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Relatos Ardientes

La pareja que despertó mi lado bisexual una tarde

Tenía veintisiete años y llevaba uno con mi novia cuando ocurrió. Soy hetero, o eso creía hasta esa tarde. Lo único que me delataba era una curiosidad que prefería no mirar de frente: me ponía especialmente caliente buscar vídeos de tríos donde los dos hombres se tocaban entre sí. Verlos darse la boca, lamerse, frotarse mutuamente era algo que me hacía correr más rápido que cualquier otra cosa. Pero hasta ahí. En mi cabeza, en la pantalla, nunca en la realidad.

Damián y Lorena eran amigos míos desde hacía un par de años. Él tenía treinta y cinco; ella, treinta y dos. Los conocí en el cumpleaños de un compañero de trabajo y enseguida hicimos buenas migas. Lorena tenía esa risa fuerte que se oía desde la otra punta del bar, y Damián era el típico tipo que parece serio hasta que abre la boca y suelta la primera ironía. Habíamos quedado varias veces a cenar, a tomar copas, incluso fuimos juntos a un concierto.

Esa tarde de mayo me invitaron a comer un domingo. Mi novia tenía un compromiso familiar y yo no quería pasar el día solo en casa, así que acepté. Llegué sobre las dos con una botella de vino blanco y unas cervezas. Comimos paella en su terraza, con el sol pegando justo en la mesa y una brisa que olía a romero del jardín de los vecinos. Después del café trajeron una botella de ron y empezamos con los gin-tonics.

—¿Tu novia y tú estáis bien? —preguntó Lorena, removiendo el hielo con el dedo.

—Muy bien. Estamos pensando en irnos a vivir juntos.

—Eso no se contesta así —se rió ella—. Eso se contesta diciendo si folláis bien.

Casi me atraganté con el trago. Damián se reía a mi lado, con las piernas estiradas debajo de la mesa, mirándome con esa cara de espectador al que le divierte ver cómo su mujer pone a la gente contra las cuerdas.

—No le hagas caso —dijo él—, lleva tres copas.

—Llevo dos, gilipollas. Venga, contesta.

Solté una carcajada de las nerviosas y dije que sí, que muy bien. Que mi novia y yo nos llevábamos genial en la cama y que no me podía quejar.

—Seguro que es porque la tienes bien grande —dijo Lorena, mirándome por encima del borde del vaso.

—Normalita —dije—. Lo único que tiene de especial es que me operé de fimosis a los dieciocho. Así todo más cómodo, más limpio.

Damián dejó el vaso en la mesa con un golpe seco y soltó un bufido.

—¿Lo ves? —dijo ella, señalándolo con la copa—. Llevo años diciéndole que se opere y nada. Que si le da pereza, que si no le hace falta. Y luego en la cama me toca a mí mover toda la piel para abajo cada vez.

—Que no, Lorena, joder, que no es para tanto —protestó él, riéndose pero medio rojo.

—Que sí es para tanto. A ver, Ramiro, dile algo tú que estás operado.

—Hombre, es más cómodo —dije, intentando aliviar la situación—, pero tampoco es para hacerle un drama.

Damián se levantó. Pensé que iba a dar por terminada la conversación, pero solo fue a la cocina a por otra botella. Lo oí abrir el congelador para sacar hielo y volver con dos botellas más y una sonrisa rara.

—Mira, te voy a enseñar algo —dijo, dejando las botellas en la mesa.

Y antes de que pudiera reaccionar, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones cortos que llevaba y se bajó también el calzoncillo. Ahí estaba su polla, colgando todavía sin empalmar, gruesa, con el glande escondido bajo una piel oscura.

—Damián, joder, qué pasada —dije, riéndome porque no sabía qué otra cosa hacer.

Lorena no se rió. Se inclinó hacia él, alargó la mano y se la cogió. Empezó a moverla despacio, hacia adelante y hacia atrás, separando el prepucio para que asomara el capullo.

—¿Tú qué opinas? —me preguntó sin dejar de tocarlo—. ¿Le hace falta operarse?

