalda. Le pasó las manos por el torso, le pellizcó los pezones, le mordió el lóbulo de la oreja. Noa se arrodilló junto a Bruno, retomó la mamada donde el otro la había dejado y, sin soltarle la polla, llevó la mano libre a la entrepierna de Diego.
Vera empujó a Diego despacio hasta tumbarlo en el césped. Bruno cayó a su lado, arrastrado por Noa, y los dos chicos se buscaron las bocas otra vez, lado a lado, mientras ellas se ocupaban de las pollas.
Cuando ya no podían esperar más, ellas se subieron encima. Vera se montó a horcajadas sobre Diego, Noa hizo lo mismo con Bruno. Se clavaron las pollas a la vez, casi acompasadas, y se inclinaron para besarse entre ellas mientras los chicos, abajo, se buscaban las manos.
—¿Os corréis dentro? —preguntó Vera mirando a Noa.
—Yo tomo pastillas —contestó Noa.
—Yo llevo el DIU.
Diego abrió mucho los ojos, como pidiendo permiso. Vera le agarró la mandíbula.
—Tú córrete cuando quieras.
Cabalgaron hasta que los chicos se descargaron casi a la vez, primero Bruno con un grito ahogado, luego Diego apretando las caderas de Vera con las dos manos. Se quedaron así un momento, los cuatro respirando.
—No hemos terminado —dijo Noa.
Cambiaron de pareja. Vera se acomodó encima de Bruno en un sesenta y nueve, lamiendo lo que quedaba dentro mientras él le devolvía el favor desde abajo. Noa hizo lo mismo con Diego. Las dos pollas, que parecían rendidas, volvieron a estar listas en menos tiempo del que pensaban.
—¿Probamos algo más difícil? —dijo Noa.
—¿Qué tienes en la cabeza?
—Vosotros os folláis entre vosotros, ¿no?
Diego y Bruno se miraron y asintieron a la vez.
—A eso veníamos.
—Pues queremos verlo.
***
Diego se puso a cuatro patas sobre la hierba. Noa, con la flexibilidad de quien se pasa el día estirando, se deslizó por debajo en otro sesenta y nueve invertido, dándole la boca al moreno y la entrepierna para que él pudiera lamerla mientras esperaba lo demás.
Vera se encargó de lubricar. Saliva en el agujero de Diego, saliva en la polla de Bruno, dos dedos suyos abriendo camino, despacio. Cuando vio a Diego relajarse, guio el glande del otro a la entrada con la mano.
—Despacio —le dijo a Bruno—. Dale tiempo.
Bruno entró centímetro a centímetro, agarrándole las caderas a su novio. Diego soltó un gruñido largo contra el pubis de Noa, que aprovechó para apretarle la nuca contra ella. Vera, detrás, le metió un dedo a Bruno mientras él empujaba, marcándole un ritmo lento desde fuera.
—Joder, Vera —murmuró Bruno—. Para o me corro ya.
—Córrete cuando quieras, bonito.
Bruno se vino dentro de Diego un par de embestidas más tarde. Diego soltó la suya en la boca de Noa, que la recogió sin perder gota. Vera, detrás, no había dejado de acariciar y besar pieles a todos lados.
***
Siguieron toda la noche. El recinto estaba cerrado, el seto era alto, la tapia más, y los vecinos llevaban un rato durmiendo. Se turnaron, cambiaron de postura, repitieron las que habían funcionado mejor. En algún momento alguien volvió a meterse al agua. En otro abrieron una botella de algo que Diego sacó de la mochila.
Cuando empezó a clarear, los cuatro estaban tumbados sobre el césped, mojados, agotados, pasándose un cigarrillo que ninguno quería del todo.
—No puedo dejaros salir por la puerta principal —dijo Noa—. Tendréis que volver a saltar la tapia.
—Lo tenemos hecho —contestó Bruno.
—Quiero veros otra vez —dijo Vera—. A todos.
Intercambiaron números, se vistieron despacio, se despidieron en el bordillo. Noa le pasó a Vera una copia de la llave de la verja antes de cerrar.
—Por si vuelves alguna noche.
—¿Sola?
—Como quieras.