Yo tenía el corazón en la garganta. La oía hablar pero las palabras llegaban un segundo tarde. Mi mirada estaba clavada en la mano de ella moviéndose sobre la polla de su marido a medio metro de mi cara.

—Está… está grande —conseguí decir—. Y gorda. Echando la piel para atrás el capullo se ve perfecto. No le hace falta nada.

—¿Lo ves? —le dijo ella a Damián, sin soltarlo—. Te lo dice un experto.

—Pues que el experto enseñe entonces —dijo él, mirándome con una sonrisa torcida—. Que la mía ya la has visto.

Me quedé quieto. Notaba que mi polla ya estaba dura debajo del pantalón, presionando contra la tela. Mi cerebro me decía que me levantara, que dijera alguna broma, que me fuera a mear y volviera con la cabeza fría. Pero mis manos ya estaban en la hebilla del cinturón.

Lo voy a hacer. Lo estoy haciendo.

Me bajé el pantalón hasta los tobillos y el calzoncillo detrás. Mi polla saltó hacia arriba completamente erecta, con el glande brillante, sin nada que la cubriera. Lorena soltó un silbido.

—Vaya capullo más gordo —dijo—. Y sin nada de piel. Qué guapa.

Se inclinó hacia mí y me cogió con la otra mano. De repente tenía una polla en cada mano y empezó a moverlas a la vez, despacio, mirándonos a uno y a otro como si estuviera comparando dos productos en un mercado.

—Qué locura —dije, casi sin voz.

—¿Te gusta? —preguntó Damián.

—Nunca he hecho esto. Nunca. Pero sí. Sí me gusta.

—Tranquilo —dijo Lorena—. Hoy antes de que llegaras lo hablamos. Damián y yo somos los dos bi desde antes de conocernos. No buscamos, no andamos detrás de nadie, pero si surge, surge. Y contigo llevábamos un tiempo pensándolo.

—¿Pensándolo? —repetí.

—Te miramos los dos —dijo él, encogiéndose de hombros como si fuera lo más normal—. Te miramos a la vez, sin hablarlo, durante semanas. Hasta que el otro día lo dijimos en voz alta.

Antes de que pudiera asimilar lo que me estaban contando, Lorena bajó la cabeza y se metió la polla de Damián en la boca. La chupó entera, hasta el fondo, y mientras lo hacía siguió moviéndome la mía con la mano. Damián sonrió, alargó el brazo y me cogió él también la polla. Sus dedos eran más anchos que los de Lorena y apretaba un poco más fuerte. Sentí que se me escapaba algo, no semen, una especie de sonido grave que no sabía que podía hacer.

***

El resto fue una cuesta hacia abajo sin frenos.

Lorena soltó a su marido y se acercó a mí. Olía a perfume y a hielo derretido. Me miró fijo, con esa media sonrisa que tenía cuando soltaba una broma cruel, y se inclinó. La sentí pasarme la lengua por el glande, lenta, dando una vuelta entera antes de metérselo en la boca. Cerré los ojos. Damián seguía a un lado, con la polla en mi mano, dejando que yo lo manejara, y al rato noté que se movía también, que se ponía de rodillas junto a su mujer.

Abrí los ojos justo cuando él bajaba la cabeza. Estaba lamiéndome los huevos mientras ella seguía con la polla en la boca. Verlo así, a ese tío al que llevaba dos años llamando colega, con la lengua pegada a mis cojones, me hizo soltar un gemido que sonó casi a queja.

—Joder, joder, joder —fue lo único que conseguí decir.

Lorena se separó y me miró desde abajo, con los labios brillantes.

—Ahora te toca a ti —dijo.

Me cogió de la muñeca y tiró de mí hasta que caí de rodillas a su lado. Damián se puso de pie delante de mí. Su polla, que antes estaba a medio empalmar, ahora apuntaba directo a mi boca. Estaba a treinta centímetros de mi cara, palpitando, con una gota brillante asomando por el agujero del capullo.

—Con calma —dijo él—. Si no quieres, no.

Lo quería. Lo quería más de lo que había querido nada en mucho tiempo. Saqué la lengua y la pasé despacio por la punta. Sabía a algo limpio, a piel caliente, no a lo que yo me había imaginado en mi cabeza durante años. Lo lamí entero, de abajo a arriba, y luego me lo metí en la boca un par de centímetros.

—Despacio —dijo Damián, con una mano en mi nuca—. Eso es. Eso está muy bien.

Lorena, a mi lado, me decía cosas al oído. Que lo estaba haciendo precioso. Que mirara cómo se le tensaba el muslo a su marido. Que apretara los labios cuando lo sacara. Yo obedecía, intentaba copiar lo que ella había hecho conmigo, y de vez en cuando levantaba los ojos y veía a Damián mirándome desde arriba con una expresión que no le había visto nunca: una mezcla de sorpresa y algo parecido al cariño.

***

Nos pasamos a la alfombra del salón. La paella había desaparecido de mi cabeza, las copas también; solo quedábamos los tres, desnudos, sobre una alfombra beige que probablemente Lorena habría puesto allí para combinar con el sofá. La luz de la tarde entraba en oblicuo por el ventanal.

Primero nos pusimos Damián y yo en un sesenta y nueve. Yo abajo, él encima. Sentir el peso de su cuerpo, su polla entrando en mi boca al mismo tiempo que la mía en la suya, era una cosa que no sabía procesar. Era él, no era él, era cualquiera. Era el sabor, el olor a sudor limpio, los pelos de sus piernas rozándome la cara.

Lorena se sentó a un lado, con las piernas abiertas, mirándonos y tocándose. De vez en cuando alargaba la mano y nos acariciaba la cabeza, primero a uno y luego al otro, como si fuéramos dos perros mansos.

Cuando paramos, ella se tumbó boca arriba. Damián se puso entre sus piernas y empezó a lamerla. Yo me coloqué a su lado, sin saber del todo qué hacer, y ella me cogió la polla y se la metió en la boca, ladeando la cabeza. Al rato cambiamos: yo entre sus piernas, bajándole la lengua por primera vez en mi vida con un hombre al lado, y Damián de pie, dándole su polla a ella para que la chupara mientras me miraba.

Era una geometría rara. Un triángulo de lenguas y bocas que iba rotando cada pocos minutos sin que ninguno tuviera que decir nada. Yo le bajaba a Lorena, ella le chupaba a Damián, él me miraba a mí. Luego yo le chupaba a Damián, él le bajaba a Lorena, ella me miraba a mí. Y así, dando vueltas, hasta que ya no podíamos seguir.

Damián avisó primero. Soltó un «me corro» entre dientes y yo me aparté solo lo justo para que se descargara entre mi pecho y la cara de Lorena. Verlo correrse, ver los espasmos en su vientre, la cara apretada, me hizo terminar a mí casi al instante. Lo solté sobre el pecho de su mujer, mezclándolo con el suyo, mientras ella se arqueaba debajo de Damián, que volvía a bajarle la lengua y la llevaba al final del camino entre temblores.

***

Nos quedamos los tres tirados en la alfombra durante un buen rato, sin hablar, respirando. Lorena fue la primera en moverse. Se levantó, fue al baño, volvió con una toalla húmeda y nos limpió a los dos como si fuéramos niños después de una merienda.

Cuando me vestí, ya eran las ocho. La luz del salón había cambiado de naranja a azul. Damián me dio dos besos antes de salir, uno en cada mejilla, y Lorena me abrazó largo. Ninguno dijo nada de repetir, ni de no repetir, ni de mantener el secreto.

Conduje hasta casa con las ventanillas bajadas. A medio camino me di cuenta de que estaba sonriendo solo, con los ojos vidriosos, como si me acabara de pasar algo bueno y a la vez algo enorme. Mi novia me esperaba en el sofá viendo una serie. Me besó en la frente, me preguntó qué tal había ido el día y le dije que muy bien, que habíamos comido paella.

Esa noche, en la ducha, me pasé las manos por el pecho y todavía olía a Damián. Lo olí mucho rato, con el agua cayendo, antes de aceptar que esa curiosidad que tenía guardada desde hacía años ya no era curiosidad. Era otra cosa. Y todavía no sabía cómo se llamaba.

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